Julia estaba sentada junto al portal. Todo el vecindario sabía que la familia del piso 2B se había marchado para largo, y ahora había una perra en el patio con la firme decisión de esperarles, aunque fuera siglos.
Esto ocurrió a principios de los noventa en una pequeña ciudad de provincias, en plena Castilla. Aquella mañana de junio, bien temprano y antes de que el sol se pusiera pesado, se escuchó de repente un chirrido de frenos justo frente a la librería. Las dependientas salieron disparadas a la calle, pero al asomarse, la acera parecía más vacía que la hucha después de la cuesta de enero. Bueno, casi vacía
Justo en el borde estaba tumbada una perra. Gemía con tristeza y trataba en vano de levantar el trasero: las patas traseras no le obedecían ni por equivocación.
La más valiente del grupo, Carmen, corrió hacia el animal. Hablándole con dulzura y tocándole el lomo y la cabeza con mucho cuidado, intentó averiguar qué había pasado.
¿Qué ves, Carmen?
A su lado, sin atreverse a acercarse más, estaban Pili y la encargada, Doña Maruja. Las tres se resistían a mirar, temiendo encontrarse con algo digno de una película de terror, aunque la perra no tenía heridas visibles: pero esas piernas arrastrándolas, como si fueran de trapo, pintaban un cuadro nada optimista.
Chicas, llevémosla al trastero propuso Carmen. A lo mejor mejora. Aquí fuera no la podemos dejar.
Pili miró a la encargada, que tras un momento dubitativo, accedió:
Vale, a ver si encontramos algo para ponerle debajo ¿Puedes con ella tú sola?
No te preocupes, ya me apaño respondió Carmen, metiéndole mano al asunto.
La perra era mestiza, mediana, con cierto toque de mastín. Flaca, sucia, sin collar, más de calle que los adoquines.
Estuvo todo el día tumbada en el trastero, y al final de la tarde, algo recuperada del susto, fue capaz de beber agua y comerse lo que le dieron, aunque sin moverse del sitio. Lo de caminar, ni soñarlo.
Al día siguiente, Carmen convenció a su padre para que la recogieran durante la pausa del trabajo y la llevaran al veterinario.
En el pueblo no había más que una clínica pequeña, sin radiografías ni nada parecido: el veterinario, tan serio como los precios de la electricidad, examinó a la perra y sólo pudo decir:
A lo mejor con el tiempo se recupera Es joven, fuerte. Con buenos cuidados puede vivir. Pero andar eso ya lo veo complicado.
Atrás, en el coche, ambos iban callados. Carmen abrazaba a la perra y su padre les miraba por el espejo y suspiraba. Al cenar soltó:
Carmen, procura no encariñarte demasiado. Ni la acostumbres a casa, que en septiembre nos mudamos.
Ya lo sé, papá respondió ella, bajando la voz.
La bautizaron como Julia. Se quedó a vivir en el trastero de la librería. Dos semanas apenas se movió, luego empezó a salir al patio arrastrando las patas como si fueran el cable de una tele antigua.
¿Y qué hacemos con ella? Si la dejamos fuera no dura, pero nadie se atreve a llevársela a casarumiaban las dependientas. Menos mal que Doña Maruja permite tenerla aquí.
Julia, por su parte, parecía tomarse su discapacidad con sorprendente filosofía. Olisqueaba todo, hacía vida de perra, y volvía a su rincón.
Los fines de semana las chicas se turnaban para llevársela a casa. Carmen nunca podía: en unos meses se mudaban a Valladolid por dos años, por el trabajo de su padre, y, como él decía, el apego solo lo complicaría todo.
Pero aunque lo intentaba, Carmen sabía bien que ya había cruzado esa línea. Desde el minuto uno, con esa mirada profunda de la perra en mitad de la calle. Y Julia la miraba con ese algo especial, mezcla de ternura y fidelidad muy castiza.
Un fin de semana, sin otro remedio, Carmen tuvo que llevársela a casa: las demás estaban muy ocupadas con excursiones, tapas y barbacoas.
¡Por una vez y nada más! protestó ante la mirada de su padre.
Que sepas que nosotros también íbamos a la casa del pueblo sonó la voz de su madre desde la cocina.
Julia corrió detrás. Como si supiera que la jefa de todo era la madre y que allí se jugaba su futuro. Las patas arrastrando ya daban pena, pero ese mirar triste y hambriento conquistó rápido a la señora:
¡Pobreta! ¿Tienes hambre? Carmen, ¿acaso no le dais de comer en la librería? No te preocupes, bonita, tú te vienes al pueblo con nosotros. A papá le ha dado por la barbacoa y seguro que te gusta
Carmen dirigió a su padre una mirada muy elocuente. Él solo negó con la cabeza.
En la casa de campo Julia fue feliz: barbacoa, césped y el perro del vecino, Canelo, que la adoptó al instante. Al volver a casa, se instaló junto a la cama de Carmen como si ese fuera su sitio de siempre.
Así que el regreso por la mañana a la librería la dejó descolocada. Inquieta, la perra esperó en el trastero y, cuando la soltaron al patio, desapareció.
Las dependientas la llamaron, la buscaron. Julia no apareció ni a la hora de cerrar.
Carmen lo pasó fatal. Optó por caminar a casa mientras la llamaba cada dos pasos:
¡Julia! Julia, bonita, ¿dónde te has metido?
Al final Julia apareció justo en el portal de Carmen, casi sin fuerzas. Se notaba que el trayecto le había costado, pero en cuanto vio a Carmen estalló de felicidad: chillaba, lamía, se retorcía, casi movía el rabo.
Devolvérsela a la librería ya no tenía sentidosabía el camino de vuelta. Y encerrarla allí, tampoco podría.
¿Y ahora qué? preguntó el padre, mirando a Julia, la mar de feliz al lado de su hija.
Voy a intentar curarla, papá. Y necesito tu ayuda.
En una semana, Carmen tendría vacaciones y pensaba renunciar al trabajo. Los dos meses y pico que quedaban antes de mudarse iban a ser para Julia, sin discusión.
El padre las llevó varias veces a Salamanca, donde había una clínica de verdad. Los veterinarios no prometían nada, pero se arriesgaron con la operación: había esperanza.
Carmen y Julia se instalaron en la casa del pueblo. Todo el día con cuidados: medicinas, masajes, ejercicios. Julia parecía aprender a andar desde cero.
Al principio, nada. Pero los padres, cuando iban de visita, notaban pequeñas mejoras: las piernas ya no iban tan a la deriva.
Tras un mes, Julia perseguía a Canelo como una experta, aunque con un andar algo cómico. Al finalizar el verano apenas quedaba una leve cojera.
Carmen se alegraba, pero sabía que la despedida estaba cerca.
La vecina, dueña de Canelo, se ofreció:
Déjamela conmigo. Los dos estarán mejor juntos, se lo pasarán de miedo y el sitio le es familiar.
El día de la mudanza Carmen llevó a Julia con la vecina, de visita a Canelo. Esa noche la familia ya viajaba rumbo a Madrid, antes de continuar a Valladolid. Tras instalarse y desempacar, Carmen llamó a la vecina. Lo que escuchó era justo lo que temía.
En mitad de la noche Julia, intuyendo algo raro, había estado intentando escaparse. Por la mañana, la vecina solo vio a Canelo en el patio Sabía que esperar no servía, así que fue directa al portal de Carmen.
Allí estaba Julia, como una estatua. Reconoció a la vecina pero, con un gruñido, dejó claro que de allí no se movía. Los vecinos se agolparon; todos sabían que la familia del 2B se había ido para largo, pero ahora una perra guardaba el portal, decidida a esperar.
El tiempo que hiciera falta.
Carmen contactó entonces con la otra vecina, Doña Olga, del 2C. La mujer la mantenía al tanto del asunto:
Ahí sigue tu Julia, en el portal como un centinela. No deja que nadie se acerque. He visto a la otra vecina varias veces, le he ofrecido mortadela, salchichón, lo que quieras, pero ni caso.
Carmen intentó enviarle pesetas para el pienso, pero Doña Olga lo rechazó:
¿Pero qué dices, Carmen? ¡Si aquí todo el barrio la cuida! ¿Dinero pa qué?
Llegó el invierno. Los vecinos, incluidos Doña Olga, solían dejar pasar a Julia al portal para que se calentara. La perra subía hasta el tercer piso, donde estaba el 2B, y se tumbaba en la alfombra de la puerta cerrada. Parecía entender perfectamente que sus humanos no estaban, y en cuanto se entonaba, salía otra vez, vigilante.
Carmen también hablaba con las chicas de la librería. Alguna vez se acercaban al portal a ver a la perra. Julia las reconocía, agradecía las visitas y los bocadillos, pero salir con ellas, ni hablar.
Carmen lo pasaba muy mal: quería volver corriendo, pero las circunstancias, y la economía, no se lo permitían. A principios de los noventa, las cosas no estaban para lujos y a todos les tocaba apretarse el cinturón.
Finalmente, pudo regresar en junio. Al cruzar la esquina, vio a Julia ante el portal. La perra permanecía inmóvil, orejas en punta. Por cómo le temblaba el cuerpo, era obvio: había reconocido a Carmen y temía creérselo demasiado pronto, por si era otro espejismo.
Luego vinieron los abrazos, las lágrimas, y esa sensación de milagro puro. Carmen sentía que el corazón iba a salírsele por la boca, y parecía que a Julia le pasaba igual.
El verano se esfumó en un instante. En agosto llegaron los padresel padre tenía un mes libre, pero en septiembre tocaba traslado de nuevo, otro año fuera. Carmen intentaba convencerles para llevarse a Julia. La madre miraba al padre, él en silencio, ceño fruncido, suspirando pesado. El viaje sería duro incluso para ellos; para una perra con ese historial, ni te cuento.
La tensión flotaba en el aire. Julia se daba perfecta cuenta, y no se despegaba de Carmen ni un minuto. Y, de pronto, una mañana el padre dijo:
Recoge las cosas y a la perra, que tenemos que hacerle papeles. Sin vacunas no entra ni al tren, ni al avión.
El veterinario local, tras unos cuantos botes de aceitunas de las buenas, le arregló a Julia el pasaporte y las vacunas a posteriori, porque tiempo para trámites oficiales, ni por asomo.
Por la noche, el padre cosió un bozal a manoque entonces las tiendas de animales no estaban para florituras. Julia, que nunca usaba nada, se dejó probarlo con una cara de orgullo y felicidad que era para enmarcar.
Vas con nosotros dijo el padre, dando la última puntada. Pero que no nos falles, Julia
Julia cumplió. La familia nunca se arrepintió del paso dado. Viajaron en tren, pasaron aeropuertos, hicieron trasbordos. Julia voló con ellos en aviones militares por toda Castilla y León, por Galicia, incluso visitó Mallorca y Canarias. Al año, la familia volvió al pueblo.
Julia vivió trece años llenos de aventuras y cariño, siempre fiel y feliz, siguiendo a Carmen allá donde fuera, como buena perra castellana.





