La abuela tenía un nieto favorito: una historia sobre Dima, Katia y el legado de una familia marcada por el cariño desigual, las herencias y el perdón, en el corazón de España

La abuela siempre tenía un nieto preferido

¿Y para mí, abuela? le preguntaba ella, en voz baja.

Ay, Leonor, tú sola te bastas. Mira qué carillas redondas tienes.
Las nueces decían que eran para la mente. A Gonzalo le hace falta estudiar, es hombre, es el sostén.
Anda, limpia un poco el polvo de las estanterías. Las niñas tienen que acostumbrarse al trabajo.

¿En serio, Leo? Si se está yendo. Los médicos han dicho que le quedan unos días, a lo sumo ¿quizá horas?

Gonzalo estaba apoyado en la puerta de la cocina, jugueteando con las llaves del coche. Tenía el rostro demacrado, casi etéreo.

Hablo totalmente en serio, Gonza. ¿Quieres un poco de té? Leonor ni se giró; seguía cortando una manzana con movimientos perfectos para su hija. Siéntate, pongo agua ahora.

¿Té, Leo? El hermano se adentró en la estancia. Ella está ahí, llena de tubos y haciendo ruidos raros…

Esta mañana te estuvo llamando. “Leonorcita”, dijo, “¿dónde está mi Leonorcita?”. Se me encogió el corazón. ¿De verdad no vas a ir?

¡Es la abuela! Es la última oportunidad, ¿lo entiendes?

Leonor acomodó los gajos de manzana en un plato y solo entonces miró a su hermano.

Para ti siempre fue la abuela. Para ella tú eras Goncalito, la luz que entra por la ventana, el único heredero y esperanza de la familia.

Yo… yo nunca existí para ella.

¿De verdad crees que necesito esa despedida?

¿De qué deberíamos hablar, Gonza? ¿Qué debo perdonarle yo? ¿O qué puede perdonarme ella a mí?

¡Leo, déjate de resentimientos de cría! Gonzalo tiró las llaves sobre la mesa con rabia. Vale, no te quiso como a mí. ¿Y qué?

Es mayor, tenía sus manías. Pero ahora está muriéndose. No puedes ser tan fría.

No soy fría, Gonza. Es que no siento nada. Vé tú. Quédate con ella, agárrale la mano, que seguro que tu compañía le vale por cien veces la mía.

Tú eres su tesorillo, su sol. Ilumínale hasta el final.

Gonzalo la miró un instante, se dio media vuelta y se fue del comedor, cerrando la puerta de golpe.

Leonor suspiró, tomó la bandeja de manzanas y se fue hacia el cuarto de su hija.

***

En aquella familia, siempre estuvo todo clarísimo. No, sus padres sí que los querían igual a Leonor y a Gonzalo.

La casa siempre bullía: risas, meriendas, el olor de rosquillas y excursiones a la sierra.

Pero Emilia Valverde, su abuela, era de otra pasta.

Goncalito, ven aquí, mi lucero, susurraba la abuela cuando iban a su piso del centro los fines de semana. Mira lo que tengo para ti…

Nueces de Castilla, peladas por mí. ¡Y caramelos Sugus nuevos!

Leonor, que tenía siete años, observaba cómo la abuela sacaba el paquetito del aparador antiguo.

¿Y para mí, abuela? preguntaba, apenas audible.

La abuela la miraba de reojo, picuda.

Tú, Leonor, estás hecha una moza. Mira qué mofletes te han salido.

Las nueces son para el cerebro, Gonzalo tiene que aplicarse, que es hombre y sostén.

Tú, anda, a limpiar el polvo de las baldas. Una niña tiene que saber trabajar.

Gonzalo, rojo, recibía el paquetito y se escabullía por el pasillo; Leonor, sin rechistar, cogía el trapo y limpiaba.

Nunca le dio rabia. Para ella era como la lluvia o el calor: había días de sol y días en los que la abuela prefería a su hermano. Así era.

En el pasillo normalmente la esperaba Gonzalo.

Toma le pasaba media bolsa de caramelos y un puñado de nueces, rápido. Pero no te los comas delante, que si no va a gruñir otra vez.

Pero tú los necesitas más sonreía Leonor. Para la mente.

Bah, la mente… se encogía de hombros Gonzalo. Está grillada, Leo. ¡Come rápido!

Se sentaban en la escalera que subía al desván, crujían los prohibidos con complicidad. Gonzalo siempre compartía. Siempre.

Hasta cuando la abuela le metía un billete para helado a escondidas, corría enseguida a buscar a Leonor:

Para dos polos y una bolsa de pipas. ¿Vamos?

Su hermano era su bastón. El afecto de Gonzalo diluía tanto la frialdad de la abuela que Leonor apenas notaba el vacío.

El tiempo corrió. Emilia Valverde se hacía mayor. Cuando Gonzalo cumplió dieciocho, la abuela anunció solemnemente que le ponía a su nombre su segundo piso de la Gran Vía.

El sostén de la familia necesita su rincón declaró. Pa que traiga a su novia y no ande de alquiler en cuartos.

Su madre solo suspiró. Conocía a su madre y prefirió el silencio. Pero esa noche, siendo todos ya dispersos, entró a ver a Leonor.

Hija, no pienses que no nos damos cuenta Tu padre y yo hemos decidido: lo que ahorramos para ampliar la casa y para el coche, te lo damos.

Será tu entrada para un piso. Por justicia.

Mamá, de verdad Leonor la abrazó fuerte. Gonzalo lo necesita más; piensa ya en boda con Lucía. Yo me arreglo en el piso de estudiantes.

No puede ser. La abuela tiene sus rarezas, pero nosotros somos padres. No podemos dar todo a uno y nada a la otra. Así que lo tomas y no se discute.

Al final, Leonor no aceptó.

Gonzalo se mudó al piso de la abuela tras la boda, y el hogar de los padres pareció expandirse.

Leonor ocupó el cuarto antiguo de su hermano; llenó todo de libros y pinceles, y por vez primera sintió el alivio de un afecto no tasado, sin raciones ni medidas.

Ni siquiera el tema de la herencia alteró su vínculo con Gonzalo; al contrario, él se sentía incómodo por la injusticia.

Pásate esta tarde le decía a menudo. Lucía ha hecho torrijas. Y la abuela bueno, ya sabes: ayer volvió a preguntar si me gastaba sus billetes en caprichos para ti.

¿Y tú qué dijiste?

Le conté que todo lo había fundido en recreativas y en copas caras. Y se rió. Se quedó tres minutos resoplando y terminó: Eso te lo enseñó Leonor.

Pues claro sonrió ella. ¿Quién sino?

***

Cuando Leonor se casó con Álvaro y nació su hija, el problema de la vivienda volvió. Mamá, una vez, más obró diplomáticamente.

Mirad, hijos dijo nuestro piso es grande. Gonzalo tiene el de la abuela. Leonor, vosotros seguís alquilando.

Propongo: vendamos el nuestro, lo cambiamos por dos más pequeños. Un estudio para papá y para mí, y un piso de dos habitaciones para vosotros.

Mamá se adelantó Gonzalo. Renuncio a mi parte de la venta. De verdad. Tengo casa de sobras gracias a la abuela.

Que Leonor se quede con todo; tienen una niña, les hace más falta.

Gonzalo ¿Estás seguro? preguntó sorprendido Álvaro.

Seguro. Leonor y yo siempre compartimos todo. Ella, por la abuela, recibió menos cariños que nadie. Así que no lo discutáis, es mi decisión.

Leonor lloró. No por el piso ni el dinero, sino porque su hermano era, de verdad, la mejor persona del mundo.

Terminaron cambiando la casa de los padres, y todos quedaron contentos.

La madre ayudaba con la nieta; Gonzalo acudía cada domingo, con Lucía y los niños.

Emilia Valverde vivía sola. Gonzalo le llevaba comida, arreglaba cosas y escuchaba su repertorio infinito de achaques y quejas sobre la malagradecida Leonor.

¿Te llamó? interrogaba la abuela, apretando los labios ¿Preguntó siquiera por mi tensión?

Pero abuela, le decía Gonzalo, tranquilo tú no quisiste conocerla. Veinte años y ni una palabra bonita. ¿Para qué habría de llamarte ella?

Yo quise educarla declaraba la vieja. ¡Una mujer debe saber su sitio! Y ella se quedó con la casa, echó a la madre.

Gonzalo solo suspiraba. Explicarle más era inútil.

***

Leonor a veces se sentaba en la cocina, y los recuerdos le caían como hojas extrañas.

La abuela quitando sus dedos del tarro de mermelada. Celebrando los garabatos de Gonzalo y pasando de largo su diploma olímpico. En la boda del hermano, emperifollada de reina; en la suya, ni apareció, estaba indispuesta.

Mamá, ¿por qué no vamos a ver a la bisabuela Emilia? irrumpió la peque. El tío Gonzalo dice que está muy malita.

Porque la abuela Emilia solo quiere ver a tu tío Gonzalo, mi vida le explicó Leonor, acariciando su cabeza. Así está más tranquila.

¿Es mala? la niña la miró inquisitiva.

No, musitó. Simplemente no supo querer a todos a la vez. Solo podía querer a uno. A veces pasa.

Por la noche volvió a llamar Gonzalo.

Ya está, Leo. Hace una hora.

Lo siento, Gonza. Sé que es duro.

Hasta el final preguntó por ti mintió él; Leonor lo supo, piadosa, por acercar las orillas. Dijo: Que a Leonor todo le vaya bonito.

Gracias, Gonza Vente mañana. Merendamos, haré tarta.

Iré Leo, ¿tú no te arrepientes? ¿De no ir?

Leonor fue sincera.

No, Gonzalo. No me pesa. No tenía sentido fingir. Ni ella a mí, ni yo a ella nunca quisimos vernos

Gonzalo calló un momento.

Creo que tienes razón suspiró. Siempre fuiste la sensata. Bueno, hasta mañana.

El entierro fue discreto. Leonor fue por su madre y por su hermano. Se apartó del grupo, en su abrigo oscuro, mirando el cielo tibio de Madrid, siempre bajo nubes mustias en los cementerios. No lloró cuando bajaron el ataúd.

Su hermano la abrazó con fuerza.

¿Cómo estás?

Bien, Gonza. De verdad.

He estado ordenando su piso Encontré una caja. Fotos antiguas.

También tuyas. Muchas. Y todas recortadas cuidadosamente de las fotos familiares. Las guardaba aparte.

Leonor arqueó las cejas.

¿Para qué?

Ni idea. Quizá sentía algo, pero nunca supo mostrarlo. O pensó que si te reconocía, a mí me daba menos. Los mayores son raros.

Puede dijo ella encogiéndose de hombros. Pero ya no importa.

Salían los dos del cementerio bajo el mismo paraguas: él alto, robusto; ella pequeña, de paso alivianado.

Mira soltó Gonzalo, ante los coches. Esa vivienda la voy a vender.

Con lo que saque, me compro una para nosotros y otra pequeña para los críos en el futuro. Y lo que sobre ¿Montamos un fondo? ¿O ayudamos a algún hospital de niños? Para que el dinero de la abuela traiga alegría de verdad a alguien, sin condiciones

Leonor miró a su hermano y, por primera vez en días, sonrió de verdad.

Sabes, Gonza… sería la mejor venganza para Emilia Valverde. La más generosa del mundo.

¿Hecho, entonces?

Hecho.

Y se fueron cada uno por su lado. Leonor conducía por las calles de Madrid, escuchando coplas en la radio y sintiendo, por fin, una paz total y extraña.

Quizá su hermano tenía razón. Que algo del dinero cure a un crío. Eso, pensaba, sería lo justo.

Rate article
MagistrUm
La abuela tenía un nieto favorito: una historia sobre Dima, Katia y el legado de una familia marcada por el cariño desigual, las herencias y el perdón, en el corazón de España