La esposa hizo las maletas y desapareció sin dejar rastro: Cuando la familia se construye sobre mentiras y controles, y las mujeres deciden no mirar atrás

Mi mujer recogió sus cosas y desapareció sin dejar rastro

Basta ya de hacerte la santa. Todo se arreglará. Las mujeres, ya sabes, se enfadan pero enseguida se les pasa. Lo importante es que el objetivo está cumplido. Tenemos un hijo, la familia continúa.

Cristina se quedó callada.

Nico susurró Cristina, inclinándose hacia mí, hace una semana me dijiste que te ocupaste del tema del embarazo de Alba. ¿Qué querías decir con eso?

Aparté el tenedor, recostándome en la silla.

Pues lo que parece. Llevo cinco años aguantando excusas. No estoy lista, ahora toca centrarse en el trabajo, mejor más adelante ¿Cuándo es ese más adelante? Tengo treinta y dos, Cris. Siempre quise un heredero, una familia normal, como todo el mundo.

Así que le cambié las pastillas.

Cristina quedó helada.

¿Se lo dijiste? ¿Cuándo?

El día que se marchó gruñí. Empezó a gritar y lo solté: Acostúmbrate, cariño, tú también lo querías. Yo solo ayudé. Pensaba que se le pasaría, que asumiría la situación. Pero no, cogió la maleta y se largó.

***

En la mesa de la cocina, junto a la montaña de biberones sin lavar, estaba el peine que mi hermano Lucas había olvidado.

Cristina lo miraba, creciendo en ella el enfado. ¿Por qué siempre tiene que reinar el caos?

Por fin el bebé de la cuna se calló, en la habitación de al lado. Pero el silencio no duraría: en una hora, como mucho dos, vuelta a empezar.

Ajustándose la bata, Cristina cogió el hervidor. Hacía nada que habían traído a Alba, mi cuñada, del hospital. Nico estaba radiante entonces, correteando, regalando ramos a todas las enfermeras, y Alba

Alba tenía una cara como de estar yendo al patíbulo, no a casa.

Cristina había pensado que era cansancio. Primer hijo, hormonas, lo típico Pero fue algo más.

La puerta de la entrada golpeó: Lucas volvía del trabajo. Sin mirarla, mamá fue directa a la nevera.

¿Qué hay de cena? preguntó sin mirarme.

Hay macarrones en la olla. Y chorizo, lo he cocido antes.

Nico, el niño acaba de dormirse. Por favor, baja la voz

Bufando, Nico sacó un plato.

Estoy reventado, Cris. Todo el día de pie, aguantando a los clientes. Me han dejado seco.

¿Y el pajarillo?

El pajarillo es TU hijo dijo Cristina, dejando la taza sobre la mesa con algo más de fuerza de la prevista. Se llama Álvaro. Y no ha parado de llorar en tres horas. Será el estómago.

Ya te las apañas respondió Nico con indiferencia sentándose. Las mujeres lo lleváis en la sangre.

Mamá pudo con nosotros sola cuando papá iba meses de viaje.

Cristina apretó los labios. Le daban ganas de tirarle el plato a la cabeza.

Vivía allí de forma temporal, mientras resolvía las deudas del local, pero en las dos semanas se había convertido en niñera, cocinera y criada gratis.

Y Nico actuaba como si nada hubiera pasado. Como si su mujer no hubiera recogido sus cosas y desaparecido en dirección desconocida.

¿Ha llamado Alba? preguntó Cristina, viendo cómo el hermano devoraba la cena con prisas.

Nico se quedó congelado, el tenedor en la boca, oscureciéndosele la mirada por un instante.

No coge el móvil. Lo corta. Maldita sea ¡Dejar al niño! Hay que tener valor

Todo porque cambié sus pastillas. Para que se quedara embarazada ya.

Eres un sinvergüenza, Nico suspiró Cristina.

¿Perdona? abrió mucho los ojos ¡Es por la familia! ¡Yo trabajo, traigo dinero a la casa! ¡Ella ha abandonado a su hijo! ¿Quién es el malo aquí?

Le quitaste la decisión Cristina se levantó. Engañaste a alguien a quien se supone que amas.

¿Qué esperabas que te dijera? ¿Gracias por arruinarme la vida?

Venga, no empieces Nico hizo un gesto despectivo. Ya volverá. No tiene a dónde ir: el niño está aquí, sus cosas también.

Cuando se le acabe el dinero, volverá. Hasta entonces ¿me echas una mano?

No tengo tiempo, voy hasta arriba en el trabajo.

Cristina no respondió. Salió de la cocina directo a la habitación del bebé.

Álvaro dormía con los puñitos cerrados. Cristina lo miró y sintió que se le partía el alma.

Por un lado, una cosita de nada, indefensa y sin culpa. Por otro, Alba, forzada a una trampa.

Daba pena por ambos

Cogió el móvil y buscó el chat con Alba. Había estado en línea hacía tres minutos. Cristina escribió y borró varias veces.

Alba, soy Cris. No te pido que vuelvas con él. Solo quiero saber si estás bien. Y me cuesta sola. ¿Charlamos un rato, aunque sea por mensaje? Sin reproches.

La respuesta llegó en diez minutos.

Estoy en un hostal. En tres días me voy de viaje de trabajo a Vigo, tres semanas. Lo tenía todo previsto antes de saber Bueno, hace mucho. Volveré y pediré el divorcio. No dejo a Álvaro, Cris. Pero no puedo ahora estar ahí. No puedo ni mirarle. Es que le veo a Nico en sus ojos.

Cristina suspiró.

Lo entiendo. De verdad. Nico me lo ha contado todo.

¿Y él? ¿Orgulloso de su hazaña?

Parece que sí. Cree que volverás.

Pues que sueñe. Cris, si no puedes más, dímelo. Buscaré una niñera y os paso dinero, pero con él no volveré. Nunca.

Cristina dejó el móvil y soltó el aire. Tenía que buscar trabajo, saldar deudas y rehacer su vida.

Pero tampoco podía dejar a Álvaro solo con Nico, que no sabía ni cambiar un pañal.

***

Los tres días siguientes fueron una pesadilla.

Nico llegaba tarde y sólo aparecía para cenar y dormir.

A cada petición de ayuda con el niño respondía Estoy cansado o Tú sabrás mejor que yo cómo calmarle.

Una noche Álvaro lloró tan fuerte que Cristina no pudo más.

Entró en el dormitorio de Nico y encendió la luz.

Levántate le dijo, helada.

Nico se tapó la cabeza con la almohada.

Cris, déjame. Tengo que madrugar.

Me da igual. Ve tú y acúnale. Tiene hambre y yo no puedo darle el biberón porque me tiemblan las manos de agotamiento.

¿Tú estás loca? se incorporó, despeinado y enfadado ¡Para eso vives aquí! ¡Te doy techo, pago la luz y el agua!

¿Así que soy tu criada? Cristina no se contuvo.

Pues llámalo como quieras murmuró él. Cuando vuelva Alba, descansas. Mientras, curras.

Cristina salió sin decir palabra.

No volvió a dormir. Sentada en la cocina, mecía la cuna con el pie y pensaba cómo darle una lección a su hermano. Nico se había pasado de la raya.

Cuando Nico se fue por la mañana, Cristina volvió a escribir a Alba.

Tenemos que vernos. Hoy, mientras él no está. Por favor.

Alba aceptó.

Se citaron en una plazoleta cerca de casa.

Alba tenía mal aspecto: ojeras, muy delgada y pálida.

Se acercó al carrito y miró mucho rato a su hijo, temblándole las manos.

Está más grande susurró. En dos semanas ha cambiado

Alba, él ni te reconoce aún dijo Cristina, suave.

Lo sé se tapó la cara. No soy un monstruo. Le quiero, en lo más hondo, es mi hijo. Pero si pienso en vivir con Nico, acostarme en la cama con quien me ha hecho eso no puedo ni respirar.

¿Y si no fuera con Nico?

Alba alzó la vista.

¿Cómo?

Él da por hecho que no te irás. Piensa que eres de su propiedad, junto con el niño.

Pero seamos sinceras: él no es padre. Es gestor de un proyecto llamado familia perfecta. No se levanta por las noches, no sabe ni preparar el biberón. Quería un heredero, no educarlo.

¿Y qué planteas?

Te vas de viaje empecé con seguridad. Trabaja, recupérate.

Yo me quedo aquí tres semanas más. Pero aprovecharé para preparar el terreno.

¿Qué terreno?

El divorcio. Y el acuerdo con la custodia. Alba, no puedes volver con él. Búscate piso. Me mudo contigo, te ayudo mientras trabajas.

En nada resolveré mis temas de dinero, tengo ya algunos encargos online. Podemos solas. Sin Nico.

Alba dudó, desconfiada.

¿Contra tu propio hermano?

Es mi hermano, sí, pero lo que ha hecho es repugnante. No quiero ser cómplice.

Cree que estoy de su parte solo porque no tengo otra opción. Se equivoca.

Alba guardó silencio, mirando cómo bailaba la luz sobre el capazo del carro.

¿Y él? No entregará al niño sin pelea. Será un follón.

Sí asentí. Pero tenemos un as en la manga. Reconoció que le cambió las pastillas. Si sale en el divorcio, ante el juez, y como testigo lo afirmo Además de su ayuda en casa. No quiere cuidar al niño. Solo necesita a quien manipular.

Cuando vea lo que cuesta cuidar a Álvaro día y noche, cederá solo. Le será más cómodo hacer el papel de padre víctima delante de sus amigos que arremangarse.

Alba sonrió, débil pero por primera vez con esperanza.

Has madurado mucho, Cris.

No quedó otra suspiré. Entonces, ¿sí?

Sí, gracias.

Las tres semanas pasaron volando.

Nico, cada vez más enfadado, empezó a darse cuenta de que Cristina no saltaba a servirle como antes al llegar de trabajar.

¿Cuándo vuelve Alba? preguntó una noche, tirando el portátil en el sofá.

Mañana respondí, abrazando a Álvaro.

Menos mal. Por fin saldré a cenar algo decente. Le compraré un regalo para que no proteste. Un anillo o pendientes. A las tías eso os va.

Cristina le miró con asco.

¿De verdad crees que un anillo arregla esto?

Anda, Cris basta ya de hacerte la santa. Todo se arregla. Las mujeres volvéis tras llorar un poco. El objetivo está cumplido: tenemos un hijo, la familia sigue.

Cristina no contestó.

***

La mañana siguiente, Alba llegó cuando Nico estaba ya fuera. No subió: esperaba en el coche. Cristina había dejado preparadas todas las cosas del bebé y su equipaje.

Tuvo que bajar tres veces para llevarlo todo. Álvaro dormía plácidamente en su sillita.

Ya con lo último, subió a dejar las llaves en la cocina, justo donde semanas antes Lucas olvidó el peine. Al lado, dejó una nota.

Nico, nos hemos ido. No busques a Alba, contactará contigo a través del abogado. Álvaro está con ella. Yo también.

Querías familia, pero olvidaste que la familia se construye en la confianza, no con engaños.

Los macarrones están en la nevera. Te tocará apañártelas con ellos.

Y nos fuimos.

Alba alquiló un piso pequeño pero bonito, al otro extremo de la ciudad. Los primeros días fueron duros: Álvaro extrañaba, Alba lloraba a menudo y el móvil de Cristina echaba humo con llamadas y mensajes furiosos de Nico.

Nico chillaba, amenazaba con ir a los tribunales, prometía dejarles sin un euro y quitarles al niño.

Cristina enfrentaba todo serena.

Aguantamos.

Nico, tras varios días de pataleta, desapareció.

El divorcio fue en los juzgados y, para sorpresa de ninguno, Lucas no mencionó intención de criar solo a Álvaro. Cristina acertó: no quería líos, solo pagó la pensión y se desentendió, ni siquiera pidió visitas.

De todo esto, me quedó una enseñanza: en la vida no se puede edificar una familia sobre el egoísmo, el engaño o la comodidad. La confianza y el apoyo mutuo son el verdadero fundamento. Sin ellos, lo que parece familia es solo fachada.

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MagistrUm
La esposa hizo las maletas y desapareció sin dejar rastro: Cuando la familia se construye sobre mentiras y controles, y las mujeres deciden no mirar atrás