Luis llegó a casa, entró en la cocina y vio la cena preparada sobre la mesa. Qué raro… ¿y dónde está Carmen? pensó mientras dejaba las llaves. Se asomó al dormitorio y ahí estaba su mujer, sentada en el suelo, metiendo ropa en una bolsa de viaje. ¿Te vas a algún lado? preguntó Luis, desconcertado. Me han dado un volante para ir al hospital de la provincia, a hacerme unas pruebas. Hay sospechas de algo malo soltó de repente Carmen. ¿Cosas malas cómo? se alarmó él. ¿No me digas que tienes eso lo mismo que le pasó a tu madre? Luis miraba a su mujer y no podía creérselo.
Por varios días, Luis no encontraba la paz. El pobre no pegaba ojo de la preocupación por Carmen, que estaba en Valladolid, sufriendo los dichosos análisis. Él, por su parte, se quedó en su pueblito de la provincia de Segovia, esperando noticias, aferrado a la esperanza y rezando, aunque nunca fue muy de santos.
Carmen nunca se había quejado por nada, y Luis siempre había dado por hecho que su mujer era como una enciclopedia con las tapas duras: fuerte, imperturbable y eficiente. Llevaban treinta años de casados, con dos hijos crecidos y el hogar siempre en perfecto estado de revista gracias a ella. Cocinaba, limpiaba, llevaba las cuentas… y eso que también trabajaba como contable en el mismo taller mecánico que el propio Luis. Él volvía de currar dándose golpes en el pecho por el agotamiento existencial, se tiraba al sofá y ponía la tele con la excusa de que un hombre, después de tanto sudor, se merece su descanso.
Mientras, Carmen corriendo a la cocina para preparar la cena del día y el tupper para mañana, fregaba los cacharros, planchaba la ropa y todo lo demás. Lo dicho, una enciclopedia Y Luis, por supuesto, tan pancho, dando por hecho que esas cosas de la casa no eran cosa de hombres. Fíjate tú.
Cuando un día Carmen pidió en el trabajo el día libre para ir al médico, a Luis le saltaron las alarmas: ¿Y eso? ¿Te encuentras mal? Ojalá que no contestó ella, restándole hierro. Es sólo que me noto rara últimamente. ¿No será falta de vitaminas? A ver si será el cambio de estación sugirió él, como quien receta un caramelo para una pierna rota. Puede ser, no sé Carmen se encogió de hombros y siguió con lo suyo.
Por la noche, cuando Luis volvió a casa, Carmen le anunció que tendría que viajar a Valladolid. ¿Pero cómo? ¿Por qué? preguntó él, mirando la bolsa. Hay sospechas de algo grave, así que me han mandado a la capital para comprobarlo le explicó ella.
¿Grave? ¿Quieres decir… eso? ¿Como lo de tu madre…? tartamudeó Luis, bloqueado.
Sólo son sospechas trató Carmen de quitarle hierro, aunque Luis bien notó que tenía los ojos algo rojos. Ya tengo el billete de autobús para mañana a las ocho. Cena tú, ¿vale? Tienes albóndigas en la cazuela y ensalada en la nevera. Yo voy a terminar de preparar mi bolsa y acostarme pronto, necesito descansar.
¿Tú ya has cenado? preguntó Luis. No tengo hambre suspiró Carmen doblando unos pijamas.
Y Luis la miraba sin saber qué decir ni qué hacer, como si Carmen fuese por primera vez en su vida un problema de álgebra.
De pronto esa bolsa le trajo recuerdos: hace cuatro años, cuando habían planeado ir de vacaciones a la Costa Brava, fue entonces cuando Carmen compró esa misma bolsa. ¡La ilusión que le hacía el viaje! Llevaban mil veranos quedándose en el pueblo o yendo a la casa de campo, comiendo chuletas al sarmiento y bañándose en el río que, para Luis, era la playa rural perfecta.
Ese año, Carmen se había comprado dos biquinis de colores chillones, un vestido bonito y hasta un sombrero de paja. Pero en el último momento, el jefe de Luis le pidió que cubriera a un compañero en baja y le prometió una paga extra. Dijo Luis: ¡Nada de playa! Esa paga la usamos para reformar nuestra habitación, mujer. A Carmen le pareció bien, o al menos le dijo que sí. Pero a medianoche Luis la oyó llorar bajito, y ella sólo musitó que había soñado algo feo.
Nunca fueron a la playa. Pasaron más veranos en el pueblo, y la bolsa siguió en el armario, hasta ahora, camino del hospital y no de la arena. ¿Y si…?
Aquella noche Luis ni cenó, y se pasó la noche mirando el techo, escuchando a Carmen sollozar flojito. Tenía ganas de abrazarla, pero no se atrevía. Por la mañana, la acompañó a la estación de autobuses. Abrazados, Luis sintió que era como despedirse por mucho más que unos días. Se quedó ahí quieto, viendo cómo el autobús se alejaba, y las lágrimas le vinieron como si fueran gratis.
Carmen murmuró mi vida, que todo salga bien
Vacío, se fue hasta el taller. Ni el aceite ni las tuercas le consolaban, pero al menos le servía para no pensar. Por la tarde, de nuevo solo en casa, todo se le hacía gris. Calentó las albóndigas no es lo mismo, pero hizo el esfuerzo. Encendió la tele y la apagó de inmediato, incapaz de concentrarse. Al final, sacó aquel viejo álbum de fotos de la cómoda y empezó a pasar páginas.
Ahí estaban: recién casados, Carmen tan guapa y menuda (no es que ahora esté peor, pensó Luis, pero ¡madre mía, cómo irradiaba la chica!). Él se enamoró de ella a primera vista en el cumpleaños de un amigo. Carmen fue con su novio de entonces, y Luis con una chica llamada Lucía que, visto ahora, igual ni era tan guapa. Pero Luis, nada más ver a Carmen, supo que estaba perdido. Aquella noche rompió con Lucía, que sólo faltaba que le tirara el cubata encima, y ya la semana siguiente ella se fue con Víctor, su eterno pretendiente. Así se escribe la historia.
Con Carmen, la cosa fue otra batalla. Cuando por fin cortó con su novio, no corrió a los brazos de Luis. Él insistió, la buscó, la esperó hasta que ella le dio el sí. Y así, treinta años después, estaba él mirando fotos y preguntándose cuándo fue la última vez que le había dicho te quiero, o un simple gracias, Carmen, por la cena. Probablemente nunca. Total, lo daba todo por hecho: la mujer debe cuidar del marido, ¿no? Y punto.
Sólo ahora, con Carmen en el hospital y la casa hecha un museo, Luis se dio cuenta de que había cargado a su mujer con todo: trabajo, casa, hijos, preocupaciones y cuando él enfermaba, ahí la tenía dándole calditos y mimos (qué cansado estoy, Carmen, qué vida ésta). Pero si era ella quien se encontraba mal, se echaba una manzanilla y a currar.
Pensar que podía perder a Carmen le ponía los pelos de punta. Esos días vivió como un zombi (sin la emoción). Llamaba a Carmen cada noche, y ella siempre le decía que no hay novedades lo cual solo agravaba el desasosiego de Luis.
Se sentía culpable por no haber sido mejor marido, por haber sido demasiado egoísta, por no haber ayudado más. Ojalá pudiera desmontar el pasado y volverlo a montar mejor
Finalmente, una noche sonó el teléfono. ¡Luis, tengo buenas noticias! No era lo que temían. Tengo que cuidarme y hacerme revisiones, pero no es grave ni es lo de mi madre la voz de Carmen sonaba tan aliviada, que a Luis casi le da un chungo del susto, pero de alegría.
Unos días después, Luis fue a recoger a su mujer a la estación, con un ramo de lirios blancos (sus flores favoritas, y ni sabía si era temporada, pero ¡qué más daba, por una vez!). Pero, Luis, ¿y esto? ¡No hacía falta gastarse los euros! protestó ella, aunque bien que sonreía. Carmen, qué susto me has dado. Te quiero, mujer. Perdóname por todo le dijo, abrazándola.
¿Perdonarte? ¿Por qué, Luis? No habrás estado con otra, ¡eh! le soltó ella, medio en broma.
¡Por Dios, Carmen! Qué cosas tienes. No, es que he sido un poco desastre, y nada atento. Pero te prometo que todo va a cambiar. Por cierto, tengo una sorpresa para ti: he comprado billetes. En un mes, cuando tengamos vacaciones, ¡nos vamos al mar!
¿Al mar? ¿Y la casa de campo, qué? preguntó Carmen, con la ceja levantada.
Que le den a la casa dijo Luis, muy digno. Los tomates los compramos en el mercado.
¡No te reconozco, Luis!
Ni yo mismo me reconozco, Carmen. He pasado los peores días de mi vida pensando que podía perderte Ahora pienso cuidarte como oro en paño. ¡Te quiero muchísimo!
Ay, Luis Carmen sonrió emocionada. A lo mejor hacía falta todo esto para que me lo dijeras de una vez. Vamos a casa Yo también te quiero, cabezota.





