Querido diario,
Hoy me he sumido en recuerdos de aquella casa en la que mi madre, la Señora Carmen García, reinaba con mano de hierro. Recuerdo cómo, cuando era niño, escuchaba en los pasillos del Colegio Público Nº1 de Salamanca que su nombre se susurraba con una mezcla de respeto y temor: Carmen García, la directora. Era una autoridad indiscutible, directora con veinticinco años de servicio, una verdadera pieza de la maquinaria educativa que, según ella, debía ser impecable.
Su amor por la enseñanza se manifestaba en un control constante e incansable. Las clases tenían que ser perfectas, la disciplina de hierro, los trajes planchados al punto y las corbatas atadas según los cánones más estrictos. No dudaba en irrumpir en una clase de matemáticas para revisar el libro de actas, en husmear en los cuadernos de los alumnos o en retener al profesor de educación física para preguntar por qué la mitad de la clase llevaba zapatillas deportivas en vez de alpargatas.
¡Carmen García viene! ese murmullo obligaba a los maestros a enderezar la espalda, a los alumnos a ocultar los móviles bajo los libros y a la conserje tía Marta a pulir el suelo a una velocidad sobrehumana. Todo se volvía ordenado y aplicado; los padres, antes de asistir a una reunión, ya cargaban su bolsita de valeriana por si acaso.
Carmen estaba convencida de que sujetaba la escuela con guantes de hierro, cuando en realidad agotaba a todos con su deseo desmedido de supervisar cada detalle de la vida escolar.
Una mañana, la subdirectora Irene Pérez, al ver a la directora entrar en la sala de profesores agitando la última edición de la revista del centro, comentó: Carmen, hoy está más animada.
¿Animada? replicó ella, deteniéndose a observar la portada. ¿Has leído esto? La vida escolar en foco. ¡Qué vergüenza! ¿Dónde están las fotos de la solemne ceremonia de graduación? ¿Dónde el informe de la conferencia? ¿Por qué sólo aparecen imágenes de la discoteca y artículos sobre amores? ¡Esto es puro sensacionalismo!. Irene suspiró, sabiendo que no había nada que hacer; la ceremonia había sido aburrida, la conferencia más aún, y la discoteca, la única cosa que interesaba a los jóvenes.
Carmen ordenó cambios inmediatos: que los alumnos reescribieran los artículos, que el próximo número incluyera una nota sobre los beneficios de la música para el desarrollo intelectual y que se mostraran fotos del concurso de declamación. La lista de exigencias parecía interminable, pero su energía era un mar sin orillas.
Con los años, sin embargo, la presión del tiempo hizo mella. Cada vez le resultaba más difícil lidiar con adolescentes revoltosos, le dolían las migrañas y la energía para enfrentar otra reunión de padres de alumnos de bajo rendimiento disminuía. Tras una acalorada discusión con un padre que aseguraba que su hijo, un prodigio de la matemática, no lograba resolver ecuaciones cuadráticas, Carmen tomó una decisión: pensionarse. Basta, pensó. Ya he hecho suficiente por la educación; ahora es mi turno de cuidar de mí.
La despedida fue fastuosa, con discursos conmovedores y ramos de flores espléndidos, pero bajo todo ese brillo se percibía un leve alivio. La escuela exhaló.
Los primeros días de jubilación fueron un auténtico soplo de libertad. Carmen dormía hasta las diez de la mañana, algo que no recordaba desde la época universitaria, paseaba por el parque, veía series de televisión y hasta intentó aprender a tejer a crochet. Todo el tiempo estaba ahora a su disposición. Pero la calma duró poco; una semana después su energía empezó a buscar salida.
Me estoy quedando sin nada que hacer, se quejó con su vieja amiga Valentina Pérez, exprofesora de matemáticas y única amiga con la que había entablado una verdadera amistad. No hago nada más que comer y dormir. ¡ Me estoy convirtiendo en una ancianita!. Valentina le sugirió buscar alguna afición. Apúntate a un curso de tejido, si te gusta, o hazte voluntaria en la biblioteca. Carmen, sin embargo, no necesitaba cursos ni bibliotecas. Lo que quería era volver a mandar, volver a educar, volver a tener poder.
En ese momento apareció la familia. Su hijo Arturo, un hombre educado y siempre complaciente, y su esposa Beatriz, artista de cabellos rojizos y carácter fuerte, tenían tres nietos adolescentes: Diego, de dieciséis años, rebelde enamorado; Sara, de catorce, con la ambición de convertirse en bloguera; y Carlos, de doce, pequeño prodigio de la matemática. Carmen decidió concentrar allí su energía pedagógica.
No se limitó a visitar brevemente; llegó a pasar medio día cada jornada, y no para tomar el té, sino para imponer su orden. Beatriz, ¿qué es este desorden en las paredes? ¿Dónde están los cuadros en marcos? ¿Dónde las fotos familiares?
Arturo, intentando suavizar la situación, replicó: Mamá, a Beatriz le gusta su estilo a nosotros también.
¿Estilo?, espetó Carmen. Mira, Beatriz, deberías aprender de mí lo que es el buen gusto. Pinta la sala de amarillo pálido, no de ese gris lúgubre. Arturo intentó defender la elección, pero Carmen lo interrumpió con desdén, asegurando que ella sabía mucho más de decoración.
Controló la alimentación de los nietos. ¡Nada de patatas fritas ni refrescos! Solo comida sana. Preparó su famoso gachas de avena con grumos y remolacha al ajillo, que provocó náuseas en los jóvenes, pero Arturo, por respeto, calló. Su cocina era, a su modo, comida casera.
También se metió en los deberes. Diego, muéstrame tu cuaderno; esa doble nota en álgebra es una vergüenza. Sara, ¿por qué tantos errores en tu redacción? Lee más clásicos; tengo una lista de libros que revisaré personalmente. Carlos, que intentaba escaparse de la supervisión, también recibió su reprimenda: ¿Qué juegos son esos? Mejor dedícate a la matemática.
El punto álgido llegó cuando Diego invitó a su novia Ana al cine. Carmen, al enterarse, decidió investigar. En la penumbra de la sala, vio a su nieto y a la chica; no pudo evitar observarla constantemente. Al salir, se acercó sin rodeos: Mucho gusto, soy Carmen García, la abuela de Diego. Ana, con los ojos como platos, respondió tímidamente. Carmen la bombardeó de preguntas sobre estudios, materias favoritas y planes de futuro. Diego, rojo de la vergüenza, apenas pudo hablar.
Un día, siguiendo la receta de una sopa de calabaza que Beatriz preparó por consejo de su suegra, Carmen probó el caldo y escupió: ¡Qué porquería! Demasiado dulce, demasiado espeso ¡Puaj!. Sin pensarlo, arrojó todo el contenido al retrete. Beatriz, al límite, gritó: ¡Basta! ¡Esto es mi casa, mi cocina, mi familia! ¡Fuera de aquí!. Carmen, que no toleraba la desobediencia, salió en silencio de la vivienda. Esa noche, Arturo recibió un mensaje furioso de su madre: ¡Exijo disculpas! Que Beatriz venga a pedirlas personalmente y explique en detalle su culpa. No hubo reconciliación; Arturo intentó mediar, pero Carmen no escuchó.
La tensión familiar se agrandó, hasta que un día sonó el teléfono de la escuela. Señora Carmen, le habla Ana Pérez, la nueva directora. El nuevo director no da la talla y la escuela está en caos. Necesitamos su ayuda, aunque sea temporalmente. Carmen sintió cómo su corazón se aceleraba: ¡Al fin, la llamada que necesitaba! ¿Cuándo comienzo?. Al día siguiente, rejuvenecida en apariencia, volvió al Colegio Público Nº1, retomó su puesto y dejó atrás los rencores familiares. Volvió a ser la Carmen García, directora de la escuela.
En su primer día, convocó a todos los profesores a una reunión de urgencia. ¡Disciplina! ¡Orden! ¡Exigencia! resonó su voz. Recorría los pasillos corrigiendo el calzado sucio, inspeccionaba la cafetería y protestaba: ¿Qué es esto? ¿Un trozo de pan y una loncha de jamón? ¡Necesitamos carne! Cada paso reafirmaba su dominio; los alumnos y el personal se ajustaban a su ritmo.
Así, la mujer que muchos consideraban difícil resultó ser, en el fondo, la pieza que mantenía a flote la institución. Sin ella, el desorden habría sido peor; con ella, el caos se mitigó, aunque a costa de una rigidez que pocos admiten. He aprendido que la autoridad sin empatía solo genera resistencia, y que el verdadero liderazgo necesita equilibrar firmeza y compasión. Esa lección la llevo conmigo, ahora que la vida me muestra que, a veces, lo mejor es saber soltar el control y permitir que los demás crezcan por sí mismos.







