Esa mañana, antes de que saliera el sol de Albuquerque, ya estaba despierta. No por el dolor de la cadera, que siempre molesta con el frío del desierto, ni por los riñones. Estaba despierta porque sabía que hoy era miércoles y los miércoles viene Javier. Entra sin hacer ruido, me toma la presión, me pregunta si dormí bien. Me alcanza el bastón que siempre dejo muy lejos de la cama. Ese muchacho de lentes redondos y cara de no romper un plato es el único ser humano que cruza esa puerta de lunes a viernes a una hora fija y sin falta. Él no es de mi sangre. No lleva mi apellido Rivera. Tiene 26 años y trabaja para una agencia de cuidados que paga el seguro.
Tengo tres hijos. Ellos sí llevan mi apellido.
Marta, la mayor, vive en Phoenix. Ricardo, el de en medio, se quedó aquí en Nuevo México pero siempre está de viaje por la compañía de gas. Y Luz, la más chica, la que nació cuando yo ya pensaba que no tendría más hijos, se fue a Argentina hace dos años. Tengo siete nietos a los que apenas reconozco en las fotos borrosas que me mandan por un aparato que no sé usar bien. Dos de ellos ya me hicieron bisabuela. Hay un bisnieto que nació en Córdoba y yo ni siquiera sé cómo huele.
El martes pasado estaba sentada junto a la ventana del cuarto. Catorce metros cuadrados. El asilo queda en la calle Cuarta, junto a un taller mecánico que no respeta la siesta. Todo el día suena el taladro. Yo no me quejo. El ruido me recuerda al taller de mi difunto Ernesto, el padre de mis hijos, que en paz descanse. Él también se pasaba las horas entre motores y fierros, siempre con el overol manchado de grasa y la sonrisa fácil. Me casé con él a los diecinueve años.
Aquella tarde batallaba con un crucigrama. La pista era "capital de Perú, seis letras" y yo no podía dejar de pensar en Luz. Dos años sin verle la cara. Dos años de llamadas cortas los domingos, siempre con interferencia, con esa voz lejana y metálica. "Mamá, estamos bien, los nenes enormes, no te preocupes". Cinco minutos. A veces ocho. Un día le pedí que me contara algo más, que me hablara de su departamento, de cómo era la gente allá. Me dijo que tenía que cortar porque se le quemaba la cena. Colgó y yo seguí con el teléfono en la oreja, oyendo el silencio de la línea muerta. La capital de Perú es Lima. No importa.
El más atento es Ricardo, supuestamente. Viene una vez al mes. Llega con el auto reluciente, un Chevrolet Camaro rojo que sacó de agencia el año pasado. Se sienta en la única silla que tengo, mira el celular y me dice "¿cómo va todo, amá?" y no me mira a los ojos. El mes pasado vino con prisa, dejó un pastel de la pastelería del barrio sobre la mesita de noche y se fue porque tenía una junta. Ni probó un bocado. Yo me comí la rebanada sola, de cara al ropero, y el sabor me supo a cartón mojado.
Con Marta la cosa es distinta. Ella sí viene, cada dos o tres meses. Me trae pomada para las rodillas y me habla del trabajo, de que el esposo la estresa, de que los nietos están imposibles. Habla y habla. Cuando intento contarle algo —que me duele un hueso raro, que extraño el olor de la cocina de mi casa, que soñé con su papá—, ella mira la hora y dice "qué tarde se hizo". Su culpa es un cheque que deposita puntualmente. Yo no necesito su cheque. Necesito que se siente conmigo a ver las revistas viejas sin decir una palabra.
Pero la herida que no cierra se llama Luz. Hace seis meses dejó de contestar. Yo marcaba y saltaba el buzón. Ocho veces, doce veces, diecisiete llamadas. Le escribí una carta a la dirección de Córdoba que tenía anotada. Nada. Le pedí a Marta que la buscara por el dichoso Facebook. Tampoco. Un día, de puro terco y de puro angustiada, le pedí a Javier que me marcara desde su teléfono, por si acaso Luz tenía bloqueado el número del asilo. Atendió al tercer timbrazo.
—¿Hola?
Era su voz. Inconfundible. La misma que cantaba rancheras en la regadera. Se me hizo un nudo en la garganta.
—Luz, hija, soy yo.
Se hizo un silencio. Y luego otro, más espeso. Oía su respiración. Oía las ganas de llorar.
—Mamá, te pido que no me llames —dijo al fin, con un hilo de voz—. Yo te quiero, no pasa por ahí. Pero necesito espacio. Hay cosas que todavía no puedo perdonar.
La llamada se cortó. Un pitido. Un zumbido.
Me quedé sin aire. ¿Perdonar qué? ¿Qué monstruo terrible fui yo? Me clavé las uñas en la palma de la mano, durísimo, hasta que Javier me detuvo. No sangré. No sé si fue mejor así. Le di vueltas al cerebro como un motor desbielado. Las noches allí son largas. La cama cruje, la calefacción es un mugido constante. Y en esa duermevela, de madrugada, me acordé.
Fue en Navidad. Hace diez años. Estábamos todos en la casona antigua de Barelas, la que vendimos después. Martita recién se había divorciado. Ricardo andaba de mal humor porque perdió plata en un negocio con unos primos. Y Luz llegó con aquel novio, Joaquín, un argentino que hablaba hasta por los codos. Yo, señora chapada a la antigua, no le caí bien al muchacho. Él quería volverse a su país y montar una cafetería con los ahorros de mi hija. Yo le dije a Luz, delante de todos, que ese hombre no le convenía. Que era un vividor. Que se iba a aprovechar de ella. Le vaticiné desgracias. Se lo grité con el aguinaldo puesto y la sidra en la mano. Ella agarró sus llaves, me vio con un llanto seco y se fue sin abrir los regalos. Esa noche enterré algo entre nosotras.
Al día siguiente pedí perdón. Pero un "perdón" no borra la humillación pública. Con los años, la brecha se ensanchó. Nació mi nieta. Se fueron a vivir a Sudamérica. Dejó de contarme sus cosas. Me convertí en esa viejita a la que se le avisa, no a la que se le consulta. Y ahora, dos años de silencio después, me arrojó eso como un ladrillo por teléfono: "no puedo perdonar".
Esta mañana de miércoles, Javier me encontró con la luz prendida a las seis de la mañana, mirando la foto de Luz a los quince años, la del altar. Esa que está junto a la virgen de Guadalupe que me regaló mi comadre Chela.
—Doña Elena, ¿no durmió otra vez?
—Es la artritis —mentí.
Él me pasó el tensiómetro. Marcó diecisiete y diez. Demasiado alta. "Tiene que calmarse, no me asuste". Acomodó la almohada, trajo el desayuno del comedor. Huevos tibios. Me dejó el bastón al lado.
A las once, sonó mi puerta. No era hora de Javier. Nadie anunció visitas. El corazón se me alocó.
Y ahí estaban los tres. Marta con una bolsa de supermercado enorme. Ricardo, sin el celular por una vez en la vida. Detrás, como un fantasma culposo, Luz. Más flaca, con canas en las sienes y los ojos igualitos a su padre. Me miraban como si yo fuera de cristal y me fueran a quebrar. Mi hija menor se adelantó.
—Mamá… ¿podemos pasar?
No supe si reír o llorar. Me temblaban las manos y escondí la bolsa de los crucigramas debajo del cojín para tener algo que hacer.
Los senté donde pude. Luz se acomodó en la silla de Javier, Marta en la cama recién tendida y Ricardo se quedó de pie, contra la puerta, como un guardia. La habitación de catorce metros era un hervidero de respiraciones contenidas.
Luz empezó a hablar. Por fin. Me contó que Joaquín resultó ser justo lo que yo dije, pero peor. No era un vividor. Era un monstruo. La dejó en la calle, con la niña chiquita, endeudada hasta las cejas. Le daba vergüenza regresar. Me dijo que cada día que pasaba sin llamarme le pesaba como una losa. Pero que era un orgullo imbécil, una soberbia que no sabía de dónde le venía. Me dijo que vio mi carta y la rompió. Que oyó mis mensajes y lloraba sola en la ducha para que su hija no la viera. Que ese día de la llamada, al colgarme, se derrumbó contra la heladera y ahí la encontró mi nieta, deshecha. Que la nena, con solo nueve años, le dijo: "la abuela Elena se va a morir triste". Y esa frase la partió en mil pedazos.
Me pidió perdón con palabras que no voy a repetir porque son mías. Solo nuestras. Me tomó las manos, esas manos con manchas y nudillos deformes, y me las besó. Yo no aguanté. Los hombres de mi generación no lloran, dicen. Yo no soy hombre. Soy una madre de ochenta y siete años a la que le devolvieron el alma en una mañana cualquiera. Lloré con ganas, con hipo, con mocos, sin vergüenza.
Martita nos miraba con los ojos aguados. Después confesó su parte: ella siempre supo la verdad del argentino, pero no me dijo nada para no hacerme sufrir. Se equivocó. Peor es la mentira piadosa. Se lo dije y me pidió disculpas.
Ricardo, el de la junta pendiente, no entendía nada. No sirve para los sentimientos, igual que su padre. Pero abrió la bolsa del súper. Trajo una cazuela de mole que hizo la esposa, mi nuera Carmela, y unos frijoles refritos. El olor de la comida casera invadió el cuarto. Ese olor que extrañaba, el aroma del hogar que creí desaparecido, me golpeó la nariz y volví a ser la señora del mantel de los domingos, la que servía la mesa con cubiertos buenos.
Javier llegó a las dos de la tarde para la segunda toma de presión. Encontró la habitación llena de gente, de risas, de plásticos con comida regados por todos lados. Me tomó el brazo, puso el aparato y el numerito digital cayó a catorce y siete. La presión normal, por fin. Me guiñó un ojo antes de cerrar la puerta.
Esa noche corté una manzana en trocitos con un cuchillo de plástico y la compartí con Luz. Me dijo que se va a divorciar. Que se vuelve a vivir a Nuevo México, por ahora a casa de Marta, mientras encuentra trabajo en un consultorio dental. Me dijo que quiere que la vea crecer a mi bisnieta. Que no quiere más silencios.
Antes de dormir, saqué el crucigrama de entre los cojines. Me faltaba resolver la última palabra horizontal: "remordimiento reformado, siete letras". Pensé un rato, mientras el foco del pasillo se apagaba y el ruido del taller por fin cesó. Agarré el lápiz, que me lo afiló Javier, y escribí las letras con cuidado para no salirme de la raya: P-E-R-D-Ó-N.
Lo dejé sobre la mesa. Mañana es jueves. Vendrá Javier, me revisará y, después, con suerte, vendrá mi hija con su criatura. Ya no me importa el tiempo. Ya no me importa la cadera. Cerré los ojos y, por primera vez en dos años, no soñé con silencio.







