La amante de mi marido Mila estaba sentada en el coche, mirando la pantalla del GPS. Todo correcto, había llegado a la dirección prevista. Solo quedaba armarse de valor y ejecutar su plan. Inspiró hondo y salió decidida del coche. Caminó unos cincuenta metros hasta la puerta de una acogedora cafetería. En el cartel se leía “Paraíso del Café”. “Vaya nombre… paradisíaco”, pensó Mila. Pronto tendría que entrar y enfrentarse a ELLA: la amante de su marido, la mujer que había destrozado su familia. ¿Qué sabía realmente de ella? Poco más que su apodo, “Gatito”, que, claro, era cómo la llamaba su marido, y que trabajaba allí de camarera. Mila eligió una mesa junto a la ventana y esperó a que se acercaran para tomarle nota. Y allí estaba ella: la camarera, la reconoció al instante de la foto que había visto. Iba directa a su mesa. Para Mila, aquellos segundos se hicieron eternos. Por su mente pasaron mil pensamientos, suficientes para escribir una novela. —¡Buenas tardes! —saludó la camarera, mientras Mila echaba un vistazo furtivo a su chapita: “Cati”. Así que ese era su nombre de verdad. Ni siquiera su marido tenía mucha imaginación: llamar Gatito a Cati… Mientras, la camarera, sin sospechar nada del torbellino en la cabeza de Mila, continuó: —¿Le traigo la carta? Cuando esté lista para pedir, me llama. Mila sonrió con su mejor sonrisa, estudiando cada detalle de su rival como si la analizara bajo un microscopio. ¿Cómo había llegado a estar cara a cara con la amante de su marido? Eso era una larga historia. Pero vayamos por partes. Llevaba diez años de casada con Alejandro. Mejor dicho, había sido feliz —o eso creía—. Tenían una hija de ocho años, Eva, la niña de los ojos de Alejandro. Este la mimaba sin remedio, y cuando Mila le reprochaba comprarle la muñeca número veinte, él solo se encogía de hombros. Eva era de papá, a veces Mila pensaba que incluso más que de mamá… pero no lo resentía. Mila era psicóloga, y sabía lo importante que es el amor del padre para una niña. Siempre intentaba hablar los problemas con Alejandro, así que apenas discutían. Eran una familia española típica: piso con hipoteca, coche y una casita en la sierra a una hora de Madrid. Y de repente, como un jarro de agua fría: una amante. Mila lo supo por pura casualidad. Unos días atrás, Alejandro estaba en la ducha y sonó el móvil. —Será mi padre, me iba a llamar esta noche —dijo Alejandro desde el baño—. Hazme el favor, contesta tú. Mila nunca había contestado llamadas de su marido, pero si él lo pedía… Al acercarse, vio que no era el suegro, sino que por WhatsApp llamaba “Gatito”, con una foto de una chica abrazada a Alejandro. Dio un vuelco el corazón. ¿Qué era aquello? Dudó en contestar. La llamada se cortó antes de que decidiera. Quiso alejarse del teléfono cuando entró un mensaje: “Ale, la semana que viene trabajo turnos alternos, pásate al final del turno al ‘Paraíso del Café’, te invito a mi café especial. Te quiero, te extraño…”. Caritas de corazones incluidas. Mila dejó el móvil como si quemara. Ya no cabía duda: una foto, una llamada, un mensaje claro… Alejandro tenía una amante. ¿Desde cuándo? ¿Qué relación era esa, una aventura o algo serio? No importaba, en cualquier caso era un golpe devastador. Salió de casa, con la excusa de la farmacia, y se sentó en un banco a pensar. Nada cuadraba: ¿en qué momento el matrimonio se había resquebrajado? No era de las que ignoran la realidad. Pero tampoco era de armar escenas. Quería entender lo que pasaba antes de actuar. Entonces recordó el nombre y localización de la cafetería. Sabía la cara de “Gatito”, esa Cati. ¿Y si iba a verla? Al menos podría poner cara a la historia. Pasó los siguientes días como un fantasma. Insomnio, sin hambre, con una tristeza desconocida para su hija y para Alejandro. Alegó estrés laboral, “un caso difícil”, dijo. Eva solo la abrazaba y Alejandro la miraba con recelo. Finalmente, decidió ir a la cafetería “Paraíso del Café”. Llegó, se sentó, pidió un café latte y un trozo de tarta. Cati le sirvió el pedido. Mila no probó bocado, ni el café ni la tarta le dijeron nada. Era pronto, el local casi vacío. Mila aprovechó para entablar conversación y tantear a la camarera, con insinuaciones veladas sobre divorcios y matrimonios rotos. Cati, clara y visiblemente incómoda, respondía con monosílabos. De repente, Mila pensó que su visita allí no tenía sentido. ¿Para qué? ¿Para atacar a Cati, tirar el café, montar una escena? ¿Le serviría de algo? No. Pidió la cuenta, dejó una buena propina y se fue. Cati la miró marcharse desde la ventana, con una tristeza inesperada. *** En el café, Mila tomó una decisión: celebraría su décimo aniversario de boda como habían planeado, por su hija, Eva. Le debía ese día. Después se sentaría con Alejandro y pondría las cartas sobre la mesa. Y así fue: la familia reunida en su restaurante favorito, Eva radiante, el aniversario en el aire como una burbuja a punto de estallar. Al final de la cena, Alejandro guiñó a Eva y anunció un postre especial. Sacaron la tarta… y quien la llevaba era precisamente Cati, la camarera del “Paraíso”, la supuesta Gatito, la amante. Alejandro sonrió y se la presentó a su esposa: —Mila, ya os conocéis… Cati saludó cortésmente. —Nuestro amor es más fuerte que cualquier prueba, —dijo Alejandro, acercándose para besar a Mila, que se apartó. —¿Cómo explicas esto? —preguntó Mila, con la voz al borde de romperse. —Ha sido una broma. Bueno, una especie de sorpresa… Ya sabes, contraté una de esas agencias que organizan eventos con actores. Para nosotros, mi “infidelidad”. Quería dar un poco de chispa. Has estado magnífica, eres increíblemente fuerte… Te lo juro, Mila, no tengo amante. Cati asintió: —Soy actriz y camarera. Usted ha sido muy digna, Mila; otras señoras me han tirado cafés y gritado. Usted, no. Mila no podía creer lo que oía. Estrenó, por primera vez, el grito en público. —¿Esto te parece divertido? ¿Esto es amor? —Y estampó la tarta directamente en la cara de Alejandro. —¿Pero estás loca? —protestó él. —No, cariño, solo quería darte un poco de “alegría”… —se giró y se marchó. En la puerta, buscó a Eva, le tomó la mano y salieron, respirando el aire de la noche madrileña. —Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué te ríes? —Nada, hija, solo he recordado un chiste. —¿Me lo cuentas? —Claro… pero antes tenemos que hablar en serio. Vamos a estar una temporada solas, ¿vale? —¿Para siempre? —No lo sé. El tiempo dirá. ¿Confías en mí? —Eva asintió. Y juntas caminaron adelante, por la ciudad iluminada. **La amante de mi marido**

La amante de mi marido

Carmen estaba sentada en el coche, observando la pantalla del navegador. No había error, aquella era la dirección correcta. Solo le quedaba reunir el valor y llevar a cabo lo que se había propuesto. Carmen aspiró hondo y salió del coche decidida. Caminó unos cincuenta metros hasta detenerse frente a la entrada de una pequeña cafetería. El Paraíso del Café, rezaba el letrero. Vaya nombrecito paradisíaco, pensó Carmen, con amarga ironía. Tenía que entrar ahí, pero, de repente, la flaqueó la voluntad. ¿Y si se daba la vuelta, subía de nuevo al coche y se alejaba lo máximo posible? No, Carmen no era de esas. No había llegado hasta allí para rendirse.

Agarró el tirador y, al abrir la puerta, entró. Iba a ver a ELLA: la amante de su marido, la que había destruido su hogar. ¿Qué sabía de esa muchacha? Realmente, muy poco. Sabía que su marido la llamaba cariñosamente Michina, y que trabajaba como camarera en esa cafetería. Carmen escogió una mesa junto a la ventana y se dispuso a esperar, fingiendo tranquilidad, a que alguien tomase su pedido. Y ahí estaba la camarera. No cabía duda, era ella. Carmen la reconoció de la fotografía que había visto fugazmente. Se acercaba a su mesa. Fueron solo unos segundos, pero a Carmen le parecieron eternos. Miles de ideas cruzaron por su mente, las suficientes para llenar un libro.

Buenos días saludó la chica, mientras Carmen desviaba la mirada hacia su chapita identificativa.
Lucía. Así que ese era su nombre. Pues vaya, tampoco mucha originalidad la de su marido, llamando a Lucía michina. Lucía, sin sospechar las turbulencias en la cabeza de su clienta, prosiguió:
¿Le traigo la carta? Cuando decida, me llama.
Carmen le dedicó su mejor sonrisa, a la vez que la observaba con detenimiento, casi como si fuese un científico ante un espécimen bajo el microscopio. ¿Cómo había acabado cara a cara con la amante de su marido? Es una historia larga; mejor empezar por el principio.

Llevaba ya diez años casado con Daniel. O, mejor dicho, creía ser feliz. Tenían una hija, Alicia, de ocho años. Daniel adoraba a la niña, era su princesa y la tenía mimadísima. A las protestas de Carmen por la vigésima muñeca, él solo se reía y alzaba los hombros. Alicia también idolatraba a su padre y, a veces, Carmen sentía que incluso más que a ella, aunque nunca se lo tomaba a mal. Además, Carmen era psicóloga de profesión, trabajaba de psicoterapeuta y sabía la importancia del amor paterno en el desarrollo de una niña, como base para sus futuras relaciones afectivas.

Siempre procuraban hablar sobre cualquier dificultad, así que nunca llegaron a tener peleas graves ni conflictos serios. Eran una familia absolutamente normal, de clase media: un piso hipotecado, el coche y una humilde casita de campo a unos cincuenta kilómetros de Madrid.

Pero entonces, de la nada apareció la palabra amante.

Carmen se enteró por casualidad. Unos días atrás, Daniel estaba en la ducha y sonó su móvil. Él gritó desde el baño:
¡Carmen, será mi padre, que dijo que llamaría esta noche! ¡Cógelo tú, que yo no puedo!
Carmen nunca había respondido a llamadas dirigidas a su marido, pero, si él lo pedía, ¿qué iba a pasar? Se acercó a coger el móvil de la mesilla y, en ese momento, notó que no era el suegro el que llamaba. Era una llamada por WhatsApp, el contacto tenía de nombre Michina y también había una foto. Al mirar la foto, Carmen no daba crédito: una chica joven, desconocida, abrazando a su marido. ¿Pero esto qué es? Sintió un mareo y no supo qué hacer. ¿Responder? ¿Hablar con la chica? Mientras lo dudaba, se colgó la llamada.

Decidió dejar el móvil lejos, cuando le llegó un mensaje. No pudo resistirse y miró la pantalla: Dani, la semana que viene estoy a turnos de dos días sí y dos no desde el lunes. Pásate por el Paraíso del Café al final del turno, quiero invitarte a un café especial. Te quiero, te echo de menos y varios emojis.

Carmen apartó el móvil de Daniel como si quemara. Aunque quiso dudar, era obvio: la foto, la llamada, el mensaje. No cabía interpretación doble. Era la verdad, y dolía. ¿Desde cuándo estaría pasando? ¿Era una aventura rápida o algo serio? De cualquier modo, era un shock tremendo. Tenía que pensar con claridad.

Cuando Daniel salió de la ducha, preguntó si había hablado con su padre; Carmen mintió diciendo que no le dio tiempo a contestar. Alegó después dolor de cabeza y que iba a la farmacia.

No fue a ninguna farmacia, claro está. Se sentó en un banco del parque frente a casa y pensó en toda su vida en común. Intentó buscar cuándo se había roto su matrimonio, pero no hallaba fisuras. Pero no podía negarlo. Tampoco era de las que fingen que no pasa nada, aferrándose a un matrimonio que naufraga.

Lo suyo tampoco era montar escenas ni dramatizar. Prefiere soluciones con calma, aunque duelan. Lo primero que pensó fue en encarar a Daniel y preguntarle directamente por Michina. Pero eso implicaría confesar cómo leyó su mensaje. No, debía ser más cauta.

Recordó, entonces, que dentro de una semana celebraban su décimo aniversario de bodas. Planeaban ir con Alicia a una cafetería bonita y, el fin de semana, recibirían la visita de sus padres. ¿Cómo celebrar después de lo que acababa de descubrir? Le dolió en el alma. Se le ocurrió echar a Daniel de casa, que se fuera con Michina o donde le diera la gana. Pero pensó en Alicia: ¿cómo lo viviría la niña? Ella era la debilidad de su padre; se vendría abajo. Además, ¿qué hacer con la hipoteca? ¿Qué decir a los padres? ¿Y cómo gestionar sus propios sentimientos? Porque, a decir verdad, Carmen seguía queriendo a Daniel.

De pronto, se acordó de que sabía el local donde trabajaba la amante. Sabía sus turnos. Y, para colmo, podía reconocerla gracias a esa foto. ¿Y si iba a verla en persona? Quizá incluso necesitaba hablar con ella.

Los días siguientes dormía mal, sin hambre, actuaba como si todo fuera bien, pero sus nervios eran evidentes para Alicia y Daniel. A las preguntas respondía que solo era el trabajo lo que la tenía agotada, que se enfrentaba a un caso muy complicado. Alicia la abrazaba sin saber cómo ayudarla, Daniel la miraba con sospecha.

Finalmente, decidió: tenía que ir al Paraíso del Café a ver a Michina. No se tranquilizaría de otra manera.

***

Por favor, un café con leche y algún postre. ¿Qué me recomiendas? pidió Carmen.
Nuestro pastel de miel es bastante bueno sugirió Lucía.
Pues, pastel de miel entonces.

Carmen ni tocó el pedido cuando se lo trajeron. El café era del montón y el pastel, corriente. Apenas había clientes a esas horas. Carmen lo eligió adrede para poder hablar con la camarera. Diez minutos después, Lucía se acercó:
Casi no ha probado el postre. ¿No le gustó? ¿Le traigo otra cosa?
No, no es el pastel. Es que no tengo apetito. Le doy vueltas a muchas cosas.
Perdón, no le molesto más.
No me molestas, Lucía. Estoy pensando qué hacer ahora. Acabarme el postre o pedir el divorcio, ¿tú qué harías? Carmen miró a Lucía fijamente.

La joven se asustó un poco; debía pensar que Carmen estaba trastornada.
Nunca me ha tocado enfrentar ese dilema
¿Y si tuvieras que hacerlo? Imagina que descubres que tu marido te engaña.
Lucía guardó silencio, y Carmen cambió de tema.
¿Llevas mucho aquí?
Casi un año contestó con cautela.
¿Estudias?
Sí Lucía respondía con desconfianza.
¿Qué estudias, si no es indiscreción?
En la Universidad de Bellas Artes algo creativo.
Interesante. ¿Tienes mucha imaginación?
No entiendo
Digo, ¿podrías ponerte en el papel de una esposa engañada o de una amante? ¿Sentir lo que sienten ellas?
Lucía temblaba visiblemente. Carmen comprendió que nada sacaba de esa conversación. Fue consciente, de repente, de que quizás no debía haber venido. ¿Qué haría ahora? ¿Montarle una escena a la chica? ¿Tirarle el café encima? ¿Cambiaría eso algo? Lo dudaba.

Pidió la cuenta. Cuando Lucía volvió, Carmen ya no estaba; sólo quedaba el dinero, una cantidad generosa para la propina.

Lucía la vio desde la ventana y suspiró con tristeza.

***

En la cafetería, Carmen tomó una decisión. Celebraría el décimo aniversario con Daniel como estaba previsto. Alicia lo había preparado todo con ilusión; había hecho un cartel sorpresa. Debía dejarle vivir ese día. Luego confrontaría la verdad con Daniel.

Así, esa noche, Carmen y Daniel estaban en su cafetería favorita, con Alicia entre ellos, celebrando una década de matrimonio. ¿Qué aniversario era? ¿De hojalata, de madera? Esto debe de ser de cristal mi matrimonio va a romperse pero yo hago ver que nada pasa, pensaba Carmen. Casi finalizaba la cena, cuando Daniel guiñó a Alicia con picardía: ¿Qué es una fiesta sin tarta?.
¡Yo quiero el trozo más grande! gritó la niña.

Daniel hizo una señal al camarero. Entonces, Carmen miró y, para su sorpresa, vio quién traía la tarta. No podía creerlo: era Lucía, la michina, o, como prefiráis, la amante de su marido. No cabía duda, era ella.

Lucía dejó la tarta y se quedó a su lado. Daniel le sonrió con ternura y se volvió hacia su mujer:
Feliz aniversario, cariño. Esta tarta es para ti.
Un animador llamó a Alicia para un juego y ella se fue alegremente.

Carmen se quedó muda. Daniel la ayudó:
Creo que ya conoces a Lucía.

Ella asintió con amabilidad hacia Carmen.

Nuestro amor es más fuerte que nada, gracias por estar a mi lado dijo Daniel, intentando abrazarla. Carmen retrocedió.
¿Se puede saber qué significa todo esto?
Es una broma, Carmen. Sí, absurdo y de mal gusto pero así salió se excusó Daniel.
¿Una broma?
Sí. Contraté una agencia de eventos, organizan celebraciones con guión y actores. Para nosotros, la historia fue mi infidelidad. Pero tú has sido tan admirable, tan serena y madura ¡que te admiro más que nunca! Daniel quiso abrazarla, Carmen lo evitó.

¿Entonces no tienes amante? preguntó al fin.
No, claro que no rió Daniel, aliviado.
¿Y Lucía es actriz?
Estoy terminando mis estudios todavía intervino Lucía. Trabajo aquí y en la agencia. Anda que no hay esposas que me han montado escándalos, me han arrojado café y tú tan tranquila, ¡hasta me diste propina!
Estoy sin palabras murmuró Carmen, mirando a ambos. Daniel, ¿te parece graciosa esta broma? ¿Apropiada? ¿Por qué me haces esto?

Lucía quiso irse, pero Carmen la detuvo. Era la primera vez en su vida que Daniel veía a su esposa gritar. Siempre comedida, ahora no logró contenerse.

¿Tienes idea de cómo he pasado todos estos días? ¿En qué cabeza cabe gastar esta broma justo ahora?
Verás, Carmen empezó Daniel, eres siempre tan equilibrada Falta un poco de chispa, no sé, quise agitar las cosas. Sí, fue una tontería, perdóname.
Carmen casi hirvió de indignación. Lucía aprovechó para desaparecer del campo de batalla.

¿Te hace falta chispa? ¡Pues toma chispa! y estampó la tarta en la cara de Daniel. ¡Ahí tienes, con relleno incluido!
Daniel intentaba limpiarse la nata, sin éxito.

¿Estás loca o qué?
No, querido contestó Carmen con voz dulce. Solo intentaba dar un poco de chispa a la relación.

Y con eso, se levantó y fue hacia la puerta.

¿Pero qué te pasa? ¡Si no te he sido infiel, por Dios!
Carmen se paró, le miró y le dijo:
¡Más te valdría haberlo sido!

Fue hasta Alicia, la cogió de la mano y salieron juntos. Fuera, Carmen inhaló el fresco aire de Madrid y se echó a reír.

Mamá, ¿qué te pasa? ¿Qué te hace gracia?
Nada, cielo. Me he acordado de un chiste.
¿Me lo cuentas?
Por supuesto, pero antes hemos de hablar en serio. Mira, tendremos que vivir una temporada sin papá
¿Sin papá? ¿Para siempre? preguntó Alicia, asustada.
No lo sé, hija Carmen fue sincera. El tiempo dirá. ¿Estás conmigo?
Alicia asintió.

Y las dos caminaron juntas, adelante, por la calle ya anochecida.

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MagistrUm
La amante de mi marido Mila estaba sentada en el coche, mirando la pantalla del GPS. Todo correcto, había llegado a la dirección prevista. Solo quedaba armarse de valor y ejecutar su plan. Inspiró hondo y salió decidida del coche. Caminó unos cincuenta metros hasta la puerta de una acogedora cafetería. En el cartel se leía “Paraíso del Café”. “Vaya nombre… paradisíaco”, pensó Mila. Pronto tendría que entrar y enfrentarse a ELLA: la amante de su marido, la mujer que había destrozado su familia. ¿Qué sabía realmente de ella? Poco más que su apodo, “Gatito”, que, claro, era cómo la llamaba su marido, y que trabajaba allí de camarera. Mila eligió una mesa junto a la ventana y esperó a que se acercaran para tomarle nota. Y allí estaba ella: la camarera, la reconoció al instante de la foto que había visto. Iba directa a su mesa. Para Mila, aquellos segundos se hicieron eternos. Por su mente pasaron mil pensamientos, suficientes para escribir una novela. —¡Buenas tardes! —saludó la camarera, mientras Mila echaba un vistazo furtivo a su chapita: “Cati”. Así que ese era su nombre de verdad. Ni siquiera su marido tenía mucha imaginación: llamar Gatito a Cati… Mientras, la camarera, sin sospechar nada del torbellino en la cabeza de Mila, continuó: —¿Le traigo la carta? Cuando esté lista para pedir, me llama. Mila sonrió con su mejor sonrisa, estudiando cada detalle de su rival como si la analizara bajo un microscopio. ¿Cómo había llegado a estar cara a cara con la amante de su marido? Eso era una larga historia. Pero vayamos por partes. Llevaba diez años de casada con Alejandro. Mejor dicho, había sido feliz —o eso creía—. Tenían una hija de ocho años, Eva, la niña de los ojos de Alejandro. Este la mimaba sin remedio, y cuando Mila le reprochaba comprarle la muñeca número veinte, él solo se encogía de hombros. Eva era de papá, a veces Mila pensaba que incluso más que de mamá… pero no lo resentía. Mila era psicóloga, y sabía lo importante que es el amor del padre para una niña. Siempre intentaba hablar los problemas con Alejandro, así que apenas discutían. Eran una familia española típica: piso con hipoteca, coche y una casita en la sierra a una hora de Madrid. Y de repente, como un jarro de agua fría: una amante. Mila lo supo por pura casualidad. Unos días atrás, Alejandro estaba en la ducha y sonó el móvil. —Será mi padre, me iba a llamar esta noche —dijo Alejandro desde el baño—. Hazme el favor, contesta tú. Mila nunca había contestado llamadas de su marido, pero si él lo pedía… Al acercarse, vio que no era el suegro, sino que por WhatsApp llamaba “Gatito”, con una foto de una chica abrazada a Alejandro. Dio un vuelco el corazón. ¿Qué era aquello? Dudó en contestar. La llamada se cortó antes de que decidiera. Quiso alejarse del teléfono cuando entró un mensaje: “Ale, la semana que viene trabajo turnos alternos, pásate al final del turno al ‘Paraíso del Café’, te invito a mi café especial. Te quiero, te extraño…”. Caritas de corazones incluidas. Mila dejó el móvil como si quemara. Ya no cabía duda: una foto, una llamada, un mensaje claro… Alejandro tenía una amante. ¿Desde cuándo? ¿Qué relación era esa, una aventura o algo serio? No importaba, en cualquier caso era un golpe devastador. Salió de casa, con la excusa de la farmacia, y se sentó en un banco a pensar. Nada cuadraba: ¿en qué momento el matrimonio se había resquebrajado? No era de las que ignoran la realidad. Pero tampoco era de armar escenas. Quería entender lo que pasaba antes de actuar. Entonces recordó el nombre y localización de la cafetería. Sabía la cara de “Gatito”, esa Cati. ¿Y si iba a verla? Al menos podría poner cara a la historia. Pasó los siguientes días como un fantasma. Insomnio, sin hambre, con una tristeza desconocida para su hija y para Alejandro. Alegó estrés laboral, “un caso difícil”, dijo. Eva solo la abrazaba y Alejandro la miraba con recelo. Finalmente, decidió ir a la cafetería “Paraíso del Café”. Llegó, se sentó, pidió un café latte y un trozo de tarta. Cati le sirvió el pedido. Mila no probó bocado, ni el café ni la tarta le dijeron nada. Era pronto, el local casi vacío. Mila aprovechó para entablar conversación y tantear a la camarera, con insinuaciones veladas sobre divorcios y matrimonios rotos. Cati, clara y visiblemente incómoda, respondía con monosílabos. De repente, Mila pensó que su visita allí no tenía sentido. ¿Para qué? ¿Para atacar a Cati, tirar el café, montar una escena? ¿Le serviría de algo? No. Pidió la cuenta, dejó una buena propina y se fue. Cati la miró marcharse desde la ventana, con una tristeza inesperada. *** En el café, Mila tomó una decisión: celebraría su décimo aniversario de boda como habían planeado, por su hija, Eva. Le debía ese día. Después se sentaría con Alejandro y pondría las cartas sobre la mesa. Y así fue: la familia reunida en su restaurante favorito, Eva radiante, el aniversario en el aire como una burbuja a punto de estallar. Al final de la cena, Alejandro guiñó a Eva y anunció un postre especial. Sacaron la tarta… y quien la llevaba era precisamente Cati, la camarera del “Paraíso”, la supuesta Gatito, la amante. Alejandro sonrió y se la presentó a su esposa: —Mila, ya os conocéis… Cati saludó cortésmente. —Nuestro amor es más fuerte que cualquier prueba, —dijo Alejandro, acercándose para besar a Mila, que se apartó. —¿Cómo explicas esto? —preguntó Mila, con la voz al borde de romperse. —Ha sido una broma. Bueno, una especie de sorpresa… Ya sabes, contraté una de esas agencias que organizan eventos con actores. Para nosotros, mi “infidelidad”. Quería dar un poco de chispa. Has estado magnífica, eres increíblemente fuerte… Te lo juro, Mila, no tengo amante. Cati asintió: —Soy actriz y camarera. Usted ha sido muy digna, Mila; otras señoras me han tirado cafés y gritado. Usted, no. Mila no podía creer lo que oía. Estrenó, por primera vez, el grito en público. —¿Esto te parece divertido? ¿Esto es amor? —Y estampó la tarta directamente en la cara de Alejandro. —¿Pero estás loca? —protestó él. —No, cariño, solo quería darte un poco de “alegría”… —se giró y se marchó. En la puerta, buscó a Eva, le tomó la mano y salieron, respirando el aire de la noche madrileña. —Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué te ríes? —Nada, hija, solo he recordado un chiste. —¿Me lo cuentas? —Claro… pero antes tenemos que hablar en serio. Vamos a estar una temporada solas, ¿vale? —¿Para siempre? —No lo sé. El tiempo dirá. ¿Confías en mí? —Eva asintió. Y juntas caminaron adelante, por la ciudad iluminada. **La amante de mi marido**