¿Clara? Yo la llamé Oliva. Estuvo correteando por aquí toda la mañana. Se notaba enseguida que estaba perdida. Luego se acurrucó a mis pies. Así que la metí en el coche para que no se quedara helada, pobre, dijo el hombre sonriendo.
Luz, hija, ¿pero cómo puedes tener tan poca suerte? ¿Cuántas veces te dije que ese Víctor no era para ti? regañaba a Lucia su madre.
La mujer permanecía de pie, cabizbaja. Aunque no hace mucho había cumplido los treinta y siete, se sentía como una niña pequeña a la que pillan con una mala nota.
Además, Lucia sentía una amargura profundapor ella, por su vida familiar fallida y por su hija pequeña. Justo en vísperas de la Navidad, el día más mágico del año, se habían quedado sin el cabeza de familia.
Me voy, soltó Víctor con indiferencia una noche. Lucia apenas entendió lo que decía su pareja.
¿Adónde te vas? preguntó casi en automático, sirviéndole un plato humeante de cocido madrileño.
De verdad, Lucía, es que no eres de este mundo, exclamó con dramatismo él. ¡No entiendes nada de lo importante! ¿Cómo he podido estar contigo tantos años?
Lucía no pudo articular nada, y enseguida Víctor aclaró la situación:
No puedo seguir así. Y encima tu perra, que no para de ladrar. La niña siempre enferma. Nada de romanticismo, Lucía, mírate, ¿en quién te has convertido? acabó Víctor, airado.
Lucía intentó mirarse en el cristal del aparador pero solo consiguió ver su reflejo asustado entre lágrimas que caían sin control quedándose allí sola, de pie y temblando.
A Víctor nunca le gustaron las lágrimas. Echó un vistazo triste al cocido, apartó la silla y se fue a preparar las maletas.
La perrita Clara, al notar tensiones, se revolvía a los pies de su dueña, gimiendo y tratando de consolarla.
Al menos descansaré sin tanto ruido, dijo Víctor, asomándose a la puerta con la bolsa al hombro.
Víctor, ¿y Alba? susurró Lucía, imaginando el disgusto de su hija de cinco años, que a esa hora dormía plácidamente.
No sé, apáñatelas, eres su madre al fin y al cabo, respondió él, y entre los lamentos de Clara, salió del piso.
Lucía pasó la noche entera en la cocina, abrazando a su perra. Clara le lamía las lágrimas, tratando de dar consuelo. Ella presentía que algo terrible había ocurrido.
Durante varios días, Lucia no supo cómo decírselo a su madre, que la llamaba a menudo para preguntar cómo iban las cosas. Lucia contestaba con prisas que todo iba bien y apagaba el móvil enseguida.
¿Y el trabajo? ¿Has encontrado algo? Como te deje Víctor ese sinvergüenza, no vais a tener con qué vivir, decía su madre cuando la visitaba.
Lucía, al fin, no pudo más y, entre sollozos, confesó que en los trabajos ni la llamaban y que Víctor se había marchado días atrás.
Su madre se llevó las manos a la cabeza, incapaz de asimilar la noticia.
Sus intenciones estaban claras desde el principio. Cinco años juntos, una hija, y ni siquiera te quiso casar, protestaba la madre de Lucia.
Por supuesto que sentía pena por su hija descarriada y por su nietita.
¿Y ahora qué vais a hacer? acabó preguntando.
Lucía se encogió de hombros:
Ya pensaré algo. Buscaré trabajo de cuidadora en la guardería de Alba, contestó resignada.
Con el sueldo de cuidadora poco os durará el dinero… y además, hay que dar de comer al animal, remató la madre, con poco aprecio por los animales, y mucho menos por la pequeña Clara, la perrita peluda que su hija había recogido en la calle.
A punto estuvo de seguir hablando, pero se detuvo al ver las lágrimas de Lucía.
Anda, no llores más. Te ayudaré. Si hace falta, me quedo con Alba, trató de consolarla.
Así pasó una semana más.
Lucía por fin consiguió trabajo en la guardería; ahora iba cada día acompañada de Alba, algo que hacía muy feliz a la niña.
Mamá, ¿podríamos llevar a Clara a trabajar con nosotras? La abuela se queja siempre de pasearla… Seguro que ayuda a recoger platos y nos cuida durante la siesta, decía Alba, riendo.
Lucía la abrazaba entre risas, aunque enseguida las preguntas de su hija traían de nuevo esa tristeza:
Mamá, ¿cuándo vuelve papá? ¿Llegará para Navidad?
No podía contarle la verdad, le inventó una excusa sobre un viaje urgente. Intentó llamar a Víctor para concertar una visita, pero él siempre ponía excusas:
Lucía, déjame rehacer mi vida, ¿vale? Dile a Alba que soy un superagente, que estoy en una misión secreta. No volveré pronto. Algo así, le dijo en una llamada, y sólo preguntó si su corbata azul seguía en casa.
¿Dónde habrá ido a parar? No tengo nada decente para Nochevieja, suspiraba, colgando.
Lucía meditó largo rato, incapaz de imaginar cómo sería esa Nochevieja solas, ni cómo explicar nada a Alba.
Todo ocurrió de repente. La abuela acompañaba a la niña al ambulatorio porque estaba algo resfriada, aunque ya mejorando. Distraídas en su charla, de repente, desde una esquina surgió Víctor.
¡Papá, papá! ¿Has vuelto? corrió la niña hacia él.
El hombre se estremeció. Forzando una sonrisa explicó bajito que ya no volverían a vivir juntos. Después, se fue rápidamente.
Quizá pase otro día, si puedo, se despidió.
Alba, con rostro serio, musitó casi inaudible:
No hace falta que vuelvas.
Aquella noche le subió de nuevo la fiebre, y en dos días el médico fue a casa. Alba no quería hablar ni mejorar.
Probablemente es por el estrés, dijo el doctor tras escuchar la historia familiar.
Lucía se autoinculpaba:
Debería haberle contado la verdad desde el principio. Mi hija es lista, lo habría entendido…
Dos días después, ocurrió otro desastre. La abuela, apurada, salió a la calle con Clara sin correa. La perra, molesta por los gritos, salió corriendo en dirección contraria, desobedeciendo.
¡Pues quédate ahí fuera, a ver si con el frío aprendes! resopló la abuela, volviendo deprisa a casa para darle la medicina a Alba.
La niña, al saber que Clara había desaparecido, dejó de comer. En vano Lucía prometía que la buscaría.
Cuando aparezca Clara, entonces comeré, respondía Alba dándose la vuelta.
Todo esto es por tu educación, Lucía. Has consentido demasiado a la niña. Yo te lo advertí, empezó la madre.
Habría sido mejor que vigilaras a Clara, y no que me des tantas charlas, mamá protestó Lucía, normalmente tan tranquila.
¡Mira que tengo paciencia! replicó la madre ofendida, marchándose de casa.
Otra vez Lucía se quedó sola. Dio vueltas por el barrio mientras Alba dormía, buscando desesperada a la perra, esperando que pudiera regresar por sí sola. Pero no hubo suerte. Cuando volvió, tiritando, se dejó caer en la cama agotada.
Alba se despertó temprano:
¡Mamá, soñé con un olivo! Lo decorábamos y encontrábamos a Clara, dijo ilusionada.
Lucía esbozó una sonrisa triste. En la mesa del salón había un pequeño olivo artificial; era el mejor símbolo navideño que pudo permitirse.
Pero Alba se enfadó. Decía que el árbol tenía que ser grande y de verdad.
Si encontramos uno de verdad, Clara volverá, como en el sueño, lloraba.
Lucía suspiró. Comprar un olivo natural era impensable, no le llegaba ni para eso. Llamó a su madre, pero ella se negó a ir a visitarlas:
Prefieres a una perra antes que a tu madre. Piénsalo bien, musitó dolida.
Lucía comprendió que no podía contar con ella. Pues menos mal que quedaba el fin de semana para intentar animar a Alba.
Con la niña aún enferma, la Nochevieja se acercaba y faltaba el árbol. Alba sollozaba:
No hay olivo, mamá. Y Clara no volverá, igual que papá…
Lucía acariciaba la cabeza de la niña, esforzándose por no romper a llorar. Cuando Alba se quedó con la vecina, una señora mayor muy amable, Lucía salió corriendo a la calle.
El aire frío le golpeó la cara, la nieve se arremolinaba al viento. Los transeúntes sonreían, ilusionados con las fiestas, pero Lucía solo pensaba en su perra desaparecida.
¿Dónde estarás, chiquitina…? susurraba, recorriendo las calles.
De pronto, encontró un pequeño mercadillo de árboles. Un hombre robusto, con bufanda gruesa, se movía inquieto delante de los pocos olivos que quedaban. Lucía se detuvo.
¿Quiere usted un olivo? Solo me quedan un par. Puedo hacerle rebaja, ofreció el vendedor, deseando irse a casa.
Seguro que su familia lo espera… La mesa puesta, los niños en la ventana… pensó Lucía con nostalgia.
Se acercó entonces una pareja feliz, que compró alegremente uno de los árboles.
¿Y usted? ¿Se decide? Este es el último, le ayudo con el porte en un momento, añadió el vendedor.
Lucía le miró con desesperación, sabiendo que no podía pagarlo. Ni siquiera con lo que tenía en casa le alcanzaría.
Avergonzada, reparó en unas ramas tiradas junto a la furgoneta.
¿Puedo llevarme las ramas, si ya no las necesita? preguntó en voz queda.
El hombre la observó, y al ver su expresión resignada, suspiró:
Por supuesto. Espere, que le ayudo, dijo, cargando el mazo de ramas y tendiéndoselo.
Lucía agradeció el gesto, sintiendo la necesidad de justificarse:
Verá, mi hija está enferma, sueña con su olivo y encima perdimos nuestro perrita… parece que todo se ha torcido este año…
El hombre la escuchaba atento. Lo cierto es que también acababa de pasar por una separación reciente, y sentía la soledad en el aire de estas fiestas.
En eso, se acercó un Señor preguntando por el último árbol.
Ya está vendido. Pruebe en el puesto de al lado, contestó el vendedor señalando a otro.
Lucía lo miró sorprendida cuando añadió:
Venga, le ayudo a llevar las ramas o el árbol hasta su casa sonrió cálidamente.
Lucía dudó:
Pero es que no tengo dinero, se lo dije…
Lo recuerdo, asintió el hombre.
Entonces sucedió lo inesperado, cosas que solo pueden pasar rozando la magia navideña.
El hombre abrió la puerta del furgón. Lucía vio, medio dormida, a su perra Clara, abrigada con un jerséy de lana.
¿Cómo ha llegado Clara aquí? preguntó sin poder creerlo, a punto de llorar.
¿Clara? Yo la llamé Oliva rió el hombre. Ha estado por aquí toda la mañana, parecía perdida… al final se acurrucó a mis pies. La subí al coche para que no pasara frío, pobreta.
El hombre se llamaba Pablo. Le encantaban los animales y siempre se entendía bien con los niños.
En casa de Lucía volvió a respirarse calidez. Quizá fue la magia de la Navidad, o el destino que quiso que dos almas heridas se encontraran.
Nadie sabe qué fue. Solo está claro que la nueva familia finalmente fue feliz. Y de vez en cuando, a Clara la llamaban Oliva, recordando siempre que, incluso en los días más grises, la esperanza y la generosidad pueden devolver la alegría al hogar.




