La amante de mi marido Mila estaba sentada en el coche, mirando la pantalla del GPS. Todo correcto, había llegado al destino. Solo quedaba armarse de valor y cumplir su propósito. Mila suspiró hondo y, decidida, salió del coche. Caminó unos cincuenta metros hasta detenerse ante la entrada de una pequeña cafetería. “El Paraíso del Café”, rezaba el cartel luminoso. “Vaya nombre… tan celestial”, pensó Mila con sorna. Tenía que entrar allí, pero de repente flaqueó su voluntad. ¿Y si daba media vuelta, se subía al coche y se marchaba lo más lejos posible? No, Mila no era de esas. No había venido hasta aquí para eso. Tiró de la puerta y entró. Ahora vería a ELLA, la amante de su marido y la destructora de su hogar. ¿Qué sabía Mila de esa chica? Pues en realidad, no demasiado. La traicionera rival se hacía llamar “Gatito”, o así la llamaba su marido cariñosamente, y trabajaba de camarera en esa cafetería. Mila escogió una mesa junto a la ventana y esperó, observando con nerviosismo a las camareras. Y ahí estaba. ¡Esa era ella! Mila reconoció a la chica de la foto que había visto fugazmente. Se acercaba a su mesa. Unos segundos que a Mila le parecieron una eternidad. Su mente se llenó de pensamientos que podrían llenar una novela. —¡Buenas tardes! —saludó la camarera. Mila echó un vistazo disimulado a su chapa: “Catalina”. Así que ese era su nombre. Imaginación poca la de su marido, llamarla “Gatito” a una Catalina. Mientras, Catalina, sin imaginar el huracán de pensamientos de su clienta, continuó: —¿Le traigo la carta? Cuando esté lista para pedir, me avisa. Mila le sonrió con su mejor sonrisa, pero la observaba con mirada escrutadora, como analizando a su rival bajo un microscopio. ¿Cómo había llegado a estar cara a cara con la amante de su marido? Es una larga historia. Pero vamos por partes. Hace diez años que Mila era felizmente casada con Alejandro. O eso pensaba. Tienen una hija, Eva, de ocho años. Alejandro adora a Eva, su princesa consentida. Ante las miradas reprobatorias de Mila (“¿Otra muñeca más?”), él solo se encoge de hombros. Eva es muy de papá; a veces a Mila le parece que incluso lo quiere más a él que a ella, pero no se lo toma a mal. Mila es psicóloga, psicoterapeuta, y sabe lo importante que es el cariño del padre para el futuro emocional de una niña. Siempre han intentado hablar de los problemas y evitar discusiones serias. Una familia corriente: piso con hipoteca, coche y una pequeña casa en el campo a cincuenta kilómetros de Madrid. Y de repente, como un rayo: ¡la amante! Mila lo descubrió por casualidad. Unos días antes, Alejandro estaba en la ducha cuando sonó su móvil. Él le gritó: —¡Debe de ser mi padre! ¿Puedes cogerlo tú? Yo no puedo ahora. Mila nunca había contestado a llamadas para Alejandro, pero si él lo pedía, ¿por qué no? Fue hacia el teléfono y vio que no era su suegro: era una llamada por WhatsApp del contacto “Gatito”, con una foto de una chica desconocida abrazando a su marido. ¿Qué significaba eso? Indecisa, no supo si contestar, y la llamada se cortó. Al instante entró un mensaje: “Ale, la semana que viene trabajo 2/2 desde el lunes. Pásate por el Paraíso del Café al acabar mi turno, quiero invitarte a nuestro café especial. Te echo de menos, te quiero…”. Emoticones incluidos. Mila retiró la mano del teléfono como si quemara. No quedaban dudas. “Gatito” abrazando a su marido, llamada, mensaje. Por más duro que fuera asumirlo, parecía evidente: su marido tenía amante. ¿Desde cuándo? ¿Qué tipo de relación tenían? Fuera como fuera, era un golpe devastador. Alejandro salió del baño preguntando si había hablado con su padre. Mila mintió: “No me ha dado tiempo”, y fingió dolor de cabeza para salir a la farmacia. En realidad, se sentó en un banco del parque, repasando su vida familiar en busca de fisuras. Pero había que afrontar la realidad. No era de las que hacen como si nada. Pero tampoco era su estilo organizar escenas y gritos: prefería hablarlo todo y tomar decisiones maduras. Pensó en ir directamente con Alejandro y preguntarle por “Gatito”, pero habría tenido que explicar cómo se enteró. No, tenía que encontrar otro modo… Entonces recordó el nombre de la cafetería, el turno de la amante, y que la había visto en una foto. ¿Y si iba a verla cara a cara? ¿Quizá hablar con ella? Los días siguientes fueron un infierno de insomnio, falta de apetito y fingimientos. Pero su malestar no pasó desapercibido a Eva ni mucho menos a Alejandro. A todos les decía que estaba muy cansada por el trabajo. Finalmente, Mila se autoconvenció: tenía que ir al Paraíso del Café y ver a “Gatito” para calmarse. *** —Quiero un café latte y algún postre —pidió Mila—. ¿Qué me recomienda? —Tenemos una tarta de miel casera muy rica —propuso Catalina. —Vale, la tarta de miel entonces. Cuando la “amante de su marido” trajo el pedido, Mila apenas lo tocó. El café mediocre, la tarta nada especial. Era pronto, poco ambiente. Mila había elegido esa hora para poder hablar con Catalina. Y acertó. Al cabo de un rato, Catalina volvió y preguntó, discreta: —Apenas ha probado el postre. ¿No le ha gustado? ¿Prefiere que le traiga otra cosa? —No, no es por la tarta. Simplemente no tengo hambre. Estoy pensando en muchas cosas. —Perdón, no quiero molestarle. —No me molesta, Catalina. Precisamente pienso en qué hacer ahora. ¿Termino el postre o pido el divorcio? ¿Usted qué elegiría? —Mila la miró fijamente. Catalina se asustó un poco. La cliente debía parecerle excéntrica. —Nunca he tenido que elegir algo así… —¿Y si le pasara? Imagine que descubre que su marido le es infiel. Catalina guardó silencio, incómoda. Mila cambió de tema. —¿Lleva mucho aquí trabajando? —Cerca de un año —contestó cautelosa Catalina. —¿Es estudiante? —Sí —respondió, con desconfianza. —¿Qué estudia? —En la Universidad de Cultura, una carrera artística… —Interesante. ¿Y tiene buena imaginación? ¿Le resultaría fácil ponerse en el papel de una esposa engañada? ¿O de la amante? Catalina no contestó, nerviosa. Mila decidió terminar la conversación absurda. De repente, sintió que no debería haber ido. ¿Y ahora qué? ¿Le tiraría el café encima a la rival? ¿Le arañaría? Nada de eso le haría sentir mejor. Mila pidió la cuenta cansada. Cuando Catalina volvió, Mila ya se había ido, dejando el dinero y una propina generosa. Catalina miró por la ventana y suspiró. *** En la cafetería, Mila tomó una decisión: celebraría el décimo aniversario con Alejandro, como estaba planeado. No iba a privar a Eva del día especial que había preparado. Después, hablaría con Alejandro de todo. Y así, los tres están en su restaurante favorito, celebrando. ¿Bodas de hojalata? ¿De madera? “De cristal, mi matrimonio está a punto de romperse y aparento normalidad”, pensaba Mila. Se acerca el final de la cena. Alejandro guiña un ojo a Eva: —¿Y el postre? ¡Ninguna fiesta sin tarta! Eva se entusiasma: —¡Tarta! ¡Para mí el trozo más grande! Alejandro hace una seña y la tarta llega a la mesa. Mila apenas mira de reojo hasta que ve QUIÉN la trae. No puede creérselo: es Catalina, la “amante”, la “Gatito”. Alejandro le sonríe con complicidad y le dice a Mila: —¡Feliz aniversario, cariño! Esta tarta es para ti. Se acerca una animadora para llevarse a Eva a jugar. Mila no puede pronunciar palabra. Alejandro la auxilia: —Por lo que veo, ya conoces a Catalina. Catalina asiente con cortesía. —Nuestro amor puede con todo —dice Alejandro con solemnidad—. Gracias por estar a mi lado. Intenta besar a Mila, pero ella se aparta. —¿Qué significa todo esto? —logra balbucear Mila. —Mila, era una broma. Una broma de esas tontas… Contacté con una agencia que organiza celebraciones originales. Para cada pareja, un guion y actores. Nuestro “infiel”, en mi caso. Pero eres tan fuerte y serena… ¡Bravo por ti! Intenta abrazarla, pero ella lo rechaza. —¿Estás diciendo que no tienes amante? —¡No! —¿Y Catalina es actriz? —Todavía soy estudiante —aclara “la amante”—. Pero hago bolos en la agencia y trabajo en la cafetería. Qué temple el suyo, Mila. ¡Hay cada esposa…! Alguna me ha arrojado el café, otra me ha puesto de vuelta y media. Usted me habló con calma y hasta dejó una propina. —No tengo palabras… —Mila, atónita, mira a su marido y a Catalina—. ¿Te parece graciosa esta broma? ¿Oportuna? ¿Humana? —casi grita—. ¿Por qué me haces esto? Catalina amaga con irse, pero Mila lo impide. Alejandro nunca la había visto así. Siempre tan tranquila, hoy explota. —¿Sabes cómo me sentí todos estos días? ¿En qué momento te pareció buena idea esta “broma” antes de nuestro aniversario? —Mira, Mila —se excusa Alejandro—, es que tú eres tan equilibrada… ¡Nunca un poco de chispa! Quise darle emoción a la relación. Fue estúpido. Perdón. Mila contenía a duras penas la rabia. Catalina encuentra el momento para huir. —¿Te hace falta más chispa? Pues toma, aquí la tienes —dice Mila mientras estampa la tarta en la cara de Alejandro—. ¡Ahí tienes tu chispa y tu relleno, todo junto! Alejandro trata de quitarse el merengue sin éxito. —¿De qué vas? —Nada, querido —contesta Mila melosa—. ¡Solo intento animar un poco el matrimonio! —y se va directa hacia la salida. —¿Pero qué te pasa? ¡Que no te he sido infiel! —le grita Alejandro. Mila se detiene, lo mira y le dice despacio: —¡Ojalá lo hubieras sido! Va con Eva, le toma la mano y salen del restaurante. Ya en la calle, Mila respira el aire fresco y de repente se echa a reír. —¿Mamá, qué te pasa? ¿Por qué te ríes? —Nada, hija. Solo me acordé de un chiste. —¿Me lo cuentas? —Claro, pero antes tenemos que hablar. Mira, vamos a tener que vivir separadas de papá por un tiempo… —¿Sin papá? ¿Para siempre? —se alarma Eva. —No lo sé, cariño —responde Mila sincera—. El tiempo lo dirá. ¿Vienes conmigo? Eva asiente. Y avanzan juntas por la calle al atardecer.

Querido diario,

Esta mañana, sentado en mi coche frente a una pequeña cafetería en el madrileño barrio de Chamberí, sentí que los nervios iban a traicionarme. En el GPS, la dirección coincidía. Café Paraíso, decía el luminoso. Vaya nombre, pensé. Paradisíaco, sí, pero yo me sentía a punto de entrar en el mismísimo infierno. Respiré hondo, apreté el puño sobre el volante por última vez y salí decidido hacia la puerta.

Cincuenta metros recorrí, repitiéndome que no había vuelta atrás. Debía verla, conocer a la “otra”, la amante de mi esposa, la que, según mi cabeza, había roto mi hogar. Apenas sabía nada de ella, salvo un apodo ridículo Gatita y el hecho de que trabajaba allí como camarera. Entré y elegí una mesa junto a la ventana. Allí estaba, acercándose con su delantal y su aire de inocencia. La había visto apenas en una foto por casualidad y aún así la reconocí al instante.

Buenos días saludó la camarera. Eché un vistazo furtivo a su chapa de identificación: Clara. Así que así la llama mi esposa. Originalidad la justa.

Me ofreció la carta y una sonrisa mientras yo la repasaba de arriba abajo, con la mirada afilada de quien quiere entender el secreto de su rival. Ahora que pienso en todo, ni sé muy bien cómo llegué a estar delante de la amante de mi mujer. Diez años de matrimonio con Teresa, o al menos eso creía yo. Tenemos una hija, Lucía, de ocho años. Teresa siempre la ha tenido en un pedestal, y yo aunque lo intentaba era el bueno que consentía a ambas.

Teresa lleva años trabajando como psicóloga en el centro de la ciudad. Gracias a su carácter calmado, rara vez teníamos discusiones reales; las cosas se resolvían sentados, hablando, sin dramas mayores. Nuestra vida era igual que la de muchos: hipoteca de un piso pequeño en Vallecas, un coche viejo y una casita en la sierra cerca de Cercedilla. Todo en orden hasta que, de la nada la amante.

Descubrí su existencia sin querer. Teresa estaba en la ducha cuando sonó su móvil y me pidió que respondiera porque esperaba la llamada de su padre. Es curioso, nunca había contestado antes, pero me pidió ese favor, así que fui Vi el nombre Gatita en WhatsApp, junto a una foto de Clara abrazando a mi esposa. Incrédulo, dudé en responder, y antes de decidirlo, la llamada se cortó.

Torpemente, me alejé del teléfono como si quemara. Pero llegó un mensaje: Te espero en Café Paraíso después de mi turno el lunes. Te invito a mi mejor café. Te quiero y te echo de menos Varios emoticonos acompañaban la nota.

Creo que en aquel momento, la verdad me cayó como un jarro de agua helada. No supe ni qué hacer. Teresa salió del baño y le mentí, diciendo que no había visto quién era. Luego, fingiendo una migraña, salí del piso y terminé sentado en un banco de la plaza, intentando reconstruir toda nuestra historia y comprender cuándo se había resquebrajado la relación.

No soy de los que hacen dramas o escándalos los años me han enseñado a pensar antes de actuar pero tampoco tengo estómago para fingir. Ni idea de cómo manejarlo: enfrentar a Teresa, a Clara, o a ninguno de los dos. Encima, se acercaba nuestro décimo aniversario de boda; Lucía había pintado un cartelito precioso para celebrarlo y mis padres venían ese fin de semana. ¿Cómo romperlo todo, privar a mi hija de la alegría, marcharme? Por mucho que me doliera, mis obligaciones pesaban. Pasé días dando vueltas a todo aquello, sin dormir, ni comer.

Y así, me encontré hoy en el Café Paraíso, decidido al menos a conocer a la famosa Clara. Pedí un café latte y le pregunté por un postre, recomendando ella la tarta de miel. Fingí normalidad mientras mi cabeza hervía. Me sorprendió que el sitio estuviese casi vacío; al parecer, el único cliente insomne de la mañana era yo.

A los minutos volvió, preocupada porque no había tocado el dulce.

¿No le ha gustado el postre? ¿Le traigo otra cosa?

No, simplemente no tengo hambre respondí . Pienso en muchas cosas ¿Nunca le ha pasado tener que decidir entre terminar algo importante o dejarlo estar?

La pobre debió pensar que estaba loco.

Nunca he tenido que hacer esa elección.

¿Y si descubriera que su pareja le ha sido infiel? ¿Cómo reaccionaría?

No respondió, sólo se quedó clavada mirándome. Decidí desviar la conversación y le pregunté sobre sus estudios. Dijo que llevaba un año allí, que estudiaba en la Universidad de Bellas Artes, y que de vez en cuando hacía trabajos de interpretación. Intenté sonsacarle si podría entrar en el papel de una esposa traicionada. No sé bien por qué, sólo quería mirarla a los ojos y entender qué veía Teresa en ella.

Al final, mientras yo pagaba la cuenta dejando una propina generosa, vaya usted a saber por qué me di cuenta de que aquella visita no me había servido para nada. Ni calmaría mi dolor golpeando a nadie, ni insultando, ni urdiendo venganzas. Pedí la cuenta y me marché en silencio. La vi suspirar, triste, a través del ventanal.

Tomé entonces una decisión: celebraría nuestro aniversario con Lucía como habíamos planeado. No quería desilusionar a mi hija. Después, ya hablaría con Teresa.

Llegó el día especial. Nos reunimos en nuestra cafetería favorita de Malasaña, los tres, como una familia más. Llenamos la cena de sonrisas forzadas e ilusión de cartón. ¿Qué boda es ésta?, pensé ¿estaño? ¿madera? Vidrio, me dije para mis adentros, porque mi matrimonio está a punto de hacerse añicos.

Cuando parecía que la celebración terminaba, Teresa sonrío y, guiñando a Lucía, anunció: ¿Y la tarta, papá?. Al poco rato apareció Clara, la misma camarera, sosteniendo la tarta de aniversario. Imposible confundirla. Puso la tarta sobre la mesa mientras Teresa le sonreía como a una amiga. Yo me quedé sin palabras.

Entonces Teresa tomó la palabra:

Ya os conocéis, ¿verdad?

Clara asintió, educada.

Nuestra unión puede soportar cualquier tempestad. Gracias por estos diez años, de verdad intentó besarme. Yo me aparté.

¿Puedes explicarme esto? logré preguntar.

Ha sido una broma contestó, encogiéndose de hombros . Un regalo especial: contraté una agencia que monta celebraciones con actuaciones. Mi infidelidad era la historia Tú, con tu templanza, has sabido soportar todo con dignidad. ¡Eres increíble!

¿O sea que no tienes ninguna amante? pregunté.

¡Claro que no! exclamó ella.

Y Clara ¿eres actriz?

Todavía estudio, pero sí, me han contratado para esto. La mayoría de maridos gritan o me tiran el café. Tú, no. Y encima dejas propina respondió la joven.

No tengo palabras musité, indignado. ¿Te parece gracioso? ¿Apropiado? ¿Normal? subía la voz sin poder remediarlo. ¿Por qué me haces esto?

Clara se escabulló; yo por primera vez supe lo que era perder los nervios completamente. Teresa tartamudeó sobre querer darle chispa a la relación porque yo siempre era tan sereno. Le pedí que no se acercase.

¿Chispa? Pues toma chispa exclamé, y sin pensarlo cogí la tarta y se la estrellé en toda la cara . Aquí tienes, un poco de sabor

Mientras mi esposa trataba de limpiarse la crema, chilló: ¿Pero te has vuelto loco?

No, querida. Igual que tú. Quizá así aprendas a no jugar conmigo.

Cogí la mano de Lucía, que me miró curiosa, y salimos juntos del local.

Papá, ¿por qué has hecho eso? preguntó mi hija mientras suspiraba el aire de la noche madrileña, ya más tranquilo.

Nada, Lucía. Me he acordado de un chiste muy tonto Pero antes tenemos que hablar. Tal vez mamá y yo necesitemos pasar un tiempo separados. ¿Te parece bien?

Lucía miró al frente y asintió con fortaleza.

A veces, lo más valiente es mirar a la verdad de frente, aunque duela, y comprender que incluso los aniversarios más bonitos pueden esconder dolores profundos. Hoy he aprendido que la confianza y el respeto no se ganan con juegos. Ahora tengo que reconstruir mi dignidad y redescubrir el sentido de familia, aunque sea en la distancia.

Rubén RodríguezAquella noche, mientras Lucía dormía a mi lado en la cama improvisada del cuarto de invitados, sentí por primera vez en mucho tiempo una rara paz. Escuché su respiración profunda y pensé en el futuro: en los sábados de parque, en las meriendas con chocolate, en las conversaciones esperando a que cayera la lluvia sobre Madrid.

Al amanecer, preparé dos tazones de cereales y le di un beso en la frente. Me miró de reojo, sonriendo con la sabiduría callada de los niños.

¿Hoy vamos a hacer algo especial? preguntó.

Sí, Lucía. Vamos a empezar de nuevo.

Salimos a la calle y, cogidos de la mano, atravesamos el barrio como dos recién llegados al mundo. Era mi primer día sin miedo, sin farsa. Por fin había entendido que, aunque las certezas se resquebrajen y los lazos aparentes se deshagan, uno puede elegir la honestidad. Puede elegir la calma tras la tormenta.

Y mientras el sol nacía sobre las azoteas, supe que, si alguna vez volvía a celebrar un aniversario, lo haría sólo con quienes supieran cuidar de la verdad y de la risa. Aquella vez, nuestra pequeña familia no era la de ayer, pero era sincera, y por primera vez, eso era suficiente.

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MagistrUm
La amante de mi marido Mila estaba sentada en el coche, mirando la pantalla del GPS. Todo correcto, había llegado al destino. Solo quedaba armarse de valor y cumplir su propósito. Mila suspiró hondo y, decidida, salió del coche. Caminó unos cincuenta metros hasta detenerse ante la entrada de una pequeña cafetería. “El Paraíso del Café”, rezaba el cartel luminoso. “Vaya nombre… tan celestial”, pensó Mila con sorna. Tenía que entrar allí, pero de repente flaqueó su voluntad. ¿Y si daba media vuelta, se subía al coche y se marchaba lo más lejos posible? No, Mila no era de esas. No había venido hasta aquí para eso. Tiró de la puerta y entró. Ahora vería a ELLA, la amante de su marido y la destructora de su hogar. ¿Qué sabía Mila de esa chica? Pues en realidad, no demasiado. La traicionera rival se hacía llamar “Gatito”, o así la llamaba su marido cariñosamente, y trabajaba de camarera en esa cafetería. Mila escogió una mesa junto a la ventana y esperó, observando con nerviosismo a las camareras. Y ahí estaba. ¡Esa era ella! Mila reconoció a la chica de la foto que había visto fugazmente. Se acercaba a su mesa. Unos segundos que a Mila le parecieron una eternidad. Su mente se llenó de pensamientos que podrían llenar una novela. —¡Buenas tardes! —saludó la camarera. Mila echó un vistazo disimulado a su chapa: “Catalina”. Así que ese era su nombre. Imaginación poca la de su marido, llamarla “Gatito” a una Catalina. Mientras, Catalina, sin imaginar el huracán de pensamientos de su clienta, continuó: —¿Le traigo la carta? Cuando esté lista para pedir, me avisa. Mila le sonrió con su mejor sonrisa, pero la observaba con mirada escrutadora, como analizando a su rival bajo un microscopio. ¿Cómo había llegado a estar cara a cara con la amante de su marido? Es una larga historia. Pero vamos por partes. Hace diez años que Mila era felizmente casada con Alejandro. O eso pensaba. Tienen una hija, Eva, de ocho años. Alejandro adora a Eva, su princesa consentida. Ante las miradas reprobatorias de Mila (“¿Otra muñeca más?”), él solo se encoge de hombros. Eva es muy de papá; a veces a Mila le parece que incluso lo quiere más a él que a ella, pero no se lo toma a mal. Mila es psicóloga, psicoterapeuta, y sabe lo importante que es el cariño del padre para el futuro emocional de una niña. Siempre han intentado hablar de los problemas y evitar discusiones serias. Una familia corriente: piso con hipoteca, coche y una pequeña casa en el campo a cincuenta kilómetros de Madrid. Y de repente, como un rayo: ¡la amante! Mila lo descubrió por casualidad. Unos días antes, Alejandro estaba en la ducha cuando sonó su móvil. Él le gritó: —¡Debe de ser mi padre! ¿Puedes cogerlo tú? Yo no puedo ahora. Mila nunca había contestado a llamadas para Alejandro, pero si él lo pedía, ¿por qué no? Fue hacia el teléfono y vio que no era su suegro: era una llamada por WhatsApp del contacto “Gatito”, con una foto de una chica desconocida abrazando a su marido. ¿Qué significaba eso? Indecisa, no supo si contestar, y la llamada se cortó. Al instante entró un mensaje: “Ale, la semana que viene trabajo 2/2 desde el lunes. Pásate por el Paraíso del Café al acabar mi turno, quiero invitarte a nuestro café especial. Te echo de menos, te quiero…”. Emoticones incluidos. Mila retiró la mano del teléfono como si quemara. No quedaban dudas. “Gatito” abrazando a su marido, llamada, mensaje. Por más duro que fuera asumirlo, parecía evidente: su marido tenía amante. ¿Desde cuándo? ¿Qué tipo de relación tenían? Fuera como fuera, era un golpe devastador. Alejandro salió del baño preguntando si había hablado con su padre. Mila mintió: “No me ha dado tiempo”, y fingió dolor de cabeza para salir a la farmacia. En realidad, se sentó en un banco del parque, repasando su vida familiar en busca de fisuras. Pero había que afrontar la realidad. No era de las que hacen como si nada. Pero tampoco era su estilo organizar escenas y gritos: prefería hablarlo todo y tomar decisiones maduras. Pensó en ir directamente con Alejandro y preguntarle por “Gatito”, pero habría tenido que explicar cómo se enteró. No, tenía que encontrar otro modo… Entonces recordó el nombre de la cafetería, el turno de la amante, y que la había visto en una foto. ¿Y si iba a verla cara a cara? ¿Quizá hablar con ella? Los días siguientes fueron un infierno de insomnio, falta de apetito y fingimientos. Pero su malestar no pasó desapercibido a Eva ni mucho menos a Alejandro. A todos les decía que estaba muy cansada por el trabajo. Finalmente, Mila se autoconvenció: tenía que ir al Paraíso del Café y ver a “Gatito” para calmarse. *** —Quiero un café latte y algún postre —pidió Mila—. ¿Qué me recomienda? —Tenemos una tarta de miel casera muy rica —propuso Catalina. —Vale, la tarta de miel entonces. Cuando la “amante de su marido” trajo el pedido, Mila apenas lo tocó. El café mediocre, la tarta nada especial. Era pronto, poco ambiente. Mila había elegido esa hora para poder hablar con Catalina. Y acertó. Al cabo de un rato, Catalina volvió y preguntó, discreta: —Apenas ha probado el postre. ¿No le ha gustado? ¿Prefiere que le traiga otra cosa? —No, no es por la tarta. Simplemente no tengo hambre. Estoy pensando en muchas cosas. —Perdón, no quiero molestarle. —No me molesta, Catalina. Precisamente pienso en qué hacer ahora. ¿Termino el postre o pido el divorcio? ¿Usted qué elegiría? —Mila la miró fijamente. Catalina se asustó un poco. La cliente debía parecerle excéntrica. —Nunca he tenido que elegir algo así… —¿Y si le pasara? Imagine que descubre que su marido le es infiel. Catalina guardó silencio, incómoda. Mila cambió de tema. —¿Lleva mucho aquí trabajando? —Cerca de un año —contestó cautelosa Catalina. —¿Es estudiante? —Sí —respondió, con desconfianza. —¿Qué estudia? —En la Universidad de Cultura, una carrera artística… —Interesante. ¿Y tiene buena imaginación? ¿Le resultaría fácil ponerse en el papel de una esposa engañada? ¿O de la amante? Catalina no contestó, nerviosa. Mila decidió terminar la conversación absurda. De repente, sintió que no debería haber ido. ¿Y ahora qué? ¿Le tiraría el café encima a la rival? ¿Le arañaría? Nada de eso le haría sentir mejor. Mila pidió la cuenta cansada. Cuando Catalina volvió, Mila ya se había ido, dejando el dinero y una propina generosa. Catalina miró por la ventana y suspiró. *** En la cafetería, Mila tomó una decisión: celebraría el décimo aniversario con Alejandro, como estaba planeado. No iba a privar a Eva del día especial que había preparado. Después, hablaría con Alejandro de todo. Y así, los tres están en su restaurante favorito, celebrando. ¿Bodas de hojalata? ¿De madera? “De cristal, mi matrimonio está a punto de romperse y aparento normalidad”, pensaba Mila. Se acerca el final de la cena. Alejandro guiña un ojo a Eva: —¿Y el postre? ¡Ninguna fiesta sin tarta! Eva se entusiasma: —¡Tarta! ¡Para mí el trozo más grande! Alejandro hace una seña y la tarta llega a la mesa. Mila apenas mira de reojo hasta que ve QUIÉN la trae. No puede creérselo: es Catalina, la “amante”, la “Gatito”. Alejandro le sonríe con complicidad y le dice a Mila: —¡Feliz aniversario, cariño! Esta tarta es para ti. Se acerca una animadora para llevarse a Eva a jugar. Mila no puede pronunciar palabra. Alejandro la auxilia: —Por lo que veo, ya conoces a Catalina. Catalina asiente con cortesía. —Nuestro amor puede con todo —dice Alejandro con solemnidad—. Gracias por estar a mi lado. Intenta besar a Mila, pero ella se aparta. —¿Qué significa todo esto? —logra balbucear Mila. —Mila, era una broma. Una broma de esas tontas… Contacté con una agencia que organiza celebraciones originales. Para cada pareja, un guion y actores. Nuestro “infiel”, en mi caso. Pero eres tan fuerte y serena… ¡Bravo por ti! Intenta abrazarla, pero ella lo rechaza. —¿Estás diciendo que no tienes amante? —¡No! —¿Y Catalina es actriz? —Todavía soy estudiante —aclara “la amante”—. Pero hago bolos en la agencia y trabajo en la cafetería. Qué temple el suyo, Mila. ¡Hay cada esposa…! Alguna me ha arrojado el café, otra me ha puesto de vuelta y media. Usted me habló con calma y hasta dejó una propina. —No tengo palabras… —Mila, atónita, mira a su marido y a Catalina—. ¿Te parece graciosa esta broma? ¿Oportuna? ¿Humana? —casi grita—. ¿Por qué me haces esto? Catalina amaga con irse, pero Mila lo impide. Alejandro nunca la había visto así. Siempre tan tranquila, hoy explota. —¿Sabes cómo me sentí todos estos días? ¿En qué momento te pareció buena idea esta “broma” antes de nuestro aniversario? —Mira, Mila —se excusa Alejandro—, es que tú eres tan equilibrada… ¡Nunca un poco de chispa! Quise darle emoción a la relación. Fue estúpido. Perdón. Mila contenía a duras penas la rabia. Catalina encuentra el momento para huir. —¿Te hace falta más chispa? Pues toma, aquí la tienes —dice Mila mientras estampa la tarta en la cara de Alejandro—. ¡Ahí tienes tu chispa y tu relleno, todo junto! Alejandro trata de quitarse el merengue sin éxito. —¿De qué vas? —Nada, querido —contesta Mila melosa—. ¡Solo intento animar un poco el matrimonio! —y se va directa hacia la salida. —¿Pero qué te pasa? ¡Que no te he sido infiel! —le grita Alejandro. Mila se detiene, lo mira y le dice despacio: —¡Ojalá lo hubieras sido! Va con Eva, le toma la mano y salen del restaurante. Ya en la calle, Mila respira el aire fresco y de repente se echa a reír. —¿Mamá, qué te pasa? ¿Por qué te ríes? —Nada, hija. Solo me acordé de un chiste. —¿Me lo cuentas? —Claro, pero antes tenemos que hablar. Mira, vamos a tener que vivir separadas de papá por un tiempo… —¿Sin papá? ¿Para siempre? —se alarma Eva. —No lo sé, cariño —responde Mila sincera—. El tiempo lo dirá. ¿Vienes conmigo? Eva asiente. Y avanzan juntas por la calle al atardecer.