Querido diario,
Esta mañana, sentado en mi coche frente a una pequeña cafetería en el madrileño barrio de Chamberí, sentí que los nervios iban a traicionarme. En el GPS, la dirección coincidía. Café Paraíso, decía el luminoso. Vaya nombre, pensé. Paradisíaco, sí, pero yo me sentía a punto de entrar en el mismísimo infierno. Respiré hondo, apreté el puño sobre el volante por última vez y salí decidido hacia la puerta.
Cincuenta metros recorrí, repitiéndome que no había vuelta atrás. Debía verla, conocer a la “otra”, la amante de mi esposa, la que, según mi cabeza, había roto mi hogar. Apenas sabía nada de ella, salvo un apodo ridículo Gatita y el hecho de que trabajaba allí como camarera. Entré y elegí una mesa junto a la ventana. Allí estaba, acercándose con su delantal y su aire de inocencia. La había visto apenas en una foto por casualidad y aún así la reconocí al instante.
Buenos días saludó la camarera. Eché un vistazo furtivo a su chapa de identificación: Clara. Así que así la llama mi esposa. Originalidad la justa.
Me ofreció la carta y una sonrisa mientras yo la repasaba de arriba abajo, con la mirada afilada de quien quiere entender el secreto de su rival. Ahora que pienso en todo, ni sé muy bien cómo llegué a estar delante de la amante de mi mujer. Diez años de matrimonio con Teresa, o al menos eso creía yo. Tenemos una hija, Lucía, de ocho años. Teresa siempre la ha tenido en un pedestal, y yo aunque lo intentaba era el bueno que consentía a ambas.
Teresa lleva años trabajando como psicóloga en el centro de la ciudad. Gracias a su carácter calmado, rara vez teníamos discusiones reales; las cosas se resolvían sentados, hablando, sin dramas mayores. Nuestra vida era igual que la de muchos: hipoteca de un piso pequeño en Vallecas, un coche viejo y una casita en la sierra cerca de Cercedilla. Todo en orden hasta que, de la nada la amante.
Descubrí su existencia sin querer. Teresa estaba en la ducha cuando sonó su móvil y me pidió que respondiera porque esperaba la llamada de su padre. Es curioso, nunca había contestado antes, pero me pidió ese favor, así que fui Vi el nombre Gatita en WhatsApp, junto a una foto de Clara abrazando a mi esposa. Incrédulo, dudé en responder, y antes de decidirlo, la llamada se cortó.
Torpemente, me alejé del teléfono como si quemara. Pero llegó un mensaje: Te espero en Café Paraíso después de mi turno el lunes. Te invito a mi mejor café. Te quiero y te echo de menos Varios emoticonos acompañaban la nota.
Creo que en aquel momento, la verdad me cayó como un jarro de agua helada. No supe ni qué hacer. Teresa salió del baño y le mentí, diciendo que no había visto quién era. Luego, fingiendo una migraña, salí del piso y terminé sentado en un banco de la plaza, intentando reconstruir toda nuestra historia y comprender cuándo se había resquebrajado la relación.
No soy de los que hacen dramas o escándalos los años me han enseñado a pensar antes de actuar pero tampoco tengo estómago para fingir. Ni idea de cómo manejarlo: enfrentar a Teresa, a Clara, o a ninguno de los dos. Encima, se acercaba nuestro décimo aniversario de boda; Lucía había pintado un cartelito precioso para celebrarlo y mis padres venían ese fin de semana. ¿Cómo romperlo todo, privar a mi hija de la alegría, marcharme? Por mucho que me doliera, mis obligaciones pesaban. Pasé días dando vueltas a todo aquello, sin dormir, ni comer.
Y así, me encontré hoy en el Café Paraíso, decidido al menos a conocer a la famosa Clara. Pedí un café latte y le pregunté por un postre, recomendando ella la tarta de miel. Fingí normalidad mientras mi cabeza hervía. Me sorprendió que el sitio estuviese casi vacío; al parecer, el único cliente insomne de la mañana era yo.
A los minutos volvió, preocupada porque no había tocado el dulce.
¿No le ha gustado el postre? ¿Le traigo otra cosa?
No, simplemente no tengo hambre respondí . Pienso en muchas cosas ¿Nunca le ha pasado tener que decidir entre terminar algo importante o dejarlo estar?
La pobre debió pensar que estaba loco.
Nunca he tenido que hacer esa elección.
¿Y si descubriera que su pareja le ha sido infiel? ¿Cómo reaccionaría?
No respondió, sólo se quedó clavada mirándome. Decidí desviar la conversación y le pregunté sobre sus estudios. Dijo que llevaba un año allí, que estudiaba en la Universidad de Bellas Artes, y que de vez en cuando hacía trabajos de interpretación. Intenté sonsacarle si podría entrar en el papel de una esposa traicionada. No sé bien por qué, sólo quería mirarla a los ojos y entender qué veía Teresa en ella.
Al final, mientras yo pagaba la cuenta dejando una propina generosa, vaya usted a saber por qué me di cuenta de que aquella visita no me había servido para nada. Ni calmaría mi dolor golpeando a nadie, ni insultando, ni urdiendo venganzas. Pedí la cuenta y me marché en silencio. La vi suspirar, triste, a través del ventanal.
Tomé entonces una decisión: celebraría nuestro aniversario con Lucía como habíamos planeado. No quería desilusionar a mi hija. Después, ya hablaría con Teresa.
Llegó el día especial. Nos reunimos en nuestra cafetería favorita de Malasaña, los tres, como una familia más. Llenamos la cena de sonrisas forzadas e ilusión de cartón. ¿Qué boda es ésta?, pensé ¿estaño? ¿madera? Vidrio, me dije para mis adentros, porque mi matrimonio está a punto de hacerse añicos.
Cuando parecía que la celebración terminaba, Teresa sonrío y, guiñando a Lucía, anunció: ¿Y la tarta, papá?. Al poco rato apareció Clara, la misma camarera, sosteniendo la tarta de aniversario. Imposible confundirla. Puso la tarta sobre la mesa mientras Teresa le sonreía como a una amiga. Yo me quedé sin palabras.
Entonces Teresa tomó la palabra:
Ya os conocéis, ¿verdad?
Clara asintió, educada.
Nuestra unión puede soportar cualquier tempestad. Gracias por estos diez años, de verdad intentó besarme. Yo me aparté.
¿Puedes explicarme esto? logré preguntar.
Ha sido una broma contestó, encogiéndose de hombros . Un regalo especial: contraté una agencia que monta celebraciones con actuaciones. Mi infidelidad era la historia Tú, con tu templanza, has sabido soportar todo con dignidad. ¡Eres increíble!
¿O sea que no tienes ninguna amante? pregunté.
¡Claro que no! exclamó ella.
Y Clara ¿eres actriz?
Todavía estudio, pero sí, me han contratado para esto. La mayoría de maridos gritan o me tiran el café. Tú, no. Y encima dejas propina respondió la joven.
No tengo palabras musité, indignado. ¿Te parece gracioso? ¿Apropiado? ¿Normal? subía la voz sin poder remediarlo. ¿Por qué me haces esto?
Clara se escabulló; yo por primera vez supe lo que era perder los nervios completamente. Teresa tartamudeó sobre querer darle chispa a la relación porque yo siempre era tan sereno. Le pedí que no se acercase.
¿Chispa? Pues toma chispa exclamé, y sin pensarlo cogí la tarta y se la estrellé en toda la cara . Aquí tienes, un poco de sabor
Mientras mi esposa trataba de limpiarse la crema, chilló: ¿Pero te has vuelto loco?
No, querida. Igual que tú. Quizá así aprendas a no jugar conmigo.
Cogí la mano de Lucía, que me miró curiosa, y salimos juntos del local.
Papá, ¿por qué has hecho eso? preguntó mi hija mientras suspiraba el aire de la noche madrileña, ya más tranquilo.
Nada, Lucía. Me he acordado de un chiste muy tonto Pero antes tenemos que hablar. Tal vez mamá y yo necesitemos pasar un tiempo separados. ¿Te parece bien?
Lucía miró al frente y asintió con fortaleza.
A veces, lo más valiente es mirar a la verdad de frente, aunque duela, y comprender que incluso los aniversarios más bonitos pueden esconder dolores profundos. Hoy he aprendido que la confianza y el respeto no se ganan con juegos. Ahora tengo que reconstruir mi dignidad y redescubrir el sentido de familia, aunque sea en la distancia.
Rubén RodríguezAquella noche, mientras Lucía dormía a mi lado en la cama improvisada del cuarto de invitados, sentí por primera vez en mucho tiempo una rara paz. Escuché su respiración profunda y pensé en el futuro: en los sábados de parque, en las meriendas con chocolate, en las conversaciones esperando a que cayera la lluvia sobre Madrid.
Al amanecer, preparé dos tazones de cereales y le di un beso en la frente. Me miró de reojo, sonriendo con la sabiduría callada de los niños.
¿Hoy vamos a hacer algo especial? preguntó.
Sí, Lucía. Vamos a empezar de nuevo.
Salimos a la calle y, cogidos de la mano, atravesamos el barrio como dos recién llegados al mundo. Era mi primer día sin miedo, sin farsa. Por fin había entendido que, aunque las certezas se resquebrajen y los lazos aparentes se deshagan, uno puede elegir la honestidad. Puede elegir la calma tras la tormenta.
Y mientras el sol nacía sobre las azoteas, supe que, si alguna vez volvía a celebrar un aniversario, lo haría sólo con quienes supieran cuidar de la verdad y de la risa. Aquella vez, nuestra pequeña familia no era la de ayer, pero era sincera, y por primera vez, eso era suficiente.







