Juanito Fernández se despierta… La jornada promete ya desde el principio. Cumplir 118 años y abr…

Don Ramón Fernández se despertó

En realidad, el día ya pintaba bastante bien. Cuando cumples 118 años, despertarte es, ni más ni menos, una hazaña olímpica.

Lo primero era pasar revisión técnica: abrió el ojo izquierdo funcional, después el derecho borroso como si hubiese dormido con el visillo puesto. Un poco de agua, unas gotas, ¡y nuevo!
Dobla aquí, estira allá, lo que no cruje lo engrasa.
Marcha adelante, marcha atrás, revisión de cuello.
Comprobó que todo giraba y sonaba fresco como el pan del día. Dio dos zapateados, tres palmadas y se lanzó, valiente, a por el día.

A las ocho, puntual, le llamaban del Instituto Nacional de la Seguridad Social:
¡Luciérnaga, buenos días! carraspeó, contentísimo, el cumpleañero al teléfono.
Buenos días, Don Ramón Fernández, respondió Lucía sin mucha alegría, ¿Cómo se encuentra hoy?
No me puedo quejar, sonrió el viejo a la auricular.
Qué rabia, Don Ramón, ya llevo cinco sanciones este año sólo por su culpa. ¡Hoy hace treinta años que dejó de cobrar la pensión complementaria y pasó a la estatal!
Bueno, qué le vamos a hacer. ¿Este mes he oído que tocaba subida?
Sí, subir sube el tono de Lucía ya era de tragedia griega pero, ¿no estará usted trabajando en negro por ahí, verdad? intentó ella pescar algo.
Qué va, hija, si me sobra el dinero más que los tuppers en la nevera.
En fin Que le sea leve y colgó sin acabar la frase, con un suspiro.

A las nueve, Don Ramón desayunaba con su tataranieto, que aunque no vivía en casa, siempre entraba con su llave. Lo primero que hacía era tomar medidas por doquier: hoy la cocina, mañana el baño. Luego se sentaba, calculaba materiales, echaba cuentas y hacía croquis del mobiliario.
Aquel día llegó sin metro lo olvidó, claro.
Coge el que hay en el aparador, ofreció Don Ramón, todavía es del abuelo; es casi reliquia soltó una risita y se puso a preparar té.
El chaval solo resopló y se despachó la famosa tortilla de bisabuelo.

A las diez, Don Ramón bajó a fumar al portal.
¡Ramón, otra vez al pitillo!
¿Sabes que fumar da el vecino se detuvo al ver que el abuelo, más terco que una mula, fumaba desde la edad en la que la ciencia dice que uno ya tendría que haberse ido por lo que da.
Nosotros hoy vamos a Madrid, anunció el vecino.
¿Y a qué vais?
Pues al Metro, a la Plaza Mayor y a ver el Prado, que aún no lo han tapiado.
Pues vaya plan, si el Prado es el Prado.
¿Y tú has estado?
Sí, un par de veces, cuando vino un tío de Albacete de visita.
¿En una urna o en tren?
No, en taxi compartido.
Por cierto, ¿cuántos años tienes tú?
Dieciocho cumplidos, masca Don Ramón el filtro del cigarro.
¡Anda ya!
En serio, repetí dos cursos.
¡Felicidades, hombre!
Gracias, y Don Ramón, con la dignidad de su edad, volvió a casa.

A las once, le llamó el director de Telefónica, casi suplicando que cambiase de tarifa. El plan que tenía Don Ramón sólo existía porque él seguía vivo, y con la inflación, Telefónica le pagaba a él.

A las cinco, nuestro protagonista apareció en el hipermercado. Por su cumpleaños, ofrecían descuento según tu edad. Don Ramón se llevó una tarta, un kilo de plátanos de Canarias y un televisor panorámico de esos que parece que el presentador se va a salir.
Con el cambio, pidió taxi y porteadores.

A las siete, llamaron del tanatorio, sugiriendo amablemente que recogiera sus zapatos y la póliza de seguro, que ya llevaban años allí criando polvo.

A las ocho, llegaron los invitados. Don Ramón puso la mesa, encendió el tele nuevo, descorchó vino y repartió alegría por copas.
Los brindis fueron escuetos; los invitados no sabían ya qué desearle y simplemente se iban levantando por turnos.

A las diez, llegó la policía. Venían a pedir, por favor, un poco de silencio, ya que al otro lado de la pared vivía gente mayor. Les abrió la puerta el propio cumpleañero, dejando a los agentes confundidos, con esa cara que sólo se te queda cuando el espacio-tiempo se retuerce.

A dormir se fue Don Ramón cerca de medianoche, cuando la mayoría de asistentes ya se habían marchado: unos a casa, otros directamente al hospital de urgencias. Sonriendo a la nada, sacó del dedo y puso bajo la almohada un anillo de oro mágico que, durante décadas, había prolongado su vida. En él se leía, minúsculo y gastado, un mensaje encargado por su esposa antes de irse: Vive por los dos.
Y así lo hacía.

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MagistrUm
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