La abuela fue reunida por toda la familia

Hoy he vuelto a recordar cómo, cada primavera, toda la familia se reunía para ayudarme a preparar el viaje al pueblo. Nunca ocultaban lo hartos que estaban de mí; me lo decían sin rodeos, como si fuese una carga insostenible. Comentaban con alivio que la primavera por fin había llegado, y que me iría hasta bien entrado el otoño. Mis nietos me trataban con frialdad, mi nuera nunca me quiso, y mi hijo, siempre de viaje por trabajo, cuando volvía era igual que ellos, sin un gesto de ternura hacia mí.
Sé que para ellos soy un estorbo. Ya hace años que lo comprendí y, con lo poco que me queda de fuerza, aguanto como puedo, esperando la llegada de la primavera como si fuese la mayor bendición, la más cierta, la más de verdad.
Este año la primavera ha llegado temprano. Me siento a menudo en el banco junto al portal, observando el cielo cálido de Madrid, dejándome acariciar por el sol, a pesar de mi aspecto desmejorado: flaca, con ropa vieja y algo raída, unos zapatos gastados y, por encima, un par de zapatillas de goma. Una imagen nada digna, casi como un gorrión desgarbado.
Aunque los míos nunca me quisieron demasiado, los vecinos siempre han sido amables. Me saludan y preguntan cómo estoy, se ofrecen a ayudarme a subir los cinco pisos hasta mi casa, y los chicos del edificio alguna vez me han llevado la bolsa de la compra cuando volvían del colegio y me encontraban de camino al mercado.
Y aún con mi edad, sigo encargándome de todo en casa: cocino, lavo la ropa, limpio… Son mis tareas. Mi nuera, Lucía, rara vez hace algo de esto.
Estás todo el día aquí, haz por lo menos el trabajo de la casa me dice en cuanto regresa de la oficina, tirando los zapatos en la entrada.
Mis nietos no me hablan. Cuando sus amigos vienen a casa, me quedo en mi cuarto, porque una vez uno de ellos dijo que mi aspecto les avergonzaba.
Nunca contradije a nadie. Me limitaba a estar en silencio. Algunas noches, cuando la casa dormía, lloraba discretamente por mi suerte en una habitación minúscula.
El día del viaje al pueblo, pidieron un taxi para llevarme a Atocha, así evitaban acompañarme en el bus. No llevaba mucho equipaje, una bolsa vieja y un hatillo con ropa.
Con mi bastón, caminé despacio hacia el andén. Me senté en un banco, esperando el tren. Entré al vagón y, mirando por la ventanilla, me volvió la ternura. Cuando el tren arrancó, saqué una foto arrugada de mi bolso: mi hijo, mis nietos, mi nuera Todos sonrientes. Desde hace tiempo, solo veo sus sonrisas ahí. Besé la foto y la guardé.
Al llegar a la estación del pueblo, me llevaron en un coche casi hasta la puerta de mi casa. Abrí la cancela y avancé por el sendero embarrado hacia la casita. Todo allí seguía siendo mío, propio. Aquí sí que importaba. Aunque solo fuese para las paredes gastadas, el viejo cercado y el porche desvencijado aquí sí era esperada.
El pueblo lo es todo para mí. Aquí nací; aquí nacieron mis hijos y aquí murió mi esposo. Viví allí más de media vida. Perdí a mi hijo mayor, cosas de la vida; no quiso la fortuna que llegara hasta hoy.
Abrí las ventanas, encendí la chimenea. Me senté en el banco de la cocina y pensaba: mis hijos sentados aquí, comiendo en esta mesa, durmiendo en estas camas, corriendo por el suelo, mirando por estas ventanas. En el aire resonaban sus voces infantiles. En aquellos años fui la madre imprescindible, la más cercana, la más querida.
Y entonces también la primavera entraba por la ventana, igual que ahora, regalando momentos felices y cuidados compartidos años atrás. Sonreí al sol amable de la aldea
***
A la mañana siguiente no desperté. En mi mesa quedaron muchas fotos antiguas y una reciente, aunque arrugada: la misma donde ayer la familia me sonreía.
Mientras vivimos, aún podemos hacer mucho. Pedir perdón, dar las gracias, confesar lo que sentimos. No tenemos derecho a dejarlo para mañana; quien se va, ya no vuelve, y el peso en nuestros corazones puede ser insoportable.
Hay que vivir con fe, con honestidad, haciendo el bien desde el alma, de verdad, queriendo y esperando, valorando los sentimientos ajenos, recordando a quienes nos dieron la vida y nos sostuvieron.

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La abuela fue reunida por toda la familia