Lucía salió un día antes que los demás para el aniversario de su suegra, y apenas se acomodó en el asiento del avión, se estremeció al escuchar su nombre pronunciado por una voz inesperada.
Nerviosa, retorcía la correa de su bolso mientras esperaba en la fila para facturar. Quedaba un día para la celebración, pero Lucía había elegido deliberadamente un vuelo temprano. Sabía que Álvaro, como siempre, dejaría todo para el último momento y probablemente volaría la mañana siguiente. Tres años habían pasado desde el divorcio, y durante todo ese tiempo habían logrado vivir en la misma ciudad sin cruzarse ni una vez. Ahora, menos que nunca, quería romper ese frágil equilibrio.
“Asiento 12A”, leyó en su tarjeta de embarque. Junto a la ventana, como le gustaba. Una vez dentro del avión, sacó un libro, una novela que había empezado a leer el día anterior y que no podía soltar. Era una historia de amor, traición y perdón. Antes evitaba ese tipo de argumentos, pero el tiempo todo lo cura.
—¿Lucía? —La voz familiar la hizo sobresaltarse—. Vaya coincidencia…
Alzó la vista lentamente. Álvaro estaba en el pasillo, sosteniendo su maleta. Seguía igual de elegante, con su chaqueta gris preferida. Solo las canas en las sienes, que antes no había notado, delataban su paso.
—Siempre llegas tarde —le soltó en lugar de un saludo.
—Y tú siempre lo planeas todo con antelación —respondió él con una sonrisa, sacando su billete—. Vaya… 12B.
Lucía sintió que se le encendían los pómulos. Tres horas de vuelo junto a la persona que había evitado con tanto cuidado todos estos años. Parecía que el destino se burlaba de sus planes.
—Puedo cambiar de asiento con alguien… —empezó Álvaro.
—No hace falta —lo interrumpió ella—. Somos adultos.
Asintió y se sentó a su lado. Su colonia, la de siempre, le provocó un dolor agudo en algún lugar profundo. Cuántas veces se había despertado sintiendo ese aroma…
—¿Cómo va el trabajo? —preguntó él después del despegue, cuando el silencio se volvió insoportable.
—Bien. Abrí mi propio estudio de yoga —respondió con voz serena—. ¿Tú sigues en lo mismo?
—No, me pasé al sector de consultoría. ¿Recuerdas que siempre lo quise?
Claro que lo recordaba. Y también cuánto habían discutido por eso. Ella temía los cambios; él anhelaba lo nuevo. Ahora, años después, ambos tenían lo que querían. Entonces, ¿por qué le dolía tanto el corazón?
—Mamá estará contenta de verte —dijo Álvaro tras una pausa—. Todavía guarda ese jarrón de cerámica que le regalaste en su último aniversario.
—Isabel siempre fue… —Lucía titubeó, buscando las palabras— muy buena conmigo.
—Incluso después del divorcio decía que habías sido la mejor nuera que podía desear.
Sintió un nudo en la garganta. Sacó su libro para disimular la emoción.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó él, mirando la portada.
—”Tiempo de perdonar” —respondió, y ambos callaron, comprendiendo la ironía del título.
El resto del vuelo transcurrió en silencio, pero era un silencio distinto, no tenso como antes, sino casi cómodo, como en otros tiempos. Cuando el avión aterrizó en Sevilla, Álvaro le ayudó a bajar su maleta.
—¿Tomamos un taxi juntos? —propuso—. Total, vamos al mismo sitio.
Lucía dudó. Tres años atrás se habían separado convencidos de que jamás volverían a estar cerca. Pero allí estaban, y el mundo no se había acabado.
—Vale —asintió—. Pero yo llevaré la cuenta del camino, porque tú siempre discutes con el GPS.
Álvaro se rio, y ese sonido familiar resonó en su alma. Quizás, a veces, se necesita soltar el pasado para que el presente brille más.
Al salir del aeropuerto, se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, no lamentaba ese encuentro casual. Les esperaba una fiesta, miradas incómodas de familiares, pero ahora sabía que podrían con ello. Al fin y al cabo, siempre habían sido buenos para eso.
El taxi serpenteó por las calles de Sevilla. Lucía, como había prometido, supervisaba la ruta. Álvaro iba a su lado, separados solo por un bolso.
—Gira a la derecha aquí —indicó ella, y él sonrió: siempre recordaba mejor que él el camino a casa de sus padres.
—¿Recuerdas la primera vez que fuiste a casa de mi madre? —preguntó él de repente—. Estabas tan nerviosa…
—¡Cómo no! —respondió ella, riendo—. Me cambié tres veces antes de salir. Quería causar buena impresión.
—Y al final te derramaste la sopa encima…
Se rieron, y por un instante pareció que el tiempo volvía atrás. Pero el taxi se detuvo frente a la casa familiar, y el momento se disolvió en el crepúsculo.
Isabel los recibió en la puerta, con los brazos abiertos:
—¿Habéis venido juntos? ¡Qué sorpresa!
—Nos encontramos por casualidad en el avión —se apresuró a explicar Lucía, notando cómo brillaban los ojos de su exsuegra.
—Pasad, pasad. Lucita, te he preparado tu habitación, la de siempre…
Lucía se quedó inmóvil. “Su” habitación: el dormitorio del segundo piso donde siempre se alojaban cuando visitaban a los padres de Álvaro. Donde el sol pintaba figuras en el papel pintado por las mañanas y desde la ventana se veía el viejo manzano…
—Mamá, quizá yo puedo dormir en el salón —sugirió Álvaro.
—¡Ni lo sueñes! —cortó Isabel—. Mañana vendrán invitados. Lucía dormirá en el dormitorio, y tú en tu cuarto de niño. Como siempre.
“Como siempre”. Las palabras resonaron en su mente. En realidad, nada era como antes, pero nadie se atrevió a discutir con Isabel.
La noche pasó entre preparativos. Lucía ayudó con los detalles de la fiesta; Álvaro subió al ático a ordenar cajas viejas. Evitaban quedarse a solas, pero bajo un mismo techo, resultaba difícil.
Lucía no pudo dormir. La cama parecía demasiado grande, demasiado vacía. Al otro lado de la pared, en el cuarto de Álvaro, crujía el suelo: él tampoco dormía. Reconoció esos pasos—tres hacia la ventana, cuatro de vuelta—. Siempre caminaba así cuando reflexionaba.
De pronto, todo quedó en silencio. Ella miró por la ventana. Las hojas del manzano susurraban, y por un momento, los últimos tres años parecieron un sueño largo. Pero era real: estaban allí, bajo un mismo techo, iguales y al mismo tiempo diferentes.
La mañana llegó con el aroma del café y la voz de Isabel tarareando en la cocina. Lucía bajó primero y ayudó a poner la mesa. Cuando apareció Álvaro, algo despeinado, se miraron con un gesto breve. Tomaron el café juntos, hablando del tiempo, de la fiesta, de todo y nada a la vez. En esa cotidianidad, había algo precioso.
Para las cinco de la tarde, la casa estaba llena de invitados. Lucía repartía canapés, moviéndose entre la cocina y el comedor como si los años de separación no hubieran existido. Álvaro saludaba a los invitados, mirándola de vez en cuando.
—Lucita, cariño —Isabel la detuvo en el pasillo y la abrazó con fuerza—. Qué feliz estoy de que hayas venido.
—Feliz aniversario —dijo Lucía, entregándole un ramo