La amiga de mi marido pedía su ayuda cada dos por tres, y tuve que intervenir

¡Ay, por favor, Manolo! ¡No sé qué hacer! ¡El agua no para de salir! ¡Voy a inundar a los vecinos y ya sabes cómo es la bruja del segundo, me va a amargar la vida! ¡Me tiemblan tanto las manos que ni siquiera encuentro la llave de paso!la voz por el auricular era tan aguda y lastimera que se oía desde el otro extremo de la mesa, aunque el móvil de Manolo no estuviera en altavoz.

Isabel dejó lentamente el tenedor sobre el plato. El sonido del acero golpeando la loza en la silenciosa cocina fue como el toque de un gong anunciando el inicio de otro asalto de una batalla que llevaba tres años librando. Frente a ella, su marido, Manolo, mordía el labio con gesto de culpa, mirando alternativamente el guiso casero ya templado y la pantalla iluminada de su móvil.

Tranquila, Lucíamurmuraba al teléfono. ¿Qué llave? ¿La del fregadero o la del baño? Corta la general, la que está junto al contador.

¡No la encuentro! ¡Manolo, ven, por favor, te lo ruego! ¡Estoy asustada! ¿Y si me quemo? ¡Estoy sola, me da pánico!

Manolo alzó la vista hacia Isabel. En su mirada se reflejaba una súplica resignada que ella había aprendido a identificar últimamente.

Isa, ¿lo oyes? Se le va a inundar la casa. En serio, Lucía es un desastre con estas cosas, como una niña. Tengo que ir.

Por supuestocontestó Isabel en un tono neutro, disimulando la tormenta que llevaba dentro. Hoy, desde luego, no celebramos nuestro aniversario. Ni llevamos dos semanas planeando esta cena. Y yo no he pasado tres horas cocinando. Ve, Manolo, salva a Lucía. Sin ti no es nadie.

Venga, no empiecesManolo se levantó y se apresuró a tomar las llaves del coche. Somos amigos de toda la vida. Está en un apuro. Es llegar, ponerle una junta nueva y me vuelvo. Guarda el guiso en el horno, así no se enfría.

La puerta cerró de un portazo. Isabel se quedó sola en el piso, impregnado aún de los aromas de la cena especial y una amarga sensación de decepción. Se asomó a la ventana y vio cómo el coche de Manolo desaparecía en la oscuridad de la noche madrileña.

Lucía. Ese nombre se había convertido en la tercera incómoda en su matrimonio. Amiga de la infancia, antigua compañera de clase, como uno másasí la describía Manolo. Lucía apareció de nuevo tras su divorcio y, desde entonces, se instaló en sus vidas. Al principio eran favores esporádicos: ayudarla a mudarse, arreglarle el ordenador. Manolo, alma caritativa y manitas irremediable, siempre acudía.

Pero el apetito crece al comer. Las peticiones de Lucía pronto adquirieron el cariz de emergencias: una rueda pinchada en la carretera, una estantería desplomada, un armario que urge montar. Y, casualidad o no, siempre coincidía con los planes de Isabel y Manolo.

Isabel nunca fue celosa ni histérica, se repetía. Pero el sexto sentido femenino le decía que la cosa no iba de grifos rotos. Lucía era una mujer atractiva, impecable, con mirada insinuante y ese don de hacer sentir a los hombres héroes descendidos del mismísimo Olimpo. Era experta en jugar la carta de la niña desvalida, y Manolo caía de cabeza, henchido de importancia.

Isabel guardó la cena en la nevera. El hambre había desaparecido. Manolo regresó pasadas tres horas, agotado y manchado de grasa, pero satisfecho.

Vaya, menos mal que llegué. Tenía el sifón hecho un desastre. Tuve que ir a la ferretería de guardia a por una junta nueva. Lucía se puso nerviosa, se tomó hasta una tila.

¿Y al menos ofreció un café al salvador?preguntó Isabel como si leyera.

Sí, y un trozo de bizcocho de manzana que, por cierto, dijo que te disculpara por estropearte la noche.

Bizcocho, pensó Isabel. Mientras supuestamente no encontraba la llave de paso, tenía un bizcocho horneándose. Curioso.

No dijo nada. Discutir era inútil: Manolo entraba enseguida en modo víctima, acusándola de insensible o celosa. Tocaba moverse con otro plan. Decidió que la próxima vez iría con él a salvar a Lucía.

El próxima vez llegó tan pronto que asustaba. Era sábado por la mañana: iban a pasar el día en la casa del pueblo, con chorizos adobados y pan de hogaza ya listos en el maletero, y en la imaginación de Isabel los dos se veían en la terraza, copa de Rioja en mano.

Mientras Manolo cargaba el carbón, sonó su móvil con ese tono especial que sólo tenía Lucía.

¿Sí? ¿Qué dices, que chisporrotea? ¿Cómo de fuerte? ¿Huele a quemado? Espera, no toques nada, corta la luz del cuadro. Sí, voy para allá.

Colgó y miró a Isabel, que sostenía una caja de petunias junto a la puerta.

Isa verás

¿La toma de corriente?le interrumpió.

Peor. El cuadro está chisporroteando y huele a quemado en todo el piso. Tiene miedo de que se incendie la instalación. Los del servicio de mantenimiento no vienen en sábado, y los electricistas particulares clavan precios y tardan siglos.

Ya veo.Isabel dejó el cajón en el suelo. Así que adiós casa del pueblo.

¡No, no! Paramos un momento en casa de Lucía, yo lo reviso. Si es grave, llamo a urgencias; si es tontería, lo apaño y listo. Es casi de camino. Una hora, no más.

Vale.asintió Isabel. Voy contigo.

Manolo se quedó parado, incómodo.

¿Para qué vienes? No eres electricista. Espera en casa, que no tardo nada.

Voy contigo, Manolo. Iremos juntos a la casa del pueblo, y ya de paso saludo a Lucía. Hace mucho que no la veo.

Manolo sólo pudo asentir resignado. Durante el trayecto, tamborileaba nervioso en el volante. Isabel parecía tranquila, aunque por dentro estaba como un muelle.

Lucía les recibió en un batín de seda corto y un maquillaje impecable. Al ver a Isabel, su sonrisa se tambaleó un instante, pero pronto forzó una expresión radiante.

¡Isabel! ¡Qué sorpresa! Fíjate cómo estoy, toda despeinada y sin arreglardijo tocándose los rizos perfectos. Pasad, por favor. Manolo, eres mi salvador, ¡en la entrada está todo que parece una verbena! ¡Chisporrotea y zumba!

El pasillo olía levemente a plástico quemado. Manolo se dirigió al cuadro de luces con su destornillador y el comprobador de corriente.

Isabel, vente a la cocina, tomamos un café mientras él apaña esocanturreó Lucía, deseando apartarla de la escena.

No. Prefiero quedarme aquí por si Manolo necesita ayuda. Para sujetar algo o alumbrar.

¿Alumbrar?se rió Lucía. Vamos, Manolo lo hace todo hasta con los ojos cerrados, ¿verdad, Manolo?

Manolo refunfuñó sin levantar la vista de los cables.

Lucía, ¿por qué no llamaste a la comunidad? El servicio de mantenimiento es 24h. Es cosa de electricidad, puede ser peligroso.

¡Ay no! Esa gente es una panda de groseros. Vienen sucios, te ponen el piso perdido y encima te hablan mal. Manolo es de casa, confío en él.

Las manos de mi maridodijo Isabel con énfasishoy iban a estar sujetando pinchos de carne en la casa del pueblo.

¡Perdona! Siempre lo estropeo todosuspiró Lucía, juntando las manos teatralmente. ¡Todo me sale mal! Sin un hombre en casa todo se rompe. Qué suerte tienes tú, Isabel, siempre protegida.

Manolo terminó en quince minutos.

Era el contacto, está un poco quemado. Lo he apretado, pero deberías cambiar el automático, Lucía, es muy viejo.

¿Podrías hacerlo tú, Manolo?dijo Lucía acercándose mucho a él. Te lo pago. ¿Puedes ir a comprar uno y ponerlo?

No va a poderintervino Isabel. Estamos de camino al pueblo y luego iremos al teatro el próximo sábado. Llámate a un electricista, Manolo te apunta en un papel el modelo necesario.

Lucía lanzó una mirada de odio a Isabel, y enseguida se giró hacia Manolo.

¡Al menos tomad un café! He comprado pasteles, tus favoritos, Manolo.

Gracias, estamos llenosatajó Isabel, cogiendo a Manolo del brazo. Nos vamos, tenemos el día apretado.

Ya en la calle, Manolo suspiró como quien se quita un peso de encima, aunque pronto defendió a su amiga:

Isa, no deberías ser tan brusca. Ella no lo hace con mala intención.

No lo ves, Manolo. Te lleva por donde quiere: el batín, los ojitos Lo que busca no es ayuda, sino atención.

Venga, Isa, no exageres. Soy como un hermano para ella.

Ese hermano que arregla enchufes y, de paso, sube el ego. Muy práctico.

Salieron finalmente a la casa del pueblo, pero Isabel sabía que aquello no había terminado. Lucía no se iba a rendir. Le gustaba tirar de los hilos y ver cómo el marido de otro respondía a su llamada.

La resolución llegó dos semanas después. Manolo estaba de viaje por trabajo y debía volver el viernes. Isabel preparaba una cena especial con ilusión. A las seis, sonó el teléfono.

Isa, voy a tardar un poco. Entrando en Madrid, me ha llamado Lucía tiene otro apuro.

¿Qué ha pasado esta vez? ¿Ha caído un meteorito en su balcón?

No, que se le ha caído una barra de cortinas en el pie al intentar instalarla. Tiene el pie hinchado, dice que no puede andar y la barra le ocupa medio salón. Me ha pedido si puedo pasar y comprarle una pomada. Es rápido.

Isabel suspiró hondo.

Manolo, haz una cosa. Vete directo a casa. Yo me acerco a verla.

¿Tú? ¿Por qué?

Pues porque soy mujer, sé mejor qué pomada comprar y puedo ayudarla con el pie. Tú ya vienes cansado, vete a casa y ve calentando la cena, ¿vale?

Bueno si insistes. Pero no te pelees con ella, ¿vale?

Isabel colgó y se puso manos a la obra. No pensaba ir a cuidar el pie de Lucía, sino a solventar la situación de raíz.

Buscó por Internet y contrató a un Manitas por horas, seleccionando al más serio y profesional. Después llamó a una farmacia y encargó analgésico y vendas con entrega urgente en casa de Lucía.

Salió en coche rumbo a la dirección de Lucía. Al llegar, vio al repartidor de la farmacia llamando al portero. Isabel le interceptó, recogió el paquete y subió. La puerta estaba entreabierta, seguramente esperando la llegada heroica de Manolo.

Entró sin avisar.

En el salón reinaba la penumbra, había velas encendidas, una botella de vino y dos copas. Lucía yacía en el sofá, con el batín de siempre y la pierna estirada. La barra de cortina, curiosamente, yacía muy bien colocada en el suelo.

¿Manolo? ¿Has traído la pomada?gimoteó Lucía al oír pasos.

Isabel encendió la luz del techo. Las sombras románticas desaparecieron dejando ver la escena en toda su ridiculez.

Lucía se incorporó de golpe, olvidando cualquier cojera.

¡Isabel! ¿Qué haces tú aquí? ¿Dónde está Manolo?

En casa, calentando la cena. Te traigo los remedios y la ayuda que necesitas.

¿Qué ayuda?preguntó Lucía, confusa.

La barra la colocará un profesionaldijo Isabel.

En ese momento sonó el timbre. Isabel abrió la puerta y apareció un hombre fornido con caja de herramientas.

Servicio Manitas por horasanunció. Para instalar una barra de cortina.

Sí, pase, ahí está todo. Lucía le indica.

El hombre supervisó la pared, sacó el taladro.

Necesito tacos del seis, traigo de sobra. ¿Dónde está la escalera?

Lucía estaba roja de vergüenza, miraba a Isabel llena de rabia.

¿Por qué haces esto?le espetó en cuanto el taladro ahogó las voces.

¿Yo? Sólo ayudo. Aquí tienes la medicación y el instalador, ambos pagados. Manolo está cansado y quiere cenar con su mujer. Si lo que querías era una cortina nueva, asunto resuelto. Si lo que querías era otra cosa, será mejor que lo pienses.

Lucía se levantó de un salto, sin rastro de dolor.

¡Vete al cuerno! ¡Tan perfecta que te crees! Manolo se va a hartar de tanta corrección, necesita fiesta y tú eres una sabelotodo pesada.

Tal vez. Pero es mi marido, y tú cada vez inventabas un nuevo desperfecto para acapararlo una hora. ¿No tienes dignidad? Eres guapa, Lucía, búscate un hombre libre. Deja de mendigar a las puertas de los demás.

¡Lárgate!gritó Lucía.

Por supuesto. El Manitas termina en veinte minutos. Todo pagado. Que te mejores el pie, qué rápido corres para alguien que cojea.

Isabel dejó el piso sintiéndose ligera como una pluma. Lo había resuelto sin gritos ni escenas, solo mostrando la verdad.

En casa, Manolo la esperaba inquieto.

¿Qué tal está? ¿Es grave lo del pie?

Isabel se sentó, se sirvió un té y miró a Manolo a los ojos.

El pie está perfecto. Ya corre por la casa. Le han instalado la barra y no le faltará medicinas.

¿Un instalador? ¿Para qué? Ya podía haberlo hecho yo.

Siéntate, Manoloordenó Isabel con firmeza. Y dime de corazón, ¿de verdad no habías visto lo que ocurría? Las velas, el vino, el batín, las llamadas cuando yo no estoy ¿No lo veías?

Manolo bajó la mirada y jugó distraído con una miga de pan.

Quizá lo intuía, pero no quería creerlo. Somos amigos, pensé que si lo ignoraba, se pasaría. Me daba pena dejarla sola.

¿Sola?se rió Isabel. Te manipulaba como a un niño. Y por quedar bien con ella quedabas mal conmigo. Nos robabas tiempo, Manolo. Hoy lo he visto claro. Tenía el salón con dos copas y velas. No esperaba a un instalador.

Manolo enrojeció. Recordó cómo Lucía le acariciaba la mano, cómo le miraba demasiado tiempo, cómo le adulaba a costa de menospreciar a Isabel.

Perdónamesusurró. He sido un ingenuo.

Un poco sísonrió Isabel. Pero te quiero. Y desde hoy la ayuda a Lucía se ha acabado. Tiene el móvil del Manitas, que lo llame a él. Si se aburre, que llame a otra gente. Tú ya no eres su comodín. ¿Trato hecho?

Trato hechoafirmó Manolo. Lo he comprendido todo. Gracias por encargarte tú. Si llego a ver aquellas velas, habría sido peor.

Lucía nunca volvió a llamar. Ni la semana siguiente, ni el mes siguiente. El orgullo, o lo que le quedaba, la mantuvo alejada.

Medio año después, Isabel se la cruzó en El Corte Inglés. Caminaba del brazo de un caballero elegante, bolsas repletas de marcas caras y expresión más que satisfecha. Sus miradas se cruzaron; Lucía alzó la barbilla y pasó de largo con gesto altivo.

Isabel sonrió. Estaba satisfecha. Al fin Lucía tenía a alguien que le arreglase grifos con todas las de la ley. Y, por fin, en casa reinaba la calma, sin sobresaltos ni llamadas de emergencia cada vez que un grifo goteaba.

Por las noches, Isabel y Manolo cenaban tranquilos, planificaban escapadas y, lo mejor, sabían que si decidían ir al pueblo, llegarían sin incidentes porque aprendieron que las fronteras familiares se defienden, incluso aunque quien las cruce se disfrace de víctima.

A veces, al recordar todo aquello, Isabel sentía orgullo. La confianza, la inteligencia y no la confrontación eran la clave. Y eso, al final, protege cualquier hogar, incluso en los lares más castizos.

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MagistrUm
La amiga de mi marido pedía su ayuda cada dos por tres, y tuve que intervenir