La casa de campo de papá
Te cuento, resulta que el verano antes de empezar la carrera, Lucía se enteró de repente, y así de casualidad total, de que su padre había vendido la casa de campo familiar. Fue surrealista, tía, como si estuvieras dentro de una película. Lo descubrió cuando fue a llamar a su madre desde el locutorio de la estación, para contarle cómo iba el día en Madrid. Y, de pronto, el teléfono hizo una locura o la telefonista metió la pata: Lucía escuchó a su madre charlando con su tía Elena, dos voces más familiares que el pan con tomate, y así, los ciento cincuenta kilómetros entre Madrid y Salamanca se volvieron nada en una línea telefónica. Se pusieron a comentar, como quien no quiere la cosa, que la casita ya no existía, que la habían vendido estupendamente y que incluso ahora podrían ayudarle un poco a Lucía con dinerillo pesetas, euros, lo que sea. Imagínate la cara que se le quedó.
Elena era la hermana preferida de su madre, las dos tenían esa voz fuerte y cálida típica de Castilla. La física parecía magia para Lucía, nunca la entendió bien y su padre siempre insistió en que estudiara. Qué paciencia tenía el hombre.
***
Papá, ¿por qué el sol de septiembre brilla tan raro?
¿Raro cómo, Lucía?
No sé, no sé decirlo es como más suave, ¿no? Es soleado, pero distinto al de agosto.
Eso es física, hija en septiembre la posición de los astros cambia completamente, ¡anda, coge la manzana! su padre soltó una carcajada y le lanzó una manzana grande y achatada por los lados, toda roja y brillante, con ese olor a miel que te sacude recuerdos.
¿Es reineta?
No, mujer le respondió , esas aún les falta, esta es una de las variedades de Bastardo.
Lucía le pegó un bocado y todo se le llenó de ese jugo dulce y blanco, mezclado con el verano y la tierra. De manzanas, como de física, la verdad es que Lucía tampoco sabía mucho. Y justo ahí estaba el mayor problema del mundo: porque la muchacha llevaba casi dos años enamorada del profe de física. Mira que ya es casualidad. El universo, anunciado en todas partes, los átomos, el espacio, el tiempo, todo eso no cabía en una libreta escolar. Y el padre solo con mirarle la cara y ver esos ojos despistados, se daba cuenta de todo.
Ella lo confesó en primavera, con lágrimas toda la noche, acurrucada en el regazo de su padre, como una niña pequeña. La madre estaba en Benidorm de balneario, recuperando fuerzas. La hermana mayor, Pilar, estudiaba Psicología en Barcelona.
Te digo que el padre se volvía feliz en la casa de campo, siempre silbando canciones, sin parar. En casa nunca silbaba, allí mandaba la madre y la hermana. Su madre era una señora impresionante, jefa de la biblioteca militar, alta, fuerte, de esa belleza dura de mujer castellana, con la melena color cobre que pintaba con henna. Cada dos meses salía del baño con un turbante gigante y olía a campo y agua. Todo el mundo se fijaba en ella. El padre era más bajito, casi diez años mayor, discretísimo. Así lo definió la madre un día: “Julio es discreto. Un hombre no tiene por qué ser guapo.” Lucía casi se ofende al escucharlo.
Discreto, sí, sobre todo junto al pelo ardiente y los gestos rotundos de la madre, que se volvía loca si alguien rompía un plato en una discusión. Ella adoraba el orden y la comodidad. Solo que, claro, su padre siempre tenía a medio Madrid liado en casa cuando servía en el ejército, soldados pasando por la ciudad, ayudando a buscar trabajo o simplemente pasando la noche. Los “soldaditos” de papá. Él quedó fuera cuando Franco disolvió medio millón de soldados y oficiales, en el 1960. Así se reubicó como jefe de mecánicos en el telégrafo. Fueron esos “soldaditos” quienes le ayudaron luego a levantar la casita de campo. Nadie cobraba; lo hacían por compañerismo, removiendo el jardín, poniendo el tejado donde Lucía leía en verano y su padre, siempre detallista, le subía una fuente de uvas o cerezas.
La madre pasaba por la casa de campo pocas veces, cuidándose las manos bonitas y bien hechas, con uñas largas. Lucía las admiraba y el padre las acariciaba y besaba diciéndole que esas manos eran solo para pasar libros, no para cavar el huerto. Y le guiñaba el ojo.
***
Las primeras gotas de lluvia de septiembre empezaron a golpear la techumbre de la terraza, alegres y vivas, nada de angustia otoñal. Lucía guardó su libro.
Lucía, baja ya, mamá vendrá pronto con Elena, habrá que preparar la comida le habló su padre, con esa voz suave que solo sacaba al estar allí.
Y Lucía se lo pensaba, porque estar en el tejado, tan cerca del cielo y tan lejos de todos, la hacía feliz. Miraba las nubes y sentía la cara empapada. Y soñaba. La física allí era nada, el amor por las letras empezó en la uni, en el Colegio Mayor de otra ciudad.
Al llegar a la Facultad, la metieron en residencia a la semana, pero la primera tuvo que alquilar una habitación en casa de una señora, junto a otros universitarios. Cada clase era sumergirse de cabeza en la literatura y la lengua. Los profes eran tan carismáticos que todo el grupo se enamoraba de ellos. Pero después, la nostalgia de casa la aplastaba. Todavía no tenía amigos.
Comía en el comedor universitario y vagaba horas por las calles. La belleza de Madrid no era la suya, la sentía ajena y fría, como si fuera otra persona quien caminara por esas cuestas de Chamberí, cerca del campus, y no ella, la misma que escuchaba ladrar a los perros de barrio, la que se tropezó y se hizo una herida con sus nuevos zapatos de charol.
En la cocina siempre olía a las manzanas que el padre le enviaba en cajas a modo de agradecimiento a la casera. Ese aroma denso y dulce la hacía llorar y no podía evitarlo.
Cuando llegó la residencia, sus compañeras de cuarto eran unas chicas alemanas que estudiaban con una beca: Viola, Maggie, Marion. Entre español y alemán, Lucía acababa agotada y salía al patio a respirar. Las alemanas venían detrás, le pedían tabaco y luego, muy formalmente, siempre le devolvían el dinero. Les encantaban las conservas de la madre de Lucía, especialmente los tomates, que devoraban con patatas fritas. Cuando se quedaban sin sus cosas, sacaban salchicha de la buena y ni se molestaban en compartir. Al acabar el curso, ellas regresaron y dejaron botas de invierno en la entrada de la cocina, que las españolas recogían en un suspiro. Botas alemanas, ¡qué lujo!
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Lucía, pica la col, que yo voy a sacar unas zanahorias. El caldo ya está listo.
Los ventanales de la pequeña cocina se empañaron del hervor del puchero. En la tabla apareció un repollo enorme, lleno de hojas verdes. Lucía arrancó una, crujiente y sabrosa. Las cosas de tierra siempre saben mejor. Movió el cuchillo rápido y el repollo soltó su aroma dulce. Abrió la ventana para que entrara el olor a hojas caídas, hogueras y manzanas. Viendo a su padre trabajar con la azada, notó que andaba mal de la espalda. Tiró el cuchillo y salió corriendo, le abrazó por detrás y se quedó allí un rato. Él la abrazó sin palabra y le besó la coronilla.
Ese día, Elena vino sola, a la madre le dolía la cabeza y prefirió quedarse en casa.
***
Y después, la uni, una boda entre estudiantes, trabajo en el diario El Innovador de la fábrica de aviones, el primer infarto de papá, el nacimiento de la niña Mariola y hasta un divorcio. Todo eso en solo cinco años. El marido se largó con otra, y Lucía vivía con su hija en un pisito alquilado. El padre se las ingeniaba para visitarles cada dos semanas, trayendo bolsas con comida y entreteniendo a su nieta.
Lucía, no te enfades con mamá por no venir tanto como yo, ¿vale? Es que el viaje la marea Y, bueno, parece que tiene un pretendiente
¡Papá, no digas tonterías! ¿Pretendiente a estas alturas?
Él soltó una risa triste y no dijo más. Lucía se le quedó mirando, todo canoso, encogido, ni siquiera silbaba.
Papá, ¿y si pido vacaciones el lunes y nos vamos a la casa de campo los tres, así mientras dure el calor?
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El jardín estaba cubierto de hojas, última semana cálida de octubre, veranillo de San Miguel. Encendieron la chimenea, prepararon té con hojas de grosellero, Lucía cocinó tortitas de patata rápido. El padre barría hojas, la niña ayudaba, luego se ponía a lanzarlas y reía. El aceite chisporroteaba. Y se oía el silbido de papá desde el fondo del huerto.
Por la noche hicieron hoguera. Nadie ya en la urbanización ni en los chalés de los vecinos. El padre ensartaba pan en ramas de cerezo y ayudaba a la nieta tostarlas. Lucía se calentaba las manos y miraba el fuego, que siempre la hipnotizaba.
Recordó su primer viaje de voluntariado en Extremadura, las canciones a la guitarra y el vértigo de estar enamorada sin tener a nadie realmente. Enamorada de la noche estrellada, de la paz de la dehesa, los acordes que salían mal, las caras alrededor del fuego, tan distintas de día. Cada rostro tiene su misterio y sus ojos. Allí conoció a su futuro marido. Y esa semana le tocó ir a la reunión del partido en el trabajo, para evaluar si le admitían como militante, repasando el estatuto del PSOE y todo eso. Luego tocaron tema de su divorcio, quien había causado el descalabro moral. Ella tartamudeaba. Un compañero intervino: Esto es una reunión de cotillas, no de socialistas. Qué vergüenza, tía. Años después, lo recordaría con risa.
Al apagar el fuego, llegó mamá, elegante con su abrigo nuevo, diciendo que le traía un colega de la oficina. Mariola corrió directo a sus brazos, el padre se puso serio y le dio un beso torpe a la madre.
¿Quién es ese colega?
¡Ay, Julio, por Dios! Solo me acercó, ni lo conoces.
La cena fue fría, Mariola se puso tonta, y la madre preguntaba de trabajo pero con la cabeza en otro sitio. El padre callaba, la miraba de reojo y se iba hundiendo. Menudo ambiente.
***
Al año siguiente, el padre se fue de repente. Un infarto tremendo, murió en octubre, cuando el sol todavía era cálido. Tras el entierro, Lucía cogió vacaciones y se fue sola a la casa de campo. Mariola se quedó con la abuela.
Nada salía bien. Ese año hubo una cosecha brutal de manzanas. Lucía las regalaba a los vecinos, hacía mermelada con menta y canela, como le gustaba a papá. Vino a ayudarle su amigo de siempre, don Manuel, el que le acompañaba a los viveros de Aranjuez a comprar plantones.
Me quedo unos días, Lucía, te cavo el huerto y las podas, si no te importa.
¡Pero Manuel, por Dios Muchísimas gracias!
El Lucía dicho como lo decía su padre le arrancó lágrimas. Fue el momento en que de verdad sintió la orfandad, esa sensación brutal de que todo era irreversible. Durante días, al despertar, lo olvidaba por unos segundos, y luego, el golpe papá ya no estaba.
Y enseguida llegaba la culpa, de no haber podido retenerlo.
No vendas la casita, ¿vale? Volveré siempre, te ayudo con todo. Mira esas manzanas, las elegimos juntos, tú eras una cría y tu padre siempre hablaba más de ti que de la hermana. Los árboles le sobrevivirán, me decía. Era muy detallista escogiendo los plantones, yo siempre con prisas…
Manuel estuvo tres días, podó, trajo abono, plantó tres macizos de crisantemos amarillos en la entrada.
Mejor plantarlas antes, pero este octubre es cálido, seguro que prenden. Por la memoria de Julio. Hay que tapar las rosas y limpiar más hojas, ya lo hago la próxima vez.
Se abrazaron. Llovió de golpe. Lucía se quedó en la puerta, viendo cómo se marchaba Manuel. Él se giró y le hizo un gesto. El viento cerró de golpe la verja, pétalos de crisantemo cubrían el umbral. Todo era de papá, y lo sería siempre: lluvia, arboles, aromas de otoño, la tierra en sí. Era su modo de estar presente.
Lucía pensó que aprendería de todo, iría con Mariola cada poco, solo dos horas en bus. Volvería en cuanto derritiera la nieve, quizá podría arreglar la calefacción. Había que ahorrar. Iría en primavera con Manuel a Aranjuez, a buscar grosellas blancas, como quería papá.
***
Medio año después, allá por abril, justo cuando cayó la última nevada, se vendió la casa de campo. Lucía se enteró de casualidad, llamando desde el locutorio mientras volvía de Aranjuez. En el suelo de la cabina, envuelto en una camiseta vieja y húmeda, llevaba la nueva grosella blanca que nunca llegó a plantar.





