La amante de mi marido era guapísima. Si yo fuera hombre, la habría elegido también, fijo. Hay mujeres que son así seguras de sí mismas, elegantes en el andar. Miran de frente, te escuchan de verdad, y tienen tanta clase que no necesitan escotes ni enseñar la espalda para llamar la atención. Nunca se ponen nerviosas, parecen de esas que reinan solas el lugar donde están.
Y yo, pues todo lo contrario. Siempre corriendo de un lado a otro, dando voces a los niños y al pobre de mi marido, se me cae todo de las manos, llego tarde a todo, el jefe con caras largas porque nunca llego a los plazos… Siempre llevo vaqueros y camisetas, a veces alguna sudadera. Eso de planchar vestidos o blusas, ¡ni me acuerdo de la última vez! Menos mal que la secadora nueva deja la ropa bastante bien, porque lo del planchado lo llevo fatal.
La amante, de verdad, un bellezón; el porte, las piernas, el pelo, los ojos, la cara… que te deja sin aliento, vamos. Y así llevo yo semanas, desde que me enteré. Bueno, no me enteré, lo vi. Fue de casualidad, por trabajo estaba en un barrio lejos de casa y me metí en la primera cafetería que vi para picar algo. El curro resuelto y el hambre aprieta. Entre tanto bullicio encontré un rincón libre, me senté con la carta en la mano y, al levantar la vista… ahí que veo a mi marido, de espaldas, y a ella, claro.
Le tenía las manos cogidas a ella y le besaba los dedos. ¡Qué tópico, por Dios! Sólo le faltaba decirle: “Tus dedos huelen a incienso”. Pero había que admitirlo, la tía tenía su aquel.
Es una sensación extraña… como cuando te quemas, ves la piel roja y sabes que en cualquier momento va a doler de verdad. Esos segundos antes de que llegue el dolor lo llenas soplando como loca para calmar lo que va a venir.
Yo pensaba que debía dolerme, pero por dentro nada. Un vacío.
Mi marido llegó a casa como siempre, todo tranquilo. Él siempre está bien, nunca se altera, hace bromas. Yo soy todo lo contrario, un torbellino. Él, un santón con un humor que para mí lo quisiera ahora.
Ganas no me faltaban de preguntarle de frente, medio en broma: ¿Qué tal tu amiga? Os vi el otro día en la cafetería Gijón, ¡vaya mujer, eh! Si yo fuera tú, también me habría costado resistirme. Disfrutaría viendo cómo se pone rojo y empieza a sudar intentando disimular.
Podría haber seguido: “Bueno, ¿y ahora qué? ¿Vas a presentársela a los niños? Seguro que la aceptan como nueva mamá. ¿Y yo qué? ¿Me buscas un piso o la traes a casa?”. Pero no, no le dije ni mú. Él me abrazó por la noche, me acurrucó y, como siempre, se durmió en un tris.
Igual ni siquiera se han liado, pensaba yo mientras me iba a mi sitio de la cama. Me dio la risa floja, porque ya estoy pensando como esas mujeres que las han dejado en la cara y aún insisten en negar lo evidente. Igual aún están en la fase de mirarse, hablar sin hablar, las primeras mariposas. Eso sí, él, ni un gesto, ni una palabra, ni un tic lo delata.
Esa noche dormí fatal, me despertaba cada poco, soñando con flores enormes y mujeres en vestido rojo que no eran yo.
Al levantarme, me costó arrancar más de lo normal, fui despacio por la casa, preparé a los niños para el cole sin aspavientos.
No dejaba de darle vueltas: ¿y ahora yo qué hago? ¿Qué hace una cuando pilla al marido con otra? ¿Lo busco en Google?
Nada, Google no sirve de nada. Y yo tampoco tenía las respuestas. ¿Intentar seguir como si nada?
¿Y para qué? Si al final mi vida sigue igual. Mis rutinas, el marido que llega siempre a tiempo, nunca manchas de pintalabios, ni perfumes raros. Los niños, el cine de domingos, todo tal cual. Hasta el sexo sigue igual, dos veces a la semana, tres con suerte algún mes.
¿Y si me equivoqué en la cafetería? Pero no, lo tenía claro. Llamé a mi marido a la hora de comer, no cogió; cogí un taxi y fui a la misma cafetería. Iba inventando historias para el taxista, que si iba a recoger un “paquete del trabajo”. Allí estaba el coche de mi marido. Salieron él y ella juntos, se montaron en su coche y se fueron.
Me quedé blanca. Le pedí un vaso de agua al taxista e hice como que hablaba por móvil: “Pues nada, que os den, no pienso esperar más por el paquete; me voy al curro”.
Mira que me daba igual lo que pensase el taxista, pero el papelito me salió solo.
Saber que hay otra siempre cambia la vida, para casi todas. ¿Divorciarse? Probablemente. ¿Aguantar? Pero, ¿para qué? ¿Por qué motivo?
Recordé cuando en la pandilla de amigos pasó algo así. Él, negando hasta el último momento, aunque ella le pilló mensajes y todo. Decía que le habían hackeado el móvil y que era una jugada de la competencia.
Entonces mi marido, tan digno, dijo: Yo no mentiría, jamás. Si lo has hecho, al menos admítelo, sé hombre. Y si te arrepientes, corta con la otra, cuida de tu familia. O vete, pero asegúrales todo lo que haga falta.
Aquel día me sentí orgullosa de él. Qué responsable Claro, así, desde la distancia, cualquiera lo resuelve.
Pero cuando te toca a ti, con dos pares de ojos delante, el coraje se escurre por el hueco de la silla.
Total, que volví a la cafetería y me senté con ellos. Ella levantó la mirada, alucinando; mi marido, congelado. Silencio absoluto. Yo los miraba, casi me parecía gracioso verles tan tensos. Ella enseguida supo quién era yo, o tal vez ya lo sabía.
Mi marido intentó decir algo, lo paré con la mano: No será lo que estoy pensando, ¿verdad? Tranquilos, esto pasa. Ahora pensad bien, hay niños, piso, padres mayores Ya veréis cómo lo resolvéis entre los dos, que sois muy listos.
Me levanté tranquila y me fui hacia la puerta. El vestido bien planchado me sentaba fenomenal. Qué pena que lo tenga tan olvidado en el armario.







