La casa de campo de papá El día que Olga se enteró por casualidad y de repente de que habían vendido la casa de campo que compartía con su padre, fue como una escena sacada de una película: estaba llamando desde el telégrafo a su madre, que vivía en otra ciudad, cuando por error la telefonista la conectó con una conversación entre su madre y su tía Irina. En apenas unos minutos, entre dos ciudades y dos voces queridas separadas por 120 kilómetros y cables telefónicos, Olga escuchó que la casa ya no existía, que la habían vendido bien y que, ahora, podían hacer muchas cosas, incluso ayudarla un poco con dinero. La física —esa ciencia compleja que su padre insistía tanto en que aprendiera— siempre se le había resistido a Olga, peor que los nombres de las variedades de manzanas que recogían juntos en la casa. Porque, para una estudiante de octavo curso como ella, obsesionada y enamorada desde hacía dos años de su profesor de física, ni los cielos, ni las manzanas, ni las leyes de la materia cabían en los renglones de su cuaderno escolar. Su padre, siempre tan comprensivo, lo intuía en sus ojos ausentes y su mal apetito. El papá de Olga fue militar hasta que en los años sesenta lo despidieron por un recorte masivo y, después, trabajó como jefe de mantenimiento en el telégrafo de su ciudad; sus compañeros —los soldados— lo ayudaron a construir la casa de campo, turnándose para cavar la tierra y levantar el refugio de una sola habitación y una terraza desde donde Olga leía en verano mientras él le subía una bandeja de grosellas y cerezas. Aquella casa era felicidad, aunque su madre, una mujer hermosa y altiva, poco la pisaba para no estropear sus manos de bibliotecaria y reservaba sus energías para recibir a los “soldaditos” que dormían en el suelo de la pequeña casa familiar. Con los años, Olga estudió en la universidad en una ciudad lejos de casa, vivió en un piso compartido con alemanas del este —Viola, Magi y Marion— que alucinaban con los tomates en conserva que enviaba su madre, y que devoraban con patatas fritas y cambiaban embutidos pero nunca compartían. En la cocina, el olor de las manzanas que su padre regalaba a la casera la hacían llorar de nostalgia. Ya adulta, Olga pasó por matrimonios, trabajos en el periódico de una fábrica de aviones, el nacimiento de una hija y hasta por ser llamada a reunión para ingresar en el Partido Comunista, donde le preguntaron por su divorcio y la juzgaron. El único refugio estable seguía siendo la casa de campo de su padre, donde, pese al dolor de los años, seguían celebrando tardes de manzanas, tés y hogueras con pan y niños correteando entre los arbustos. Pero llegó el otoño fatídico; su padre, que había dejado de silbar melodías por la casa, falleció de un ataque al corazón, y junto con la tragedia vino la última vendimia de manzanas, las cosechas regaladas a vecinos, la promesa incumplida de mantener viva la casa, los recuerdos de los domingos, y el aroma persistente de las flores de crisantemo plantadas junto al umbral por un amigo leal. A Olga le ahogaba la conciencia por no haber podido retener a su padre, por no haber sido capaz de evitar la venta de la casa, y por el descubrimiento de que, al final, la memoria es lo único verdaderamente imborrable, lo que permanece entre la tierra, la lluvia y las raíces de las plantas que su padre había elegido para ella. Medio año después, un día de principios de abril, con la nieve aún cubriendo el terreno y una plantita de grosella blanca recién traída de un vivero de Michurinsk —el anhelo de su padre—, Olga recibió la noticia definitiva por teléfono: la casa de campo de papá se había vendido.

Te cuento algo que aún me remueve por dentro, como cuando de niña descubres que el mundo gira a su aire, sin preguntarte. Resulta que la noticia de que mi padre y yo habíamos vendido la casa de campo me la enteré de golpe, por pura casualidad y de una manera tan surrealista que parece sacada de una peli antigua. Estaba llamando a mi madre desde el teléfono público de la estación de tren en Valladolid, y por error la telefonista me conectó a una conversación entre dos personas de distintas ciudades. De repente, escucho a mi madre y a su hermana, la tía Irene, hablando de lo más importante: ya no hay casa de campo, la vendieron bien y que ahora bueno, que sobraba para ayudarme, ¡algún euro incluso para mí!

Las voces de mi madre y mi tía, tan familiares, tan cerca a pesar de los casi 200 kilómetros de cable que llevaban sus palabras. Siempre fui un desastre con la física, ya lo sabes, y mi padre me obligaba a estudiarla.

***
Papá, ¿por qué el sol en septiembre brilla distinto?
¿Distinto cómo, Sofía?
No sé es que noto la luz más suave, pero sigue siendo sol, no como el que hace en agosto.
Eso lo explica la física; la posición de los astros cambia en septiembre. ¡Toma una manzana! Me lanzó una manzana enorme, roja y brillante como recién pulida, con aroma dulce, a miel.

¿Reineta?
Qué va, todavía están verdes. Esta es Striped castaña.

Le di un mordisco y se me llenó la boca del sabor fresco y azúcarado, con la esencia de veranos y lluvias cálidas entre la pulpa blanca. Igual que con la física, tampoco distinguía mucho los tipos de manzana. Y ése era mi problema ese año, porque yo, Sofía Delgado, estaba loca por mi profe de física y no había forma de meter las leyes del universo en los cuadraditos de la libreta. Papá lo sabía solo por verme distraída y sin ganas de comer, y sí, se lo conté el año pasado, llorando como un bebé en su regazo, mientras mamá estaba en el balneario y la hermana mayor estudiaba en Madrid.

En la casa de campo papá era feliz, siempre canturreando alguna copla, tan musical Nunca lo hacía en casa, allí la protagonista era mamá. Alta, elegante, con ese aire de señora y esa melena teñida de cobre con henna, era jefa de la biblioteca militar. Cada par de meses salía del baño con un turbante de toalla y olía a hierba y lluvia. A papá nunca le lucía como ella, y encima le llevaba casi diez años.

Una vez escuché a mamá decir a mi tía:
Luis pasa desapercibido, pero un hombre no tiene que ser bonito.

Papá era discreto al lado de la fuerza de mamá; ella amaba la comodidad y el orden. Malamente tenía que soportar a los soldados de papá (él los llamaba así), excompañeros que venían a pasar la noche en nuestra pequeña casa de dos dormitorios, o buscaban trabajo mientras papá estuvo en el ejército. En el 1960, tras la gran reestructuración militar, lo despidieron siendo comandante. Luego se puso a trabajar de jefe de mecánicos en el telégrafo de León.

Y esos soldados, amigos de toda la vida, ayudaron a construir la finca: venían gratis, alternándose, levantando la casita pequeña con un porche donde a mí me encantaba leer en verano. Papá me subía fruta fresca, grosellas, cerezas o fresas, y era una vida tan buena, como si el tiempo solo existiera allí. A mamá no le gustaba la finca, venía poco y cuidaba sus manos, largas y bonitas, que yo admiraba y papá adoraba.

Con esas manos tú sólo deberías dar libros, no cavar tierra me decía entre risas y me guiñaba el ojo.

***
Empezaron a sonar las primeras gotas de lluvia de septiembre en el techo de la terraza, animadas, con gracia, sin tristeza otoñal. Guardé el libro.

Sofía, baja, que mamá viene con Irene, hay que preparar la comida me llamó papá, con una voz cálida, tan diferente de cómo era entre las paredes de casa.

Me quedé un rato más, con la cara mojada de lluvia mirando el cielo, abrazándome para sentir el calor. Desde la altura del techo se veían los rayos del sol colándose entre las nubes sobre las demás fincas. Olvidé la física y sus reglas, porque ya estaba en el primer año de periodismo en Salamanca.

Me tocó vivir en una pensión la primera semana, compartiendo cuarto con la dueña y los otros estudiantes. En las clases te adentras en la literatura y el idioma como nunca, todos adorando a los profesores por su encanto intelectual. Y fuera, la ciudad, tan grande, tan indiferente, que te hace sentir pequeña. Recuerdo bajar la cuesta de los Artesanos al anochecer y no reconocerme, cruzando el ruido de perros, tropezando con los zapatos nuevos y apretados.

La cocina de la pensión olía a las manzanas de papá, las que trajo en cajas como regalo a la casera, y ese aroma me hacía llorar de ansiedad y nostalgia.

Cuando al fin me dieron plaza en el colegio mayor, descubrí que mis compañeras eran alemanas: Viola, Magda, Marion. Tanto alemán me daba jaquecas y salía a la puerta a respirar; allí fumaban y me pedían cigarrillos, siempre devolviendo el dinero exacto. Se quedaban sorprendidas con las berenjenas en conserva que mandaba mamá y se las zampaban con patatas fritas, pero los embutidos alemanes solo los sacaban ellas, nunca compartían En mayo, cuando se largaban terminada la estancia, amontonaban pares de botas de invierno junto al cubo de basura, y nosotras las recogíamos a escondidas¡botas alemanas por fin!

***

Sofía, corta la col, que yo saco las zanahorias; el caldo está listo ya.

Las ventanas de la pequeña cocina se empañaban con el vapor. Un repollo grande y verde brillaba en la tabla y arranqué una hoja, ya sabes qué rica está cuando sabe a campo. Corté la col con ritmo y abrí la ventana para dejar entrar el olor de tierra mojada y manzanas mientras veía a papá de espaldas, luchando con la tierra y con dolor en la espalda. Tiré el cuchillo y corrí a abrazarlo por detrás. Me abrazó y me besó en la cabeza, en silencio.

Esa noche Irene llegó sola, a mamá le dio dolor de cabeza y se quedó en casa.

***
Pasaron los años: la universidad terminada, casada al poco con un periodista de El Innovador de la fábrica de aviones, primer infarto de papá, mi hija María y hasta el divorcio. Todo en cinco años. Mi marido se fue con otra, y yo me quedé con María de dos años en una vivienda compartida. Papá, tan bueno, venía cada dos semanas, trayendo comida, jugando con la nieta.

Sofía, no te enfades con mamá por no venir tanto como yo ya sabes que se marea mucho en el trayecto, y bueno me parece que tiene algún amigo por ahí.

Papá, ¡qué cosas dices! ¡Qué novios va a tener a su edad!

Se rio muy triste, y luego calló. De repente lo vi muy blanco y apachurrado; hasta dejó de tararear.

Papá, ¿y si tomo unos días de vacaciones la semana que viene? ¿Nos escapamos a la finca con María mientras dure el buen tiempo?

***
La finca estaba cubierta de hojas, con ese calorcito que parece perderse en octubre. Encendimos la chimenea, hicimos té con hojas de grosella, yo preparé unas tortitas de patata. Papá recogía hojas ayudado por María, que luego las lanzaba por el aire a carcajadas. El aceite chisporroteaba; del fondo del jardín llegaba el silbido de papá.

Por la tarde hicimos hoguera. No había nadie más en la calle ni en las fincas. Papá ensartaba pan en unas varitas de cerezo, ayudando a María a tostarlo. Yo me calenté al fuego, que siempre me hipnotizaba.

Recordé mi verano en una brigada de estudiantes en Cáceres, guitarras, canciones y la magia del amor flotando en el aire sin protagonista, esa pasión por la noche estrellada y el silencio de la dehesa. Me acordé de aquel chico que luego fue mi marido. Y justo esa semana me llaman del comité de empresa para ver si reúno condiciones para entrar en el partido. Me estudié el estatuto socialista y los informes del último congreso y pum, preguntas sobre el divorcio y quién era el culpable moral. Casi me puse a llorar; menos mal que un compañero me defendió:

Esto parece una reunión de groseros, no de socialistas.

Después de años lo recordaré y me dará risa y rabia.

Al hacerse de noche, apagamos la hoguera. De repente llegó mamá en coche, traída por un colega del trabajo, brillante con su abrigo nuevo. María se lanzó a sus brazos y papá, serio, le dio un beso torpe.

¿Quién es ese colega?
¡Ay, Luis, qué más da! Solo me ha acercado, ni lo conoces

Durante la cena no hubo conversación. María se puso migaja y mamá, preguntando por el trabajo, parecía en otra cosa. Papá callaba y cada vez se encogía más. Al final, la noche se estropeó

***

Un año después papá se fue; tuvo un infarto fuerte y se marchó en los primeros días cálidos de octubre. Tras el funeral, cogí vacaciones y fui a la finca. Deje a María con mi exsuegra.

No podía hacer nada bien, el huerto daba tantas manzanas que regalaba cubos enteros a los vecinos y hacía kilos de mermelada con menta y canela como le gustaba a papá. Vino un amigo suyo, compañero del telégrafo, que siempre le acompañaba al vivero de Móstoles a comprar brotes.

Voy a quedarme unos días, Sofía, haré el huerto y podaré los árboles, ¿te parece bien?
Ay, don Manuel, ¡gracias!

Solo que me llamara Sofía, como papá, ya me hacía llorar. Sentí ahí, de golpe, la enormidad de la orfandad, del se ha ido y ya no vuelve. Los primeros días, al despertarme, tardaba en recordar por qué me dolía tanto; un segundo y volvía la realidad, papá ya no está.

Luego me invadía la culpa por no haberlo retenido en este mundo.

No vendas la finca, Sofía. Yo vendré a ayudar todo lo que pueda. ¿Ves esa Antonieta? La elegimos juntos, eras una enana Luis siempre hablaba de ti más que de tu hermana, decía que los árboles sobrevivirían a todos.

Don Manuel estuvo tres días, removió la tierra, podó los manzanos y plantó tres arbustos de crisantemos amarillos frente a la puerta, con mi permiso.

Un poquito antes vendría mejor, pero con lo cálida que está la otoño, seguro que prenden. Para el recuerdo de Luis Tendrás que tapar bien las rosas; yo lo haré la próxima vez.

Nos abrazamos al despedirnos. Empezó a llover y estuve mucho rato mirando cómo se alejaba, hasta que giró, me saludó y me apremió a entrar. La puerta del jardín se cerró de golpe y el umbral estaba cubierto de pétalos amarillos de crisantemo. Todo allí era papá y siempre lo será; la lluvia, los árboles, los olores de otoño y la tierra misma. Así estará él cerca, siempre. Y yo, Sofía, aprenderé; iré con María hasta que lleguen las heladas, dos horas en autobús. Y luego en primavera, quizá logre poner calefacción. Hay que ahorrar. Y prometo ir con Manuel al vivero por la grosella blanca que papá quería

***
Medio año después, a principios de abril, justo cuando nevó por primera vez, la finca se vendió. Me enteré por casualidad, llamando por teléfono al volver del vivero. En la cabina, entre mis pies, llevaba el brote de grosella blanca envuelto en una camiseta de bebé húmeda, justo como le habría gustado a papá.

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La casa de campo de papá El día que Olga se enteró por casualidad y de repente de que habían vendido la casa de campo que compartía con su padre, fue como una escena sacada de una película: estaba llamando desde el telégrafo a su madre, que vivía en otra ciudad, cuando por error la telefonista la conectó con una conversación entre su madre y su tía Irina. En apenas unos minutos, entre dos ciudades y dos voces queridas separadas por 120 kilómetros y cables telefónicos, Olga escuchó que la casa ya no existía, que la habían vendido bien y que, ahora, podían hacer muchas cosas, incluso ayudarla un poco con dinero. La física —esa ciencia compleja que su padre insistía tanto en que aprendiera— siempre se le había resistido a Olga, peor que los nombres de las variedades de manzanas que recogían juntos en la casa. Porque, para una estudiante de octavo curso como ella, obsesionada y enamorada desde hacía dos años de su profesor de física, ni los cielos, ni las manzanas, ni las leyes de la materia cabían en los renglones de su cuaderno escolar. Su padre, siempre tan comprensivo, lo intuía en sus ojos ausentes y su mal apetito. El papá de Olga fue militar hasta que en los años sesenta lo despidieron por un recorte masivo y, después, trabajó como jefe de mantenimiento en el telégrafo de su ciudad; sus compañeros —los soldados— lo ayudaron a construir la casa de campo, turnándose para cavar la tierra y levantar el refugio de una sola habitación y una terraza desde donde Olga leía en verano mientras él le subía una bandeja de grosellas y cerezas. Aquella casa era felicidad, aunque su madre, una mujer hermosa y altiva, poco la pisaba para no estropear sus manos de bibliotecaria y reservaba sus energías para recibir a los “soldaditos” que dormían en el suelo de la pequeña casa familiar. Con los años, Olga estudió en la universidad en una ciudad lejos de casa, vivió en un piso compartido con alemanas del este —Viola, Magi y Marion— que alucinaban con los tomates en conserva que enviaba su madre, y que devoraban con patatas fritas y cambiaban embutidos pero nunca compartían. En la cocina, el olor de las manzanas que su padre regalaba a la casera la hacían llorar de nostalgia. Ya adulta, Olga pasó por matrimonios, trabajos en el periódico de una fábrica de aviones, el nacimiento de una hija y hasta por ser llamada a reunión para ingresar en el Partido Comunista, donde le preguntaron por su divorcio y la juzgaron. El único refugio estable seguía siendo la casa de campo de su padre, donde, pese al dolor de los años, seguían celebrando tardes de manzanas, tés y hogueras con pan y niños correteando entre los arbustos. Pero llegó el otoño fatídico; su padre, que había dejado de silbar melodías por la casa, falleció de un ataque al corazón, y junto con la tragedia vino la última vendimia de manzanas, las cosechas regaladas a vecinos, la promesa incumplida de mantener viva la casa, los recuerdos de los domingos, y el aroma persistente de las flores de crisantemo plantadas junto al umbral por un amigo leal. A Olga le ahogaba la conciencia por no haber podido retener a su padre, por no haber sido capaz de evitar la venta de la casa, y por el descubrimiento de que, al final, la memoria es lo único verdaderamente imborrable, lo que permanece entre la tierra, la lluvia y las raíces de las plantas que su padre había elegido para ella. Medio año después, un día de principios de abril, con la nieve aún cubriendo el terreno y una plantita de grosella blanca recién traída de un vivero de Michurinsk —el anhelo de su padre—, Olga recibió la noticia definitiva por teléfono: la casa de campo de papá se había vendido.