Se recuerda, como si fuera un eco de los años pasados, aquel día en el Hospital Universitario La Paz, en Madrid, cuando la joven Celia, con las piernas encogidas bajo la cama, repetía con voz irritada:
No lo quiero. Renuncio a él. Sólo necesito a Andrés, y él ha dicho que no quiere hijo. Entonces yo tampoco lo quiero. Hagan lo que quieran con él; a mí me da igual.
¡Cielito mío! Rechazar a tu propio hijo es una barbarie, ni los animales harían tal cosa le replicó la jefa de servicio, Doña Concepción, con tono severo.
Que se larguen los animales. Quítame de aquí ya, o si no les armo un escándalo que no van a olvidar gritó Celia, recién salida del parto, con una furia que helaba el aire.
¡Dios te libre, niña! suspiró Doña Concepción, viendo en sus ojos la pérdida de toda razón.
Su experiencia le decía que la medicina era impotente ante tal obstinación. Una semana antes, habían trasladado a Celia desde la sala de partos a la de neonatología. Una muchacha escandalosa y terca, que se negaba rotundamente a amamantar a su recién nacido, por más que la instaran. Sólo aceptó extraer la leche, pero pronto quedó sin salida.
La pediatra encargada, la joven María, batallaba sin éxito contra la obstinación de Celia. Cada minuto la joven se sumía en rabietas, y María intentaba explicarle que aquello pondría en riesgo al bebé. Celia, al oír eso, amenazó con huir. Desesperada, María llamó a Doña Concepción, que pasó una hora intentando convencer a la incauta madre. Celia insistía en volver con su novio, asegurando que él la abandonaría si ella no partía al sur.
Doña Concepción, veterana de muchos años, había visto madres de este tipo y sabía que podía retener a Celia tres días más, tiempo suficiente para que reflexionara. Al oír esa cifra, Celia estalló:
¡Estáis locos! Andrés ya está enfadado conmigo por este infame crío, y vosotros me echáis más leña al fuego. Si no me voy al sur, él se lleva a Katia.
Lloró y vociferó que todos eran torpes, que Katia sólo esperaba para llevarse a su novio. Ese niño, para ella, sólo servía de excusa para que él se casara con ella.
Doña Concepción, tras otro suspiro, ordenó un vaso de valeriana y se dirigió a la puerta. La residente que había permanecido callada todo el tiempo la siguió. En el pasillo, la doctora se detuvo y preguntó en voz baja:
¿Cree usted que al niño le irá bien con una madre así, si se le puede llamar madre?
Hijita repuso Doña Concepción. ¿Qué hacemos? Si no, lo enviarán al Hogar de los Pequeñitos y después a un orfanato. Al fin y al cabo, ambas familias son respetables: la suya y la del chico. Tal vez hablar con los padres, que son adultos y ese es su primer nieto. Además, el muchacho es guapo. Averigua los datos de los progenitores; necesito hablar con ellos.
Celia escapó ese mismo día. Doña Concepción llamó a los padres, pero el joven, al enterarse, no quiso ni hablar. Dos días después, llegó el padre de Celia, un hombre hosco y desagradable. Doña Concepción intentó conversar y le ofreció ver al niño. Él respondió que no le interesaba y que su hija firmaría una renuncia que enviaría a través de su chofer. Doña Concepción le recordó que la ley lo obligaba a presentarse, que no podían hacer nada sin su presencia. El hombre se tensó, mostrando la temerosa sangre de los funcionarios, y decidió enviar a su mujer para que se encargase.
Al día siguiente, llegó una mujer de aspecto pálido y enclenque. Se sentó en el borde de una silla y, sin cesar, sollozó diciendo que era una desgracia. Los padres del niño habían huido al extranjero, eran acomodados y tenían grandes proyectos. La hija del niño lloraba día y noche, gritaba que odiaba al pequeño. Primero había llamado a los padres del niño, ahora aseguraba que iría a buscarlos al extranjero. “Andrés la recibirá, aunque el mundo se venga encima”, repetía entre lágrimas.
Doña Concepción, cansada, le dio valeriana, murmurando que con tanto alboroto se acabarían los suministros de calmantes. Subió al despacho del director y le informó que mantendría al bebé bajo su cuidado. El director, antaño pediatra ejemplar, al ver al pequeño sonrió y preguntó cómo lo alimentaban. “Es un tortuguón, un bombón”, comentó, y el niño fue apodado Bombón.
La estancia de Bombón se prolongó varios meses. Cada visita de la madre, Celia, estaba acompañada de promesas de ahorrar para un billete y localizar a su novio. Parecía que empezaba a encariñarse. La madre y la abuela acudían, jugaban, y al marcharse sollozaban, disculpándose por la hija que amaba a su novio como una loca. Doña Concepción les recordaba que no era amor, sino lujuria.
Sin embargo, la madre descubrió que su novio se había casado con otra. Enloquecida, volvió a gritar que todo estaba conspirado para separarla y que odiaba al niño. Decidió presentar una renuncia de paternidad, entregándola al director y marchándose sin decir palabra. El director llamó a Doña Concepción, quien, con rostro sombrío, le informó:
Todo está hecho. El niño será remitido al Hogar de los Pequeñitos. ¿Qué más podemos hacer?
La residente, llorando, vio a Doña Concepción limpiar sus gafas, gesto que en el hospital siempre señalaba nerviosismo. El pequeño Bombón, en su cunita, jugaba feliz hasta que, de pronto, se quedó inmóvil. La enfermera entró, lo saludó y él respondió con un chillido agudo, luego quedó en silencio.
La enfermera, con la mirada fija, sintió un nudo en el pecho y las lágrimas brotaron sin remedio. No comprendía qué pasaba, pero supo, al escuchar el relato de la madre, que el llanto coincidía con la entrega de la renuncia. Doña Concepción refunfuñó que no había nada que contar, que eran cuentos sin fundamento.
Los niños abandonados siempre sienten el rechazo, aunque sea el susurro de un ángel o el eco de un mundo que los ignora. Se vuelven invisibles, buscan no molestar, como si supieran que la sociedad los empujará a un refugio gris y triste. No importa si tienen hambre o calor, nadie les leerá un cuento de buenas noches, nadie les cubrirá con una manta. El mundo es indiferente, pero los niños sabios, aunque abandonados, guardan una esperanza tenue: que algún gesto de bondad romperá la frialdad.
Desde entonces Bombón permaneció en su cama, sin juegos, sin sonrisa, mirando fijamente con seriedad. María intentó animarlo:
Bombón, ¿quieres que te tome de la mano? Mira, tengo cuentas de colores, juguemos.
Le extendió la mano, pero él permaneció inmóvil, solo observaba. Un día, María explotó en llanto:
¡Lo traicionamos! ¡No es culpa suya que haya nacido en esta miseria! ¡Lo odio!
Se sentó en el sofá, la cabeza entre las rodillas, gimiendo. Doña Concepción se acercó, se sentó a su lado y, acariciándole el hombro, dijo:
Hija, no sé qué hacer. Me rompe el corazón Bombón. ¡Dios mío, qué trabajo!
Yo no voy a quedarme de brazos cruzados, actuaré repuso María.
Entonces no te quedes replicó Doña Concepción. No pienso que lo adoptes, no te lo permitirán. Vive en la residencia, sin marido, sin nada. ¿Cuántos Bombones he tenido en mi vida? Incontables, perdón, pero busquemos familia para él.
María se lanzó a la búsqueda de los mejores padres posibles. Su empeño conmovió a todo el personal del hospital. Finalmente encontró a una pareja, Laura y Luis, treintañeros sin hijos, que habían anhelado la paternidad durante años. Laura, mujer delicada y de sonrisa suave, y Luis, corpulento como un militar, mostraron un hogar cálido y luminoso.
Al presentarles a Bombón, Doña Concepción, visiblemente emocionada, exclamó:
¡Qué grande! y, sin querer, soltó una risita. ¿Con cuánto peso nació?
Luis, algo confuso, tartamudeó y Laura, entre risas, respondió que el niño ya estaba cansado de tantas preguntas. Doña Concepción, con voz tierna, les explicó que el bebé se parecía mucho a Bombón.
Laura abrió la puerta de la sala, entró y vio a Bombón dormido, con sus manitas arrugadas y una pequeña lágrima en el ojo. El niño despertó, miró a Laura, frunció el ceño y, tras un instante, estrechó su pulgar con fuerza. Todos rieron ante la energía del pequeño. Laura sonrió, él emitió un leve gorjeo y, tras un silencio cargado, Doña Concepción, con su habitual suspiro, dijo:
Vamos a cerrar esta primera cita. Pensad y decidid
No necesitamos pensar dijo Laura sin voltear. Ya lo hemos decidido.
Doña Concepción, sorprendida, intercambió miradas con Luis, quien asintió. Laura, sin apartar la vista del bebé, replicó:
Lo tomaremos, aunque sea un reflejo de agarre muy fuerte.
Ese reflejo es natural a su edad comentó Doña Concepción. No tenga miedo.
Laura, con voz dulce, le susurró al pequeño:
Suéltame, por favor, tengo que irme, pero volveré. Confía en mí.
Bombón, tras escuchar su tono melodioso, aflojó el agarre y, con una sonrisa tímida, emitió un alegre chillido.
Así, después de largas lágrimas y batallas, el niño encontró una familia que lo amó. Y aun cuando el recuerdo de aquel tiempo turbulento sigue en los pasillos del hospital, se habla de Bombón como del pequeño que, contra viento y marea, aprendió a confiar.







