Julia regresa a casa con sus pesadas bolsas y es recibida con alegría por su familia, pero una inesperada visita durante la cena familiar revela un secreto que Julia jamás habría imaginado Julia viaja en autobús lejos de su pueblo natal, aferrada a una gran bolsa llena de lo esencial y los deliciosos bollos recién horneados de su abuela, cuyo aroma invade todo el vehículo Comparte los bollos con Esteban, un joven simpático que va al mismo destino para entrar en la universidad, y una amistad especial surge durante el trayecto Ambos superan las pruebas de acceso y celebran en una cafetería llamada “Hipopótamo”, donde sus encuentros pronto se convierten en costumbre y su relación en romance Cuando Esteban le propone irse a vivir juntos y casarse en verano, las dudas surgen en Julia tras una charla con sus amigas sobre los riesgos del matrimonio informal El tiempo pasa, y una tarde fría Julia ve a Esteban en “su” cafetería con otra chica; dolida por lo que considera una traición, evita al joven y regresa al pueblo para las fiestas navideñas, buscando consuelo entre sus seres queridos En la cena familiar, alguien llama a la puerta; la madre de Julia recibe a unos invitados inesperados, entre ellos Esteban disfrazado de Papá Noel junto a la joven desconocida: ¡es su hermana! Con alborozo y alivio, Julia acepta la propuesta de matrimonio de Esteban delante de todos, celebrando el mejor Año Nuevo de su vida y prometiendo resolver cualquier malentendido siempre con sinceridad

Cuando pienso en aquella época, veo a Julieta bajando del autobús con las bolsas pesadas, avanzando con paso ligero hacia la casa de sus padres. ¡Ya estoy en casa! gritó, abriendo la puerta de madera, tan familiar en su pueblo de Castilla. ¡Julieta, hija! todos corrieron a recibirla, abrazándola como si supieran que ese día regresaría. Siempre creímos que el corazón presiente estas cosas.

Aquella noche, reunidos alrededor del gran mesa familiar, alguien llamó a la puerta. Serán los vecinos, seguro que vienen a felicitar murmuró la madre, encogiéndose de hombros antes de ir a abrir. No volvió sola, traía invitados. Julieta miró con sorpresa a quienes entraron en la sala, sin acabar de creer lo que veía.

Recuerdo bien el trayecto de Julieta en el autobús, silenciosa, mirando por la ventana, con el corazón apretado por dejar su tierra. Sobre sus rodillas, una gran bolsa de cuadros que apretaba fuerte, sólo llevando lo justo; aunque la abuela, como siempre, había añadido una bolsa de empanadillas recién hechas, llenando el aire del autobús con el aroma irresistible de la masa dorada y el relleno humeante.

Julieta no pudo evitar la tentación. Con un sonido claro abrió la cremallera y sacó dos empanadillas tostadas.

¿Quieres? preguntó al muchacho que, por lo visto, había subido unos pueblos antes. Él le había cedido el asiento junto a la ventana, lo que encendió la simpatía de la joven.

¡Claro! contestó, aceptando con una sonrisa, tragando saliva.

Soy Julieta se presentó ella.

Y yo, Gonzalo. ¿Vas a matricularte?

Sí. Aquí cerca no hay universidad ni escuela técnica, sólo enseñan a conducir tractores, y yo no sirvo para eso.

Yo también vengo a estudiar suspiró Gonzalo. Pero, ¡me gusta el pueblo!

El viaje hasta Salamanca duraba unas cuatro horas. Entre charla y risas, para cuando bajaron, eran ya amigos, compartiendo incluso números de teléfono. Cada uno siguió después a su destino en la ciudad.

***

El tiempo, entre exámenes y nervios, pasó rápido. Tanto Julieta como Gonzalo lograron plaza en la universidad que soñaban, y no cabían de alegría. Atrás quedaban los miedos, quedaba todo por delante: planes, esperanzas y futuro.

¡Julieta, hola! llamó Gonzalo por teléfono un día. ¿Celebramos nuestra admisión con una merienda en el café?

Julieta aceptó encantada. Gonzalo le caía bien, era alegre, sencillo, tan diferente a aquellos que sólo piensan en sí mismos.

Se encontraron en el centro, en el café El Hipopótamo. Sentados junto a la ventana, contemplaban cómo los barcos turísticos cortaban el agua cristalina del Tormes, mientras los guías gritaban por los megáfonos.

¿Por qué se llama El Hipopótamo este café? preguntó de pronto Julieta.

Gonzalo rió: Supongo que porque los que venimos acabamos pareciéndonos a uno, de tantos dulces y bollos.

¡Pues sí! dijo Julieta, saboreando una porción de tarta.

Siguieron frecuentando aquel lugar, que pronto llamaron nuestro sitio. Allí, una tarde, se besaron por primera vez; Julieta siempre recordaría ese beso, delicado y apasionado.

El tiempo pasó; entre estudios y paseos, Julieta pensaba que Gonzalo era la persona más cercana y querida que tenía, aparte de sus padres, claro, aunque sentía que era distinto.

Oye, Julieta, ¿por qué no te vienes a vivir conmigo? le propuso Gonzalo en su tercer año. Y en verano, nos casamos.

¿Me estás pidiendo matrimonio así, sin arrodillarte ni nada? se rió Julieta.

Más o menos contestó él.

Entonces, como en las películas ¿No te preocupa que esté todo el rato dando vueltas por tu casa?

Da vueltas, Julieta, todas las que quieras rió Gonzalo, girándola en la calle.

Regresó a la casa alquilada que compartía con dos amigas, radiante.

¡Hoy desprendes felicidad! ¿Qué te ha pasado? preguntó su amiga Pilar.

¡Chicas! Pronto me mudo con Gonzalo anunció, danzando por la habitación.

¿Nos invitas a la boda? se alegró Teresa, la otra amiga.

En verano nos casamos. De momento sólo viviremos juntos.

No lo hagas, Julieta opinó Pilar. Hasta junio falta mucho; todo puede cambiar. ¿Tan mal lo pasas aquí?

Julieta se rio: Pilar, parece que eres una abuela. Hoy todo el mundo hace esto.

Yo no soy anticuada. Simplemente no creo en esos matrimonios de hecho. Mi madre es abogada y sé cómo terminan se ofendió Pilar.

Vale, no te enfades. Era broma se disculpó Julieta.

***

Julieta pensaba que el matrimonio civil era sólo un papel, que el amor verdadero no depende de papeles, que lo suyo con Gonzalo era único; pero las dudas, después de la conversación con sus amigas, comenzaron a rondar su cabeza. Cada vez aplazaba más la mudanza.

Gonzalo también dejó de insistir.

En diciembre, paseaban por la ciudad. La nieve caía blanca, las luces y los adornos navideños relucían con intensidad. Hacía mucho frío, y al pasar frente a El Hipopótamo, Julieta sugirió entrar.

¡Mira, ahí está él! dijo Teresa, con una voz extraña, señalando la ventana.

Julieta se giró: en su sitio de siempre, junto a la ventana, estaba Gonzalo, acompañado de una chica más joven. Ambos reían, Gonzalo contaba algo gracioso y la muchacha se reía alto.

Julieta se apartó en silencio.

Me voy a casa murmuró.

Espera, te acompañamos dijeron Teresa y Pilar.

Allí, sus amigas le insistieron que esa reunión no significaba nada, que no debía ser celosa, que podía ser una prima o cualquier cosa. Julieta, sin embargo, no podía olvidar la mirada cariñosa de Gonzalo hacia la chica, ni que estuvieran en su café, su sitio.

Esto se siente como una traición pensaba.

Dejó de contestar las llamadas de Gonzalo. Cuando él fue a buscarla, pedía a sus compañeras que dijeran que no estaba.

Un día, al salir del aula en la universidad, Gonzalo la alcanzó y le preguntó: Julieta, ¿qué te pasa? ¿Tienes a otro?

Julieta, furiosa, respondió:

¿Cómo puedes preguntar eso? ¡Sabes perfectamente lo que pasa! Déjame, llego tarde a un examen.

Soltó su mano y desapareció tras las puertas. Gonzalo se volvió a casa sin entender nada.

***

Julieta hizo los exámenes adelantados y viajó a su pueblo para las fiestas. Pensaba que bajo el techo de sus padres superaría mejor la desilusión.

Desde el autobús, al llegar al pueblo, el frío pinzaba las mejillas, la nieve crujía bajo las botas, los álamos y las casas brillaban bajo el sol entre destellos invernales. De las chimeneas salía humo, vertical, dibujando columnas contra el cielo.

Sonriendo, Julieta recogió la bolsa de regalos para su familia y se dirigió al hogar. Al pasar la verja, vio que el pino de siempre parecía más alto y frondoso, adornado igual que en su infancia.

¡Felices fiestas! saludó entrando.

Julieta, hija mía todos se unieron para abrazarla. Sabíamos que vendrías.

El día pasó entre abrazos y risas familiares, aunque el invierno acorta los días y a las cinco ya estaba oscuro.

No importa, encendamos las luces del árbol sugirió su padre.

Al caer la noche, mientras cenaban juntos, llamaron a la puerta.

Seguro que son los vecinos dijo la madre y fue a abrir.

Volvió acompañada de Gonzalo y una joven disfrazada de ayudante de los Reyes Magos.

¿Gonzalo? Julieta lo miró, reconoció también a la chica del café. ¿Cómo me encontraste? ¿De qué va esto?

Gonzalo soltó su habitual risa sonora, y la joven también.

Tus amigas me dijeron dónde estarías. Quiero presentarte: ella es mi hermana pequeña, Clara.

¿Hermana? murmuró Julieta.

Sí, mi hermana confirmó Clara. Si miras bien, nos parecemos.

Julieta sintió cómo el peso que llevaba en el pecho se desvanecía. Tanto tiempo preocupándome, y sólo tenía que preguntar, pensaba, riéndose por dentro.

Gonzalo continuó: Y delante de mi familia y de la tuya, quiero pedirte: Julieta, ¿quieres casarte conmigo?

Sacó una cajita con un anillo.

¡Por supuesto que sí! se abrazó a Gonzalo, o mejor dicho, al Rey Mago, radiante de felicidad. ¡Es la mejor Nochevieja de mi vida!

Vendrán muchas más, Julieta, pero prometamos hablar siempre con total sinceridad dijo Gonzalo.

Te lo prometo susurró Julieta.

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MagistrUm
Julia regresa a casa con sus pesadas bolsas y es recibida con alegría por su familia, pero una inesperada visita durante la cena familiar revela un secreto que Julia jamás habría imaginado Julia viaja en autobús lejos de su pueblo natal, aferrada a una gran bolsa llena de lo esencial y los deliciosos bollos recién horneados de su abuela, cuyo aroma invade todo el vehículo Comparte los bollos con Esteban, un joven simpático que va al mismo destino para entrar en la universidad, y una amistad especial surge durante el trayecto Ambos superan las pruebas de acceso y celebran en una cafetería llamada “Hipopótamo”, donde sus encuentros pronto se convierten en costumbre y su relación en romance Cuando Esteban le propone irse a vivir juntos y casarse en verano, las dudas surgen en Julia tras una charla con sus amigas sobre los riesgos del matrimonio informal El tiempo pasa, y una tarde fría Julia ve a Esteban en “su” cafetería con otra chica; dolida por lo que considera una traición, evita al joven y regresa al pueblo para las fiestas navideñas, buscando consuelo entre sus seres queridos En la cena familiar, alguien llama a la puerta; la madre de Julia recibe a unos invitados inesperados, entre ellos Esteban disfrazado de Papá Noel junto a la joven desconocida: ¡es su hermana! Con alborozo y alivio, Julia acepta la propuesta de matrimonio de Esteban delante de todos, celebrando el mejor Año Nuevo de su vida y prometiendo resolver cualquier malentendido siempre con sinceridad