LA CAJA DE LAS PROMESAS OLVIDADAS
Desde hacía un tiempo, Inés sospechaba que, además de ella y su marido, alguien más vivía en su piso de Madrid. Y no, no era un fantasma. Para ella, los fantasmas eran seres serios: si aparecen, no es para dedicarse a chiquilladas.
Esto era otra cosa, pura rutina doméstica. Un duende travieso, quizás.
Primero desaparecieron unos calcetines deportivos. Solo uno, claro. Habría sido normal en la lavadora cualquier ama de casa lo sabe, pero aquellos, blancos con una raya roja, siempre los veía Inés en el cajón, mirándola como si reprocharan: ¿cuándo fue la última vez que te dignaste tocarnos?
De repente, uno faltaba. Al día siguiente, el otro desapareció también.
Aparecieron una semana después. En el mismo lugar. Enrollados como caracoles. Encima, un trozo irregular de papel grisáceo, con letras mecanografiadas y torpes:
Nos olvidaste durante 127 días. Hemos contado.
¿Ha sido cosa tuya? arremetió ella contra Álvaro, su marido, que hojeaba tranquilamente El País en el móvil. ¿Me estás insinuando que tengo que volver al gimnasio, que estoy engordando?
Él la miró confundido, negando rotundamente con la cabeza.
Pues nada suspiró Inés encogiéndose de hombros, aunque en el fondo no le creyó. Álvaro tenía fama de bromista.
Luego desapareció su horquilla favorita, la que siempre reposaba sobre el mueble del recibidor. Y después, el pintalabios caro para ocasiones especiales que guardaba en el bolso.
Las encontró en el armario de la cocina, escondidas entre botes de garbanzos y espaguetis. También con notas:
En la horquilla:
¿Vas a decidirte ya entre pelo largo o corto? Me cansa que me abandones meses y luego me eches de menos.
En el pintalabios:
¿Recuerdas cuándo fue la última ocasión especial? Me voy a secar esperando.
Esto ya no hace gracia susurró Inés, sacudiendo el hombro a Álvaro, que dormitaba en el sofá esperando la comida.
¿Tú estás bien de la cabeza? replicó él, encendido. ¡Yo no soy tan tonto para gastar bromas así!
Y tenía razón. Álvaro jamás era descuidado, e Inés comenzó a notar una inquietud extraña.
Intentó acordarse de dónde guardaba todo. Volvía varias veces a comprobarlo. Incluso visitó al médico. Tras las pruebas, el viejecito le dijo que tenía mejor memoria que él.
Pero los objetos seguían desapareciendo.
Sus bolígrafos favoritos. Una blusa de rayas. La crema de manos.
Y, como culmen, el llavero de la casa rural. Aquel episodio hizo que Álvaro se pasara una semana suspirando de forma significativa a su paso.
Inés se volvió irritable: dormía mal, saltaba ante cualquier ruido, cambiaba constantemente de sitio el móvil, las llaves y la billetera.
Pero ese sábado, todo se volvió aún más extraño.
Decidió dedicar el día a ordenar el vestidor era hora. Y, de repente, en una caja vacía de botas, encontró todos los objetos desaparecidos. Cuidadosamente colocados, como en un escaparate de mercadillo.
La blusa, abrazada a la falda plisada corta. Una nota:
¿Aún sabes bailar?
Los bolígrafos alineados por color:
Nos muerdes cuando te pones nerviosa. Estamos agotados de tanto estrés.
Las llaves, enlazadas con el llavero como si se cogieran de la mano:
Nos aburrimos y nos fuimos de paseo nadie va ya a la casa del campo. Pero, a diferencia de otros, volvimos solas.
Inés se quedó atónita.
Aquellas notas escondían sarcasmo, inteligencia y un leve poso de tristeza, como si las hubiera escrito ella misma, en otra vida donde tenía tiempo para dialogar con sus cosas.
Iba a cerrar la caja, pero al fondo vio otro cuadradito gris, sin objeto. Solo una nota.
Las letras temblaban, borrosas, como si lágrimas hubieran caído sobre el papel:
Le prometiste a la niña del espejo que serías pintora. Yo soy esa niña. Y aquí dentro, en la caja de promesas olvidadas y sueños no cumplidos, estoy muy sola.
Inés permaneció mucho rato sentada en el suelo del vestidor, apoyada en las baldas repletas, atrapada por los recuerdos.
Ella, en la guardería, pintando una casa, un sol, a papá, mamá y su hermana, la lengua entre los dientes de concentración. La clase de dibujo en el colegio, extasiada con la acuarela expandiéndose sobre el papel húmedo. El olor del óleo en la academia. El silencio reverente del museo y la magia de cada pincelada. Las explicaciones vibrantes de la guía.
Al principio pensó que sería su vida.
Después, su afición. Un refugio.
Después
Nada.
No porque no tuviera tiempo. Lo iba posponiendo, siempre prefería algo más urgente o útil, hasta que esa cálida expectación se esfumó tan súbitamente como los calcetines, los bolígrafos o las llaves.
Pasó el dedo sobre la última nota.
Parecía que el papel estaba vivo, más cálido que los otros, y vibraba suavemente. O quizá fuesen sus propias manos las que temblaban.
¿De verdad era más importante una hora extra en el Corte Inglés o leer una novela negra más, que su sueño?
Esa noche, Inés no lograba dormir. Daba vueltas y vueltas en la cama. A las dos, suspirando, se levantó.
¿Dónde vas? Álvaro murmuró a medio dormir.
Duerme, duerme susurró ella.
Recuerdo que vi unas acuarelas antiguas entre las cajas del vestidor, pensó mientras cruzaba el pasillo. Al pasar frente al espejo del recibidor, encontró los ojos de aquella niña. Asustados. Pero con luz de esperanza.





