La Dulzura Amarga de la Felicidad: Una Madre Castellana, su Hijo Soltero Cuarentañero y el Camino hacia el Amor Verdadero con una Mujer Madura, Tres Hijos y una Hija Especial

FELICIDAD AMARGA

¿Y qué tiene de malo esa muchacha? Es buena chica: discreta, limpia, estudiosa. Te quiere, me reprochó mi madre, Carmen Rodríguez, mirándome con desaprobación.

Mamá, deja que yo lo resuelva… respondí, poniendo punto final a una conversación inútil.

Carmen salió del salón, pero la oí suspirar al marcharse. Él siempre resolviendo… Cuántas mujeres ha conocido ya… Rozando los cuarenta y sigue sin decidirse. Pronto no querrá a ninguna, porque nunca nada le vale…, pensaba, mientras se dirigía a la cocina.

¡Hijo, a la mesa, que la comida está lista! me llamó mi madre desde la cocina.

No me hice de rogar. Me senté y empecé a zamparme el cocido que hacía como nadie.

Gracias, mamá, como siempre, riquísimo.

Ojalá esto se lo dijeras a tu mujer y no a tu madre… seguía Carmen sin poder dejar el asunto.

Mamá… me bebí la limonada y fui a levantarme.

Espera, hijo. ¿Sabes? Me he acordado de algo. Una vez fui a que me leyera el futuro una gitana en la Plaza Mayor. Nada más verme me dijo: A tu hijo le espera una felicidad amarga.

Ay, mamá, no creas en esas cosas sonreí, quitándole importancia.

En momentos distintos de mi vida fueron apareciendo mujeres, algunas a las que quise, otras no tanto.

Clara era inteligente, muy leída y hasta sensata para su edad. Tenía nueve años más que yo y me daba consejos valiosos. Al principio me gustaba eso en ella, pero luego empecé a verla como una amiga mayor, nada más.

La relación se volvió insípida y terminamos dejándolo.

Celia tenía un hijo de ocho años. Intenté llevarme bien con el crío, pero fue imposible, aunque yo quería de verdad a Celia. Era una mujer guapa, pero de carácter indomable. Cada discusión se arreglaba a golpe de regalos. Discutíamos por tonterías.

Faltaba algo: paz y estabilidad, supongo.

Beatriz era el ideal de mujer. De esas que crees imposibles de encontrar Ya pensaba en pedirle matrimonio. Me parecía pura, sensata, honrada. Había que tratarla casi como con guantes blancos.

Llegué a instalarme en su piso, y soñaba con hijos, al menos dos.

Pero un día, al volver antes de un viaje de trabajo, me la encontré en la cama con un antiguo compañero del colegio. De libro, vaya

Regresé a casa de mi madre, harto del amor romántico.

Seré un solitario. Es lo mejor. La familia más fuerte es la de un solo miembro le dije a Carmen, riéndome de mis propias desgracias.

Mi madre se encogía de hombros y suspiraba:

¿De verdad no existe para ti esa persona, hijo…?

Pero la fortuna me encontró sin avisar.

Viajé por trabajo a Barcelona. Ocupé una litera inferior, y cuando el tren arrancaba, subió al compartimento una mujer.

Joven, ¿me dejaría usted la litera de abajo? Le estaría muy agradecida.

Por supuesto, le respondí.

Observé a la mujer de arriba a abajo: nada del otro mundo, y sin embargo mi corazón dio un vuelco. ¿Será esto el destino…?

Subí a la litera de arriba y me quedé medio dormido.

Qué suerte que se haya despertado. Siéntese conmigo a la mesa y pruebe algo, me invitó la desconocida con una sonrisa cálida.

Bajé y empezamos a hablar.

Me llamo Amelia, se presentó ella.

Antonio. Encantado, Amelia.

Charlamos el viaje entero. Con Amelia me sentía cómodo, como si la conociera de toda la vida. Ni siquiera intenté impresionarla; bastaba estar con ella.

Intercambiamos teléfonos; por si acaso

A las dos semanas, sentí la necesidad de oír su voz.

Y así empezó todo.

Citas, besos, promesas

Ya no entendía cómo había podido vivir tanto tiempo sin Amelia. ¡Cuarenta años!

A las demás, siempre había sabido soltarlas sin grandes dramas. Pero con ella… no cabía coger distancia, ni poner fronteras.

Quería zambullirme de lleno en la vida de Amelia.

Ella me colmaba de amor sincero, ternura y comprensión.

Tres meses después le pedí casarme con ella, sin rodeos.

Antonio, soy siete años mayor que tú. Tengo tres hijos y vivimos en un piso compartido de Vallecas respondió Amelia, sin ocultar nada.

Y eres viuda. Lo sé, Amelia. Y conozco a tus hijos. Os venís a vivir conmigo. No hay más que hablar.

Te quiero entera. Eres mi casualidad y mi destino, le susurré besándola.

Vale, Antonio, probemos entonces se sonrojó Amelia.

No, Amelia. No es probar, es para siempre le apreté la mano. ¿Me oyes? Para siempre.

Cuando Carmen supo mis planes, solo murmuró:

Tanto elegir y al final la más discreta de todas

Nueve meses después, nació una niña especial. Nuestra hija.

Sentía, a partes iguales, miedo y alegría por Amelia. Temía que el esfuerzo pudiera quebrarla.

Criar a una hija “especial” es lo más duro y hermoso del mundo.

Hoy nuestra hija tiene ocho años. Toda la familia la adora.

Y yo venero a Amelia.

Felicidad amarga pero felicidad, al fin y al cabo.

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