LA ABUELA, ÁNGEL GUARDIÁN: La historia de Lena, una joven madrileña huérfana criada con amor por su …

ABUELA, ÁNGEL GUARDIÁN

A Lucía apenas le quedan recuerdos de sus padres. Su padre abandonó a su madre cuando estaba embarazada, y nunca más supo nada de él. A su madre se la llevó el cáncer cuando Lucía apenas había cumplido el año. La enfermedad fue fulminante, como una vela consumida en silencio.

Fue su abuela Carmen, la madre de su madre, quien se hizo cargo de ella. El marido de Carmen falleció siendo ella joven, así que la abuela dedicó toda su vida a su hija y a su nieta. Desde el primer día, entre Lucía y su abuela se forjó un vínculo especial, casi telepático. Carmen intuía perfectamente lo que necesitaba la pequeña Lucía, siempre había entre ellas una comprensión absoluta.

Abuela Carmen era muy querida por todos, desde los vecinos del barrio de Malasaña en Madrid, hasta las profesoras del colegio al que iba Lucía. Era costumbre que llevase a las reuniones de padres una cesta de bollos caseros, porque según decía, aquí venimos todos del trabajo, ni tiempo para merendar. No hablaba mal de nadie, jamás se metía en cotilleos, y sus consejos eran siempre bien acogidos. Lucía sentía una suerte inmensa por tener una yaya así.

A Lucía, sin embargo, no le ha ido bien en el amor. Entre el colegio, la universidad y su trabajo en una editorial, siempre ha ido con prisas, como corriendo detrás de algo. Salía con chicos, sí, pero ninguno le llenaba el corazón. Carmen se preocupaba por ello:

Ay, Lucía, hija, ¿todavía sin novio? ¿Es que no hay ningún muchacho majo por ahí? Si tú eres una moza guapa, lista Solía decir la abuela, echándole de menos un futuro diferente. Lucía respondía con humor, pero en su fondo sentía que ya era hora de formar una familia: treinta años no son pocos.

La muerte de Carmen fue tan inesperada como serena: simplemente no despertó una mañana, su corazón cesó en mitad del sueño. Lucía se quedó como ausente, actuaba por inercia; iba al trabajo, al súper de la esquina, pero sentía que su vida se había quedado en pausa. En casa solo la esperaba su gata, Paca. La soledad pesaba.

Una tarde, viajando en Cercanías camino a Atocha, iba leyendo una novela. Enfrente a ella se sentó un hombre atractivo, rondando los cuarenta, vestido con elegancia sobria. La miraba con atención, algo que lejos de incomodarla, le resultó extrañamente agradable. Comenzó a hablarle de libros, y Lucía, que podría conversar horas sobre el tema, se sintió cómoda de inmediato. “Parece una película,” pensó para sí. Cuando llegó su parada, no quería marcharse de aquel vagón. El hombreJavier se llamabale propuso tomar algo juntos en un café cercano. Lucía aceptó encantada.

Desde entonces, nació entre ellos una pasión arrolladora. Hablaban por teléfono a diario y siempre estaban escribiéndose mensajes, aunque sus encuentros eran menos frecuentes porque Javier decía estar muy ocupado por trabajo. Lucía sabía poco de su pasado, evitaba contárselo y tampoco hablaba de su familia o empleo en profundidad. Lucía, sin embargo, no le dio importancia: por primera vez en su vida era feliz con un hombre.

Poco después, Javier la invitó a cenar en un restaurante el sábado y le insinuó que sería una noche especial. Lucía intuyó que iba a pedirle matrimonio. Sentía una felicidad inmensa, por fin iba a tener marido, hijos, una familia propia, como tantas otras personas. Lamentaba que su abuela no hubiese llegado a ver ese día.

Esa noche, tumbada en el sofá, Lucía pensaba qué ponerse para tan señalado acontecimiento. Prefería comprar ropa por internet, así que empezó a mirar modelos desde el móvil, pero se quedó dormida sobre la marcha.

De repente, soñó con su abuela, que entraba en la habitación con su vestido favorito, se sentaba a su lado y la acariciaba con ternura. Lucía se sobresaltó y se sintió aliviada a la vez: Yaya, pero si ya no estás, ¿cómo has venido aquí? preguntó en voz quedita. Lucía, cariño, nunca me he ido. Aquí sigo, siempre contigo, te veo, te oigo aunque tú no me veas. Quiero avisarte: no sigas con este hombre, no es bueno, confía en tu abuela. dijo Carmen, y se esfumó en el aire.

Lucía se despertó sobresaltada y se sentó en la cama, entre confusa y emocionada. Acabo de ver a la abuela o solo fue un sueño, pensó. Trató de volver a elegir el vestido, pero la angustia no la dejaba tranquila. ¿Por qué decía la yaya que Javier era malo, si ni siquiera lo conocía? Incapaz de decidirse, acabó durmiéndose otra vez, aturdida.

La gran cita se acercaba. No consiguió decidirse por ningún traje, sentía que todo se le caía de las manos y las palabras de su abuela se repetían una y otra vez en su mente. Lucía nunca creyó en sueños proféticos, nunca antes los había tenido. Pero si existía alguna conexión especial entre ellas ¿sería posible que la abuela viera ahora más allá desde el otro lado?

Llegó el sábado, y Lucía, enfundada en un vestido que ya tenía en el armario, llegó al restaurante sin apenas ilusión. Javier lo notó enseguida. ¿Te pasa algo, cielo? preguntó él. No, no, estoy bien. respondió ella, fingiendo. Javier no insistió y trató de hacerla reír durante toda la cena. Y ya al final, en el colmo de lo cinematográfico, se arrodilló y le ofreció un estuche con un anillo.

A Lucía se le nubló la vista, un zumbido llenó sus oídos y, de pronto, vio a su abuela, asomada a la ventana. Estaba ahí, solo observando. Lucía entendió rápidamente. Lo siento, Javier, no puedo dijo apartando la mirada. Pero, ¿por qué? ¿Qué he hecho mal? preguntó él. Nada, simplemente confío en lo que mi abuela me enseñó y salió corriendo del restaurante. Javier fue tras ella con furia en los ojos; la zarandeó y gritó ¡Así que no quieres casarte conmigo, ¡eh! Pues quédate con tu gata, Paca! ¿Quién demonios va a quererte a ti, desgraciada! y se marchó.

Lucía temblaba. ¿Ese era el Javier cariñoso, culto, atento? ¿Ese era el hombre con el que soñaba compartir su vida?

Al día siguiente, fue a ver a su amigo Luis, compañero de clase de toda la vida, que ahora trabajaba como inspector jefe en la comisaría de la calle Leganitos. Le pidió que averiguara algo sobre Javier, aportando una foto y lo poco que sabía de él.

Una jornada después, Luis la llamó: Lucía, tengo malas noticias. Javier es un estafador profesional. Se gana la confianza de mujeres solas, se casa con ellas, las convence para traspasar el piso a su nombre o firmar grandes préstamos para su negocio, y luego las deja en la calle y se divorcia. Ha tenido ya varias sentencias. Menos mal que saliste a tiempo.

Lucía no daba crédito. ¿Cómo pudo su abuela saberlo desde el otro lado? Qué suerte tuvo con su advertencia. Gracias, abuela, por seguir conmigo aun después de irte y por salvarme, pensó.

De regreso, compró algo de comida y pienso para Paca en la tienda de la esquina, y volvió a casa con paso ligero, sintiendo que no estaba sola y que la abuela Carmen seguía de algún modo cerca de ella.

Se dice que almas queridas se convierten en nuestros ángeles guardianes, que nos vigilan y protegen de las desgracias Hay quienes creen en ello; Lucía, sin dudarlo, también.

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