¿A dónde vuelves a ir?
Alba levanta la vista del móvil. Juan se abrocha la chaqueta junto a la puerta: otra vez se dispone a salir. Ni siquiera la mira.
Al Lidia. Necesito ayudarla con algo.
Alba rueda los ojos y deja el móvil sobre la mesita.
¿No vas a pasar más de una vez? Ya es la tercera vez esta semana.
Juan frunce el ceño y sacude la mano.
Alba, ¿qué te pasa? La lavadora de Lidia se ha averiado, hay que revisarla. Lidia no puede hacerlo sola.
Una irritación brota del estómago y se extiende por todo el cuerpo como una ola caliente.
Que la llame un técnico dice Alba, levantándose del sofá. Hay profesionales para eso.
Cuesta mucho replica Juan mientras se abrocha la cremallera. Yo lo haré gratis. ¿Qué tiene de malo?
Juan, vas allí todos los días avanza Alba, acercándose. ¡Cada día! Una cosa, otra. ¿Cuándo terminará?
Juan ya está en la puerta.
Alba, ella se quedó sola con los niños. No puedo abandonarla, ¿entiendes?
Las palabras salen sin pensar:
¿Y a mí me puedes abandonar? ¡Casi no vienes a casa!
No exageres. Hablaremos cuando vuelva.
La puerta se cierra. Alba se queda sola en el silencio del piso. Se tapa los oídos, el ruido le llena el espacio. Camina a la cocina, donde el fregadero está atiborrado de vajilla sin lavar. Abre el grifo, exprime detergente sobre la esponja. Los movimientos son bruscos, entrecortados. Un plato choca contra el borde del fregadero con un sonido desagradable.
Un año. Ha pasado un año desde que murió el marido de Lidia. Un accidente repentino y absurdo. Alba sentía verdadera pena por Lidia: dos niños pequeños, sin ningún apoyo. Juan y el difunto Miguel habían sido amigos desde la escuela, casi hermanos. Claro que debía ayudar. Alba lo comprendía entonces, en las primeras semanas.
Pero la ayuda no termina. Juan parece instalarse en casa de Lidia: repara la llave, cambia bombillas, lleva a los niños al centro de salud. Trae la compra, compra ropa para los niños, paga sus actividades extraescolares. Y todo eso lo paga con el dinero que él y Alba ganan juntos.
No tienen hijos propios. Viven en su pequeño piso de una habitación, estrecho pero propio. Antes soñaban con ampliar la vivienda, ahorrar para un piso más grande. Soñaban con tener hijos. Pero en el último año los ahorros se han esfumado: en Lidia, en sus niños, en las interminables necesidades de una familia ajena.
Alba arroja la esponja al fregadero. La espuma salpica, cubriendo las paredes. La rabia la consume. Por las noches, Alba está sola en casa. Mientras tanto Juan está allí, con Lidia, ayudando, apoyando, pasando tiempo con sus niños. Su propia esposa parece haber desaparecido.
Alba intenta hablar con él, muchas veces. Pero Juan no se lo toma en serio, la rechaza, la tacha de exagerada. Le dice que ella siente celos sin motivo, que solo ayuda a una amiga, mejor dicho, a la viuda de su amigo.
Ya lleva un año que el amigo ya no está. Lidia debería aprender a vivir sola.
Al atardecer, Juan vuelve sobre las nueve. Alba está en el ordenador, terminando informes. Él pasa a la cocina y el hervidor suena.
¡Alba, ya lo he arreglado! grita desde allí. Solo estaba aprisionado el tubo. Lo he soltado y todo funciona. ¡Los niños están encantados! Timoteo y Lucía son muy divertidos. Jugamos al fútbol en el patio. Después Lidia nos ha hecho tortas con nata…
Alba no le escucha. Las palabras de Juan pasan como ruido monótono. Juan aparece en la puerta con una taza de té.
¿Me escuchas?
Sí gruñe ella.
¡Ni siquiera me escuchas! se irrita. Te cuento y tú…
Juan, estoy trabajando aprieta los dientes. Tengo que terminar el informe.
Siempre ocupada murmura Juan y se marcha.
A Alba le duele oír el nombre de Lidia, sus niños, sus juegos, sus tortillas. Siente que en casa de Lidia hay un verdadero hogar, mientras aquí sólo hay un techo donde pasar la noche.
Los días se alargan sin fin. Juan sigue desapareciendo en casa de Lidia, a veces hasta la madrugada. Regresa cansado pero satisfecho, narrando cómo ha ayudado, cómo los niños se alegran, cómo Lidia le agradece. Alba guarda silencio. Ya no quiere discutir.
Después, Juan comienza a comparar, sin querer, como quien habla entre dientes. Están cenando: Alba ha calentado croquetas de supermercado con arroz. Juan pincha su tenedor en el plato.
Hoy Lidia ha preparado un cocido, de verdad, casero, con carne y nata.
Alba levanta la vista. Algo se aprieta en su pecho.
Juan, llevo todo el día en el trabajo dice con firmeza. No tengo tiempo para cocinar.
Pues Lidia siempre saca tiempo continúa. Y su piso siempre está impecable. Los niños hacen lío, claro, pero ella mantiene todo limpio. Es una maravilla.
Alba deja el tenedor. El apetito desaparece.
Y cría a sus hijos sola añade Juan, moviendo la cabeza con admiración. Qué fuerza de voluntad.
Alba se levanta y lleva el plato al fregadero. ¡Qué fastidio!
Desde esa noche, las discusiones se intensifican. Juan sigue alabando a Lidia: lo buena que cocina, lo ordenada que está, lo bien que educa a sus hijos. Alba estalla, grita que está harta de oírlo. Juan se ofende, se va, vuelve, y el ciclo se repite.
Alba empieza a retrasarse en el trabajo a propósito, sólo para no volver a casa donde Juan está ausente o solo habla de Lidia. Se queda en la oficina hasta la noche, toma un café sola, charla con compañeros de cualquier tema, menos de su vida.
Regresa a casa pasada la medianoche. Juan ya está dormido, o finge estarlo.
Esa noche vuelve alrededor de las diez. El cansancio la aplasta; solo quiere acostarse y dormir. Se quita los zapatos en el recibidor y va a la cocina. Juan está sentado comiendo empanadillas.
No hay nada en casa. dice, sin mirarla.
Alba se queda inmóvil en el umbral.
¿Qué? replica en voz baja.
Te digo que no has preparado nada señala a su plato. He tenido que cocinar empanadillas. En casa de Lidia siempre hay comida casera. Siempre. Abres la nevera y encuentras guisos, ensaladas, sopas. ¿Y aquí? Vacío.
Algo dentro de Alba estalla, como una cuerda tensada. Da un paso al frente.
¡Entonces vete con ella! grita. ¡Si allí te sientes tan bien! ¡Déjame en paz!
Juan se queda inmóvil, con el tenedor en la mano. La empanadilla cae al plato.
Alba, ¿qué te pasa?
¡Estoy cansada! casi se ahoga con el grito. ¡Cansada de oír sus cocidos, sus niños, lo maravillosa que es! Si tanto te empeñas en reemplazar a Miguel, ¡asume el papel de su marido! Porque me parece que pasas más tiempo con ella que conmigo. ¿Te llevas mejor con Lidia? ¡Vete y vive allí!
Juan se levanta.
Alba, cálmate. Sólo le echo una mano. Miguel era mi amigo. Tengo una obligación…
Su rostro se palidece.
¡Tienes una obligación conmigo! interrumpe Alba. ¡Con tu esposa! No con ella. Me da pena Lidia, de verdad, pero ya no puedo. No soporto escuchar su nombre cada día. No puedo vivir con su fantasma en nuestro piso. Porque tú estás aquí solo en cuerpo. Tu alma está con ella.
No es así intenta acercarse Juan.
Alba retrocede.
Entonces renuncia. Ahora mismo. Dile que ya no vas a ir. Que necesitamos recuperar nuestra familia. Dilo.
Juan guarda silencio. Alba ve la incertidumbre en su cara y en sus ojos lee la respuesta. No va a renunciar. Nunca abandonará a Lidia.
Entendido dice, dándose la vuelta y yendo al armario.
Alba agarra su chaqueta.
¿Alba, a dónde vas? Juan la sigue.
Me quedo con mi madre abre la puerta. Por la mañana no deberías estar aquí. Recoge tus cosas y vete. Espero que en casa de Lidia encuentres sitio.
¡Alba, espera! ¡No te vayas! insiste.
Pero Alba ya ha salido del piso. La puerta se cierra con un golpe que retumba en todo el edificio.
Alba presenta pronto el divorcio. No había nada que dividir: el piso era suyo, y Juan tenía pocas pertenencias. Él se las lleva esa misma noche y deja las llaves sobre la mesa del recibidor.
En la sala del juzgado hay silencio y frescor. Alba está sentada en un banco de madera, esperando su turno. Frente a ella está Juan, pero también Lidia con sus niños. El niño y la niña se quedan callados, abrazados a su madre. Lidia y Juan se toman de la mano.
Alba observa sus dedos entrelazados. Juan se sonroja al notar su mirada, pero no suelta la mano.
Llega el momento de firmar. Sello en el pasaporte, firmas en los documentos. Todo termina. Ya no son marido y mujer.
Al salir del edificio judicial, Alba se vuelve. Juan, Lidia y los niños ya van hacia el coche. Juan lleva de la mano a la niña, Lidia sostiene al niño en brazos. Parecen una familia de verdad.
Alba da la vuelta y se aleja por el otro lado. No siente dolor ni rencor, sólo alivio. Está contenta de haber partido a tiempo, de no seguir torturándose con esa relación, de no esperar a que todo se desmorone por completo.
Es libre. Esa ha sido la mejor decisión de su vida. ¿Y el futuro? Eso lo decidirá el destino.







