Por algún motivo, las relaciones entre suegra y nuera han sido una constante en mi vida desde que era niña.
Todo empezó con las guerras entre mi bisabuela y mi abuela. Mis padres me llevaban a casa de mi abuela hasta que tuve plaza en la guardería, y allí, en el piso de mi abuela en Madrid, presencié un verdadero infierno. Parecía que convivían dos personas totalmente distintas. Una abuela me sonreía con ternura, me ofrecía dulces, me contaba cuentos y dibujaba conmigo. La otra, sin embargo, le gritaba enfadada a su suegra postrada, lamentando el castigo que le había tocado y soltándole frases como: ¿Pero tú cuándo piensas morirte ya?
Cuando falleció mi bisabuela, nos mudamos del piso de alquiler y fuimos a vivir con mi abuela. Entonces comenzó una nueva batalla: mi madre contra su suegra. A veces los vecinos del edificio venían a pedirnos que no armáramos tanto jaleo, pero la paz en aquella casa nunca duraba mucho.
Ya estaba yo terminando el instituto cuando enterramos a mi abuela. Mi madre, por principios, no guardó luto, y al noveno día organizó una pura revolución en el piso, metiendo todas las pertenencias de la abuela, sin distinciones, en bolsas de basura y bajándolas al contenedor. Cuando mi padre volvió de trabajar, se quedó atónito ante la actitud de su mujer hacia su difunta madre. Aquella noche discutieron durante horas, y, a decir verdad, creo que fue el inicio real de su divorcio. Mi padre nos dejó medio año después…
Cruz y yo nos casamos de manera muy discreta; no teníamos suficiente dinero para alquiler, así que incluso antes de la boda yo ya sabía que tendría que convivir con su madre. Me venían a la mente todas las discusiones que había presenciado en mi familia y me propuse que, si bien no llegábamos a ser amigas del alma, al menos nuestra convivencia no se convirtiera en una pesadilla.
Me mentalicé y, durante casi un año, reuní toda mi paciencia y soporté sin responder los comentarios y reproches de mi suegra acerca de cómo limpiaba, cocinaba o hacía la colada, etc. Jamás usó palabras malsonantes, pero tenía un don especial para el sarcasmo y sabía dejar claro que yo era una inútil y ella la reina de la casa.
Después de una de sus clases magistrales, decidí hablar con ella sinceramente. Compré una tarta, pedí a mi marido que nos dejara solas y le conté a mi suegra las historias de las mujeres de mi familia. Le propuse no repetir los errores del pasado y empezar a tratarnos, al menos, como buenas vecinas.
Mi suegra me interrumpió, apartó la tarta y sentenció: Aquí solo hay una señora, y ya sabes quién es. Hablaré como me dé la gana. Lo mejor que puedes hacer es no hablarme. Así que pásate por casa en silencio y no quiero verte.
Cuando Cruz entró, me miró buscando algún gesto, pero solo pude negar con la cabeza. Mi suegra entonces salió disparada de su cuarto: Bueno, vecina, ¿tienes la cena lista para tu marido?
Le contesté que, con ese trato, en su vejez no habría nadie para prepararle la cena, y ahí explotó todo. Cruz intentó mediar, pero tras un año de aguantar callada, yo ya no pude más…
Para salvar la relación, decidimos irnos a un piso de alquiler, aunque económicamente nos costó sudores. Poco a poco pudimos estabilizarnos y pedimos una hipoteca para comprar nuestra propia casa. Durante ese periodo, mi suegra cayó gravemente enferma y pasó a necesitar asistencia diaria. Yo, acordándome de todo lo vivido en mi infancia, me negué en redondo a quedarme al cuidado de ella.
Le propuse a mi marido buscar una familia que pudiera cuidar a su madre a cambio de heredar el piso, y, aunque a regañadientes, aceptó. Durante varios meses probamos con distintas personas. Nadie aguantaba con mi suegra más de dos semanas; incluso pagando el servicio, los cuidadores se iban asegurando que era imposible convivir con la abuela. Finalmente encontramos a una pareja que resistió dos meses. Firmamos un contrato en el que les garantizábamos la vivienda a cambio de cuidar de mi suegra, y establecimos un sistema para supervisar que realmente la atendían bien.
A estas alturas, estoy convencida de que el problema nunca fui yo, porque nadie estaba deseando hacerse con el pisoAl final, cuando Cruz y yo íbamos a visitarla, mi suegra me miraba con una mezcla de desdén y resignación. Nunca nos dimos un abrazo ni tuvimos una charla sincera; lo más cercano a la paz fueron silencios compartidos mientras mirábamos la televisión, cada una perdida en sus propios recuerdos. El día que falleció, la casa estaba tranquila. Apenas hubo lágrimas, solo la sensación de que una vieja guerra, por fin, llegaba a su última página.
Ahora, cada domingo como ritual, preparo una pequeña tarta y la comparto con mi hija en nuestra cocina. Cuando noto el reflejo de algún reproche asomando en mi voz, respiro hondo y sonrío. Le hablo de las mujeres que la precedieron de sus luchas, sus defectos y sus fortalezas y le prometo que, si el destino quiere, nosotras construiremos una historia distinta para el futuro.
Porque a veces, el mayor acto de rebeldía es romper el ciclo y aprender a perdonar incluso cuando el perdón solo es para una misma.






