La “cuco” diurna cantó más veces: Cuando tu suegra convierte tu casa en su reino y tu matrimonio en una batalla por el territorio

La cucaracha diurna ha cantado de más

No puede ser, ¡esto es una tomadura de pelo! explotó Carmen. ¡Jorge, entra aquí. Ahora mismo!

Su marido, que acababa de quitarse las zapatillas de casa en la entrada, asomó la cabeza por el umbral mientras se desabrochaba el primer botón de la camisa.

¿Otra vez, Carmen? Acabo de salir del trabajo, tengo la cabeza como un bombo

¿Otra vez? Carmen señaló indignada el borde de la bañera. Mira bien. ¿Dónde está MI champú? ¿Y la mascarilla que me compré ayer? ¡MIS cosas!

Jorge se agachó, achicando los ojos más de lo normal por la miopía. En la repisa lucían flamantes una botella enorme de champú de brea, un Ortiga de litro y una exagerada tarra de crema de no sé qué color marrón castaña. Las suyas, ni rastro.

Eh Eso lo ha traído mi madre. Supongo que le viene mejor tenerlo todo a mano… musitó sin atreverse a mirar a su mujer.

¿Mejor? ¡Jorge, tu madre no vive aquí! Y ahora, mira debajo.

Carmen se agachó ágil y sacó de debajo de la bañera una palangana azul de plástico. Allí apilados: sus champús caros franceses, su esponja lufa y su cuchilla de afeitar.

¿Cómo que mejor? ¿Ha arramblado mis cosas en un barreño que debería usarse para lavar fregonas, y las suyas bien expuestas?

Ha decidido que mis cremas van con la fregona y su Ortiga, en el altar de la bañera.

Jorge soltó un suspiro digno.

Cariño, no te calientes. Mi madre está muy tocada ahora, ya sabes. Mira, lo pongo todo en su sitio y nos vamos a cenar, que ha hecho ella unos pimientos rellenos

Pues yo no pienso probar sus pimientos rellenos y punto. ¿Por qué está en mi casa todo el santo día? ¿Por qué manda en MI hogar, Jorge?

¿Te crees que tengo vocación de inquilina agradecida, a la que le dejan usar el váter y gracias?

Carmen apartó a Jorge de un empujón y salió disparada. Él, resignado, empujó de nuevo el barreño con las cosas de su mujer bajo la bañera como quien mete el polvo bajo la alfombra.

Ellos, al menos, nunca habían sufrido el drama de la vivienda a la española: Jorge tenía un piso de soltero con terraza que le dejó el abuelo, y Carmen había heredado un coqueto apartamento de su abuela. Nada de luchar contra los caseros, ni compartir piso con siete desconocidos.

Al casarse, se instalaron en el piso recién reformado y con aire acondicionado de Jorge, alquilando el de Carmen a una pareja de profesores.

Las relaciones con los padres de Jorge siempre fueron de manual: neutralidad armada, cierta simpatía forzada.

Doña Amparo y su marido, don Vicente, vivían en Las Rozas, bien lejos. Una vez por semana, merendola institucional: Ay, Carmen, estás hecha una sílfide, mi hija, ¿es que Jorge no te da de comer?. Mamá, es que vamos al gimnasio. Intercambio de sonrisas apretadas, actualización sobre la salud, cero consejos domésticos, ningún imprevisto.

Carmen se jactaba:

Toco madera, pero tengo una suegra de oro. No se mete, no me da lecciones, y a Jorge tampoco le molesta.

Hasta que, cómo no, llegó el martes negro en el que don Vicente, 32 años casados, plantó a Amparo con una nota en la cocina: Me he ido a la playa. No me busques. Y bloqueado en WhatsApp.

Resultó que lo del demonio metido en el cuerpo era literalmente Ana, la animosa recepcionista de un balneario de Benidorm al que iban cada verano.

Para Amparo, sesentañera superviviente de la EGB, el mundo se puso patas arriba.

Vinieron las llamadas a gritos a las 3 de la mañana, los lloros, los análisis forenses de la crisis sentimental:

¡¿Cómo ha podido, Carmen, cómo?! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Carmen, de primeras, lo dio todo: le acercaba valerianas, escuchaba en bucle los improperios contra el viejales ligón, lo que hiciera falta.

Pero el cupo de paciencia se agotó en tres semanas. Amparo, con su monólogo trágico, alcanzó un nivel que ni la radio de madrugada.

Jorge, hoy ha llamado cinco veces antes de las diez soltó Carmen agotada en el desayuno. Dice que se le ha fundido la bombilla del pasillo. ¿Hasta cuándo esto?

Su marido puso cara de cordero degollado:

Está sola, Carmen, comprende Toda la vida detrás de un hombre y ahora ¡zas!

No le des más vueltas

Oye, para cambiar una bombilla, o lo hace ella o que llame a un manitas, que no es física cuántica. Pero necesita a SU hijo. O a mí. Pues no, mira.

Luego empezaron las noches de guardia Jorge pasaba tres o cuatro por semana haciendo compañía a mamá Amparo. Es que le agobia dormir sola, dice que los pensamientos le zumban.

¿Solo un par de días, no? Carmen frunció el ceño. Que acabamos de casarnos, y ya duermo más sola que cuando estudiaba en Salamanca.

Que sí, cariño, es solo ahora, hasta que se recomponga.

Ese ahora se hizo eterno: más de un mes durmiendo en Las Rozas y volviendo a casa con cara de lechuga pasada.

Amparo, auténtica reina del drama, empezó a simular tensión, ataques de pánico y a provocar atascos ella solita en el fregadero.

Carmen veía a Jorge exprimido y, en un momento de pura candidez, cometió el error que le pesaría como una losa.

***

Propuso ir directa al grano con su suegra.

Mire, doña Amparo, soltó sin anestesia un domingo si le agobia tanto estar solita, ¿por qué no viene aquí algunos días? Jorge trabaja fuera, yo, muchas veces, hago teletrabajo. Se viene usted, se da un paseo por el Retiro, luego aquí un ratito y antes de la cena la llevamos a casa.

Amparo la miró con la intensidad de quien encuentra un décimo premiado.

¡Ay, Carmen! Qué chica más razonable. Tienes razón, ¿qué hago yo allí amargándome las mañanas?

Carmen pensaba en un par de visitas a la semana, entrando hacia el mediodía y yéndose antes de que llegara Jorge

Pero para Amparo, la cosa era otra. Al día siguiente, a las 7 en punto de la mañana, sonó el timbre.

¿Quién demonios toca a estas horas? musitó Jorge medio zombie.

Abrió él mismo.

¡¡Soy yo!! retumbó la voz de Amparo en el portero automático . Que os he traído quesada fresca de la pastelería.

Carmen se tapó con la sábana, fulminada.

¿Pero esto qué? susurró . ¡Jorge, las siete de la mañana! ¿Dónde compra quesada a estas horas?

Mi madre madruga más que los camellos de la Cabalgata ya estaba él poniéndose los vaqueros . Vuelve a dormir, que yo abro.

Desde ese día, la vida fue un infierno. Amparo no visitaba, invadía el piso durante ocho horas seguidas.

Carmen, intentando escribir mails, con el ¿Carmen, hija, esta pelusilla en el televisor te la dejo o la quito ya?

Doña Amparo, estoy teletrabajando, tengo Zoom en cinco minutos

Pero hija, si lo que haces es mirar caritas y dibujitos ahí

Y mira, ya que estamos: no planchas bien las camisas de Jorge. Las rayas tienen que cortar, así, como un cuchillo, venga, deja y te enseño, que para eso estoy.

Todo susceptible de mejora: el corte en juliana (Jorge odia el corte en cuadraditos, le gusta en tiras, como de casa), cómo hace la cama (la colcha casi ni roza el suelo, mucho IKEA pero poca gracia) y el olor (esto huele a humedad, una casa debe oler a persona limpia, Carmen).

No te lo tomes a mal, guapa asomaba doña Amparo por la cocina . Pero la sopa te ha quedado salaílla. Jorge, desde niño, delicado de estómago Lo vas a destrozar con tanta especia. Anda, córrete, que ya arreglo yo esto.

Estaba rica mascullaba Carmen apretando los puños . A Jorge le ha gustado, se ha zampado dos platos.

Por no disgustarte, hija, si por mí se quedaba tan ancho.

Al mediodía, Carmen bordeaba el colapso nervioso. Se refugiaba en una cafetería, solo para huir del monólogo maternal.

Y cada vez que volvía a casa, rabia renovada.

Primero apareció la taza especial de la suegra: una monstruosidad con letras La Mejor Madre del Mundo. Luego, una gabardina paraguas apoltronada en el perchero. Al final, parte del armario ocupada por sus batas y ropa de estar.

¿Pero de verdad hace falta que tenga aquí el batón rosa y la bata de guatiné? bramó Carmen al pillar la prenda gruesa codo a codo con sus modelos de seda.

Querida, paso aquí el día entero. Es normal sentirse en casa ya somos una familia, ¿o no?

Jorge, a sus quejas, respondía siempre igual:

Carmen, sé sensata. Mi madre está muy mal, necesita sentirse importante. ¿De verdad te estorba una balda en el armario?

¡No me importa la balda, Jorge, es que tu madre me está exiliando de mi propio piso!

Qué exagerada eres. Y encima colabora: limpia, cocina Si tú misma odias planchar.

Prefiero ir arrugada por la vida, antes de volver a ponerme una camisa almidonada por tu madre chillaba Carmen.

Pero Jorge parecía no oírla.

***

La movida del champú fue la puntilla.

Jorge, ven, que se enfrían los pimientos rellenos voceó Amparo desde la cocina. Carmen, hija, a ti te los he hecho sin picante, lo sé, lo detestas.

Carmen irrumpió en la cocina, conteniendo la furia.

Doña Amparo, dígame por qué ha quitado mis cosas del baño.

La suegra ni parpadeó. Colocó el tenedor junto al plato de Jorge y giró con una sonrisa.

¡Ay, Carmen, por esas cosillas? Pero si estaban todas casi vacías, solo ocupaban sitio.

Además, olían tan fuerte Se me puso dolor de cabeza. He puesto las mías, que son de las buenas. Las tuyas, bajo la bañera, dobladitas.

No te importará, así está todo más ordenado.

Pues sí me importa espetó Carmen . Ese baño es mío. Esa casa es mía. ¡Y esa repisa, también!

¿Cómo que tuya, mujer? Amparo se sentó con gesto de culebrón . El piso es de Jorge, ¿no? Aquí mandas tú, sí, pero hay que respetar a la madre de tu marido.

Jorge, desde el umbral, palideció.

Mamá, no digas eso El piso de Carmen existe, pero vivimos aquí porque es más cómodo

¿Piso? Amparo agitó la mano . Un cuchitril viejo Jorge, siéntate a comer. La mujer está de mala leche, seguro que es el hambre.

Carmen miró a Jorge. Esperaba.

Esperaba que él dijera: Basta, mamá, te has pasado. Recoge y vete a tu casa.

Jorge dudó, oscilando la mirada como árbitro en empate técnico y acabó sentándose.

Cariño, en serio, ven a comer, hablemos con calma. Mamá, no estuvo bien lo de las cosas del baño

¿Ves? triunfó Amparo . Normal que mi hijo lo entienda. Carmen, hija, no seas tan egoísta. La familia lo comparte todo.

Y ahí se quebró la última paciencia de Carmen.

¿Todo? repitió con sorna. Genial.

Se dio la vuelta y salió de la cocina. Jorge la llamó, la suegra protestó, a Carmen le importó un churro. En veinte minutos tenía la maleta hecha. El champú, que se lo quedaran.

Marchó con la sinfonía de Jorge suplicante y doña Amparo lanzando pullas disfrazadas de cariño.

***

Carmen no piensa volver: ya ha pedido el divorcio. El que fue su marido le llama cada día, rogándole, pero Doña Amparo ya va llevando sus trastos, ahora su piso.

Y Carmen, desde el suyo, clara como el agua: seguro que, en el fondo, era justo lo que la suegra soñaba.

Rate article
MagistrUm
La “cuco” diurna cantó más veces: Cuando tu suegra convierte tu casa en su reino y tu matrimonio en una batalla por el territorio