Katya paseaba por las vitrinas mientras saboreaba con la vista. Imaginaba lo que podría comprar con …

Recuerdo que, en los viejos tiempos de mi infancia, Cayetana deambulaba por la Gran Vía de Madrid, mirando los escaparates mientras se entretenía con la comida que sólo existía en su imaginación. Con la mirada, calculaba cuánto le alcanzaría el escaso dinero que había en su delgado monedero, concluyendo que debía ahorrar a toda costa.

De los tres trabajos ocasionales que había conseguido, sólo quedó uno. Tras el funeral de su madre, la pobre Cayetana se quedó sin un céntimo. Así, quedó sola, sin haber contraído matrimonio jamás. En primer lugar había estudiado para ser contable, aunque la cifra jamás le había sonreído; su padre, Antonio, le había insistido en que necesitaba una profesión que pagara, pues sin dinero no se vive.

Me gusta cuidar a los demás, ver que les vaya mejor, animarlos dijo tímida la joven a su padre.

¿Medicina, entonces? replicó Antonio, medio burlón. Eso sí que es respetable. Los médicos siempre están bien vistos.

No, quiero ser una hermana de la caridad respondió ella, intentando aclarar sus ideas.

¿Enfermera? inquirió el padre, frunciendo el ceño.

Casi, pero también quiero atender a los demás, no solo curar insistió Cayetana.

¿Como una cuidadora? ¿Una sanitari­a? exclamó Antonio, enfadado. ¡Necesitas una carrera prestigiosa! No seas una cucaracha que recoge bichos y los mete en una caja. Recuerda a Napoleón, que fue grande y valiente.

Cayetana intentó concentrarse en los números, soñaba con ellos de noche y despertaba empapada en sudor frío. Quiso decir a su padre que no todos tienen que ser Napoleón; que ella sólo quería vivir, ayudar y ser útil. Cuando su abuela enfermó, Cayetana fue la que más se acercó, mientras la tía Galia se alejaba y murmuraba que el olor era desagradable.

La abuela siempre olía a pan recién horneado, a hierbas y a miel. Cayetana la leía cuentos, le secaba la frente y pedía permiso a los mayores para lavar la ropa. Cuando la abuela falleció, el llanto se desató por toda la casa; Galia se desmayó, sollozando: «¡Que la lleven pronto! Tengo miedo de los muertos».

Cayetana se deslizó en la habitación, se apoyó contra la mano de la difunta y sollozó. Entonces llegó Antonio, furioso:

¡¿Qué haces aquí, hija! Sal de aquí.

No, papá, lloro porque sé que nos hará falta, pero ella ya no sufre; está en un sitio hermoso sollozó Cayetana.

¿Qué dices? ¿Un sitio hermoso? le contestó sin comprender.

En su mente, Cayetana vio a su abuela, joven, caminando por un sendero de flores luminosas bajo una luz dorada, frente a una gran casa blanca con columnas. La abuela le susurró: «Todo está bien, hija mía. Vuelvo a casa, no llores, sol».

Temiendo desgarrar al padre, la niña guardó el recuerdo. Continuó sus estudios de contabilidad, pero los abandonó pronto: sentía que respiraba en otro lugar y que vivía una vida ajena. Además, Antonio se marchó tras enamorarse de otra mujer; la madre, María, lloró sin cesar y enfermó de la pena.

Cayetana suplicó a su padre que volviera mientras María se recuperaba, pero él, pálido y tembloroso, dijo que la vida es corta y que hay que aprovecharla. Así, madre e hija quedaron solas. Entonces, la gente del pueblo, que la llamaba la chiflada, sorprendió a todos: no se quejó, buscó cualquier curro, se formó como enfermera y cuidó a su madre, administrándole inyecciones y palabras de aliento.

Las dolencias nerviosas llegaron una tras otra y la madre acabó sin poder andar. Entonces la tía Galia, una tarde en la calle, la reprendió:

¿Qué pasa, sobrina? Aún eres joven, podrías casarte y dejar de sufrir. ¿De dónde sale eso de andar cuidando a los demás? ¡Qué mala suerte tienes!

Cayetana, que siempre había sido callada, respondió con voz firme:

No hables así, tía Galia. Mi madre ama a mi padre como al agua; sin él se desvanece. No necesito a un hombre para ser feliz. Las madres son nuestros ángeles en la tierra y mi padre, aunque haya elegido su camino, sigue siendo mi padre; no lo insultaré. Dios hará lo que ha de hacer.

Galia se quedó sin palabras y se alejó murmurando: «¡Qué tonta!». La madre murió en los brazos de Cayetana, mientras a lo lejos se oía una risa y el perfume de lilas impregnaba la habitación. En la mesita reposaba el pañuelo de María, ya no había más que eso.

Los días se volvieron grises y pesados. Cayetana miraba al cielo y veía alas de ángeles y bordados de flores que recordaban los que su madre hacía. El silencio de la casa era insoportable; ella se sentía como una mariposa atrapada en un capullo, sin prestar atención a las noticias ni a la gente. Quería trabajar en el hospital local, pues de los tres trabajos solo quedaba uno, pero la fuerza le abandonaba y cada paso era una lucha.

Una vecina, doña Elena Pérez, la encontró en la escalera y le dijo:

Todo irá bien, no escuches los rumores. Planta gallinas en la finca del verano o ve al mar; allí las conchas son tan bellas que, al acercarlas al oído, escuchas el susurro del mar. Busca la alegría en todas partes.

Al bajar, encontró a una joven vestida de chaqueta blanca y botas a la moda, con perfume de flores mágicas. Cayetana la miró admirada; la chica le lanzó una mirada desaprobadora:

¿A qué miras? ¡No te creas la más importante!

Perdón, es que eres muy guapa y tu perfume es encantador se disculpó Cayetana.

Justo entonces, la misma vecina, doña Elena, apareció y, con tono moralizador, comentó:

Ese padre suyo compró tres pisos en el ático; la niña solo anda de salón en salón y de vacaciones. El hombre era bueno, pero

Cayetana, cansada, entró a una tienda y, sin querer acumular, sólo buscó algo para comer. Pensó en la escasez y decidió comprar lo imprescindible. Allí vio a una mujer con cochecito y un niño de cinco años pidiendo zumo y helado.

Luche, después compra, pequeño le dijo la madre. No nos queda nada, sólo pasta.

La mujer, al notar la mirada de Cayetana, empezó a llorar:

¡Se me ha caído la cartera! No sé dónde está. He vuelto por el mismo camino y ya no la encuentro ¿Qué hacemos?

Una dama con abrigo largo y pendientes caros, que vendía alimentos, la reprendió:

¡Qué estafadora! No le hagas caso, hay muchos charlatanes que se hacen pasar por niños.

La madre, sin responder, siguió su camino. Cayetana, con el corazón encogido, sacó el último euro que le quedaba y se lo entregó a la mujer:

Tome, compre algo y un helado para el niño. Yo tengo suficiente dijo, mientras se iba con su abrigo gastado y sus botas rotas.

Escuchó a lo lejos una voz que agradecía:

¡Gracias, tía! Dios lo ha dispuesto.

Cayetana volvió a casa sin nada que comer, con sólo unas patatas y dos zanahorias marchitas. Miró al cielo zafiro y, al oler el aire, recordó el perfume de la joven de la chaqueta. Pronto los arroyos volverían a correr; cuando era niña, ella y su padre lanzaban barquitos al agua. Ahora él vivía lejos y casi no llamaba, pero al menos estaba vivo.

En el buzón llegó una notificación. Sin saber a quién enviarla, Cayetana la abrió. Era de Matilde Navas, con la dirección del mismo pueblo de donde había nacido su abuela. Al ver el nombre, el recuerdo se hizo fuerte.

¡Señorita! Tome el paquete, no haga cola le dijo el cartero.

Con manos temblorosas, Cayetana descubrió dentro un mantón bordado, una pequeña bolsa de frambuesas secas, setas, té y un montón de dulces envueltos en papel dorado, un cerdito de juguete y una postal soviética.

Querida Cayetana leía la carta. Soy Matilde Navas, la amiga de tu abuela. Hace años jugábamos en el lago del pueblo y ella prometió enviarnos un paquete cada cierto tiempo. Cuando supe que se iba, pensé en cumplir la promesa. Te mando una imagen de la Virgen para que te proteja. Tu abuela siempre rezó porque encuentres a alguien digno. No estés sola, querida, que el destino te cuidará.

Cayetana sostuvo la ícona y rezó, sollozando por su abuela, su madre y por sí misma.

Perdóname, he sido necia, fracasada, sin nada pero te quiero, madre.

En ese momento, alguien golpeó la puerta. Al abrir, encontró a Violeta, la joven del barrio, vestida de chaqueta blanca.

Buenas, me llamo Violeta. Mi padre está enfermo, los médicos no vienen. Necesita una inyección y me dijeron que tú sabes hacerlo dijo temblorosa.

Cayetana le explicó que no era una enfermera profesional y que debería buscar un médico. Violeta, desesperada, insistió:

¿Puedes ayudarnos? Pagaré lo que sea.

Cayetana la acompañó al apartamento. Allí, el padre de Violeta, de unos 55 años, era un hombre severo. Violeta trató de explicarle a su hijo, pero él la ignoró. Cayetana, con voz serena, le habló al hombre sobre la vida, sobre la fuerza que aún le quedaba y sobre la bendición que vendría.

Después, Violeta pidió qué quería para cenar y él, con voz cansada, deseó una sopa de setas, como la que hacía la madre de Cayetana en la aldea. Cayetana salió corriendo, volvió a su casa, tomó el saco de setas y frambuesas y la ícona, y regresó al apartamento. Compartieron la sopa y el té de frambuesa.

Con el tiempo, Violeta y su padre, Víctor, se casaron. El marido le sobraba el dinero, pero Cayetana siguió trabajando como enfermera, porque sentía que esa era su vocación. Cuando veía a los pacientes con los ojos llenos de dolor, les susurraba:

Dios lo dirige, solo hay que confiar.

Así pasó mi vida, recordando aquel tiempo de escasez, de lágrimas y de pequeñas luces que, sin saberlo, iluminaban el camino.

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