La cuñada me dejó a sus hijos con la excusa de un imprevisto urgente y desapareció durante tres días

¡Venga, Lucía, por favor! ¡Te lo suplico! ¡Es algo de vida o muerte, de verdad! ¡No tengo a quién más acudir! Mamá está en el pueblo, con la tensión disparada, no la puedo preocupar, y tú eres mi cuñada favorita, la más comprensiva Paloma hablaba tan deprisa que todo sonaba como una avalancha de palabras de la que Lucía sólo alcanzaba a rescatar cosas como «imprevisto urgente», «sólo hasta esta tarde» y «hazme el favor».

Lucía está plantada en el umbral de su propia casa, con un paño del polvo en una mano y, con la otra, sujetando a duras penas a Lola, su perrita teckel, que ladra y tira de la correa con todas sus fuerzas contra los invitados indeseados. Delante tiene a su cuñada Paloma y a los dos hijos de ella: Jaime, de siete años, y Diego, de cuatro. Los niños ya han conseguido llenar la entrada de huellas de barro y ahora rascan las paredes con los dedos, entretenidos con la textura del gotelé.

Espera, Paloma intenta interrumpir Lucía el torrente de su pariente. ¿Cómo que esta tarde? Hoy es viernes y Gonzalo y yo teníamos hotel reservado para ir a la sierra este finde. Llevamos dos meses esperando.

Paloma lanza un suspiro dramático y por poco se le cae el bolso, abarrotado hasta arriba de cosas de críos.

¿Pero qué hotel, mujer? Sois jóvenes y sanos, ¡habrá más fines de semana! Yo estoy jugándome el futuro: me han llamado para una entrevista de trabajo Fuera de Madrid. Es para un puesto buenísimo, con horario flexible y sueldo de escándalo. Si no voy ahora, pierdo la oportunidad. ¿Sabes cómo está la cosa siendo madre sola? Ya ves el padre, lo que pasa de todo, la pensión es ridícula

Solloza y pone cara de pena máxima, un truco en el que Paloma es una auténtica especialista.

En ese instante, sale Gonzalo de la cocina, con un trozo de pan en la boca. Al ver a su hermana y a los sobrinos se le corta la masticación.

¿Paloma? ¿Qué haces aquí? Si nos vamos en una hora.

¡Gonzalito, hermano mío! Paloma corre hacia él y casi lo tira. ¡Sálvame! Me urge marcharme, sólo es cuestión de un día. Mañana a mediodía vuelvo, ¡te doy mi palabra! Jaime y Diego se quedan con vosotros. Son buenísimos, no dan ruido: les ponéis los dibujos y unas galletas y ni los notáis.

Gonzalo mira a Lucía con esa mezcla de pena por su hermana y susto anticipado a la bronca que Lucía reconoce bien. Él es blando, y Paloma lo sabe.

Lucía musita él, inseguro. ¿Y si aplazamos el viaje? Al fin y al cabo, Paloma está buscando trabajo. Es importante

La reserva es no reembolsable murmura Lucía, firme pero apagada. Y llevo una semana agotada.

¡Te lo compenso todo! se mete Paloma en la conversación. ¡En cuanto cobre te devuelvo la pasta de la reserva y os hago una comilona! ¿Dónde los dejo si no? ¿En un centro de menores?

Justo entonces Diego estornuda y se limpia la nariz con la manga. Jaime, instalado ya en el salón, ha puesto el televisor a todo volumen.

Bueno resopla Lucía, notando cómo le sube la ira por dentro. Hasta mañana al mediodía, Paloma. Como muy tarde, a las dos. Si no apareces, los llevamos con tu madre al pueblo y que le dé igual la tensión.

¡Eres un amor, un ángel! Paloma planta un beso pringoso en la mejilla de Lucía, cuelga las chaquetas de los niños, le suelta a Gonzalo una bolsa con ropa y, sin despedirse de sus hijos, sale disparada. ¡Estoy al móvil! ¡Os quiero!

La puerta se cierra. Sólo queda el ruido de los anuncios de la tele.

Genial dice Gonzalo, intentando sonreír. Empezamos bien el descanso.

No te preocupes Lucía se refugia en la cocina, evitando mirar las pisadas. Son veinticuatro horas, sólo eso. Mientras no destrocen la casa

Las primeras horas pasan sorprendentemente tranquilas. Los niños, embelesados con el televisor y el tarro de caramelos, ni protestan. Lucía abre la bolsa que Paloma ha dejado: dos mudas, unas medias para los dos, una tablet vieja con la pantalla rota y una bolsa de patatas baratas. Nada de medicinas, ni juguetes, ni comida decente.

Ni siquiera metió pijamas murmura Lucía, revisando. Y no hay cepillos de dientes.

Bajo al súper se ofrece enseguida Gonzalo. Compro cepillos, leche, cereales. Tendrán que desayunar, ¿no?

La calmada rutina dura hasta la cena, cuando Diego, tras zamparse demasiados caramelos, rechaza la cena «de mayores».

¡No quiero sopa! berrea, esparciendo puré por la mesa. ¡Quiero nuggets! ¡Mamá siempre compra!

No hay nuggets, cielo. Tenemos filetes caseros, están muy ricos. Prueba.

¡Puaj! y tira el plato al suelo.

Lola, la perra, se abalanza sobre la carne caída con entusiasmo. Lucía va a buscar la bayeta, cerrando los ojos de impotencia. Jaime, viendo la escena, también aparta su plato.

Yo tampoco quiero eso. Tío Gonzalo, pide pizza.

La pizza es mala, Jaime intenta Gonzalo ejercer algo de autoridad. Come lo que hizo tía Lucía, anda.

Mamá dice que cocinar es de pringados, que mejor pedir suelta el pequeño, con toda su lógica infantil.

Lucía y Gonzalo se miran. La noche promete.

Terminan alimentando a los críos a base de bocadillos y, tras apañarles el sofá-cama con camisetas viejas de Gonzalo como pijama improvisado, los adultos se desploman en su dormitorio pasada la medianoche.

Mañana a las dos, los recoge. Luego aunque sea nos vamos al cine repite Lucía, como si fuera un mantra.

Claro que sí la abraza Gonzalo. Perdona, no debería haberte metido en esto. Paloma ya sabes cómo es. Pero no lo hace a mal.

La mañana del sábado arranca a las siete con un estruendo: Jaime ha intentado investigar los armarios de la cocina y ha tirado un bote de garbanzos. Las legumbres tapizan el suelo.

No ha sido queriendo musita él, cuando Lucía entra medio dormida.

No pasa nada Lucía cuenta hasta diez. Coge la escoba y ayuda.

No sé, yo no barro. Mi madre lo hace. O la abuela cuando viene. Yo soy un hombre responde tan ancho.

A las dos, el salón parece un escenario de guerra. Sin juguetes a mano, han usado los cojines del sofá para construir fortalezas, las revistas de Lucía para recortar y hasta han intentado amaestrar al gato, que se ha escondido encima del armario.

Todo listo, comida, bolsas y abrigos preparados. Lucía mira el reloj. Las dos. Nada.

Dos y media. Silencio.

Llama a tu hermana ordena a Gonzalo.

Gonzalo marca su número. Tonos infinitos. Al final, un robot contesta: Este número no está disponible temporalmente.

Igual está en el tren. Ya sabes como va la cobertura musita, intentando creérselo.

¿Entrevista en sábado? cruza Lucía los brazos. ¿De verdad te lo crees?

Esperan hasta la noche. El móvil de Paloma sigue apagado. Diego llora por su madre. Jaime está insoportable, reclamando la tablet, y por supuesto, ni rastro de cargador.

Hoy no viene sentencia Lucía, viendo cómo se apaga la luz. Esto es una vergüenza.

Lucía, tranquila Gonzalo busca excusas. Igual se ha quedado sin batería, o el tren se ha estropeado.

La noche es un infierno. Diego moja el sofá y hay que cambiarlo todo. Jaime pide la luz encendida porque teme a los monstruos. Lucía no pega ojo.

Domingo. El móvil de Paloma, aún apagado.

Voy a llamar a tu madre anuncia Lucía en el desayuno.

¡Ni se te ocurra! salta Gonzalo. Estaba fatal la semana pasada, con la tensión y todo. Si se entera de esto, le da un infarto. Espera al menos hasta la tarde. Paloma no iba a dejar a los niños tirados, mujer.

Mañana hay trabajo. Yo tengo cierre de trimestre, a las ocho debo estar en la oficina. ¿Quién los cuida?

Pido un día libre promete Gonzalo.

A media tarde, ocurre la catástrofe. Diego, corriendo, parte el jarrón que los padres de Lucía regalaron por su boda. El crujir de la porcelana resuena como una sentencia.

No ha sido mi culpa grita Jaime. ¡Ha sido Diego!

Lucía recoge los trozos de suelo sin pestañear. Quiere llorar, pero ya sólo siente una furia fría. Cuando termina, va al dormitorio donde Gonzalo está mustio:

Si mañana a primera hora tu hermana no da señales, voy a la Policía y denuncio abandono de menores. Y llamo a servicios sociales.

¡Lucía! Gonzalo se pone en pie. ¿Pero qué dices? ¡Es mi hermana! ¿Abandono? ¿Qué quieres, que acaben en un centro?

Quiero que tu hermana asuma su responsabilidad estalla Lucía. No somos una guardería. Tenemos vida. Ya está bien de sacrificar nuestro tiempo por sus caprichos.

No está de capricho, está trabajando.

¿Trabajando? Lucía enseña su móvil. Mira.

Tiene de amiga a Paloma en las redes, aunque su perfil está cerrado. Sin embargo, una amiga común ha compartido una foto: Paloma, en bañador, con cóctel junto a la piscina, en un spa a las afueras de Madrid. Fecha de hoy, pie de foto: Por fin relax merecido. Chicas, nos lo hemos ganado.

Gonzalo enrojece.

Eso es una foto de hace tiempo

Fecha de hoy y el bañador es de la nueva temporada, lo vi en el escaparate la semana pasada remata Lucía. Nos ha mentido. Nos los ha colado para irse de fiesta.

Gonzalo se hunde.

¿Y ahora qué hacemos?

Te lo he dicho. Mañana los llevo a la oficina, los planto en la sala de reuniones y tú llamas a tu madre. Que se encargue ella o que busque a su hija en la piscina. A mí esto se me ha acabado.

La noche más larga del siglo. Diego coge fiebre. Casi cuarenta. Lucía no pega ojo entre paños fríos y termómetros, Gonzalo tampoco duerme.

Lunes, siete de la mañana. El móvil de Paloma vuelve a estar disponible.

Gonzalo llama enseguida.

¿Sí? responde ella, atontada y arisca.

¡Paloma! ¿Dónde estás? grita Gonzalo, tan fuerte que Jaime se sobresalta de la otra habitación. ¡Esto qué es!

¿Pero por qué gritas así? protesta ella, sin ganas. Se alargó la entrevista, tuve que quedarme. Os lo dije, era importante.

¿Qué entrevista hay en un spa? ¡Tenemos las fotos! ¡Te estabas bañando mientras Diego tiene fiebre!

Silencio.

¿Me estáis espiando? ¿No tengo derecho a una vida? Igual estoy conociendo a alguien, ¿vale? ¿Qué le habéis dado a Diego? Bien que os los dejé sanos, ¿eh? Como le pase algo, os denuncio.

Ven inmediatamente. Si no, los llevo a protección de menores responde Gonzalo con una seriedad que Lucía nunca le ha visto.

Ya voy, no seas histérico.

Paloma aparece tres horas después. Lucía ha tenido que avisar al trabajo y pedir el día. Paloma entra perfumada, morena y sonriente. Se lanza sobre Diego, aún en el sofá con fiebre.

¡Mi chiquitín! ¿Qué te han hecho? ¿No te han dado de comer? ¿Te han dejado enfermar? se vuelve hacia Lucía con una mirada asesina. Sabía yo que no eras de fiar con niños. Como no tienes hijos propios

A Lucía se le nubla la vista. Llevan tres años intentando ser padres. Paloma lo sabe.

Fuera de mi casa susurra Lucía.

¿Qué?

Fuera, recoge a los niños y vete. Y que no vuelvas.

Ni falta que hace escupe Paloma, recogiendo la ropa a toda prisa. Jaime, Diego, nos vamos. Ya os compraré chuches, mis niños.

Me debes dinero dice Gonzalo, cruzado de brazos.

¿Qué dices?

El jarrón de boda, quinientos euros. La compra, trescientos. Los medicamentos, cien. El daño moral es incalculable, ese te lo regalo. En total, novecientos. Haz el bizum ahora mismo.

¿Estás loco? ¿A tu hermana?

Para el spa sí tenías. O pagas o llamo a mamá y le enseño las fotos. Spa, cócteles, entrevista… todo.

Con mala cara, Paloma coge el móvil y hace la transferencia mientras refunfuña.

Ahí lo tienes. Ya me veréis poco. De ayuda nada de nada.

Se lleva como puede a Diego y a Jaime y sale dando un portazo.

Lucía se desgaja en el sofá. Sigue oliendo a jarabe y a sudor infantil, hay envoltorios por el suelo y una mancha de filete en la pared.

Gonzalo se le acerca y le coge la mano.

Perdón musita. Soy un imbécil.

No lo eres, sólo eres su hermano. Pero ahora sabes lo que valen sus favores.

No vuelve a pasar.

Se quedan sentados en silencio. Al rato, se ponen a limpiar juntos, sin decir palabras, eliminando cada resto de tres días locos.

Por la tarde llama la madre de Gonzalo, Carmen.

Buenas Lucía su voz es débil. Hablé con Paloma. Estaba llorando. Dice que la echasteis y ni cuidasteis de los niños, que encima le cobráis ¿Es verdad? Sois familia

Lucía suspira hondo. Antes se habría justificado. Pero algo ha cambiado.

Carmen, Paloma no te ha contado todo. Pregúntale qué hotel era ese donde hacía la entrevista en bikini. O mejor vente un día a casa, cuando puedas. Tengo un vídeo de Jaime diciendo que cocinar es para pringados, que mamá manda pedir. Tenemos mucho que hablar.

Silencio en la línea. Un suspiro.

Ay, hija Está claro. Ya no puedo con ella.

No se preocupe, Carmen, sólo hemos aprendido la lección.

Lucía cuelga.

¿Sabes qué? dice a Gonzalo, que la mira abatido. Vamos a pedir una pizza. Gigante. Y brindamos con vino. Nos lo hemos ganado.

¿Y el hotel? sonríe Gonzalo.

Iremos el próximo finde. Y móviles en modo avión. Ambos.

Y así lo hacen. Y cuando una semana después aparece «Paloma» en la pantalla del móvil de Gonzalo, simplemente activa el modo silencio y deja el teléfono boca abajo. Lección aprendida: los límites, a veces, salvan incluso a la familia.

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MagistrUm
La cuñada me dejó a sus hijos con la excusa de un imprevisto urgente y desapareció durante tres días