La Conserje del Edificio

28 de agosto, Madrid

Hoy ha llegado al edificio la nueva conserja. Hace bien su trabajo: barre los corredores con precisión, limpia las escaleras y se encarga de la recogida de la basura según el calendario. No tengo ninguna queja, salvo una

Antes de ella, la encargada era María del Pilar Fernández, una mujer que trataba nuestro portal de nueve plantas como si fuera el vestíbulo de un palacio. Cada mañana, antes de que el sol iluminara la calle de la Gran Vía, colocaba un tapete rojo en la entrada del portal. Resultaba cómico y fuera de lugar, pero ese tapete absorbía el polvo y los guijarros que caían del pavimento, salvando los zapatos de los vecinos de los rasguños y de los tacones rotos.

En los alféizares de todas las ventanas había macetas de barro, pequeñas estatuillas de cerámica y curiosas tortugas de piedra. Nunca había ni un gramo de polvo sobre ellos.

Una tarde, los chicos de la sexta planta, amantes de los cigarrillos, la cerveza barata y, según se rumoraba, algo más fuerte, llegaron al portal como torbellinos. Convirtieron las macetas en colillas, apilaron botellas de cerveza de 0,33. Las estatuillas de conchas fueron destrozadas hasta quedar picado bajo sus botas. Los demás residentes evitábamos pasar junto a ellos por miedo a una reacción descontrolada. Sin embargo, María del Pilar logró entablar conversación con los jóvenes, les ofreció una taza de café y, de alguna manera, los convenció de trasladar su juerga a otro edificio. Desde entonces, los ruidos y los vasos rotos cesaron; ahora entre las macetas descansa una discreta cenicera que la conserja limpia y pule cada día.

Lo que más me sorprendió de ella no fue su diligencia, sino su puntualidad. A primera hora de la mañana, con una canción de copla tarareando para sí misma, fregaba el ascensor y los pasamanos con una solución de alcohol, mucho antes de que esa práctica se impusiera como medida sanitaria.

Incluso cuando la carga de trabajo aumentó por los residuos de los fumadores que, desde sus balcones, echaban colillas al viento, María del Pilar los saludaba con cordialidad y nunca les reprochó su hábito. Hablaba de la vida cotidiana, de la lotería del domingo, mientras recogía los restos sin quejarse. Con el tiempo, los colillares dejaron de cubrir el patio trasero como una alfombra. Entonces, la conserja (¿sería ahora la conserja?) plantó tulipanes, claveles y crisantemos bajo los ventanales, y el patio se transformó en un pequeño jardín.

Cuando no llevaba su uniforme naranja, María del Pilar se presentaba impecable: maquillaje perfecto, peinado recogido, tacones a prueba de cualquier clima y ropa en tonos pastel que recordaba a una reina inglesa sin sombrero. Parecía que, tras cada jornada de limpieza, se dirigía a la corte de la Reina Isabel II.

Su marido siempre la recogía del trabajo. Salía del coche, le entregaba una flor silvestre y la besaba en la frente. Siempre.

A finales de agosto, escuché a las abuelas del portal comentar en la banca del parque: Mañana será el último día de María del Pilar en el edificio; se jubila. ¿Y ahora quién cuidará del portal?.

Al día siguiente, compré un ramo de rosas y lo llevé a su casilla de herramientas, donde guardaba escobas, recogedores y la mopa que usaba para cambiar de imagen. Varios vecinos llegamos con flores, una botella de cava y un poco de brandy, mientras las mayores cantaban y le entregaban empanadas y conservas.

De pronto, los chicos de la sexta planta aparecieron también. Aquellos que antes destrozaban las macetas ahora le mostraban cómo sacarse selfies con el móvil, como si la hubieran reclutado para Instagram y TikTok. Creí que la habían registrado en esas redes.

Su esposo, un poco desconcertado, cargó en el maletero del coche las flores, los licores y los alimentos de las abuelas.

María del Pilar, vestida con un elegante traje color almendra adornado con una fila de perlas y un maquillaje más intenso de lo habitual, escuchaba todo con una sonrisa melancólica, intentando no romper a llorar.

Me pregunto si comprendía que nadie la había despedido nunca con una fiesta como esa, que la jubilación la había convertido en la protagonista de una noche que jamás olvidaré.

Quizá ella sabía, sin decirlo, que su trabajo discreto y sin pretensiones había hecho que los residentes de aquel modesto bloque de nueve plantas fueran un poco más amables, más cuidadosos y, sobre todo, más agradecidos.

Hoy he aprendido que la verdadera grandeza no siempre se muestra con trofeos ni honores; a veces se lleva en un simple tapete rojo, en una maceta bien cuidada o en la sonrisa de quien, sin buscar reconocimiento, hace que nuestro día a día sea más llevadero.

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