¡Por favor, Carmen, por favor! ¡De verdad, es cuestión de vida o muerte! No tengo a quién más recurrir, mamá está en el pueblo, dice que le sube la tensión y no quiero preocuparla. ¡Pero tú eres mi cuñada favorita, la más comprensiva! Aurora hablaba tan rápido, que las palabras parecían un río fuera de control. Carmen lograba entender apenas algunas frases sobre un asunto urgente, solo hasta la tarde y sálvame, por favor.
Carmen estaba en la puerta de su casa, una bayeta en una mano y, con la otra, sujetando el collar a Kira, la perrita salchicha que ladraba como si el fin del mundo estuviera llegando. Los visitantes eran su cuñada Aurora y los hijos de esta: un niño de siete años, Martín, y otro de cuatro, Pablo. Los pequeños ya habían pisoteado la alfombra de la entrada con las botas llenas de barro y ahora hurgaban con los dedos el papel pintado del pasillo, como si buscaran un tesoro.
Aurora, espera un momentointentó Carmen colarse en mitad del monólogo de su cuñada. ¿Cómo que hasta la tarde? Hoy es viernes. Con Santiago teníamos previsto irnos a la sierra después del trabajo. Hacía dos meses que habíamos reservado un fin de semana en el balneario.
Aurora se llevó teatralmente las manos a la cabeza, casi tirando la bolsa inmensa que llevaba al hombro, repleta a reventar de lo que a todas luces eran cosas del niño.
¿Balneario? ¡Eso puede esperar, Carmen! Sois jóvenes, sanos, ya iréis ¡Pero a mí se me abre la puerta a una nueva vida! Me han llamado para bueno, una entrevista, en otra ciudad. Un trabajo con futuro, jornada flexible, sueldo de los que quitan el hipo. Si no voy ahora, pierdo la oportunidad. ¡Hago todo por mis hijos! Tienes que entenderlo, no tengo pareja que me ayude, y con la pensión de Antonio no me llega ni para chicles, ya lo sabes.
Se sonó la nariz y puso cara de mártir. Aurora era una experta con esa expresión de pobrecita madre soltera.
En ese instante, apareció Santiago, el marido de Carmen, desde la cocina, masticando un pincho de tortilla. Al ver a su hermana y sobrinos en la entrada, se quedó en seco.
¿Aurora? ¿Pero qué haces aquí? ¡Nos vamos dentro de una hora!
¡Santi, hermano!Aurora se lanzó a abrazarlo, casi tirándolo. ¡Necesito que me saques las castañas del fuego! Tengo que salir pitando, es solo una noche, mañana a mediodía estoy aquí, te lo juro. Martín y Pablo ni los notaréis, son buenísimos. Una peli, unas galletas y listo, angelitos.
Santiago miró a su esposa, con esa mezcla de pena y miedo al conflicto. Sabía que Aurora siempre encontraba el modo de salirse con la suya.
Cariñobalbuceó Santiago. ¿Y si cambiamos el viaje? Lo de Aurora es importante, es por trabajo
La reserva del balneario es no reembolsablerespondió Carmen, con firmeza apagada. Y estoy reventada de la semana.
¡Os lo compensaré!saltó Aurora. En cuanto cobre os pago lo del balneario, hago una cena por todo lo alto ¡por favor! ¿A quién se los dejo, en un centro de acogida el finde?
En ese mismo instante Pablo estornudó y se limpió la nariz con la manga de la chaqueta. Martín ya se había colado en el salón y había encendido la tele, el volumen a todo trapo.
Está biena Carmen le hervía algo por dentro. Hasta mañana a las dos. Si no has venido, los llevamos a tu madre al pueblo, y me da igual si le sube la tensión.
¡Eres maravillosa! ¡Un ángel!Aurora le estampó un beso pringoso de pintalabios en la mejilla, soltó las chaquetas de los niños, el bolso en manos de Santiago, y salió volando sin mirar atrás. ¡Estoy en el móvil! ¡Os quiero!
La puerta se cerró. Solo quedó el ruido absurdo del anuncio de la tele.
BuenoSantiago forzó una sonrisa. Menudas vacaciones, ¿eh?
Aguantaremos un díaCarmen fue a la cocina, ignorando el barro del pasillo. Mientras no destrocen la casa
Las primeras horas pasaron en relativo sosiego. Los niños, con acceso a la tele grande y al bol de caramelos, estaban tranquilos. Carmen inspeccionó el bolso de Aurora: ropa interior, un par de medias para los dos, una tablet con la pantalla rota, patatas fritas malas y poco más. Ni medicinas, ni juguetes preferidos, ni comida de verdad.
No ha traído ni pijamasse quejó Carmen. Ni cepillos de dientes.
Voy al súper a por lo necesariodijo Santiago. Cepillos, leche, cereales, lo fundamental.
La calma acabó por la noche. Pablo, tras zamparse media bolsa de caramelos, no quiso ni probar la cena.
¡No quiero sopa!chillaba mientras restregaba el puré de patatas por la mesa. ¡Quiero nuggets! ¡Mamá siempre compra nuggets!
No tenemos nuggets, Pablo, prueba las albóndigas caseras, están muy ricasinsistía Carmen, resignada.
¡Qué asco!y tiró el plato al suelo.
Kira, la perrita, aprovechó para zamparse las albóndigas. Carmen, apretando los dientes, fue a por la fregona. Martín imitó al hermano: apartó la comida y pidió pizza.
Mamá dice que cocinar es cosa de pringadosanunció el pequeño sabio. Que lo mejor es pedir comida.
Carmen y Santiago cruzaron una mirada. Iban a ser horas interminables.
Al final cenaron bocatas, los acostaron en el sofá-cama (tuvieron que buscar camisetas viejas de Santiago a falta de pijama), y los adultos llegaron a la cama pasada la medianoche.
Mañana a las dos, se acabóCarmen musitaba, como un mantra. Aunque sea, al cine.
Por supuestoSantiago la abrazó. Perdona, de verdad. Aurora es así pero no es mala, solo desorganizada.
El sábado comenzó a las siete de la mañana, con el estrépito de Martín tirando un bote de lentejas, al cotillear los armarios de la cocina. Los granos formaron una alfombra rugosa por el suelo.
Ha sido sin querergruñó al ver a Carmen entrar con cara de susto.
NadaCarmen respiró hondo. Coge la escoba, me ayudas.
No sé barrer, mamá lo hace o la abuela Yo soy un hombre.
A las dos, la casa era un campo de batalla. Sin juguetes, improvisaron una fortaleza de cojines del sofá, recortaron revistas de Carmen, e intentaron adiestrar al gato, que escapó aterrorizado a lo alto de un armario.
Comida lista, mochilas hechas. Carmen miraba el reloj.
14:00. Nadie llama.
14:30. Silencio total.
Llama túordenó Carmen a su marido.
Santiago marcó a su hermana. Tonos largos. Al final, la grabadora: “El abonado no está disponible en este momento.
Igual va en el coche, hay poca cobertura por la sierraintentó.
¿En qué entrevista, Santiago? ¿Un sábado? ¿De verdad te crees eso?
Esperaron hasta caer la noche. El móvil de Aurora seguía apagado. Pablo empezó a llorisquear preguntando por su madre. Martín, desatado, exigía la tablet, descargada y sin cargador.
Ésta hoy no vuelveconstató Carmen mirando la ventana azulada.
Carmen, igual tuvo algún problema, o se quedó sin bateríaSantiago buscaba excusas, pero sabía que estaba siendo rebasado.
La noche fue un desastre. Pablo se hizo pis, hubo que cambiar sábanas y limpiar sofá. Martín no quiso dormir con la luz apagada por miedo a monstruos. Carmen no pegó ojo en toda la noche.
Domingo. El móvil de Aurora, mudo.
Voy a llamar a tu madredijo Carmen en el desayuno.
No, por favorSantiago palideció. La abuela estuvo con un ataque de tensión la semana pasada. Como se entere de esto, le va a dar algo. Espera hasta la noche. No va a dejarnos a los niños tirados
Mañana trabajamos. Yo tengo reunión a primera hora. ¿Quién va a cuidar a los críos?
Yo pido el día libre, prometido.
Por la tarde, sucedió lo inevitable. Pablo, corriendo por el salón, chocó el pie con un jarrón de cerámica: regalo de boda de los padres de Carmen. El estruendo del jarrón rompiéndose fue demoledor.
¡Ha sido Pablo!aclaró Martín antes de que se le culpase.
Carmen, muda, recogió los trozos. No le quedaban lágrimas, solo una furia helada. Sin decir nada, limpió, lavó el suelo, fue al cuarto donde Santiago se aislaba y le dijo:
Si mañana a primera hora Aurora no aparece, voy a la policía. Denuncio abandono de menores y llamo a Servicios Sociales.
¿Estás loca? Es mi hermana, ¿quieres que los chicos terminen en un centro?
Quiero que tu hermana asuma sus responsabilidadesgritó Carmen. No somos niñeras. No somos de goma. Tenemos nuestra vida. No tenemos por qué sacrificar nuestros planes, nuestro tiempo y nuestra salud porque le ha dado antojo de desaparecer.
¿Antojo? Está trabajando.
¿Trabajando? ¿Esto te parece trabajo?Carmen le enseñó el móvil.
Aurora tenía el perfil privado, pero la mejor amiga de Carmen también la seguía. Y zas: nueva foto en la historia de su amiga. Aurora en bikini, copa en mano, a la orilla de la piscina de un hotel rural de lujo, cerca de Toledo. Por fin descanso merecido con las chicas. ¡Esto sí es vida!, lucía el pie de foto, subido apenas tres horas antes.
Santiago miró la foto, blanco como la leche.
Eso eso será viejomusitó.
La fecha es de hoy. Y ese bikini lo vimos la semana pasada en el centro comercialle pinchó Carmen. Nos ha mentido. Se fue de vacaciones y nos endosó los niños.
Santiago se hundió en la cama, la cara entre las manos.
¿Y ahora qué hacemos?
Lo que ya te he dicho. Mañana me llevo a los críos a la oficina y tú llamas a tu madre. Que los recoja o que arrastre a su hija de las orejas. Mi paciencia ha llegado al tope.
La noche del domingo al lunes fue la peor. Pablo cogió fiebre: 38,5. Carmen le dio paracetamol, le puso pañitos y lo hidrató sin dormir en toda la noche. Santiago caminaba por la casa inquieto, insomne.
A las siete de la mañana del lunes, el móvil de Aurora volvió a la vida.
El abonado está disponible, anunció WhatsApp.
Santiago llamó de inmediato.
¿Sí?Aurora contestó con voz adormilada y hostil.
¡Aurora! ¿Dónde narices estás?Santiago gritó tanto que hasta Martín se levantó del sofá. ¿Tú te crees que esto es normal?
¿Hace falta gritar a estas horas?bufó Aurora. La entrevista se alargó y tuve que quedarme más tiempo. Ya lo avisé, es algo serio.
¿En un spa?bramó Santiago. Te hemos visto en fotos, con un cóctel. Pablo está con fiebre, casi a 39.
Silencio al otro lado.
¿Me espiáis? ¿No puedo tener vida privada? Igual he conocido a un hombre, ¿te molesta? Si Pablo está malo, ¡será por lo que le disteis! Yo os los dejé sanos, si pasa algo, os denuncio.
Ven ya. O llevamos a los niños a Asuntos Socialesordenó Santiago, con un tono congelado que Carmen nunca le había oído.
¡Ya voy, histéricos!
Tres horas después, Aurora entró en casa con olor a perfume caro y la piel dorada. Fue directa a Pablo, tumbado en el sofá arropado.
¡Mi amor! ¿Qué te han hecho? ¿Te han tenido sin comer, sin manta?le lanzó a Carmen una mirada de odio. Ya sabía yo que no debía dejarte mis hijos, si ni siquiera tienes uno propio.
El puñal fue certero. Carmen y Santiago llevaban tres años intentando tener un bebé, sometiéndose a interminables pruebas. Aurora lo sabía de sobra.
Lárgate de mi casadijo Carmen, apenas un hilo de voz.
¿Perdón?
Saca a los niños y no vuelvas nunca más. No quiero verte.
Como si me hiciera falta venir aquíbufó Aurora, recogiendo trastos a toda prisa. ¡Vamos, Martín, Pablo! Mamá os va a comprar juguetes y chuches.
Me debes dinerodijo Santiago, interponiéndose en la puerta.
¿Qué dinero?Aurora alzó la barbilla.
Por el jarrón roto: 50 euros. Por la comida: 30. Las medicinas: 10. El daño moral, ese te lo regalo. En total, 90 euros. Paga ahora mismo.
¿Estás mal de la cabeza, a tu propia hermana?Aurora abrió los ojos, indignada. No tengo ahora.
Pero para el hotel y el spa sí tenías. Si no pagas, llamo a mamá y le cuento todo, con foto incluida.
Aurora, furiosa, sacó el móvil y tecleó con rabia.
¡Allá tú!sonó el aviso de ingreso en el móvil de Santiago. Y no volváis a llamarme para nada.
Agarró a Pablo en brazos, empujó a Martín hacia la puerta y salió dando un portazo.
Carmen se dejó caer en el sofá. Seguía oliendo a jarabe y sudor infantil; en el suelo quedaban los envoltorios y en la pared, un pegote de puré de albóndiga que ni había tenido tiempo de limpiar.
Santiago se sentó junto a ella y le tomó la mano.
Perdóname soy un imbécil.
No, Santiago. Solo eres hermano. Pero ahora ya sabes lo que valen sus promesas.
No volverá a pasar. Lo juro.
Permanecieron así, en silencio. Luego, juntos, limpiaron la casa a fondo, cambiaron ropa de cama, airearon ventanas. Sentían cómo el cansancio y el rencor iban desapareciendo con el polvo.
Por la noche llamó la suegra, doña Concha.
Carmen, hijala voz era débil. Aurora me ha llamado llorando. Dice que la habéis echado, que no queríais haceros cargo de los niños, que le reclamáis dinero ¿Es cierto? Pero si sois familia
Carmen inspiró profundo. Antes se habría justificado, compadecido. Pero algo había cambiado.
Doña Concharespondió sosegada. Aurora no le ha dicho toda la verdad. Mejor pregúntele qué hacía en el spa mientras sus hijos estaban malos. O si prefiere, venga a casa cuando esté mejor de la tensión y verá usted misma el vídeo de Martín explicando que su madre dice que cocinar es cosa de pringados. Hay mucho que hablar.
Silencio largo. Después un suspiro:
Ay, Carmen Ya me hago a la idea. Perdonadme, la he mimado demasiado.
No pasa nada, doña Concha. Solo hemos aprendido la lección.
Carmen terminó la llamada.
Santile dijo, viéndolo tenso. ¿Pedimos pizza? De la buena. Y abrimos un vino. Nos lo hemos ganado.
¿Y el balneario?preguntó él.
La semana que viene. Y los móviles apagados. Los dos.
Así lo hicieron. Cuando, una semana más tarde, en la pantalla del móvil de Santiago apareció Aurora, pulsó el modo silencio y dejó el teléfono boca abajo. Porque a veces, la familia se quiere más a distancia.







