La decisión «Pues resulta que Fede está casadísimo…», suspiraba Svetlana sentada en un banco del p…

Así que resulta que Fede está más casado que el Alcázar susurraba Martina, hundida en un banco junto a los castaños de la plaza, apretando en el bolsillo la autorización para la clínica.

En la residencia, sus compañeras la envidiaban cada vez que la veían del brazo de ese moreno, impecablemente afeitado y con ojos azules que parecía salido de algún barrio elegante de Madrid. Decían que había triunfado con semejante caballero, tan atento y detallista. Nada más lejos de la realidad.

Martina tembló al recordar el primer y último encuentro con la esposa de Federico, quien la había esperado en la puerta de la fábrica para dejarle bien claras las cosas.

Vaya, así que tú debes de ser Martina empezó la mujer.
¿Y usted, quién es? dijo Martina, encogiéndose bajo la mirada gélida de aquella mujer alta, delgada, con el cabello teñido como las cenizas.
Soy Alicia. La esposa de Federico Ruiz.
¿Perdón?
Lo has oído bien.
Otra ingenua dijo Alicia, tranquila. Cuántas como tú habrá por ahí, cazando la felicidad ajena, nunca se terminan.
¿Pero quién se cree que es?
Escucha, la rubia le cogió el codo de Martina con cierto cuidado, ¿pero quién te crees tú? Yo soy la esposa. Te he visto con mi marido y encima te atreves a ponerme cara. Lo normal sería que te dieras la vuelta, pidiese perdón y te marcharas avergonzada. Aunque eso lo hacen las personas decentes, y parece que no es tu caso.
Miró a Martina con desdén. Ha habido tantas como tú que ya ni los dedos de las manos y los pies nos alcanzarían para contarlas. Enganchada con un casado. ¡Sinvergüenza! Es un hombre, un cazador, ¿entiendes? Para él solo eres un pasatiempo. Un ligue de oficina. En cuanto se canse ni se acordará de tu nombre. Aléjate de él.
Por cierto, tenemos dos hijas. Te puedo enseñar una foto, por si no me crees Alicia sacó una imagen, se la mostró a la atónita Martina. ¿Ves? Esto sí es amor, en Córdoba hace dos meses.

¿Y qué espera de mí? Arréglelo con su marido balbuceó Martina.
Tranquila, lo arreglaré. Federico lleva poco en esa fábrica, el sueldo no está mal, y justo llegas tú Deja de perder el tiempo. Fede no va a divorciarse. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta?
¡Veinticinco! saltó Martina, dolida.
Peor me lo pones. Te queda tiempo para buscarte a alguien y tener tu familia. Pero deja a Federico tranquilo.

Martina no quiso oír más. Salió despacio, con las piernas como de barro, dejando detrás a aquella mujer que irrumpió destrozando en un segundo todas sus ilusiones y sueños color de rosa.

Traidor mascullaba Martina, aguantándose el llanto que le quemaba la garganta. No quería darle tema de charla al trabajo ni alimentar rumores.

Aquella noche, haciendo como si nada, Federico apareció en la habitación con un ramo de rosas. Ella, con los ojos hinchados, le echó de casa, aunque juró amor eterno y prometió divorciarse, asegurando que entre él y Alicia ya no quedaba nada.

Dos semanas necesitó Martina para recuperarse. Federico nunca volvió a molestarla. Fingía no conocerla, desviando la mirada al cruzarse.

La desgracia nunca viene sola Al principio achacó el mareo y las náuseas a los nervios, pero pronto entendió: la pasión ingenua y loca con Fede había dado su fruto.

Seis semanas sentenció el médico.

El miedo la paralizó. No quería ser madre soltera, sentía que todos la miraban con juicio, que veían a una tonta que se dejó llevar por alguien a quien apenas conocía. Federico le había ocultado su situación, ¿qué podía hacer? ¿Pedirá el DNI al conocer a alguien? Ni anillo llevaba, aunque ya se sabe que no todos los casados lo usan.

¿Y por qué no le extrañó que le pidiera mantenerlo en secreto en el trabajo? La había engañado, y aunque ella no sabía nada, el mal ya estaba hecho. Para colmo, la fábrica se llenó de cuchicheos tras la visita de Alicia.

Estoy embarazada le soltó Martina a Federico, en un rincón durante el descanso.

Te doy dinero, haz lo que haya que hacer soltó él entre dientes.

Al día siguiente, Federico dejó la fábrica y desapareció sin dejar rastro.

No podía aplazarlo más. Martina, pese a los avisos del médico, cogió el papel para la “operación”.

Ahora estaba en aquel banco, apretando la hoja, temerosa de soltarla.

¿Tiene prisa? preguntó de repente un chico en traje, con un enorme ramo de crisantemos burdeos, que se sentó a su lado.

¿Perdón? le miró Martina con unos ojos vacíos.
Su reloj va adelantado señaló el muchacho, indicando los relojes dorados en su muñeca.
Siempre me adelanta diez minutos Aunque intento ajustarlo, nunca sirve de nada respondió Martina, sin ganas de conversación.
Hace un día espléndido, de esos que llaman veranillo de San Miguel. A mi madre le encanta el otoño. Dice que fue en un día como hoy cuando tomó la decisión más importante de su vida, que nunca se arrepintió.
¿Sabe? siguió el chico, ignorando la tristeza de Martina. Mi madre es la mejor, y le estaré eternamente agradecido. Le enseñó el pulgar en alto.
¿Y tu padre? se escapó de los labios de Martina.
Nunca me habla de él. Ni lo pregunto, se nota que le duele.

Vengo de una entrevista de trabajo. ¡No se lo puede imaginar! Me han elegido entre diez candidatos para un puesto buenísimo en una empresa. No tengo experiencia y aun así A veces no me lo creo. Mi madre siempre me animó a creer que podría conseguirlo. Y ya sé qué haré con mi primera nómina: le regalaré un viaje al mar. ¡Nunca lo ha visto!

¿Y usted? ¿Ha visto el mar? preguntó.
No respondió Martina, con la mirada todavía clavada en el lazo granate de la corbata del joven.

Es un regalo de mi madre dijo él con una sonrisa, acariciando el nudo.
Seguramente le estoy aburriendo, pero quería decirle algo alegre Se la ve tan triste. Pensé que quizás necesitaba hablar con alguien… ¿Le molesto?
Martina negó con la cabeza. El joven no la irritaba, al contrario, había sido capaz de detener aquel torbellino triste en su mente, y su amor por su madre era algo digno de admiración.
¡Qué amor tan fiel! pensaba Martina, observando a ese chico chispeante, ¡Le ha tocado la lotería su madre Cómo me gustaría tener un hijo así!

Bueno, tengo que irme. Mamá me espera y se impacienta ¡Usted no se apresure!
¿Cómo?
Hablaba de su reloj le guiñó un ojo, sonriendo.
Ah respondió Martina devolviéndole una pequeña sonrisa.

Un minuto después, el joven se perdió bajo los plátanos de la plaza y Martina sacó la hoja de la clínica, que por fin soltó y rompió en mil trocitos.

Se quedó sentada, casi hipnotizada, aspirando el aire luminoso del otoño. Por primera vez en mucho, el corazón le latía templado y ligero.
No estaba sola. Aquella mujer sola había criado a un hijo maravilloso; lástima que no hubiese preguntado su nombre, pero ya no importaba
La elección estaba tomada.

***
Veintitrés años después
Mamá, se me va a hacer tarde decía Esteban frente al espejo mientras su madre le ajustaba la corbata burdeos recién comprada para la entrevista.

No te la quites, hombre.
Es para dar confianza. Créeme, vas a ver que todo irá bien. Seguro que te cogen. Martina terminó el lazo y se retiró, admirando a su hijo con ternura.
Estoy nervioso, ¿y si?
Ese puesto es para ti. Tranquilo, contesta claro y sonríe, eres irresistible.
Vale, mamá. Esteban le dio un beso y salió corriendo al trabajo.

Martina lo miraba por la ventana mientras él se alejaba con presteza hacia la parada del bus.
Entonces se detuvo, sobresaltada, como si un relámpago la atravesara Esa escena ¿Dónde la había vivido antes?
Aquel joven en la plaza, hacía más de veinte años
Esteban, hoy, en su traje, era igual.

Tantos años había olvidado ese instante Y ahora, ese recuerdo volvía, vívido y luminoso en su memoria.
¿Era posible que el destino le hubiese permitido ver a su propio hijo antes de decidirse, guiándola por el buen camino?
¿Por qué entonces no le preguntó su nombre, si eran casi de la misma edad, por qué no preguntó por su madre?
Pero, después de todo, nada de eso importaba ya.

Todo había salido bien.

Después de comer, Esteban volvió con un gran ramo de crisantemos burdeos, a juego con su corbata, y le contó a Martina que le habían cogido en la empresa.
Le prometió también que pronto comprarían ese viaje al mar, que ella nunca había visto, y que ahora le tocaría a él cuidar de su madre, que sería capaz de mover montañas por ella.
Por muchas dificultades que pasaran en esos años, cuando ella se acurrucaba en la cabeza perfumada de su hijo, todo se volvía más llevadero.

Juntos lo superaron todo, sin rendirse, y Martina jamás se arrepintió de haberle traído al mundo. Había elegido bien.
Así debía ser.

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MagistrUm
La decisión «Pues resulta que Fede está casadísimo…», suspiraba Svetlana sentada en un banco del p…