Teresa cumplió sesenta años, una cifra redonda y un aniversario importante. Toda su vida la había dedicado a la enseñanza en la universidad, criando a su única hija, Carmen, a quien educó como una mujer honesta, independiente y, según creía Teresa, sabia. Al jubilarse, el sentimiento de soledad se intensificó. Como muchas mujeres de su edad, comenzó a decirle a su hija: «Carmen, ya es hora, quiero nietos». Solo era el deseo de una madre. Carmen sonreía indulgente, pero entonces, de repente, decidió dar a su madre el nieto que tanto pedía.
Miguel, su esposo, era programador y gozaba de un buen ingreso. Carmen no se quedaba atrás; era una mujer activa, empresarial y siempre inquieta. En dos años de matrimonio, habían abierto y liquidado una tienda online, viajado por Europa haciendo autostop, asistido a un festival de motos, pasado un par de meses en un hostal en Portugal, recorrido España en bicicleta y celebrado el Año Nuevo en un camping. Carmen no usaba faldas, no gustaba del maquillaje y había conocido a Miguel en un festival de música de verano cerca del Ebro.
Cuando volvieron a hablar de nietos, Carmen no se opuso. Y pronto, en el cumpleaños de Teresa, se hizo un brindis que ella recordaría por siempre: «¡Mamá, vas a ser abuela!». Lágrimas de alegría se mostraron en sus ojos, y desde ese día comenzó a vivir por ese sueño: tejía patucos, compraba ropa para bebé, leía en internet sobre el desarrollo infantil. Por su parte, Carmen y Miguel siguieron viajando, reuniéndose, visitando exposiciones y emprendiendo nuevos proyectos. Carmen ni pensaba en quedarse en casa. Vivía un embarazo sin complicaciones, y decía: «No estoy enferma, solo estoy embarazada».
Las complicaciones surgieron en el séptimo mes de embarazo, cuando no le permitieron subir a bordo del avión con destino a la India. El motivo de su frustración fue la aerolínea, no su marido, que partió solo. «Un servicio pésimo», protestaba.
El niño nació, rubio y de ojos azules, y lo llamaron Alejandro. Teresa lloraba de felicidad, pero la alegría fue efímera. En el hospital, Carmen anunció: «No voy a amamantar. No quiero que se acostumbre a mí. Quiero vivir mi vida». Ya había contratado una agencia para encontrar una niñera. Pero la mirada de Teresa fue tajante. «Niñera, solo sobre mi cadáver», declaró resuelta. Así comenzaron las cosas.
Desde los tres meses, Alejandro se convirtió en parte del día a día de su abuela. Teresa solía desplazarse hasta el apartamento de ellos temprano por la mañana y regresar tarde por la noche. Cambiaba pañales, alimentaba, bañaba y acunaba al pequeño. Todo por su nieto. Un día, Miguel recibió una llamada: para comprar una casa en Tailandia a un precio de ganga, una oportunidad única. Carmen y él se marcharon, dejando al niño con su abuela por «una semanita».
Pasó una semana, luego un mes, después dos. Carmen no regresó. Lo hizo casi un año después, justo cuando Alejandro cumplía un año. Estuvo dos días con él y se volvió a ir «por asuntos de trabajo». Le dio un beso en la frente, dejó dinero a Teresa y dijo: «Volveremos cuando tenga cinco años. Mientras tanto, contratamos una niñera».
Pero Teresa se negó. No veía a su nieto como una carga temporal. Él se había convertido en su razón de vivir. Se levantaba con él, se acostaba a su lado, le contaba cuentos, le enseñaba a hablar. Sí, era difícil. Sí, la edad pesaba. Pero el corazón no envejece.
Ahora pasa cada día con él, en el parque, al médico, paseando. Carmen envía fotos desde la playa, haciendo surf, con cócteles, hablando de «nuevos horizontes». En esos horizontes no está Alejandro. Sin embargo, su abuela está segura de que un día él sabrá quién estuvo siempre cerca. Porque los nietos no son un regalo de cumpleaños. Nacen para ser amados.







