Julia se encontraba sentada junto al portal. Todos los vecinos sabían que la familia del piso 2ºB había marchado lejos, y ahora en el barrio vivía una perra con la firme intención de esperarles cuanto hiciese falta…
Esto sucedió a principios de los años noventa en una pequeña ciudad de Castilla. Una mañana de junio, muy temprano, se oyó de repente el chirrido brusco de unos frenos frente a la librería principal. El ruido hizo salir corriendo a las dependientas, pero cuando pisaron la acera, apenas había nadie en la calle.
Junto al bordillo yacía una perra. Gimoteaba lastimeramente e intentaba levantarse, pero sus patas traseras estaban completamente inmóviles.
La más valiente de las chicas, Verónica, fue la primera en acercarse al animal. Hablándole con dulzura y rozándole el hocico y la espalda con gran cuidado, intentó averiguar qué le ocurría.
¿Qué tal, Vero?
Junto a ella, sin atreverse a acercarse, estaban Natalia y la encargada, Doña Elena. Sentían pavor ante la idea de encontrar algo muy espantoso, aunque a la vista no había heridas. Pero aquel arrastre inerte de las patas traseras indicaba una lesión grave.
Chicas, vamos a llevarla a la trastienda propuso Verónica. Tal vez se recupere. No podemos dejarla tirada en la calle.
Natalia miró preguntando a la encargada, y esta, vacilando, cedió:
Vale, en seguida preparo algo en el suelo… ¿Tú puedes cargarla?
Sí, tranquila respondió Verónica, buscando la mejor manera de tomarla.
La perra era mestiza de mediano tamaño, con cierto aire a pastor. Delgada, sucia, sin collar. Seguramente callejera.
Pasó todo el día tumbada en la trastienda y, ya entrada la tarde, se animó a beber agua y probar algo de comida, aunque sin incorporarse. No podía moverse.
Al día siguiente, Verónica convenció a su padre para recogerla durante la pausa del mediodía y llevarla al veterinario.
En la ciudad solo había una pequeña clínica sin apenas equipamiento, ni siquiera radiografías, así que el veterinario no pudo dar un diagnóstico preciso:
Quizás con tiempo se recupere algo… Es joven y fuerte. Si la cuidas bien, podrá vivir dijo. Pero caminar… muy difícil lo veo.
De regreso, nadie hablaba. Verónica abrazaba a la perra desde el asiento trasero, mientras su padre miraba por el retrovisor y suspiraba. Por la noche, durante la cena, él dijo:
Vero, no te encariñes demasiado. Y no dejes que se acostumbre a ti. En otoño nos vamos.
Lo sé, papá susurró Verónica.
Llamaron a la perra Julia. Así se quedó viviendo en la trastienda de la librería. Las primeras semanas apenas se movía y después empezó a salir arrastrándose al patio, con las patas traseras sin fuerza.
¿Qué hacemos con ella? Se perdería en la calle, y ninguno se atrevería a llevársela a casa… comentaban las dependientas. Menos mal que Doña Elena nos deja tenerla aquí.
Julia, sin embargo, parecía aceptar su situación con tranquilidad. Poco a poco exploraba el patio, olía cada rincón, hacía sus cosas y regresaba a su rincón.
Los fines de semana, las chicas se la llevaban a casa por turnos, menos Verónica, que se negaba: dentro de pocos meses tenía que mudarse al norte, acompañando a su padre por trabajo. Él tenía razón: cuanto más apego, más difícil sería todo.
Pero Verónica sentía que ya estaba unida a la perra desde el primer cruce de miradas en la carretera. Y Julia también la miraba de modo especial, cálido, leal.
No obstante, una vez Verónica tuvo que llevársela a casa, porque las demás no podían.
Solo por esta vez, lo juro se excusaba ante la mirada severa de su padre. Todas tienen planes, viajes, barbacoas…
Nosotros también pensábamos ir a la casa del pueblo se oyó la madre desde la cocina.
Julia corrió de inmediato hacia ella, como si supiera que la madre era la verdadera autoridad a conquistar. Las patas arrastradas daban pena, pero Julia supo mirar con esos ojos tristes y hambrientos, y en minutos la madre ya suspiraba:
Ay, pobrecita… ¿Tienes hambre? ¿Es que no le dais de comer en la tienda? Tranquila, nos la llevamos a la casa del pueblo. Tu padre va a hacer barbacoa, te va a encantar…
Verónica miró a su padre con intención, pero él solo negó con la cabeza.
Julia fue feliz en la casa rural: barbacoa, el perro vecino Rulo, que la aceptó como vieja amiga. El siguiente día, de vuelta al piso, se tumbó junto a la cama de Verónica como si hubiese vivido allí toda la vida.
Por eso, cuando al día siguiente la llevaron otra vez a la tienda, la perra quedó desconcertada. Pasó inquieta todo el día y, al mediodía, cuando la soltaron en el patio, desapareció.
La buscaron las empleadas, llamándola por todos lados, pero Julia no volvió al cierre.
Verónica estaba destrozada. Decidió volver a casa andando, llamando a Julia en cada paso:
¡Julia! Julia, ¿dónde estás? Aparece, por favor…
Y apareció: justo en el portal, casi sin fuerzas. El viaje le había costado mucho esfuerzo. Pero al ver a Verónica, estalló de alegría: chilló, lamió sus manos y se retorció como si el rabo, por fin, se hubiese movido.
Ya no tenía sentido llevarla otra vez a la tienda: ya sabía el camino de vuelta. Y Verónica no habría podido encerrarla allí de nuevo.
¿Y ahora qué? decía su padre, viendo a la feliz Julia a los pies de su hija.
Quiero curarla, papá. Espero que me ayudes.
Una semana después, Verónica comenzaba sus vacaciones y luego pensaba dejar el trabajo. Los dos meses y pico que quedaban antes de mudarse serían para la perra.
Su padre las llevó varias veces a Valladolid, donde había una clínica buena con radiografías. Los médicos no prometieron nada, pero decidieron operar, lo que abría una posibilidad.
Verónica y Julia se instalaron en la casa rural. No hubo día que Verónica dejase de cuidarla: medicinas, masajes, ejercicios para las patas… La perra aprendía a andar de nuevo.
Al principio parecía inútil. Pero sus padres, que venían de visita, notaban pequeños avances: las patas ya no se arrastraban muertas, aunque a veces patinaban.
Al mes, Julia corría tras Rulo, rodando cómicamente; al cabo de dos meses, quedaba solo una leve cojera.
Verónica se alegraba, pero el corazón se le encogía pensando en la próxima despedida. El tiempo se agotaba.
La vecina, la dueña de Rulo, le propuso:
Déjamela a mí. Así estarán juntos y no echará tanto de menos el sitio…
El día de la marcha, Verónica llevó a Julia a casa de la vecina, «de visita con Rulo». Esa noche, ya estaban de camino a Madrid en el tren, y más tarde el avión hacia Vigo, y de ahí a Ponferrada.
Al instalarse y organizarse, Verónica llamó a la vecina. Escuchó lo que más temía.
Por la noche, Julia había presentido algo raro y se dedicó a excavar. Por la mañana, la vecina solo encontró a Rulo en el patio. Sin esperar más, fue hacia el antiguo piso de Verónica.
Allí estaba Julia, sentada en el portal. Reconoció a la vecina y le dejó claro, gruñendo, que no tenía intención de marcharse. Pronto varios vecinos se acercaron al ver el revuelo: todos sabían que la familia del 2ºB no volvería en mucho tiempo. Pero la perra había decidido esperar, costase lo que costase.
Fue en ese momento cuando Verónica empezó a llamar a Doña Olga, del piso 3ºA. Olga le mantuvo informada:
Tu Julia está como un centinela en el portal. No deja que nadie se acerque. He hablado con la vecina del pueblo, la he intentado convencer y hasta con embutido la he tentado, pero nada.
Verónica intentó mandar a Olga dinero para la comida de Julia, pero ella se negó rotundamente:
¡Qué cosas dices, Vero…! Toda la vecindad la alimenta. ¿Dinero? Aquí nadie necesita eso…
Llegó el invierno. Los vecinos del bloque, incluida Olga, dejaban entrar a Julia al portal para que se calentara. La perra subía al segundo piso, donde estaba el antiguo piso de Verónica, y se tumbaba sobre el felpudo. Parecía entender perfectamente que sus dueños no estaban, y en cuanto se entibiaba, volvía a salir para seguir su vigilia.
Verónica mantenía el contacto también con las chicas de la librería. Ellas vinieron varias veces para ver a la perra conocida. Julia las reconocía, aceptaba agradecida las golosinas, pero jamás se iba con ellas.
Verónica estaba destrozada. Quería dejarlo todo y regresar, pero las circunstancias trabajo, economía lo impedían; aquellos años eran muy duros y había que sobrevivir.
Finalmente volvió en junio. Al acercarse al portal vio a Julia: la perra estaba muy tiesa, con las orejas alerta, aunque el temblor del cuerpo revelaba que ya reconocía a su dueña y temía creer demasiado en esa felicidad.
Le siguieron abrazos, lágrimas y la sensación de un milagro cumplido. El corazón de Verónica parecía a punto de saltar, y el de Julia, igual.
El verano se esfumó rápido. En agosto llegaron los padres: el padre tenía un mes de vacaciones, pero en septiembre debía volver a otra misión laboral, por un año. Verónica insistió en llevar a Julia con ellos. Su madre le lanzaba miradas interrogativas al padre, que se mantenía serio, silencioso, pensativo. El viaje era largo y arduo, hasta para personas; ¿cómo sería para una perra que apenas conocía los trenes ni los bulliciosos núcleos urbanos?
Se notaba la tensión. Julia captaba el ambiente, se ponía nerviosa y apenas se apartaba de Verónica. Pero, de repente, una mañana, el padre anunció que pretendía hacer los trámites para llevar a la perra:
Venga, prepárate con Julia. Necesitamos los papeles, sin vacunas no puede ir en tren ni en avión.
El veterinario local, por unas latas de bonito, arregló el pasaporte animal de Julia y puso la vacunación al día, aunque fuera a posteriori; ya no quedaba tiempo para trámites oficiales.
Por la noche, el padre cosió un bozal improvisado entonces era difícil conseguir material canino adecuado. Julia, que nunca había llevado nada así, se dejó probarlo como sabiendo lo importante, rebosando orgullo y alegría.
Ya está, te vienes con nosotros dijo el padre al dar la última puntada. Júrame que no nos vas a fallar, Julia…
Y no falló. Jamás se arrepintió la familia de su decisión. Recorrieron juntos Castilla y Galicia en tren, pasaron por aeropuertos y trasbordos; Julia voló en aviones militares, pisó la Costa da Morte, incluso viajó a las islas del Atlántico. Al cabo de un año, volvieron a su ciudad.
Julia vivió trece años radiantes, nobles y plenamente felices junto a nosotros, siempre fiel, siguiéndonos a dondequiera que fuésemos.







