En los primeros años de matrimonio todo era normal entre nosotros, él estaba de acuerdo con todo dice Jimena, con 28 años y el corazón cansado de tanta tensión. Ambos trabajábamos duro, ahorrando cada euro para pagar el adelanto de la hipoteca del piso, luchando día a día en Madrid. Nunca tuvimos problemas con la comida. Mi marido comía lo que hubiera y yo ni me complicaba; compré una olla multifunción, cocinaba rápido y sencillo: arroces, guisos, sopas. Jamás hubo quejas, solo de vez en cuando él soltaba, soñador, que le apetecía “algo especial”.
¿Algo especial? ¿Como qué?
Tortillas de patata rellenas de carne, cocido madrileño, empanadillas. Le da por esos platos que llevan varios pasos: cocer, enfriar, colar, preparar masa, volver a cocer, picar, cocinar horas y horas… Y ni se le ocurre aceptar algo ya hecho de la tienda; la comida, por fuerza, tiene que ser casera.
¿Cuándo empezó con esas fantasías culinarias?
Casi dos años después de pedir la baja por maternidad… La verdad es que no me gusta cocinar. Pero siempre cocino. Mi marido trabaja todo el día en el despacho, trayendo el dinero a casa, así que nunca ocurre eso de que llegue y no haya nada preparado en la cocina. Siempre hay una comida caliente; ni pasta ni salchichas. Pero sigue siendo sencillo: patatas con carne, pollo, sopa, pisto, ensalada. Y él se indigna: “Mira que pasas el día en casa, podrías hacer masa, unas croquetas como la abuela, o unos rollos de col rellenos…”
Entiendo, eso de estar en casa, baja por maternidad… y el hombre, por lo general, olvida el niño…
¡Ni siquiera se trata de la niña! Nuestra hija, Valeria, es un regalo, un ángel. Es tranquila, cuidadosa; la pongo a mi lado en la cocina, le doy un trozo de masa y se entretiene sola lo que haga falta. Cantamos canciones, le recito poemas. No es la niña lo que me complica. Es que no quiero perder el tiempo en esas cosas. Además, ni siquiera las comería; estoy a dieta, intento evitar la carne y ya no toco la harina. ¿Voy a preparar croquetas caseras solo para mi marido? ¿No es demasiado?
Así viven Jimena y su marido: él corre a casa cada tarde desde el trabajo, jamás llega tarde, va a la fiesta de empresa solo una vez al año, y por poco tiempo. Ayuda con la niña de motu propio. Le da el baño, juega con ella, la saca a pasear por el Retiro.
Pero últimamente ha empezado a pedir encurtidos, y la semana pasada tuvimos una bronca seria; ni nos hablamos por días.
Mi marido no entiende lo difícil que es: preparar masa, hornear unas tortillas, rellenarlas de carne… Se pone ofensivo, piensa que cocino por cumplir, lo fácil; no hago nada por sorprenderle, ni por agradarle…
¡Me cuesta mucho! protesta Jimena, con las lágrimas brillas. Cocinar la carne, la masa, hornear tortillas de patata, rellenarlas… Yo no comería eso, tendría que preparar otra cosa para mí y otra para Valeria.
Jimena opina que hoy en día, nadie prepara empanadas gallegas, caldos fríos o rollos de col rellenos como antiguamente. Tal vez, una vez al año, en Nochevieja. Y los jóvenes ni se preocupan por los banquetes festivos. Para lo cotidiano, basta y sobra. Si alguien quiere tanto una empanada, puede pedirla a domicilio, aunque claro, no es barato, menos aún teniendo una hipoteca y una esposa de baja por maternidad. No son platos para el día a día.
Su marido le pone de ejemplo a la abuela: “Siempre olía a hornazo y pan dulce. Trabajaba toda la vida, pero aún así lo hacía todo, y con varios hijos.”
¡Claro! explota Jimena. Las mujeres del siglo pasado sencillamente no tenían nada que hacer por las noches. No había programas en la tele, ni internet. Inventaban tareas, lavaban y hacían croquetas. Prefiero pasar el tiempo con Valeria. Pasear, no meterme en la cocina tres horas solo para hacerle feliz.
Hace poco, Jimena llamó a su suegra para pedirle consejo, y esta, generosa, empezó a decirle que “el camino al corazón de un hombre es por el estómago” y que no es tan difícil preparar lo que quiere su hijo. Parece que su marido ya le había contado sus penas a su madre.
Le dije que no como rollos de col, no quiero hacerlos. Y claro, enseguida, el “co-co-co” de siempre, como si fuera obligatorio, y que muchos hombres también cocinan…
¿Y el marido gourmet, qué? Mientras haya comida caliente en casa, ¿es pedir variedad cada día una falta de respeto? ¿Debería comer lo que hay y no quejarse? Y si quiere embutidos caseros, ¿que se los haga él mismo?
O debe Jimena escuchar sus deseos, aunque ella ya no encuentre placer en esos platos ni tiempo para hacerlos.






