**Justicia para Lucía: una historia que comenzó con una traición**
—¿Por qué le permites que te trate así, Lucía? ¡No eres su propiedad! Eres fuerte, puedes salir de esto —susurró Carmen, acostada en el sofá con las piernas recogidas.
Lucía respiró hondo antes de responder en voz baja:
—Es mi padre. Y tiene un papel firmado y sellado que dice, claramente: “incompetente”. Por eso estoy aquí. No es solo un hombre con dinero, sino con poder. Da igual cuánto huya, siempre me encontrará. Este círculo no se rompe…
—Entonces, mientras estés aquí, al menos ayúdame. Te pagaré, todo limpio. Con justicia —dijo Lucía guiñando un ojo, como compartiendo un secreto.
—Te ayudaría igual —sonrió Carmen—. Pero no voy a decir que no. El dinero me vendrá bien cuando vuelva a ser libre. No necesito magia para saber lo que ocurre, pero para confirmar el sueño… necesito un mechón de tu pelo.
Rápidamente, Carmen sacó una pequeña navaja y cortó con destreza unos cuantos cabellos.
—Esta noche lo sabremos. Qué pócima te dieron, por qué en lugar de protección obtuviste esa melancolía verde… lo descubriremos.
A la mañana siguiente, Lucía no encontraba a Carmen. La evitaba, se escondía en rincones, desaparecía durante los tratamientos.
—¿Por qué huyes de mí? —la atrapó Lucía en el jardín—. ¡Tenemos un trato!
—No me creerás —murmuró Carmen con voz sombría—. Pensarás que te cuento cuentos por dinero.
—Basta. Dime qué viste.
Carmen la llevó a la parte más apartada del jardín y se sentó a su lado.
—Escucha con atención. Soñé que…
*—¡Despierta, dormilón! Encontré a nuestra próxima víctima.*
*—Déjame dormir… —gruñó Mateo, medio enterrado en las sábanas.*
*—Duerme después. Ahora escucha. Mira este periódico. ¿Ves a esta mujer? Se llama Lucía. Copropietaria de una empresa, sin familia… excepto por su futuro marido. Y si todo sale bien, ese serás tú.*
*—¿Casarme? —la garganta de Mateo se secó.*
*—Sí. Pero primero, enamórala. Sé cariñoso, humilde, aparentemente pobre pero trabajador. Ella se acercará, te ayudará, invertirá en tu “negocio”.*
*—¿Y luego lo pierdo todo? ¿Y apareces tú?*
*—Exacto, cariño —Julia le acariciaba el pelo—. Cuando acepte el ritual, creyendo que te ayuda, le pasaré una maldición. El demonio devorará su mente. Después… un “accidente”. La herencia será tuya.*
*—Si funciona…*
*—Funcionará. Tenemos magia. Tú y yo.*
Cuando Carmen terminó de hablar, Lucía permaneció en silencio, apretando los labios.
—¿Y bien? —preguntó Carmen, impaciente.
—Diré que empezaré a actuar. Primero, nos libramos del demonio. Después… justicia.
—Te advierto: si tardas, huirán. Gente así no espera.
—Estoy lista. Ayúdame a expulsarlo.
Carmen cortó otro mechón.
—Prepárate. Cuando se vaya, Julia lo sentirá. No tendrás mucho tiempo.
Esa noche, Lucía apenas durmió. Temblores, susurros en la oscuridad, voces en su oído. Pero al amanecer… todo había cesado. El mundo recuperó sus colores. La gente volvió a ser normal.
—¡Carmen! ¡Se fue! —gritó entrando en la habitación de su amiga, pero Carmen había sido trasladada. Algo ocurrió esa noche.
—Volverá cuando se recupere —dijo la enfermera.
Lucía no logró contactar con Julia ni con Mateo. Sus teléfonos no respondían. Habían huido. Pero ahora, lo importante era salir de allí. Y agradecer a Carmen.
—¡Estás viva! —exclamó Lucía cuando Carmen regresó.
—A tiempo. Devolví al demonio, pero casi me quedo con él —respondió ella con una risa ronca—. ¿Y tú?
—Desaparecieron. Me estoy recuperando. El médico dice que pronto me darán el alta.
—Yo me quedo. Mi padre extendió mi estancia. Pero vendrás a verme, ¿no?
—Claro. ¿Y cómo te contacto?
—Así —Carmen cortó una trenza y se la entregó—. Ponla bajo tu almohada… y te escucharé.
—¿Y la venganza?
—No quiero mancharme las manos. Solo quiero justicia.
—Entonces déjamelo a mí. Pediré ayuda a los que están más arriba. Que decidan lo que merecen.
**Seis meses después**
Lucía sostuvo una copa de vino mientras hojeaba el informe del detective privado.
Julia y Mateo huyeron, pero su paraíso duró poco. El dinero se esfumó. Julia desapareció; el detective sospechaba que yacía en el fondo del mar.
—La magia no te salvó, Julia —murmuró Lucía.
Mateo, por su parte, volvió a las estafas. Perdió. Debía demasiado. Lo único que le quedaba de valor… eran sus órganos.
—Al menos salvará a alguien —susurró Lucía—. Todo en su justa medida.
Carmen, mientras tanto, vivía ahora en un bosque apartado, donde el padre de Lucía alguna vez quiso construir casas de campo. Lucía le regaló el terreno. Un refugio. Un hogar.
Sacó la trenza de una cajita y sonrió:
—Bueno, amiga… ¿hablamos? Pronto iré a verte. Serán unas vacaciones mágicas.







