La abuela humilde que alimentó a los gemelos hambrientos: veinte años después dos Lexus aparecen en …

Se te ha caído una patata.

María Socorro de la Fuente se gira. Delante de ella están dos niños gemelos, delgados, con chaquetas grandes heredadas. Uno recoge la patata del suelo, la limpia en su pantalón y se la da. El otro observa la bandeja de patatas cocidas con la mirada vacía de quien lleva días sin comer.

Gracias. ¿Pero qué hacéis siempre por aquí? Ya os he visto tres veces.

El mayor se encoje de hombros:

Nada, paseando.

María Socorro ya sabe a qué llaman nada. Saca dos patatas del cesto, las envuelve en papel de periódico y añade un pepinillo.

Mañana, si venís y me ayudáis con las cajas, os invito otra vez, ¿vale?

Los chavales cogen el paquete y desaparecen sin decir palabra.

Por la tarde, mientras María Socorro arrastra un cubo de agua, los dos regresan en silencio, le quitan el cubo de las manos y lo llevan hasta el puesto. El mayor rebusca en su bolsillo y saca dos monedas antiguas de unos céntimos de euro, gastadas y sucias.

Eran de nuestro padre. Era panadero, después falleció. No las damos, pero puede verlas.

María entiende: es lo único que poseen.

Pedro y Ramón regresan cada día. Ella les da de lo que puede traer de casa, y ellos a cambio la ayudan con los sacos y cajas. Comen rápido, sin levantar la mirada. Un día, pregunta:

¿Dónde dormís?

En un sótano de la calle de la Fábrica responde Ramón. Está seco, no se preocupe.

¿Cómo no me voy a preocupar? Por eso pregunto.

Pedro levanta la cabeza:

No somos mendigos. Cuando crezcamos, abriremos una panadería como la de papá.

María Socorro asiente, no pregunta más. Sabe que los dos aguantan con dignidad y entereza.

Pero en el mercado, Fernando Jiménez, el portero, empieza a acosarla. Su mujer vende pescado salado sin éxito, mientras en el puesto de María Socorro siempre hay cola. Fernando pasa y resopla:

Aquí va la benefactora Si es que solo das de comer a harapientos.

No es asunto tuyo.

Pues claro que lo es. Aquí mando yo.

Apunta cosas en su libreta, observa a los niños con asco. María siente que algo trama, pero no sospecha hasta qué punto.

Todo ocurre un miércoles. Llega un coche, bajan dos mujeres y un policía municipal. Pedro y Ramón están apilando cajas; se quedan helados.

¿Pedro y Ramón Torres?

Sí, señora responde el mayor.

Recoged vuestras cosas. Os venís al centro tutelar.

María Socorro da un paso rápido:

¿Cómo que se los llevan? Son míos, yo me hago cargo.

Está explotando menores dice una mujer, señalando hacia Fernando, que se cruza de brazos. Ha llegado un aviso. Los niños deben estar bajo tutela.

¡No los exploto! ¡Les doy de comer!

Tía Mari, no se meta susurra Pedro. No vale la pena discutir.

Ramón calla, aprieta los puños. Le toman del hombro y lo llevan hacia el coche. María Socorro corre tras ellos y agarra a una de las mujeres por la manga.

¡Espere! Yo podría hacerme cargo, legalizar la custodia…

Usted es jubilada. Aléjese. Se decidirá el destino de los niños por separado.

¿Por separado?

Pero las puertas ya se han cerrado. María observa el coche alejarse y ve la cara de Pedro pegada al cristal. Él apenas susurra: Gracias.

Fernando pasa silbando a su lado.

Pasan veinte años.

María Socorro ya no vende patatas. Vive en una casita vieja a las afueras del pueblo, haciendo malabares para sobrevivir. Piensa mucho en aquellos chicos. ¿Vivirán? ¿Se reencontrarían? A veces sueña con ellos, comiendo patatas en su puesto, acariciándoles el pelo.

Fernando Jiménez vive justo enfrente. Ha envejecido, aunque de vez en cuando sigue lanzando pullas. Cuando la ve, le suelta con sorna:

¿Sigues acordándote de tus golfillos, Socorro?

Ella ya no responde. Ni fuerzas tiene para ello.

Un sábado, mientras cuida el huerto, dos coches negros, enormes y relucientes entran en la calle. Jamás se ha visto tal cosa allí. Los vecinos asoman curiosos.

Los coches se detienen frente a su puerta.

Bajan dos hombres en traje. Altos, tan parecidos como en la infancia, con un lunar bajo el ojo izquierdo. María Socorro se endereza y la azada se le cae de las manos.

¿Tía Mari?

La voz se quiebra. Les reconoce por los ojos.

¿Pedro?

Él asiente. Ramón está al lado, sonríe tímidamente. Pedro da un paso adelante, busca algo bajo la camisa y saca una cadena con una moneda de cobre. La misma.

Ramón y yo la llevamos siempre. No nos separamos de ella.

María Socorro les abraza a ambos, y se quedan así un rato largo, temiendo que sea solo un sueño.

Los vecinos miran, sin entender nada. Ramón se aparta, se seca la cara:

Llevamos tres años buscándola. Derribaron el mercado, la gente se marchó. Hemos tirado de archivos, de viejas guías. Temíamos no encontrarla.

Pedro toma la mano de María Socorro.

Venimos a por usted. Ahora tenemos panaderías, diecisiete en total. Hemos levantado el negocio de nuestro padre. Nos separaron, pero volvimos a encontrarnos, nos escapamos del centro y salimos adelante juntos. Nunca olvidamos que usted nos dio de comer cuando nadie más nos miraba.

Pero chicos si aquí no estoy tan mal

¿No dice? Ramón observa la casa desvencijada. Tía Mari, antes compartía lo poco que tenía con nosotros. Ahora nos toca a nosotros. Se viene a vivir conmigo. O con Pedro. Llevamos debatiéndolo toda la semana.

Él vive cerca de los hospitales dice Pedro. Pero yo tengo mejor finca y un jardín precioso.

Empiezan a discutir como cuando eran críos, y María Socorro llora en silencio.

Desde la valla, Fernando Jiménez lo mira todo, boquiabierto, sin entender nada. Pedro se acerca.

¿Usted es Fernando Jiménez, el portero del mercado?

El otro asiente.

¿Usted fue quien nos denunció?

Silencio. Al final, el hombre mueve la barbilla:

La ley es la ley. Los niños no pueden trabajar.

Ramón sonríe, torcido:

¿Y sabe qué? Si no hubiera sido por usted, ahora seguiríamos en aquel sótano. Nos dividieron, pero nos reencontramos y salimos adelante. Nos cambió la vida.

Pedro le tiende una tarjeta de visita.

Aquí tiene nuestros datos. Por si lo necesita. No guardamos rencor. No como algunos.

Fernando mira tembloroso la tarjeta: Panaderías Torres & Torres. Se le cae el alma a los pies y se marcha encorvado como si cargase una losa.

María Socorro recoge sus cosas en media hora. Total, no tiene mucho. Pedro y Ramón la sientan en el coche, la arropan con una manta.

Cuando arrancan, María Socorro echa un último vistazo. En la ventana de Fernando apenas se distingue una sombra hueca, sin rabia, sin triunfo. Solo vacío, el de quien pasó la vida fastidiando y termina solo, sin nadie.

Tía Mari le dice Pedro mirándola por el retrovisor, ¿te acuerdas que dijimos que abriríamos una panadería?

Me acuerdo, sí.

La principal la llamamos La Tía Mari. Allí, cada día, damos de comer gratis a los niños que no tienen a dónde ir.

María cierra los ojos. Veinte años atrás no se apartó de unos niños hambrientos y ahora ellos le devuelven todo y más.

Los coches se pierden en la carretera. El viejo pueblo se queda atrás. Por delante, comienza la nueva vida que ella se merece, simplemente por ser humana.

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La abuela humilde que alimentó a los gemelos hambrientos: veinte años después dos Lexus aparecen en …