Julia se tumbó en el sofá y rompió a llorar desconsoladamente. Su marido, hacía un par de meses, le confesó que tenía otra mujer. Y que ella estaba embarazada. — Julia, perdóname, pero llevamos dos años sin hijos. Es mucho tiempo. Hasta llegué a dudar de mí mismo —balbuceaba Guille—. Y resulta que… bueno, la otra… está embarazada… —¿La amante? —susurró Julia. —Llámala como quieras. Dentro de un par de meses tendremos un hijo. Lo siento. Julia no quiso saber por qué Guille esperó tanto. Y justo dos meses antes de que naciera el bebé, y en vísperas de Nochevieja, la dejó. Así, la pobre mujer, sin ni siquiera desvestirse, agotada y con los ojos secos de tanto llorar, se quedó tirada en el sofá. De pronto, recordó una lejana Nochevieja de su infancia. Julia iba entonces a quinto de primaria. Después de clase, fue con sus amigas al mercadillo de segunda mano. Solían pasar por allí a menudo, les parecía una tienda llena de tesoros sorprendentes. La ropa y los zapatos no les interesaban demasiado, pero los souvenirs, juguetes y bisutería… esos sí que llamaban su atención. Aquel día, Julia vio enseguida una caja de música maravillosa. Era azul celeste con incrustaciones doradas. Julia no podía apartar la vista. Y cuando el vendedor abrió la tapa, sonó una dulce melodía y, desde el profundo terciopelo azul, apareció una bailarina vestida de blanco girando al compás. Julia se quedó sin aliento. El dependiente les mostró que tenía un pequeño cajón oculto para guardar joyas. Sus amigas Natalia y Irene se acercaron emocionadas: —¡Qué pasada! ¡Qué bonita! —¿Cuánto cuesta? —preguntó Natalia. El vendedor, sonriente, dijo un precio imposible para unas niñas: cinco duros. «Nunca conseguiré reunir tanto», pensó Julia, pues por aquellos tiempos, en la escuela solo les daban treinta pesetas para el almuerzo, lo justo para comer. Si decía que iba al cine, su madre le daba cincuenta. Claro, su padre estaba de viaje y no volvería hasta dentro de una semana. Él sí se lo hubiese comprado. Pedírselo a su madre era inútil. Todavía podía oír la voz chillona de su madre: «¡Menuda ocurrencia! ¿Una bailarina por cinco duros? Mejor compro tres kilos de carne y os hago filetes para una semana.» No, ni mencionar lo de la caja de música. Había que esperar al padre. Julia iba a diario a la tienda solo para admirar la bailarina, y el amable tendero, al verla, hacía sonar la cajita para ella. En seis días, Julia conocía de memoria cada detalle. Notó una esquina desgastada, un pequeño desconchón, una manchita en el tutú de la bailarina, y que le faltaba una zapatilla. Pero para Julia seguía siendo perfecta. Cuando volvió su padre, lo llevó enseguida al mercadillo. —Ya no está —le dijo apenado el vendedor—. La han comprado hace un par de horas. No habéis llegado a tiempo. Julia no pudo contener el llanto. —Julia, Julia, cielo… —murmuró su padre—. No llores, anda. Te compro una tarta, ¿quieres? Una de trufa, la que te gusta, con esos bombones de chocolate. Ella asintió, pero no podía dejar de llorar por la bailarina. Al día siguiente, Irene apareció en clase con la preciada caja. Ver que su amiga la tenía le dolió aún más. Irene le dio cuerda, empezó a sonar la música y la bailarina apareció. Los compañeros miraban asombrados. —Iba con mi abuela y la convencí para que me la comprara por Nochevieja —anunció orgullosa Irene—. Yo llevaba una semana deseándola… —Y yo —añadió Natalia, con rencor. Julia no aguantó la rabia y se puso a llorar. Pedro, un compañero, se acercó: —¿Por qué lloras, Julia? —Por nada —respondió corriendo fuera de clase. Todos sabían que Pedro estaba enamorado de ella, aunque a Julia no le interesaba. Junto a la ventana, pegó la frente al cristal helado. —Julia, te compraré una igual, no llores —dijo Pedro acercándose. —¿Dónde vas a encontrar otra igual, tonto? —le contestó, disgustada, y salió corriendo. «¡Encima me meto con Pedro!», pensó mientras lloraba aún más bajo el frío. Aquel invierno fue duro y, tras su rato en el patio, Julia enfermó. Pedro fue a visitarla el primer día que faltó a clase: —Todavía no encontré la bailarina, pero lo haré. Lo prometo. —Eres un tonto, Pedro. No la vas a encontrar, es extranjera. En la base pone “Made in RDA”. Ni de broma la encuentras —suspiró Julia. —¿RDA, Alemania Oriental? —preguntó él. —Sí —asintió Julia. —Pues allí iré —afirmó Pedro, decidido. Desde entonces, se hicieron inseparables. Primero como amigos. Y en octavo, Pedro se atrevió a besarla. Ella no se resistió y, desde ese día, su relación fue otra cosa. Tras acabar el instituto, se llevaron a Pedro a la mili… a Alemania, además. Pedro le escribía y, a veces en broma, le ponía que aún no había encontrado la bailarina. Pero Julia no esperó a Pedro, y medio año antes de que éste volviera, conoció a Guille. Él la conquistó dedicándole una canción con su guitarra la primera noche. Al poco tiempo, se casaron. Pedro regresó y, al saber que Julia se había casado, se enroló en un barco noruego y se perdió por los mares. Apenas regresaba y nunca volvieron a verse. *** Julia se levantó del sofá. Se sirvió un café. En esos días no dejaba de pensar en Pedro y notó que sus lágrimas no eran tanto por Guille, sino por su historia truncada con Pedro. ¿Dónde estaría él? ¿Se habría casado? Ya era 31 de diciembre. Quería celebrar el año nuevo como fuera. Sus amigas estarían con sus familias; le daba apuro ir a casa de alguien e irrumpir de repente. Fue al mercado, compró cosas para preparar una cena especial. Al volver al portal, salió del ascensor un Papá Noel. Al verlo, Julia rompió a llorar. —¿Por qué lloras, hija? —le preguntó el hombre con voz grave, disfrazado—. ¡Si es fiesta! Toma, esto es para ti —y puso en sus manos una caja antes de desaparecer por el portal. Julia, sorprendida, llevó el paquete a la cocina y lo abrió con cuidado. Dentro había… ¡una nueva caja de música azul celeste con incrustaciones doradas! Dio cuerda y, para su asombro, también surgió la bailarina con ambas zapatillas. Al abrir el cajón secreto, encontró dentro un anillo de compromiso. Corrió a la ventana: abajo distinguió la figura de Papá Noel. Bajó corriendo en zapatillas y, dudando en la puerta, vio cómo el hombre se giraba. Ambos corrieron el uno hacia el otro. Abrazada a aquel abrigo tan caliente, Julia susurró: —¡Tonto! Al final la encontraste. —¡Claro! La busqué por toda Alemania, lo prometí —contestó Pedro con una sonrisa.

Diario, 31 de diciembre

Hoy me he despertado sin fuerzas, tirado en el sofá, incapaz de despegarme de la desgana. Hace ya un par de meses que Lucía, mi mujer, me confesó entre susurros una verdad que me dejó helado: tiene otro hombre y, para colmo, espera un hijo de él.

Lo siento, Luis, me explicó casi sin mirarme llevamos dos años juntos y no hemos tenido hijos, empecé a dudar de mí… Y bueno, ha pasado… Estoy embarazada.

La amante, pensé. Pero ella solo murmuró: Llama a este hombre como quieras, pero yo me voy. En un par de meses seré madre.

No le pregunté más. Se largó en pleno diciembre, justo antes de Navidad, y me dejó tirado entre recuerdos, sin ánimos ni lágrimas. En la quietud del salón, con media botella de Rioja a medias, de pronto he recordado un Año Nuevo lejano de mi infancia en Valladolid.

Yo iba por entonces a quinto de EGB. Tras clase, mis amigas Marisa y Carmen solían acompañarme a la tienda de segunda mano de la calle Santiago. Ni la ropa ni los zapatos nos interesaban, pero siempre íbamos directos a la sección de juguetes y cachivaches. ¿Quién podía resistirse a ese escaparate repleto de tesoros?

Ese día la ví: una cajita de música celeste con incrustaciones doradas, pequeña y mágica como un pedacito del cielo. Pedí al dependiente que la abriera y en cuanto la melodía empezó a sonar, asomó una delicada bailarina blanca sobre terciopelo azul. No podía apartar la vista, ni respirar. Aún recuerdo el pequeño cajoncito secreto perfecto para guardar anillos o pendientes que el hombre me mostró con una sonrisa.

Marisa enseguida preguntó cuánto costaba. El dependiente nos lo dijo cinco mil pesetas. Los ojos se nos salieron de las órbitas. Era una fortuna. En aquellos años, nuestros padres nos daban apenas cincuenta pesetas para un bocata o alguna chuchería. Mentir para decir que ibas al cine apenas te sacaba cien.

Pensé en mi padre, siempre viajando por trabajo. Si estuviera aquí, me lo compraría seguro. Pero mi madre mejor ni sugerírselo. Podía oír su voz nasal: ¿Estás loca? ¿Bailarina de cinco mil pesetas? Mejor compro dos kilos de solomillo y tenemos comida para toda la semana.

Así que esperé a papá, entrando cada tarde en la tienda solo para contemplar la cajita y la bailarina hasta aprenderme cada rasguño y cada desconchón. A la bailarina le faltaba una zapatilla de punta y el tutú tenía una microscópica mancha. Yo, sin embargo, la encontraba perfecta.

Por fin llegó papá y lo arrastré a la tienda con el corazón volcándoseme. El dependiente, apenado, nos miró: Se la han llevado ya. Solo hace unas horas…

Lloré sin vergüenza, allí mismo. Papá intentó animarme:

Venga, Luisito, no llores. Te invito a una tarta de trufa en la pastelería de la esquina, ¿quieres? Con esos champiñones de chocolate que te gustan.

Acepté, pero seguí llorando. Era la bailarina la que me dolía.

Al día siguiente, Carmen apareció en el colegio con la dichosa cajita. Su abuela que venía a pasar el Año Nuevo en Valladolid se la había comprado. Ella también llevaba semanas suspirando tras el escaparate.

Al ver la cajita en sus manos, el corazón se me rompió de nuevo. Marisa también estaba dolida. No aguanté y me eché a llorar frente a todos.

Manolo, el chico grandullón de la clase, se me acercó:

Oye, Luis, ¿por qué lloras?

Nada solté antes de salir corriendo, empujándole.

Manolo, todo el mundo lo sabía, estaba coladito por mí. Mis amigas decían que le tenía en el bote, pero yo apenas le hacía caso.

Me refugié junto a la ventana del colegio, la frente pegada al frío cristal.

No te preocupes oí la voz de Manolo a mi espalda Te buscaré otra igual, lo prometo.

¡Qué vas a encontrar tú! le bufé. Tonto.

Corrí hasta la calle, y allí lloré aún más fuerte. Me pasé media hora tiritando en el patio, hasta que, ¿cómo no?, me puse con fiebre.

Manolo vino a verme aquel mismo día.

Todavía no he dado con la bailarina, pero la encontraré. Palabra.

Deja de decir tonterías. Esa caja era extranjera, de Alemania del Este. Ahí abajo lo ponía: “Made in DDR”. ¿Sabes tú dónde encontrar una así? le repliqué.

¿DDR es la RDA, no? preguntó esperanzado.

Pues sí suspiré.

Pues hasta allí iré, si hace falta.

Desde aquel día, Manolo y yo comenzamos a ser amigos de verdad. Primero de niños, luego, en octavo, me besó y todo. Le correspondí. Éramos inseparables.

Al terminar el instituto, a Manolo se lo llevaron al servicio militar. Ironías de la vida: su destino fue Alemania.

Durante su mili me escribía cartas a veces danzando la broma: Todavía sin rastro de la bailarina, pero no me rindo. Pero yo no esperé. Medio año antes de su vuelta, conocí a Lucía. Me cautivó en la primera cita, dedicándome una canción improvisada a la guitarra. Me derretí. A los dos meses estábamos casados.

Manolo volvió y, al enterarse de mi boda, se embarcó en un pesquero noruego. Apenas regresaba, y ya no nos vimos más.

******

Hoy, 31 de diciembre, he respirado hondo, intentado levantarme del sofá. He calentado un café y al beberlo me he dado cuenta de que, en estos días, lloro menos por Lucía y más por lo que no pudo ser con Manolo. ¿Dónde andará? ¿Estará casado?

Todas mis amigas celebran la Nochevieja con sus familias. Me parece mal caer como invitado inesperado. Así que me acerqué al Mercado Central, compré cuatro cosas y, de regreso, entré en el portal justo cuando del ascensor salía ¡Papá Noel! Más bien un hombre disfrazado, pero con panza y barba postiza.

Al verme llorar, medio en bromamedio en serio, me habló con voz de anciano:

Pero hombre, ¿por qué esas lágrimas el día de fiesta? Venga, toma esto me tendió una caja y desapareció, perdiéndose entre las sombras.

No llegué ni a darle las gracias. Subí al piso, dejé las bolsas, me senté en la cocina y abrí con cuidado el paquete.

Dentro, una cajita nueva, azul celeste y dorada, igual a aquella que me quitó el sueño de pequeño. Tembloroso, la abrí: la música sonó dulce, la bailarina emergió, perfecta, con sus dos zapatillas relucientes.

Me fijé en el doble fondo. Allí, un anillo de compromiso.

Me precipité a la ventana. Abajo, la silueta de Papá Noel se alejaba. Salí corriendo, en zapatillas, al portal. Dudé un segundo, hasta que el hombre se giró y nuestros ojos se cruzaron.

Corrí hacia él y, abrazándole, murmuré casi sin voz:

Eres un cabezota. Al final, la encontraste.

Ya te lo prometí dijo Manolo, sonriendo . Lo prometido es deuda. La encontré en Alemania y he tardado, pero aquí está. Y aquí estoy yo, si me quieres.

Esta Nochevieja he aprendido que a veces la vida te devuelve lo que creíste perdido. Y que, aunque se cierren muchas puertas, hay regalos y personas que siempre acaban regresando, justo cuando los necesitas.

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MagistrUm
Julia se tumbó en el sofá y rompió a llorar desconsoladamente. Su marido, hacía un par de meses, le confesó que tenía otra mujer. Y que ella estaba embarazada. — Julia, perdóname, pero llevamos dos años sin hijos. Es mucho tiempo. Hasta llegué a dudar de mí mismo —balbuceaba Guille—. Y resulta que… bueno, la otra… está embarazada… —¿La amante? —susurró Julia. —Llámala como quieras. Dentro de un par de meses tendremos un hijo. Lo siento. Julia no quiso saber por qué Guille esperó tanto. Y justo dos meses antes de que naciera el bebé, y en vísperas de Nochevieja, la dejó. Así, la pobre mujer, sin ni siquiera desvestirse, agotada y con los ojos secos de tanto llorar, se quedó tirada en el sofá. De pronto, recordó una lejana Nochevieja de su infancia. Julia iba entonces a quinto de primaria. Después de clase, fue con sus amigas al mercadillo de segunda mano. Solían pasar por allí a menudo, les parecía una tienda llena de tesoros sorprendentes. La ropa y los zapatos no les interesaban demasiado, pero los souvenirs, juguetes y bisutería… esos sí que llamaban su atención. Aquel día, Julia vio enseguida una caja de música maravillosa. Era azul celeste con incrustaciones doradas. Julia no podía apartar la vista. Y cuando el vendedor abrió la tapa, sonó una dulce melodía y, desde el profundo terciopelo azul, apareció una bailarina vestida de blanco girando al compás. Julia se quedó sin aliento. El dependiente les mostró que tenía un pequeño cajón oculto para guardar joyas. Sus amigas Natalia y Irene se acercaron emocionadas: —¡Qué pasada! ¡Qué bonita! —¿Cuánto cuesta? —preguntó Natalia. El vendedor, sonriente, dijo un precio imposible para unas niñas: cinco duros. «Nunca conseguiré reunir tanto», pensó Julia, pues por aquellos tiempos, en la escuela solo les daban treinta pesetas para el almuerzo, lo justo para comer. Si decía que iba al cine, su madre le daba cincuenta. Claro, su padre estaba de viaje y no volvería hasta dentro de una semana. Él sí se lo hubiese comprado. Pedírselo a su madre era inútil. Todavía podía oír la voz chillona de su madre: «¡Menuda ocurrencia! ¿Una bailarina por cinco duros? Mejor compro tres kilos de carne y os hago filetes para una semana.» No, ni mencionar lo de la caja de música. Había que esperar al padre. Julia iba a diario a la tienda solo para admirar la bailarina, y el amable tendero, al verla, hacía sonar la cajita para ella. En seis días, Julia conocía de memoria cada detalle. Notó una esquina desgastada, un pequeño desconchón, una manchita en el tutú de la bailarina, y que le faltaba una zapatilla. Pero para Julia seguía siendo perfecta. Cuando volvió su padre, lo llevó enseguida al mercadillo. —Ya no está —le dijo apenado el vendedor—. La han comprado hace un par de horas. No habéis llegado a tiempo. Julia no pudo contener el llanto. —Julia, Julia, cielo… —murmuró su padre—. No llores, anda. Te compro una tarta, ¿quieres? Una de trufa, la que te gusta, con esos bombones de chocolate. Ella asintió, pero no podía dejar de llorar por la bailarina. Al día siguiente, Irene apareció en clase con la preciada caja. Ver que su amiga la tenía le dolió aún más. Irene le dio cuerda, empezó a sonar la música y la bailarina apareció. Los compañeros miraban asombrados. —Iba con mi abuela y la convencí para que me la comprara por Nochevieja —anunció orgullosa Irene—. Yo llevaba una semana deseándola… —Y yo —añadió Natalia, con rencor. Julia no aguantó la rabia y se puso a llorar. Pedro, un compañero, se acercó: —¿Por qué lloras, Julia? —Por nada —respondió corriendo fuera de clase. Todos sabían que Pedro estaba enamorado de ella, aunque a Julia no le interesaba. Junto a la ventana, pegó la frente al cristal helado. —Julia, te compraré una igual, no llores —dijo Pedro acercándose. —¿Dónde vas a encontrar otra igual, tonto? —le contestó, disgustada, y salió corriendo. «¡Encima me meto con Pedro!», pensó mientras lloraba aún más bajo el frío. Aquel invierno fue duro y, tras su rato en el patio, Julia enfermó. Pedro fue a visitarla el primer día que faltó a clase: —Todavía no encontré la bailarina, pero lo haré. Lo prometo. —Eres un tonto, Pedro. No la vas a encontrar, es extranjera. En la base pone “Made in RDA”. Ni de broma la encuentras —suspiró Julia. —¿RDA, Alemania Oriental? —preguntó él. —Sí —asintió Julia. —Pues allí iré —afirmó Pedro, decidido. Desde entonces, se hicieron inseparables. Primero como amigos. Y en octavo, Pedro se atrevió a besarla. Ella no se resistió y, desde ese día, su relación fue otra cosa. Tras acabar el instituto, se llevaron a Pedro a la mili… a Alemania, además. Pedro le escribía y, a veces en broma, le ponía que aún no había encontrado la bailarina. Pero Julia no esperó a Pedro, y medio año antes de que éste volviera, conoció a Guille. Él la conquistó dedicándole una canción con su guitarra la primera noche. Al poco tiempo, se casaron. Pedro regresó y, al saber que Julia se había casado, se enroló en un barco noruego y se perdió por los mares. Apenas regresaba y nunca volvieron a verse. *** Julia se levantó del sofá. Se sirvió un café. En esos días no dejaba de pensar en Pedro y notó que sus lágrimas no eran tanto por Guille, sino por su historia truncada con Pedro. ¿Dónde estaría él? ¿Se habría casado? Ya era 31 de diciembre. Quería celebrar el año nuevo como fuera. Sus amigas estarían con sus familias; le daba apuro ir a casa de alguien e irrumpir de repente. Fue al mercado, compró cosas para preparar una cena especial. Al volver al portal, salió del ascensor un Papá Noel. Al verlo, Julia rompió a llorar. —¿Por qué lloras, hija? —le preguntó el hombre con voz grave, disfrazado—. ¡Si es fiesta! Toma, esto es para ti —y puso en sus manos una caja antes de desaparecer por el portal. Julia, sorprendida, llevó el paquete a la cocina y lo abrió con cuidado. Dentro había… ¡una nueva caja de música azul celeste con incrustaciones doradas! Dio cuerda y, para su asombro, también surgió la bailarina con ambas zapatillas. Al abrir el cajón secreto, encontró dentro un anillo de compromiso. Corrió a la ventana: abajo distinguió la figura de Papá Noel. Bajó corriendo en zapatillas y, dudando en la puerta, vio cómo el hombre se giraba. Ambos corrieron el uno hacia el otro. Abrazada a aquel abrigo tan caliente, Julia susurró: —¡Tonto! Al final la encontraste. —¡Claro! La busqué por toda Alemania, lo prometí —contestó Pedro con una sonrisa.