La elección —Y resulta que Fede estaba casadísimo… —suspiraba Sonia, sentada en un banco del parque, apretando en el bolsillo el volante para la consulta. Sus compañeras de residencia la envidiaban cuando la veían con ese moreno de ojos azules, impecablemente afeitado, y decían que qué suerte tenía con un galán tan atento. Al final, no había nada que envidiar. Sonia se estremeció al recordar aquel primer y último encuentro con la esposa de Fede, que la esperó en la entrada de la fábrica para dejarle las cosas claras. —¡Hola! Si no me equivoco, tú eres Sofía —empezó ella. —¿Y usted quién es? —replicó Sonia, encogiéndose bajo la mirada escrutadora de la alta mujer de pelo platino. —Yo soy Olga, la esposa de Federico Mínguez. —¿Qué? —Lo has oído bien. —Otra ingenua —dijo Olga con calma—, sois legión las cazadoras de felicidades ajenas. —¿Pero qué se cree usted? —Mira —le tomó el codo con firmeza—, la que se lo cree eres tú. Soy su esposa legítima. Te he visto con mi marido y aún así te atreves a plantarte delante de mí, en vez de pedir perdón y marcharte con la cabeza gacha… Así actúa la gente decente, aunque veo que no es tu caso. Mujeres como tú —la miró de arriba abajo— han pasado tantas por su vida, que no alcanzan los dedos de las manos y los pies para contarlas. Te has liado con un casado, ¡qué poca vergüenza! Él es hombre, un cazador. ¿Lo entiendes? Para él solo eres una aventura pasajera. Te usará y adiós, muy buenas. Mantente lejos. Por cierto, tenemos dos hijas. ¿Te enseño una foto familiar? —Olga sacó una imagen y se la tendió a la atónita Sonia—. ¡Mira! Prueba de un gran amor. Fuimos a Benidorm hace dos meses… ¿Y ahora qué? —¿Y qué quiere usted de mí? Arregle sus asuntos con su marido. —Y los arreglaré, tranquila. Hace poco empezó a trabajar en esta fábrica. Un buen sueldo… y justo apareces tú para fastidiarlo todo. Déjalo antes de que sea tarde. No te creas sus promesas, Fede no piensa divorciarse. No pierdas el tiempo. ¿Cuántos tienes? ¿Treinta? —¡Veinticinco! —replicó Sonia con ofensa. —Aún mejor. Todavía puedes casarte y tener tus propios hijos. Así que deja a Fede en paz. Sonia no aguantó más la charla y se alejó a pasos vacilantes, escapando de la esposa que se había colado en su pequeño y feliz mundo, destrozando de golpe sus ilusiones. —Traidor… —murmuraba Sonia, sintiendo un nudo en la garganta, pero no se dejó caer en público; no quería chismes ni miradas en el trabajo. Esa misma tarde, Fede apareció en casa de Sonia con flores, como si nada. Ella, con los ojos hinchados, lo echó de allí, pese a sus promesas de eterno amor y su juramento de que pronto se separaría, pues entre él y su mujer hacía tiempo no había nada. Durante dos semanas Sonia hizo por recomponerse. Fede ya no la molestó. Fingía no verla y se giraba si se cruzaban. Pero las desgracias nunca vienen solas… Sonia atribuyó las náuseas y mareos a los nervios, hasta comprender que su romance ingenuo y apasionado con Fede le había dejado una huella: —Seis semanas —sonó como una sentencia. No quería ser madre soltera. Tenía miedo. Sentía que todos a su alrededor lo sabían y la juzgaban por fiarse de un hombre al que apenas conocía. Fede le ocultó su matrimonio. ¿Qué podía hacer? ¿Pedirle el DNI al conocerlo? No llevaba alianza, y no todos los casados la usan. ¿Por qué no sospechó cuando le pidió mantener su relación en secreto en la fábrica? Él la había engañado y, aunque Sonia no supiera nada, eso no la consolaba. Para colmo, sus compañeros cuchicheaban, comentando la visita de Olga. —Estoy embarazada —le confesó Sonia a su ex-amante en la hora de la comida, desesperada. —Te daré dinero, haz lo que tengas que hacer —murmuró él. Al día siguiente, Fede se fue de la fábrica. Y desapareció de su vida para siempre. Sonia no quiso demorarlo más, olvidó los consejos de la doctora y cogió la cita para la intervención. Y ahí estaba, sentada en el banco, apretando el papel, como si temiera perderlo. —¿Corres mucho? —le preguntó un chico en traje y con un ramo gigante de crisantemos granate, acomodándose a su lado. —¿Perdón? —respondió ella, con ojos vacíos. —Que tu reloj va adelantado —señaló él sus pulseras doradas. —Siempre me corre diez minutos. Lo pongo en hora, pero nunca dura —dijo con desgana, apartando la vista. —El día está maravilloso, ¿no te parece? Auténtico veranillo de San Miguel. A mi madre le encanta. Dice que en un día así tomó la mejor decisión de su vida… ¿Sabes? —prosiguió el parlanchín—. ¡Mi madre es la caña! —y alzó el pulgar—. Le estoy muy agradecido. —¿Y tu padre? —le brotó espontáneo a Sonia. —De él nunca cuenta nada. Yo tampoco pregunto, no le gusta recordar… Vengo de una entrevista. ¡Imagínate, me han elegido entre diez para un puesto estupendo! Y no tengo experiencia. No me lo creo. Mi madre siempre me ha dado confianza… Ya sé en qué gastaré mi primer sueldo: un viaje al mar para mi madre. Nunca ha visto el mar. ¿Y tú? —No… —Sonia clavó la mirada en la corbata burdeos del chico, que resplandecía de felicidad. —Me la regaló mi madre —sonrió, acariciándola. —Perdona si te aburro, es que necesitaba compartir mi alegría. Te veo tan triste… Pensé que te vendría bien hablar. ¿Hablo demasiado? Sonia negó con la cabeza. El desconocido no le molestaba. Logró romper el bucle de pensamientos oscuros. Y su devoción por la madre le merecía respeto. «¡Qué amor tan grande! —pensaba, ya más interesada en el chico—. Ojalá tuviera yo un hijo así…» —Bueno, me voy. Mamá me espera y estará nerviosa… ¡Tú no corras! —¿Qué dices? —Lo digo por tu reloj —se rió. —Ah… —ella también sonrió. Al minuto, el chico desapareció, y Sonia rompió el volante que apenas antes apretaba temiendo perderlo. Y luego se quedó largo rato, embelesada, respirando el aire otoñal. Se sentía ligera y cálida gracias a ese extraño tan cercano. Ya no estaba sola. Alguien crió sola un hijo estupendo. Lástima no haberle preguntado el nombre, pero ya no importaba… La decisión estaba tomada. *** Veintitrés años después… —Mamá, llego tarde —decía Esteban, atusándose el nudo de la corbata granate comprada la víspera para su entrevista de trabajo. —¿Seguro que la llevas? —Me da seguridad. Confía, me irán a coger. —le ajustó Sonia la corbata y se apartó con orgullo para mirar a su hijo. —Estoy nervioso. ¿Y si…? —Ese trabajo es tuyo. Responde seguro y sonríe. ¡Estás guapísimo! —Gracias, mamá —Esteban la besó y salió disparado. Sonia lo despidió mirando por la ventana. Su tesoro iba camino de la parada lleno de energía. De repente, un escalofrío… ¿Dónde había visto ya esto? Aquel chico del parque, más de veinte años atrás… Esteban con su traje le recordaba a él… ¡Había olvidado aquel momento! Ahora volvía a su memoria… ¿Realmente el destino le permitió ver, años atrás, a quien quería apartar de su vida (¡qué fea palabra!) y así tomar el rumbo correcto? ¿Por qué no se presentaría a aquel chico, si tenían casi la misma edad? ¿Por qué no preguntó cómo se llamaba su madre? En fin, ya no importa… Todo salió bien. A la hora de comer, Esteban volvió con un enorme ramo de crisantemos burdeos, a juego con la corbata, y anunció a Sonia que lo habían cogido. Prometió que irían juntos al mar, pues ella nunca lo había visto. Llegó el momento en que él cuidaría de su adorada madre. Por ella movería montañas y cambiaría el curso de un río. Sonia nunca se arrepintió de su elección. Lo había hecho bien. Así debía ser.

La Decisión

Y resulta que Fernando está casado hasta las trancas… suspiraba Nieves, sentada en un banco del parque mientras apretaba en el bolsillo el volante para la clínica.

Las compañeras de habitación en la residencia la envidiaban cuando la veían acompañada por ese moreno, de ojos claros y barba perfectamente afeitada, al que consideraban un caballero galante. Pero en el fondo, no había nada que envidiar.

A Nieves se le erizó la piel al recordar el primer y último encuentro con la esposa de Fernando, que la esperó a la salida de la fábrica para explicarle las cosas como eran.

Bueno, ¡hola! Creo que eres Nieves, ¿verdad? comenzó ella.

¿Y usted quién es? Nieves se sobresaltó ante la mirada escrutadora de aquella mujer alta y delgada, de melena rubia platino.

Yo soy Olga, la esposa de Fernando Vázquez.

¿Qué?

Lo que oyes.

Otra ingenua más… dijo la mujer con calma. ¿Cuántas como tú habrá en el mundo? No se acaban nunca las que persiguen la felicidad ajena.

¿Se puede saber qué se cree que está diciendo?

Oye, la rubia la sujetó firmemente del codo la pregunta es qué te crees tú. Yo soy la mujer legítima. Te he visto con mi marido y aún así me plantas cara, en vez de disculparte, desaparecerte por vergüenza. Pero, claro… eso lo hacen las personas decentes, y por lo visto eso no va contigo.

Mujeres como tú… la evaluó de arriba abajo…él ha tenido tantas que no tendría dedos suficiente para contarlas.

Te has metido con un casado, ¡sinvergüenza! Él es un hombre, un cazador, ¿lo entiendes? Para él solo eres una aventura más. Un rato y luego, adiós muy buenas. Aléjate de él.

Por cierto, tenemos dos hijas, puedo enseñarte una foto de familia. Olga sacó una foto y se la mostró a Nieves, que se quedó helada. Mira, prueba de amor grande y verdadero. Somos nosotros en Benidorm hace dos meses…

¿No dices nada?

¿Qué quiere usted de mí? Arregle sus cosas con su marido.

Y lo haré, no te preocupes. Él acaba de entrar a trabajar en esta fábrica. Un buen sueldo y aparece esto sobre nuestras cabezas…

Déjalo estar, hazme caso. No te fíes de sus promesas, Fer no piensa separarse. No malgastes tu vida. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta?

¡Veinticinco! replicó Nieves ofendida.

Eso mejor. Aún tienes tiempo de casarte y tener hijos. A Fernando, olvídalo.

Nieves no quiso escuchar más. Se alejó a pasos inseguros, como si sus piernas fueran de trapo, mientras la esposa de su amado irrumpía en su frágil mundo y borraba de golpe sus ilusiones.

Traidor…murmuraba Nieves, sintiendo el nudo en la garganta, pero no iba a permitirse el lujo de derrumbarse en público. No quería escándalos en el trabajo.

Aquella noche, como si nada, apareció Fernando con un ramo de flores. Nieves, aún llorosa, lo echó de casa a pesar de sus promesas de amor eterno y de que aseguraba que él y su esposa eran solo dos desconocidos bajo el mismo techo.

Dos semanas necesitó Nieves para recomponerse. Fernando no la volvió a molestar. Si se cruzaban en la empresa, fingía no conocerla.

Pero los problemas nunca vienen solos… Nieves atribuyó sus náuseas y mareos a los nervios, hasta que entendió que ese amor ingenuo y apasionado había dado fruto.

Seis semanas,sentía como una sentencia en su cabeza.

Ser madre soltera era su mayor miedo. Sentía que todos la miraban y la juzgaban, porque había confiado ciegamente en alguien a quien, en realidad, no conocía.

Fernando le había ocultado su vida. ¿Qué podía haber hecho ella? ¿Pedirle el DNI al conocerse? Ni llevaba anillo, aunque algunos casados, tampoco lo llevan.

¿Y por qué no sospechó cuando él insistía tanto en mantener su relación en secreto en el trabajo?

Él la engañó, pero saberlo no le aliviaba. Para colmo, el patio entero rumoreaba los detalles de la visita de Olga.

En el descanso del mediodía, con el corazón encogido, Nieves buscó a su ex amante.

Estoy embarazada,le dijo.

Te lo pago. Haz lo que tengas que hacer,gruñó él.

Al día siguiente Fernando se fue de la empresa, desapareciendo de su vida para siempre.

Nieves sabía que no podía retrasar más la decisión. Contra el consejo de la doctora, pidió cita para la intervención.

Así, sentada en el banco del parque, apretaba el volante temiendo perderlo.

¿Llega tarde usted?dijo de repente un chico en traje y con un gran ramo de crisantemos burdeos, sentándose a su lado.

¿Perdón? Ella levantó la mirada cansada.

Sus relojes van adelantados,dijo, señalando el reloj dorado en su muñeca.

Siempre me corren diez minutos. Los pongo en hora cada dos por tres, pero es inútil respondió Nieves con desgana.

Hace un día precioso, ¿verdad? Un veranillo de San Miguel en toda regla. A mi madre le encanta este tiempo. Siempre cuenta que fue en uno de estos días cuando tomó la mejor decisión de su vida y nunca se ha arrepentido.

¿Sabe? siguió hablando aquel desconocido. ¡Mi madre es única! y levantó el pulgar. Siempre le estaré agradecido.

¿Y tu padre?

Nunca habla de él, y yo tampoco pregunto. Se nota que le cuesta recordarlo…

Acabo de salir de una entrevista de trabajo. ¿Se lo imagina? Fui el elegido entre diez candidatos para un puesto en una buena empresa. Yo, que ni experiencia tenía…

Todo es gracias a la confianza que me ha dado mi madre.

Ya sé en qué voy a gastar el primer sueldo: le voy a regalar a mi madre un viaje al mar. Nunca ha visto el Mediterráneo.

¿Y tú has estado alguna vez? preguntó él.

No,respondió Nieves, fijándose en la corbata burdeos del chico.

Era simpático y radiante de felicidad.

Es regalo de mi madre,dijo él acicalándose la corbata, notando la mirada de Nieves.

Quizás le estoy cansando con tanto hablar, pero tenía tantas ganas de compartir mi alegría y usted parece tan triste…

Pensé que necesitaba a alguien con quien charlar. ¿Le estoy molestando? preguntó el chico.

Nieves negó con la cabeza en silencio. No, no le molestaba. Aquel desconocido había logrado frenar el vendaval de pensamientos negros que la atenazaban. Su admiración por su madre la conmovió.

¡Qué amor más leal! pensó. Qué suerte tiene su madre… Ojalá tuviera yo un hijo así algún día…

Me voy ya. Mi madre me espera y estará preocupada… ¡Usted no tenga prisa!

¿Cómo?

Lo digo por su reloj sonrió él.

Ah,le devolvió la sonrisa Nieves.

En cuanto el chico desapareció, Nieves, todavía con el volante en la mano, lo rompió en mil pedazos.

Y así se quedó sentada, largo rato, respirando el aire templado de aquel día soleado de otoño.

Su corazón se llenó de una calidez extraña, reconfortante, traída por aquel desconocido al que ya sentía tan cercano.

No estaba sola. Otra mujer, también sola, había criado así a un hijo admirable. Lástima no haberle preguntado el nombre… pero eso ya no importaba.

La elección estaba hecha.

***
Veintitrés años después…

Mamá, que llego tarde,decía Esteban, plantado frente al espejo mientras su madre le apañaba la corbata burdeos que le acababa de comprar para una entrevista importante.

¿Seguro que hace falta?

Me da confianza, créeme… Todo irá bien. Seguro que te cogen… añadió Nieves, terminando el nudo y reculando para contemplar lo guapo que estaba su hijo.

Los nervios, ¿y si…?

Ese puesto es tuyo. Contesta claro, sonríe y verás cómo lo consigues. Eres irresistible.

Gracias, mamá.Esteban la besó en la mejilla y se apresuró.

Nieves lo seguía por la ventana mientras avanzaba animado por la acera. De pronto un escalofrío le recorrió la espalda…

Todo aquello le resultaba conocido…

Aquel chico en el parque, más de veinte años atrás…

Y ahora Esteban, con su traje…

Había olvidado durante años aquel momento. De repente, el recuerdo volvió, vivo y nítido.

¿Sería posible? ¿Acaso el destino le permitió, entonces, vislumbrar fugazmente a quien hubiera querido que naciera palabra fea ahora y ayudarle a decidir bien, guiando sus pasos?

¿Por qué no le preguntó el nombre, si parecían casi coetáneos, por qué no le preguntó por su madre?

Aunque ahora eso ya no importaba…

Todo había salido bien…

Esa tarde, Esteban llegó a casa feliz, con un enorme ramo de crisantemos burdeos a juego con su corbata, y le contó a Nieves que le habían dado el puesto.

Y además le prometió que irían juntos al mar, que su madre, al fin, cumpliría aquel sueño.

Había llegado el momento en que el hijo cuidaría de quien lo crio. Por ella, movería montañas. Así era el hijo de Nieves.

Por muchos baches que hubo en la vida, ella encontraba alivio abrazando la cabeza de su muchacho, oliendo su pelo.

Soportaron todo, nunca se rindieron.

Nieves nunca se arrepintió de haber sido madre. Eligió el camino que debía.

Y así debía ser.

Rate article
MagistrUm
La elección —Y resulta que Fede estaba casadísimo… —suspiraba Sonia, sentada en un banco del parque, apretando en el bolsillo el volante para la consulta. Sus compañeras de residencia la envidiaban cuando la veían con ese moreno de ojos azules, impecablemente afeitado, y decían que qué suerte tenía con un galán tan atento. Al final, no había nada que envidiar. Sonia se estremeció al recordar aquel primer y último encuentro con la esposa de Fede, que la esperó en la entrada de la fábrica para dejarle las cosas claras. —¡Hola! Si no me equivoco, tú eres Sofía —empezó ella. —¿Y usted quién es? —replicó Sonia, encogiéndose bajo la mirada escrutadora de la alta mujer de pelo platino. —Yo soy Olga, la esposa de Federico Mínguez. —¿Qué? —Lo has oído bien. —Otra ingenua —dijo Olga con calma—, sois legión las cazadoras de felicidades ajenas. —¿Pero qué se cree usted? —Mira —le tomó el codo con firmeza—, la que se lo cree eres tú. Soy su esposa legítima. Te he visto con mi marido y aún así te atreves a plantarte delante de mí, en vez de pedir perdón y marcharte con la cabeza gacha… Así actúa la gente decente, aunque veo que no es tu caso. Mujeres como tú —la miró de arriba abajo— han pasado tantas por su vida, que no alcanzan los dedos de las manos y los pies para contarlas. Te has liado con un casado, ¡qué poca vergüenza! Él es hombre, un cazador. ¿Lo entiendes? Para él solo eres una aventura pasajera. Te usará y adiós, muy buenas. Mantente lejos. Por cierto, tenemos dos hijas. ¿Te enseño una foto familiar? —Olga sacó una imagen y se la tendió a la atónita Sonia—. ¡Mira! Prueba de un gran amor. Fuimos a Benidorm hace dos meses… ¿Y ahora qué? —¿Y qué quiere usted de mí? Arregle sus asuntos con su marido. —Y los arreglaré, tranquila. Hace poco empezó a trabajar en esta fábrica. Un buen sueldo… y justo apareces tú para fastidiarlo todo. Déjalo antes de que sea tarde. No te creas sus promesas, Fede no piensa divorciarse. No pierdas el tiempo. ¿Cuántos tienes? ¿Treinta? —¡Veinticinco! —replicó Sonia con ofensa. —Aún mejor. Todavía puedes casarte y tener tus propios hijos. Así que deja a Fede en paz. Sonia no aguantó más la charla y se alejó a pasos vacilantes, escapando de la esposa que se había colado en su pequeño y feliz mundo, destrozando de golpe sus ilusiones. —Traidor… —murmuraba Sonia, sintiendo un nudo en la garganta, pero no se dejó caer en público; no quería chismes ni miradas en el trabajo. Esa misma tarde, Fede apareció en casa de Sonia con flores, como si nada. Ella, con los ojos hinchados, lo echó de allí, pese a sus promesas de eterno amor y su juramento de que pronto se separaría, pues entre él y su mujer hacía tiempo no había nada. Durante dos semanas Sonia hizo por recomponerse. Fede ya no la molestó. Fingía no verla y se giraba si se cruzaban. Pero las desgracias nunca vienen solas… Sonia atribuyó las náuseas y mareos a los nervios, hasta comprender que su romance ingenuo y apasionado con Fede le había dejado una huella: —Seis semanas —sonó como una sentencia. No quería ser madre soltera. Tenía miedo. Sentía que todos a su alrededor lo sabían y la juzgaban por fiarse de un hombre al que apenas conocía. Fede le ocultó su matrimonio. ¿Qué podía hacer? ¿Pedirle el DNI al conocerlo? No llevaba alianza, y no todos los casados la usan. ¿Por qué no sospechó cuando le pidió mantener su relación en secreto en la fábrica? Él la había engañado y, aunque Sonia no supiera nada, eso no la consolaba. Para colmo, sus compañeros cuchicheaban, comentando la visita de Olga. —Estoy embarazada —le confesó Sonia a su ex-amante en la hora de la comida, desesperada. —Te daré dinero, haz lo que tengas que hacer —murmuró él. Al día siguiente, Fede se fue de la fábrica. Y desapareció de su vida para siempre. Sonia no quiso demorarlo más, olvidó los consejos de la doctora y cogió la cita para la intervención. Y ahí estaba, sentada en el banco, apretando el papel, como si temiera perderlo. —¿Corres mucho? —le preguntó un chico en traje y con un ramo gigante de crisantemos granate, acomodándose a su lado. —¿Perdón? —respondió ella, con ojos vacíos. —Que tu reloj va adelantado —señaló él sus pulseras doradas. —Siempre me corre diez minutos. Lo pongo en hora, pero nunca dura —dijo con desgana, apartando la vista. —El día está maravilloso, ¿no te parece? Auténtico veranillo de San Miguel. A mi madre le encanta. Dice que en un día así tomó la mejor decisión de su vida… ¿Sabes? —prosiguió el parlanchín—. ¡Mi madre es la caña! —y alzó el pulgar—. Le estoy muy agradecido. —¿Y tu padre? —le brotó espontáneo a Sonia. —De él nunca cuenta nada. Yo tampoco pregunto, no le gusta recordar… Vengo de una entrevista. ¡Imagínate, me han elegido entre diez para un puesto estupendo! Y no tengo experiencia. No me lo creo. Mi madre siempre me ha dado confianza… Ya sé en qué gastaré mi primer sueldo: un viaje al mar para mi madre. Nunca ha visto el mar. ¿Y tú? —No… —Sonia clavó la mirada en la corbata burdeos del chico, que resplandecía de felicidad. —Me la regaló mi madre —sonrió, acariciándola. —Perdona si te aburro, es que necesitaba compartir mi alegría. Te veo tan triste… Pensé que te vendría bien hablar. ¿Hablo demasiado? Sonia negó con la cabeza. El desconocido no le molestaba. Logró romper el bucle de pensamientos oscuros. Y su devoción por la madre le merecía respeto. «¡Qué amor tan grande! —pensaba, ya más interesada en el chico—. Ojalá tuviera yo un hijo así…» —Bueno, me voy. Mamá me espera y estará nerviosa… ¡Tú no corras! —¿Qué dices? —Lo digo por tu reloj —se rió. —Ah… —ella también sonrió. Al minuto, el chico desapareció, y Sonia rompió el volante que apenas antes apretaba temiendo perderlo. Y luego se quedó largo rato, embelesada, respirando el aire otoñal. Se sentía ligera y cálida gracias a ese extraño tan cercano. Ya no estaba sola. Alguien crió sola un hijo estupendo. Lástima no haberle preguntado el nombre, pero ya no importaba… La decisión estaba tomada. *** Veintitrés años después… —Mamá, llego tarde —decía Esteban, atusándose el nudo de la corbata granate comprada la víspera para su entrevista de trabajo. —¿Seguro que la llevas? —Me da seguridad. Confía, me irán a coger. —le ajustó Sonia la corbata y se apartó con orgullo para mirar a su hijo. —Estoy nervioso. ¿Y si…? —Ese trabajo es tuyo. Responde seguro y sonríe. ¡Estás guapísimo! —Gracias, mamá —Esteban la besó y salió disparado. Sonia lo despidió mirando por la ventana. Su tesoro iba camino de la parada lleno de energía. De repente, un escalofrío… ¿Dónde había visto ya esto? Aquel chico del parque, más de veinte años atrás… Esteban con su traje le recordaba a él… ¡Había olvidado aquel momento! Ahora volvía a su memoria… ¿Realmente el destino le permitió ver, años atrás, a quien quería apartar de su vida (¡qué fea palabra!) y así tomar el rumbo correcto? ¿Por qué no se presentaría a aquel chico, si tenían casi la misma edad? ¿Por qué no preguntó cómo se llamaba su madre? En fin, ya no importa… Todo salió bien. A la hora de comer, Esteban volvió con un enorme ramo de crisantemos burdeos, a juego con la corbata, y anunció a Sonia que lo habían cogido. Prometió que irían juntos al mar, pues ella nunca lo había visto. Llegó el momento en que él cuidaría de su adorada madre. Por ella movería montañas y cambiaría el curso de un río. Sonia nunca se arrepintió de su elección. Lo había hecho bien. Así debía ser.