¿Pero has perdido el juicio, de verdad? Le dije a Carmen que ibas a venir, ¡y le pedí que te guardara el mejor trozo! Lucía se quedó petrificada, con la bolsa de la compra en la mano. Su suegra, Pilar, estaba en la puerta de la cocina con los brazos cruzados y una mirada que parecía acusarla de haber robado un banco, no de simplemente haber comprado carne en la carnicería.
Pilar, es que no me daba tiempo de ir al mercado trató de sonar tranquila Lucía . Salí tarde del trabajo, tuve que pasar antes por la tintorería a por tu vestido, luego a la farmacia…
¿Y llamar? ¿Avisar? Carmen te esperó hasta el cierre y luego me estuvo lloriqueando una hora por teléfono diciéndome que la había dejado tirada…
Lucía depositó la bolsa en la mesa. Algo se le encogió por dentro.
La carne está bien, es fresca dijo mostrando el paquete . Mira, ternera gallega, recién traída…
Pero Pilar ni lo miró. Se acercó y empujó el paquete como si le diera asco, apenas tocándolo con los dedos.
Eso del supermercado es porquería llena de cosas raras. Miguel no se va a comer eso, le sienta fatal al estómago.
Pero si Miguel fue el que compró esa carne la semana pasada… le salió sin querer a Lucía.
Error. Pilar se puso roja como un tomate.
¡Eso es! Tu marido tiene que hacer la compra porque tú Dios sabe qué estarás haciendo por ahí. Tres años, Lucía, tres años llevas en esta familia y para nada. No sabes cocinar, no ayudas en casa, ni se te ocurre darle nietos a nadie…
Pilar, eso sí que es injusto.
¿Injusto? Pilar soltó un bufido . Yo a mi suegra, vamos, le daba hasta besos en los pies. Ni chistar me atrevía. ¿Y tú? Mandas más que nadie, no haces caso, todo lo haces a tu manera…
Se fue al recibidor de mal humor, cogió el bolso de un tirón. Cada movimiento hacía temblar los nervios.
Se lo digo a Miguel desde hace tiempo: que se separe antes de que sea tarde. Encontrará a alguien como dios manda, que sí valore a su marido…
No terminó la frase. Se puso los zapatos de mala manera y salió sin mirar atrás.
Lucía se quedó en la puerta de la cocina, aferrada al marco con las uñas.
Adiós, Pilar.
La suegra no respondió. Cuando se cerró la puerta, el piso se quedó en silencio. Lucía se dejó caer hasta el suelo, sentada en las frías baldosas de la cocina. El trozo de carne estaba triste y abandonado en la mesa, y ni ganas tenía de mirarla, ni a la cocina reluciente ni a las fotos de boda colgadas en las paredes, donde Pilar sonreía de manera tan forzada como si tuviera una chincheta en el zapato.
Tres años. Para nada. Aprendió recetas que le gustaban a Miguel, aguantó domingos en casa de la suegra donde cada plato era criticado A Miguelito le gusta las patatas en cubos, no en tiras. Sonreía, asentía, y pedía disculpas por cosas que ni eran su culpa.
Y siempre lo mismo: No vales para nada. Mejor que se divorcie.
Lucía echó la cabeza hacia atrás y se apoyó en la pared. El techo pedía una mano de pintura. Tendría que decírselo a Miguel.
Aunque bueno, ¿qué más da?
Así pasaron dos semanas: Lucía como una infiltrada, huía de cualquier contacto con Pilar. Las llamadas, que las cogiese Miguel, los almuerzos dominicales anulados por asuntos urgentes y cuando se encontraron por casualidad, sólo un hola apurado y a correr.
Y entonces llamó el notario.
El abuelo de Lucía al que casi no conocía había fallecido, dejando una pequeña finca a las afueras de Valladolid, en una urbanización con el nombre de Alba.
Habrá que ir, ¿no? Miguel daba vueltas con las llaves y un llavero en forma de fresa viejísima . ¿Nos escapamos el sábado?
Lucía asintió. No contaba con una cosa.
¡Miguelito, me voy con vosotros! apareció Pilar a las siete y media de la mañana, con botas de agua y una cesta . Ese sitio debe estar lleno de setas, ya me dijo Carmen.
Lucía fue, muda, a preparar el termo. Se veía venir un fantástico día. Y la finca resultó tal cual: un casilla medio caída, el jardín cubierto de maleza, la verja casi sostenida por milagro. Dentro, olor a humedad y a periódicos viejos.
Miguel, mejor la vendemos, ¿no? ¿Qué vamos a hacer viniendo aquí los fines de semana, quitando hierbajos? Esta no es nuestra vida…
¡¿Pero cómo que vender?! Pilar apareció detrás como salida de la tierra . ¿Está loca, Lucía? ¡Que esto es tierra, nuestra parcela! Yo daría lo que fuera por tener algo así…
Se llevó la mano al pecho y parecía emocionada.
Dadme las llaves. Yo lo pongo todo bonito, planto flores, arreglo la casa. Ya me lo agradeceréis, ya veréis.
Lucía la miró con incertidumbre. Pilar, de pie, con las botas llenas de hojas, y casi irradiando alegría.
Pilar, aquí hay trabajo para…
Luci, Miguel le apretó el brazo . Si a mi madre le hace ilusión, déjala. ¿Qué más da?
Realmente no le importaba. Pero tampoco tenía ganas de discutir. Le entregó las llaves del llavero de fresa, y a otra cosa.
…Dos meses pasaron como en un sueño extraño. Pilar sólo llamaba por cuestiones prácticas; no aparecía sin avisar y lo más increíble ni una sola vez mencionó la carne del mercado, los nietos, ni las patatas mal cortadas. Al teléfono estaba alegre, ocupadísima Miguelito, aquí no paro de trabajar, te llamo en otro momento, ¡un beso!
Lucía no entendía nada. ¿Trampa? ¿La calma antes de la tempestad? ¿Estaría la suegra enferma y no decía nada?
Oye, Miguel, ¿verdad que tu madre está bien?
Perfectamente encogió los hombros . Le tiene entretenida la finca. Dice que ni duerme, de todo lo que hay que hacer.
El viernes fue Pilar quien llamó.
¡Os espero mañana en la finca! Preparo una barbacoa y os enseño todo lo que he hecho. ¡Tenéis que venir, lo vais a flipar!
Miguel, no quiero ir. Dos meses de paz y ahora otra vez…
Luci, mi madre se ha estado esforzando. Se va a enfadar si no venimos.
Siempre se enfada.
Porfa… Miguel puso cara de cordero, Lucía se rindió.
En fin, sábado.
Pero al llegar, Lucía no pudo creer lo que veía.
Pilar les recibió en la puerta con un vestido de lino y una sonrisa genuina, tan natural que parecía otra persona. Con las manos morenas y el color encendido en la cara, parecía restarle diez años a la apariencia de siempre.
¡Ya era hora de que vinierais! Abrazó a Lucía, y ella por pura costumbre, se dejó abrazar. Pilar olía a tierra y a eneldo, y por alguna razón a miel.
La finca más cuidada que nunca: hileras de hortalizas, la verja arreglada; brotes de grosella y bajo la ventana, caléndulas de un naranja intenso.
Venid, que os enseño todo Pilar les llevó de la mano, sin dejar ni un minuto . Aquí me ha dado Carmen esta variedad de fresas, en junio hay fruta. Y aquí van los tomates y los pepinos. En otoño hago conservas, os las traigo todas, para mí sólo tres botes.
Lucía miró a Miguel y él estaba igual de sorprendido.
¿Mamá, tú sola has hecho todo esto?
¿Quién si no? Pilar soltó una carcajada jovial . Tengo manos y tengo ganas. Las vecinas ayudan y aquí la gente es otra cosa, nada que ver con la ciudad.
Entraron en la casa y también estaba renovada: cortinas nuevas, ventanas relucientes, una mesa con un tapete bordado. Ya no olía a humedad, sino a bizcocho y a plantas aromáticas.
Mirad Pilar puso la mesa con leche fresca y un paquete envuelto en papel . Se lo compré a Aurelia, la vecina de dos casas, su leche es de cabra y también cría terneros, os podéis llevar carne, queso y nata.
Lucía miró la carne y por primera vez no hubo reproches del mercado ni menciones a Carmen.
Pilar… ¿de verdad aquí estás bien?
Pilar se sentó y en sus ojos apareció algo suave, diferente.
Lucía la llamó por su nombre con cariño . Siempre he soñado con esto. Un trozo de tierra, abrir la ventana y respirar. En la ciudad me asfixiaba, y ni lo sabía. Pero aquí…
Se asomó a la ventana.
Aquí vivo.
Volvieron en silencio. Miguel conducía y las botellas de leche y los quesos tintineaban en el asiento trasero.
Oye rompió él el silencio , ya podríamos tener niños. Al menos ahora tenemos donde mandarlos en verano…
Lucía bufó pero sonrió.
Yo quería vender aquella finca el primer día. Pensaba: ¿para qué queremos ese sitio tan dejado?
Lo recuerdo.
Pero mira, la finca… lo ha arreglado todo. Lo que yo no pude en tres años, ella lo ha hecho en dos meses.
Miguel frenó en un semáforo y la miró.
Mi madre simplemente era infeliz. Esto la ha cambiado.
Lucía asintió. Fuera empezaban a encenderse las luces de Madrid; su piso les esperaba y, por primera vez en mucho tiempo, volver a casa se sentía fácil.
Habrá que ir a verla más a menudo dijo en voz baja.
Y lo dijo con todas las ganas del mundo, y eso era nuevo para ella. De verdad.




