Jugó con mi destino una buscavidas: la historia de cómo una mujer mayor arrasó con mi vida y el cora…

HIJO MÍO, ESA MUJER TE VA A ARRUINAR

Hijo, si no dejas a esa desvergonzada vividora, ¡considera que ya no tienes madre! ¡Esa Manuela te saca más de quince años!me repetía mi madre una y otra vez.

Mamá, no puedo, de verdad. Lo he intentadole respondía, incapaz de convencerla.

Yo entonces tenía una novia a la que adoraba, Lucía, una chica de catorce años. Era pura, reservada, y me tenía completamente embobado. Nos conocimos en una discoteca de institutos en Madrid, cuando yo tenía dieciocho años. Lucía me tenía trastornado, era como para perder la cabeza.

A través de su mejor amiga, acabé consiguiendo invitarla a salir. ¿Y pensáis que vino? ¡Qué va! Como un cazador tras su pieza, empecé a seguirle la pista. Conseguí el teléfono de Lucía, llamé varias veces y la rogué para que accediera a quedar. Por fin la niña cedió, aunque me avisó: “Pero primero ven a pedirle permiso a mi madre”.

Ante la puerta de Lucía, sudaba a mares y notaba las mejillas coloradas del nerviosismo. La madre era una señora risueña, de broma fácil, que acabó confiándome a su tesoro durante dos horas.

Paseamos por el Retiro entre risas y charlas. No hubo nada fuera de lugar. De repente, Lucía me dice:
Luis, tengo novio. Creo que le quiero, pero es un sinvergüenza. Siempre lo pillo con otras. Tengo mi orgullo. Si quieres, podemos intentarlo tú y yo. ¿Te parece?

Me quedé con las cejas levantadas, más curioso aún por ella. Era reservada a ratos, pero sentía lo suyo sin miedo. Mi interés por Lucía aumentó todavía más.

Las dos horas volaron y la devolví a su madre, convencido de que no podía pasar sin esa chica.

Mi madre también se encariñó con ella, llamándola “nuestro solito”. Lucía venía mucho a casa y mi madre le enseñaba todos los trucos y secretos femeninos. A veces, se olvidaban hasta de mí charlando.

Cuando Lucía cumplió los dieciocho, empezamos a hablar de boda. Ni ella, ni yo, ni las familias dudábamos del enlace. Fijamos la fecha para otoño.

Llegó el verano. Lucía se fue al pueblo con su abuela, y yo pasé el verano en la casa de campo ayudando a mi madre.

Estaba un día regando los tomates y escucho:
Chico, ¿te importaría darme un poco de agua?

Me giro y veo a una mujer de unos 35 años, algo desaliñada y con una chispa en los ojos. No la recordaba de vecina, pero no iba a negarle el agua. Llené un vaso del pozo y se lo llevé:

Tome, señora, bébalo a gusto

La mujer lo agradeció y me dijo:
Uf, gracias, guapo. ¡Casi muero de sed! Yo siempre llevo mi licorcito casero. Dulcecito. Tome, para usted, por el favor.

Me tendió una botella llena. ¡Ole con la gente del campo! Gritándole a la mujer que se marchaba:
¡Gracias!

Por la noche, probé el licor en la cena. Mi madre había ido aquel día a Madrid y me quedé solo. Si hubiera estado ella, nunca me habría dejado tocar esa botella.

Al día siguiente, la visitante volvió. Se llamaba Manuela y vivía en un pueblo cercano. La invité a pasar a casa. Traía otra vez aquel licor dulce. Improvisé una ensaladilla y unos bocadillos. Entre charla, risas y licor, el tiempo voló. Hoy, años más tarde, me culpo de lo que ocurrió después.

Manuela, como si nada, me sedujo. Me vi en sus redes, incapaz de pensar. Era como si otro me manejara, completamente nublado.

Cuando desperté, ya no estaba. Mi madre me encontró hecho polvo:
Luisito, ¿qué ha pasado aquí en mi ausencia? ¿Con quién has bebido? ¿Por qué tu cama parece que ha pasado un rebaño de toros bravos?me preguntaba atónita.

No pude darle ni media explicación. Al atardecer empecé a recordar y me sentí avergonzado por Lucía, mi prometida

Menos de una semana después, apareció Manuela de nuevo. Y, para mi sorpresa, me alegré de verla; sentí hasta cierta añoranza. Mi madre salió en ese momento al porche, manos en la cintura:
¿Qué quiere usted, señora?

La llevé dentro a hablar.

Mamá, ¿desde cuándo recibes a la gente así? Igual solo quiere agua. No es propio de ti,trataba de aplacarla.

¿Agua? ¡Esa es la Manuela la Casala llaman así en el pueblo! Todo Dios la conoce. Busca a los hombres por las casas de campo. Quiere arrastrarte ¡No pienso permitirlo! Acaba con eso ya,bramaba mi madre.

Mi madre no sabía que yo ya estaba atrapado. Sin darme cuenta, Manuela me había envuelto con aquel brebaje suyo de aguardiente. Yo mismo no la quería, lo sentía, pero era como una sombra detrás de ella.

Me olvidé por completo de Lucía. Y cuando le conté a Manuela sobre mi boda, soltó:
Luisito, el primer amor nunca es verdadero.

La boda se canceló.

Mi madre llamó a Lucía para contarle todo.

Hija, perdona a mi Luis, está enloquecido. Si no espabila, será demasiado tarde No le esperes más, haz tu vida,le suplicaba.

Lucía se casó y encontró felicidad.

La pobre de mi madre, intentando cualquier cosa para alejarme de Manuela, fue al cuartel de reclutamiento para pedir que me mandaran de inmediato al servicio militar. Hasta entonces tenía prórroga. Al poco, me llamaron para ir a una misión a Afganistán. No relataré por lo que pasé allí Volví sin tres dedos de la mano derecha. Una herida leve, comparado con todo lo demás.

Volví con el alma completamente cambiada. Manuela me esperó, y ya teníamos un hijo. Antes de irme, había querido “sembrar mi semilla”, por si acaso. Allí, bajo el fuego, soñaba con tener cinco hijos.

Mi madre seguía detestando a Manuela, mientras adoraba a Lucía y tejía ropitas para su hija. Estaba convencida de que era mía. Me hubiera encantado, pero no era así

Lucía llevaba una vida recta, y de vez en cuando pasaba por casa para ver a mi madre y preguntaba por mí. Mi madre solo suspiraba:
Ay, Lucía, Luis sigue con esa vividora Nunca saldrá de ahí. ¿Qué le ve él a esa mujer? No lo entiendo

Eso me lo contó Lucía muchos años después, en una de nuestras últimas conversaciones.

Al cabo del tiempo, me ofrecieron trabajo en el norte y allí nos fuimos todos: Manuela y nuestros tres hijos. En esa tierra fría, nacieron dos más. Logré mi sueño de cinco hijos. Pero a los dos años, una neumonía se llevó a mi hija pequeña. El clima era duro. Volvimos a Castilla, porque bajo los robles de mi tierra las penas duelen algo menos.

Con el paso de los días, cada vez pensaba más en Lucía. Me entraba una tristeza bárbara. Le pregunté a mi madre por su númerome dio hasta la dirección y me advirtió: “no remuevas el pasado, hijo”.

Llamé. Nos vimos. Lucía seguía preciosa, más madura. Me invitó a su casa, conocí a su marido. Me presentó como “el amigo de la infancia”. El marido, confiado, se fue a trabajar de noche, dejándonos solos. Había algo de champán en la mesa y fruta fresca; su hija estaba en casa de su abuela.

Bueno, Luis, por fin nos vemos. Mamá me lo ha contado todo. Cuéntame tú,me miró con dulzura, clavando su mirada en la mía.

Perdona, Lucía. Todo salió de otra manera. Ya no puedo cambiar nada Tengo cuatro hijos,tartamudeé, torpe.

Ni falta que hace, Luis. Nos hemos visto, hemos recordado nuestra juventud y basta. Solo me duele tu madre, que sufre por ti. Sé afectuoso con ella, por favor,me pidió.

No podía dejar de mirarla. Lucía seguía tan bella como entonces. Le cogí la mano y se la besé con todo el cariño del mundo.

Lucía, te sigo queriendo como en aquel tiempo Pero nuestra historia pasó de largo. No se puede reescribir la vida. Te pido perdón,me derrumbé.

Luis, ya es tarde. Tienes que irte,cerró la puerta la propia Lucía.

Pero ¿cómo irme así? Me invadió una pasión indescriptible.

Al amanecer me fui en silencio. Lucía dormía plácidamente.

Nos seguíamos viendo a escondidas. Así tres años. Hasta que ella y su familia se mudaron a las afueras, y el vínculo se rompió para siempre.

Con Manuela me divorcié al crecer los niños. Tenía razón mi madre: una vividora es una vividora. Fue un torbellino en mi vida, lo arrasó todo.

Por mucho que hiervas el agua, nunca dejará de ser agua.

Al final, solo uno de mis hijos resultó verdaderamente mío. Mi primogénito.

Esta historia me enseñó a no dejarme arrastrar por impulsos y, sobre todo, a confiar más en el juicio de quienes me quieren. Porque a veces, quien más te avisa es el que más te quiere.

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