Isidro y Marialuisa
Isidro nunca imaginó marcharse de su aldea en Castilla. Amaba sus campos dorados ondulando bajo el sol, el río mansurrón, las encinas, los vecinos de siempre. Decidió ser ganadero, criar cerdos ibéricos y vender jamones en la feria de Villaseca, soñando con montar algún día su propio secadero de embutidos. Tenía ya una furgoneta Seat blanca, vieja y leal, y lo poco ahorrado tras vender el piso de su abuela lo metió en el negocio.
No menos soñaba con casarse con Marialuisa y verla como señora de la casa que apenas alzaba paredes. Noviaban hacía tiempo, aunque ella sabía que Isidro apenas tenía reales, que la finca y la casa eran solo un esbozo, sueños de ladrillo por fraguar.
Marialuisa era bella, de esas bellezas antiguas de las que se habla en tertulias de café. Poco gustaba de proseguir estudios o empleo, convencida de que su hermosura le bastaría.
La belleza es un tesoro decía risueña a sus amigas Inocencia y Pilar. Que me cuide mi futuro marido. Lo mío es encontrar el adecuado; basta con eso. Guapa como soy, tengo derecho a que me lo den todo hecho.
Isidro está levantando su casa y tiene furgoneta apuntaba Inocencia. Sólo hay que esperar, ya verás.
Yo lo quiero todo y ya. Isidro es buen muchacho, pero no tiene pelas replicaba Marialuisa, torcida el gesto.
Isidro la quería más allá del tiempo, aunque intuía que el sentimiento aún no germinaba en ella. Soñaba que llegaría su día, hasta que, una tarde, apareció en la aldea Tomás. Venía de Madrid, con un amigo del colegio de los Jesuitas, a pasar el verano en la finca de su abuela cerca del Duero. Miraba a las muchachas del lugar con aire distraído y desdeñoso. Todo fue tedio hasta vislumbrar a Marialuisa, de rojo, en el baile de la patrona.
Marialuisa no se fijó en él al principio, pero al enterarse de que era hijo de un concejal influyente en Valladolid y que su familia poseía viñedos y bodegas, cambió de rumbo como el viento en la meseta. Tomás, con experiencia de otras conquistas, supo desplegar hechizo: flores a domicilio nada de ramitos del campo, rosas de floristería traídas de la capital y palabras de galán.
Isidro, viendo aquello, ardía por dentro.
No aceptes más flores de Tomás, sabes que me hace daño le pidió un día.
Marialuisa rió burlona:
¿Te pones celoso por unas flores de nada? Qué tontería.
Isidro, enrabietado, encaró a Tomás junto a la taberna:
No la agasajes con tus flores. Es mi novia y tengo mis planes con ella.
Tomás ni torció la boca y la disputa acabó en puñetazos, sólo apaciguada por los mozos de la peña. Tras aquello, algo hondo y frío se cruzó entre los enamorados de la aldea. Marialuisa empezó a evitar a Isidro, y él, dolido, también la rehuía. Ella pensaba en otra cosa: Tomás solo estaba allí unos días, pronto marcharía y adiós.
Tengo que idear algo rápido se dijo. Que mis padres nos pillen juntos, así tendrá que llevarme a vivir a la ciudad. Aquí sólo hay polvo y gallinas.
No fue difícil. Sus padres habían ido con el camión a vender cerezas a la plaza mayor de Salamanca. Marialuisa supo calcular el momento, quedando sola con Tomás. Cuando llegaron los padres, los hallaron en la cama, el chico abrochándose los pantalones y la hija, en bata, tras el armario.
¡Pero qué es esto! gruñó el padre, un hombre recio y cortado a la antigua.
Ella bajó la vista; Tomás palideció.
Bien. Ahora te casas con mi hija o te arrastro por la lengua por todo Valladolid. Ven aquí, tienes que conversar con un hombre serio.
Lo que hablaron quedó en secreto, pero al día siguiente se fueron los dos, de la mano del suegro, a inscribir la boda en el Registro Civil. La madre de Marialuisa empezó de inmediato a coser sábanas y preparar la mudanza a la ciudad. La noticia voló por la aldea como los vencejos al atardecer. Isidro, quieto como estatua de piedra, disimuló el tormento entre los hombres del bar.
Tomás ya se lamentaba en su fuero interno.
¿A santo de qué vine yo aquí? Una aventura rural que se me cruzó torcido. Ni tan fácil era la moza ni tan ingenua.
Marialuisa solo quería escapar, volar hacia una vida de lujo y promesas grandes.
No importa. Le daré hijos y alegría. Será feliz, ya lo verá. Sólo me inquieta conocer a sus padres pensaba.
Pero los padres de Tomás, contra todo pronóstico, la acogieron con brazos abiertos. Ya estaban hartos de chicas remilgadas de la capital que sólo buscaban la cartera. Al menos Marialuisa era recia, de campo, con manos sabias.
Siéntate, hija, siéntete como en tu propia casa le dijo afectuosa doña Eugenia. Aquí somos de buen comer y mejor querer.
El piso era grande, cuatro cuartos y terraza con plantas. Marialuisa intentó ser la nuera perfecta, bordando manteles y cocinando gazpacho. Tomás empezó a verla con otros ojos. No era tan calculadora como creyó aquella tarde bajo los álamos.
Bien jugada la boda, pero parece convencida de que esto es felicidad y futuro juntos pensó con escepticismo. Él, sin embargo, sólo soñaba con la boda para disfrutar del jaleo madrileño: amigos por doquier, noches largas, fandangos y olvidos.
Entonces Marialuisa, sentada a la mesa con toda la familia, anunció de sopetón:
Espero un niño. ¡Vais a ser abuelos!
¡Felicidades, hija, qué alegría nos das! exclamó Eugenia.
Tomás comprendió que ya nada podría discutir sobre el niño ni su momento.
Pronto se celebró una boda de relumbrón y los padres de Tomás les regalaron un piso amueblado en la Avenida de los Reyes Católicos. Al poco, Marialuisa notó que a Tomás le costaba asumir la paternidad.
Ya cambiará cuando vea al niño, lo sé pensaba con esperanza.
Después de la boda, Tomás se entregó al trasnoche de la capital. A su mujer le contaba que el trabajo lo llevaba de viaje; ella, confiada, nunca preguntó nada. Cocinaba cocidos, mantenía todo reluciente y aguardaba en un silencio pesado. La saudade de su aldea la azotaba sin remedio: las fiestas patronales, el canto de los gallos al amanecer, las charlas con sus amigas, e incluso recordaba a Isidro cada vez más.
Ya dudaba si había acertado con su elección; al preguntarle si la amaba, Tomás respondía esquivo. Eugenia, la suegra, observaba a la nuera cabizbaja y sabía, como madre, que su hijo no valía los rezos de la moza.
El nacimiento del hijo fue gozo para todos, hasta para Tomás, aunque por breve lapso. Pronto el llanto, los pañales y el cansancio lo superaban. Marialuisa dejó de cocinar platos de domingo, no daba abasto. Tomás anhelaba huir, ahogarse en Madrid y su bullicio.
Al poco, notó que las antiguas amigas y pasiones lo esquivaban.
¿Para qué quieren verse con un casado?
Nunca habló de su esposa. Pensaba que, con ella ignorante de todo oficio y saber, sólo era una carga del campo.
¿Dónde la meto yo sin estudios? No quiero que ande de limpiadora, ni vendiendo fruta en el Rastro. Mejor lo llevo yo todo y ya.
Ya tenía amante fija, Araceli: mujer libre, con piso propio y billete de sobra, sin deseo de hijos. Allí se despejaba Tomás, salían, bebían, se perdían en los pinares del Jarama.
Araceli, si supieras cómo me abruma la rutina casera. No soporto a Marialuisa; guapa, sí, pero del campo y ya. Ni sabe salir; se nota que es de pueblo de ovejas.
Marialuisa intuyó que la felicidad que prometió Tomás era sólo un espejismo. Olía perfumes extraños en las camisas, hallaba manchas de carmín y el marido se había vuelto seco, lejano y a veces colérico.
Trató de hablar con su madre, que le dijo por teléfono:
Nosotros nunca te obligamos a casarte con Tomás. Pensamos que acabarías con Isidro. Allá tú, hija. Si quieres volver, hazlo, pero que sea definitivo.
Una tarde, Marialuisa, vencida, leyó de soslayo mensajes en el móvil de Tomás mientras él dormía. Las palabras con Araceli le helaron la sangre. Lloró, y fue con el corazón roto a confesar a Eugenia, la suegra, quien le advirtió:
Si se te ocurre divorciarte, haremos todo porque el niño se quede con nosotros. Ya sabes los contactos que tiene mi marido. Tomás será como sea, pero tiene recursos y casa, puede darle mucho al niño, y tú, sin estudios, ¿qué le vas a dar? Piensa bien, hija.
El niño lloraba aquella noche por los dientes. Tomás recibía mensajes de Araceli, impaciente. “Usa el somnífero que te di”, escribió ella. Tomás dejó el móvil en la mesa y fue al baño; Marialuisa lo leyó, helada del miedo.
Y si de verdad lo hace… ¿y si nos envenena a los dos?
Con las manos temblando llamó a Isidro, contándole todo y suplicando ayuda.
Voy para allá. Tranquila, no te quitarán al niño, sólo quieren asustarte. Si consigues que los dos durmáis, espera a que él salga y me llamas. Te espero cerca de la estación.
Marialuisa arrulló al niño hasta que se durmió, fingió acostarse y escuchó a Tomás marcharse. Saltó, recogió dos cosas, avisó a Isidro y subió con el niño y una mantita en el coche azul camino de la libertad.
Tomás no regresó hasta el día siguiente, y al ver la casa vacía, llamó a su madre.
No, hijo, no está aquí. ¿Se ha marchado? Llamaré a la Guardia Civil.
No lo hagas, mamá. Mejor así. Me tienen harto los dos. Deja que viva a su aire, por favor, te lo ruego.
Pasó el tiempo. Isidro y Marialuisa, ya separados de Tomás, se casaron en la iglesia del pueblo. Vivían en el gran caserón entre chopos y acequias, y pronto esperaban familia de nuevo. Finalmente, Marialuisa descubrió que la felicidad que soñaba siempre había estado allí, entre las piedras y los recuerdos de su tierra, junto a Isidro.







