La chica elige el amor, nosotros pagamos el precio

María recorría con nerviosismo su pequeño piso en Valencia, con el móvil apretado en la mano, donde aparecía una nueva notificación de retraso en el pago. El corazón se le encogía de angustia: ¿cómo iba a mantener a su familia ahora que su hija y su yerno pesaban tanto sobre sus hombros? Todo había comenzado cuando su hija mayor, Lucía, de diecinueve años, anunció que esperaba un bebé y quería casarse.

Antes, María trabajaba con una compañera, Carmen, una mujer sensata y atenta. Carmen criaba sola a sus dos hijas: Lucía, de diecinueve años, y la pequeña Sofía, de diez. Hasta entonces, Carmen no se quejaba. Lucía estudiaba con dedicación en la universidad, Sofía destacaba en el colegio. Ambas eran obedientes, ejemplares, y Carmen se sentía orgullosa de ellas, a pesar de las dificultades de ser madre soltera.

Pero en segundo año, Lucía conoció a su primer amor, David. El joven venía de otra región, pero Carmen, tras conocerlo, aprobó la relación. David le parecía amable, sincero, no de esos que se aprovechan de los demás. Pronto, los enamorados decidieron vivir juntos. Para evitar alquilar, se mudaron a casa de Carmen. A ella no le gustaba esa prisa: su hija solo tenía diecinueve años, debía terminar sus estudios, ser independiente. Pero no había alternativa.

Carmen vivía en un piso de tres habitaciones, pero las rooms eran pequeñas y ya faltaba espacio. La llegada de David, su futuro yerno, solo empeoró las cosas. Carmen se resignó, hasta que descubrió la razón de su urgencia: Lucía le confesó que estaba embarazada y que querían casarse. Carmen sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su hija, apenas entrada en la edad adulta, ya iba a ser madre.

David no trabajaba. Como Lucía, era estudiante a tiempo completo, y ninguno quería cambiar a estudios online. Aun así, organizaron una boda lujosa, como de película. Eligieron uno de los restaurantes más caros de Valencia, invitaron a multitud de invitados, y Lucía encargó un vestido de alta costura, como si desfilara en una pasarela. Carmen intentó protestar, explicando que no tenía esos medios, pero Lucía, con la mano en el vientre, rompió a llorar:
Mamá, ¿quieres privar a tu nieto?

Carmen, con los dientes apretados, pagó todo. Gastó sus ahorros, vació la hucha y hasta pidió un préstamo. Esperaba que, tras la boda, los jóvenes asumirían responsabilidades, buscarían trabajo, serían autónomos. Pero sus esperanzas se derrumbaron como un castillo de naipes. Lucía y David siguieron viviendo en su casa, sin buscar empleo.

Los padres de David les regalaron un coche de segunda mano. La pareja paseaba por la ciudad como si estuvieran de vacaciones, mientras los suegros pagaban la gasolina, sabiendo que su hijo no tenía un duro. Pero lo demáscomida, facturas, roparecayó sobre Carmen. Los jóvenes ni siquiera sabían cuánto costaba una barra de pan. Cuando Carmen mencionaba los gastos, Lucía ponía los ojos en blanco:
Mamá, estamos estudiando, ¿qué quieres que hagamos?

Lucía no quería ahorrar. Le enseñó a su madre un catálogo de carritos y cunas, los modelos más modernos y caros. Carmen, con su sueldo modesto, se quedó sin aliento.
Lucía, no puedo permitirme esto. Tengo tu préstamo universitario, a Sofía que mantener
¿Estás de broma? se indignó la joven. ¡Vas a ser abuela y te quejas!

Carmen sentía una rabia sorda crecer en su interior. Ellos habían elegido tener un hijo, ¿pero era ella quien debía mantenerlo? Sostenía a toda la familia, trabajaba hasta el agotamiento, y el dinero nunca alcanzaba. El préstamo de los estudios de Lucía pesaba como una espada de Damocles, Sofía necesitaba atención, y los jóvenes vivían como en un cuento de hadas.

Un día, Carmen estalló. Llegó del trabajo, exhausta, después de que la regañaran por llegar tardehabía tenido que hacer la compra para todos. En casa, la escena que la esperó la dejó helada: Lucía y David, riendo, hojeaban una revista de puericultura, eligiendo una cuna que costaba la mitad de su sueldo. Sofía, en un rincón, dibujaba en silencio, mientras un montón de platos sucios llenaba el fregadero.

¿También tengo que fregar por vosotros? rugió Carmen, tirando las bolsas al suelo.
¡Mamá, por favor! exclamó Lucía. ¡Nos estamos ocupando del bebé!
Vosotros esperáis un bebé, pero ¿soy yo quien paga? Carmen temblaba de rabia. ¡Basta! O encontráis trabajo, o os vais.

Lucía rompió a llorar, David palideció, pero Carmen no cedió. Les dio un mes para encontrar aunque fuera un trabajo sencillo.
Si no, os vais a casa de los padres de David. Que os mantengan ellos.

Lucía y David intentaron ablandarla, pero Carmen ya no se dejó doblegar por las lágrimas. Amaba a su hija, pero entendió: sin límites, la arruinarían. Sofía, viendo su dolor, la abrazó un día y susurró:
Mamá, yo nunca haré eso.

Carmen sonrió entre lágrimas. Por su hija pequeña, estaba dispuesta a luchar. ¿Y Lucía y David? La realidad les esperaba, y Carmen ya no sería su salvavidas.

**La lección:** A veces, el amor más duro es el que pone límites, porque solo así se enseña el verdadero valor de la responsabilidad.

Rate article
MagistrUm
La chica elige el amor, nosotros pagamos el precio