Lucía voló al cumpleaños de su suegra un día antes que los demás, y apenas se acomodó en el asiento del avión, se sobresaltó—alguien la llamó por su nombre inesperadamente…
Nerviosa, jugueteaba con la correa de su bolso mientras esperaba en la fila para facturar. El aniversario de su suegra—bueno, ahora exsuegra—era al día siguiente, pero Lucía había elegido a propósito un vuelo temprano. Sabía que Óscar, como siempre, dejaría todo para el último momento y seguramente volaría la mañana siguiente. Tres años habían pasado desde el divorcio, y durante todo ese tiempo habían logrado vivir en la misma ciudad sin cruzarse ni una sola vez. Ahora, menos que nunca, Lucía quería romper ese frágil equilibrio.
“Asiento 12A”, leyó en su tarjeta de embarque. Junto a la ventana, como le gustaba. Ya en el avión, sacó su libro—una novela que había empezado el día anterior y no podía soltar. Una historia de amor, traición y perdón. Antes evitaba esos argumentos, pero el tiempo todo lo cura.
—¿Lucía?—una voz familiar la hizo estremecer—. Vaya casualidad…
Alzó la vista lentamente. Óscar estaba en el pasillo, sujetando la maleta. Igual de elegante, con su chaqueta gris favorita. Solo las canas en las sienes, que antes no había notado, delataban el paso del tiempo.
—Tú siempre llegando tarde—le soltó sin saludar.
—Y tú planeando todo con anticipación—sonrió él, sacando su billete—. Mmm… 12B.
Lucía sintió que se le encendían las mejillas. Tres horas de vuelo al lado de la persona que había evitado con tanto cuidado todos estos años. Parecía que el destino se burlaba de sus planes.
—Puedo cambiar de asiento con alguien…—empezó Óscar.
—No hace falta—lo interrumpió ella—. Somos adultos.
Él asintió y se sentó a su lado. Olía a la misma colonia de siempre, y ese aroma le despertó algo profundo. Cuántas veces se había despertado sintiéndolo…
—¿Cómo va el trabajo?—preguntó él después del despegue, cuando el silencio se hizo insoportable.
—Bien. Abrí mi propio estudio de yoga—respondió, intentando mantener la voz firme—. ¿Tú sigues en lo mismo?
—No, me pasé al mundo del consulting. ¿Recuerdas que siempre lo quise?
Claro que lo recordaba. Y también las discusiones al respecto. Ella temía los cambios; él anhelaba algo nuevo. Ahora, años después, cada uno tenía lo que quería. ¿Por qué le dolía el corazón entonces?
—Mamá estará contenta de verte—dijo Óscar tras una pausa—. Todavía guarda ese jarrón de cerámica que le regalaste en su último cumpleaños.
—Carmen siempre fue…—Lucía dudó, buscando las palabras—muy buena conmigo.
—Incluso después del divorcio decía que fuiste la mejor nuera que podría haber deseado.
Lucía sintió un picor traicionero en los ojos. Sacó su libro para disimular.
—¿Qué lees?—preguntó él, echando un vistazo a la portada.
—”Tiempo de perdonar”—dijo ella, y ambos callaron al notar la ironía del título.
El resto del vuelo transcurrió en silencio, pero era un silencio distinto—no tenso, sino casi cómodo, como antes. Cuando aterrizaron en Sevilla, Óscar le ayudó a bajar la maleta del compartimento.
—¿Tomamos un taxi juntos?—propuso—. Total, vamos al mismo sitio.
Lucía dudó. Tres años atrás se habían separado convencidos de no volver a verse. Y ahora estaban aquí, y el mundo seguía en pie.
—Vale—asintió—, pero yo iré pendiente del GPS, porque tú siempre discutes con el navegador.
Óscar rio, y ese sonido familiar le resonó en el alma. Quizás a veces hay que soltar el pasado para dejar paso a algo nuevo.
Mientras salían del aeropuerto, se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, no lamentaba ese encuentro casual. Les esperaba una fiesta, una mesa llena de comida y las miradas curiosas de la familia. Pero ahora sabía que lo sobrellevarían. Al fin y al cabo, siempre supieron hacerlo.
El taxi serpenteaba por las calles de Sevilla al atardecer. Lucía, como prometió, iba pendiente de la ruta. Óscar estaba a su lado, separados solo por un bolso en el asiento central.
—Gira aquí a la derecha—dijo ella, y él sonrió: siempre recordaba mejor el camino a casa de sus padres que él mismo.
—¿Te acuerdas de la primera vez que fuiste a casa de mi madre?—preguntó de repente—. Estabas tan nerviosa…
—¡Pues claro!—exclamó Lucía—. Me cambié tres veces antes de salir. Quería causar buena impresión.
—Y al final te tiraste el gazpacho encima…
Se rieron, y por un momento pareció que el tiempo retrocedía. Pero el taxi se detuvo frente a la casa familiar, y el instante se esfumó en el crepúsculo.
Carmen los recibió en la puerta, con las manos en alto:
—¿Habéis llegado juntos? ¡Vaya sorpresa!
—Casualidad—aclaró Lucía rápidamente, notando la esperanza en la mirada de su exsuegra—. Nos cruzamos en el avión.
—Pasad, pasad. Lucita, te he preparado tu habitación, la de siempre…
Lucía se quedó sin habla. *Su* habitación—la del segundo piso, donde siempre dormían cuando visitaban a la familia. Donde el sol pintaba patrones en el papel pintado por las mañanas y desde la ventana se veía el viejo naranjo…
—Mamá, quizá yo puedo dormir en el salón—intentó Óscar.
—¡Ni lo sueñes!—cortó Carmen—. Mañana vienen invitados. Lucía en el dormitorio, tú en tu cuarto de niño. Como siempre.
“Como siempre”. Esas palabras resonaron en su mente. Ya nada era “como siempre”, pero nadie se atrevió a discutir con Carmen.
La velada pasó entre preparativos. Lucía ayudaba con los detalles del festejo, Óscar ordenaba cajas en el desván—su madre llevaba años pidiéndoselo. Evitaban quedarse a solas, pero bajo el mismo techo no era fácil.
Esa noche, Lucía tardó en dormirse. La cama le parecía demasiado grande, demasiado vacía. Del cuarto de al lado llegaban ruidos—parecía que Óscar tampoco podía conciliar el sueño. Reconoció el sonido: tres pasos hacia la ventana, cuatro de vuelta. Siempre caminaba así cuando reflexionaba sobre algo.
De pronto, todo quedó en silencio. Lucía se giró hacia la ventana. El naranjo susurraba con la brisa, y por un segundo le pareció que los últimos tres años habían sido solo un sueño largo. Pero no—era real. Volvían a estar aquí, bajo el mismo techo, iguales y a la vez tan distintos.
La mañana llegó con el aroma del café recién hecho y la voz de Carmen tarareando en la cocina. Lucía bajó primero y ayudó a poner la mesa. Cuando apareció Óscar, algo despeinado y con sueño, se limitaron a asentir con la cabeza. Los tres desayunaron, hablando del tiempo, de la fiesta, de todo y de nada a la vez. Y en esa cotidianidad, había algo profundamente familiar.
Para las cinco de la tarde, la casa de Carmen estaba llena de invitados. Lucía repartía tapas, esquivando entre la cocina y el comedor como si no hubieran pasado aquellos tres años. Óscar atendía a los invitados, mirándola de reojo de vez en cuando.
—Lucita, cariño—Carmen la atrapó en el pasillo y la