La abuela sin origen

La Abuela de la Nada

Lucía dormía como si hubiera pasado tres turnos seguidos sin descanso cuando un timbrazo agudo la sacó de golpe.
—¡Madre mía! ¿Quién demonios toca así a estas horas? —refunfuñó, dándose la vuelta en la cama. Pero el timbre no cesaba. Insistente, impertinente, como si alguien al otro lado estuviera peleando contra el tiempo.

Irritada, se envolvió en su bata y se acercó a mirar por la mirilla. Afuera había una anciana arrugada, cargando un gato enorme y peludo, con el rostro pálido y agotado, como si la vida se le hubiera escapado.

—¿Quién es? —preguntó firme, sin intención de abrir. De esas viejitas solían circular leyendas, y no todas buenas. Pero de pronto, la anciana soltó un gemido, se deslizó por la pared y comenzó a desmayarse. El gato se zafó de sus brazos y, maullando lastimosamente, se arremolinó a sus pies.

—Dios mío, ¿por qué a mí…? —suspiró Lucía y abrió la puerta.

—Abuela, ¿se encuentra bien? Voy a llamar a una ambulancia, tranquilícese, todo va a salir bien —susurró, sosteniéndola. La arrastró hasta el sofá y marcó el número de emergencias.

El gato, como si entendiera, se sentó a un lado y observó cada movimiento de Lucía con ojos atentos.

—¿Cómo se llama, abuela?
—Carmen Sánchez… mis papeles están allí… —farfulló señalando una bolsa.

Lucía rebuscó y encontró los documentos, pero antes de que pudiera preguntar más, la anciana murmuró:
—Pero, hijita, no me lleven al hospital… Mi nieto me espera. Le debo dinero, si no, nos echará a mí y al pobre Micho…

—Ya lo decidirá el médico. No se preocupe por el gato, yo lo cuidaré. ¿Y por qué le da dinero a su nieto en vez de al revés?

—No preguntes, cariño. Eso no es asunto tuyo… —la anciana apartó la mirada con tristeza.

En ese momento, alguien llamó a la puerta. Era el médico y la enfermera. Tras examinarla, dieron el veredicto: urgencias, al Hospital Clínico.

—¡No iré a ningún lado! —se obstinó Carmen.
—Vaya, abuela. Yo la visitaré, palabra. Micho y yo nos llevaremos de maravilla.

Al día siguiente, Lucía se despertó más temprano de lo habitual. Una pregunta le daba vueltas en la cabeza: ¿por qué siempre acababa metida en dramas ajenos? Pero su corazón le decía que no era en vano. Había algo en Carmen que le resultaba familiar.

Lucía apenas recordaba a sus padres. Murieron cuando ella tenía trece años. Alcohol. Ginebra adulterada. Desde entonces, su vida se fue al traste. El orfanato. Solo una vecina, la vieja Remedios, había iluminado un poco su infancia. Pero también murió cuando Lucía cumplió dieciséis. Desde entonces, sola, sin nadie.

Ahora tenía veintitrés. Independiente, lista, sin miedo a los problemas. Revisando los documentos de Carmen, había anotado su dirección. Y esa mañana, fue hacia allí.

El edificio en la calle Don Quijote era normal. Dos viejas charlaban afuera. Lucía entabló conversación y en diez minutos ya conocía toda la historia de Carmen.

Hacía años, se había quedado sola criando a su nieto tras la muerte de sus padres en un accidente. Lo sacó adelante como pudo. Pero él, apenas creció, se juntó con malas compañías. Ahora la echaba de casa, le exigía dinero, amenazaba con matar al gato si no pagaba. Y él vivía de alquilar el piso de sus padres, cómodo en casa de su novia. ¿La policía? Bah, asuntos familiares, que se arreglen solos.

Lucía ardía de rabia. Subió las escaleras y llamó. Abrió un chaval con resaca y aliento a cerveza barata.

—¡Eres una basura! ¿Cómo te atreves a maltratar a una anciana? ¡Que te den por culo! —Lucía entró a empujones, con los puños apretados—. Ahora mismo recoges tus cosas y te piras. ¡O te hago papilla!

El chico asintió en silencio. En quince minutos, salió disparado con una mochila. Lucía limpió el piso, dio de comer a Micho y se fue al hospital.

Carmen lloró al verla.
—Aquí tiene comida y lo que necesita. Y a su nieto ya lo he echado. No discuta, abuela. Los mayores no deben dormir en la calle.

—Gracias, niña. Creí que moriría sola…
—Yo la necesito. Y Micho también. Descanse. Mañana vuelvo.

Una semana después, Carmen volvió a casa.
—¡Qué limpio… qué bonito! ¿Cómo te lo agradezco?
—¿Puedo llamarla abuela?
—Claro, mi vida. Eres como mi propia sangre…

Micho ronroneaba a sus pies, relajado por primera vez. El miedo había desaparecido.

Pasó un año. Lucía se convirtió en su nieta de verdad. El nieto nunca apareció. Lucía incluso se mudó con ella y le daba todo el dinero del alquiler de su piso.

—Abuela, no podría vivir conmigo misma si no lo hiciera. Aquí vivo como una reina.

Poco después, el nieto murió en una pelea de borrachos. Su muerte no trajo alegría, sino amargura: podía haber sido distinto…

Dos años más tarde, Lucía se enamoró. De pura casualidad. El nuevo médico de cabecera, Pablo: joven, amable, atento. TratTras doce años más juntos, rodeados de risas y nietos, Lucía seguía guardando en el corazón cada palabra de Carmen, su abuela de la nada.

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La abuela sin origen