Mira, nunca pensé que cinco minutos de espera podían cambiar mi vida, pero justo eso fue lo que pasó.
Todo comenzó hace tres años. La primera vez que la vi, venía rápidobueno, rápido para ellahacia la parada del autobús en la calle Alcalá. Llevaba un bastón, arrastrando los pies con toda la prisa que le daban sus años y agitaba la mano libre, como si creyera que así todo se detendría por ella.
Por supuesto que paré el autobús.
Gracias, hijo, me dijo, casi sin aliento, agarrándose fuerte de la barra para subir.Estos huesos ya no son los de antes.
Tranquila, señora, siéntese le respondí con una sonrisa.
Desde entonces, se hizo viajera habitual. Todos los martes y viernes cogía mi autobús; unas veces para ir a consulta en el hospital Gregorio Marañón, otras para ver a su hermana en Vallecas. Siempre lo mismo: llegaba justo cuando yo tenía que arrancar.
La segunda vez que la vi aparecer por el retrovisor, uno de mis compañeros gritó desde el asiento del copiloto:
¡Vamos, Vicente, que llegamos tarde!
Pero yo miré para atrás. Ella venía con su abrigo verde y ese bolso que nunca soltaba.
Esperamos, dije firme.
Te van a echar la bronca
Que la echen, hombre.
Se subió, me dedicó una sonrisa de esas que te arreglan el día y me susurró con una voz bajita:
Eres un ángel, de verdad.
Y así se convirtió en rutina. Cada martes y viernes, paraba unos minutos más de la cuenta en esa parada. Si ella no estaba, la esperaba. Treinta segundos. Un minuto. Lo que hiciera falta. Nadie se quejó nunca. Es más, todo el mundo le cogió cariño. Algunos hasta se asomaban a la ventanilla diciendo:
¡Mira, que ya viene!
Con el tiempo, empezó a traerme dulces que, según ella, preparaba su nieta.
Te los manda Lucía decía, aunque yo siempre sospeché que los hacía ella misma.
Un viernes de julio, no apareció. Tampoco el martes siguiente. Y así, una semana, luego otra. Yo seguía parando y mirando al final de la calle, pero nada.
A saber, estará pachucha me comentó una señora que también viajaba siempre. Ya sabes que es mayor
A las tres semanas, la volví a ver. Venía aún más despacio, esta vez empujando un andador. Paré el autobús, bajé y fui a su encuentro.
¿Está usted bien, señora Carmen?
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
He estado ingresada. Pero le he dicho a mi hija que tenía que montarme una vez más en mi autobús.
La ayudé a subir y todo el autobús rompió a aplaudir.
El martes pasado fue mi último día en esa línea. Después de más de treinta años, me jubilaba. Cuando llegué a la parada, ella no estaba sola. Había muchísima gente: antiguos pasajeros, vecinos, hasta el frutero de la esquina.
Sostenían un cartel enorme:
GRACIAS, VICENTE. Nos enseñaste que la bondad no llega tarde.
Me bajé sin entender nada y ella vino hacia mí, apoyada en su nieta Lucía, y me dio un abrazo.
Tantas veces me esperaste tú me dijo. Hoy te esperamos nosotros.
Hubo discursos, aplausos y hasta pusieron una plaquita en la marquesina: Parada Vicente, el conductor que siempre espera.
Yo estaba tan emocionado que la voz me temblaba.
Si yo no he hecho nada especial Sólo la esperaba.
Desde el fondo, alguien gritó:
¡Sí que es especial! En este Madrid todos corren, nadie espera a nadie.
Y el aplauso fue aún más fuerte.
Esa noche, cuando llegué a casa y se lo conté todo a Carmen, mi mujer, me miró y me dijo:
Por eso te quiero. Porque en un mundo que no para, tú siempre supiste cuándo hacer una pausa.
Colgué la plaquita al lado de las fotos de nuestros hijos. Pero lo que guardo de verdad dentro, lo más grande, es esa sonrisa suya, cada vez que subía, y su gracias, hijo a media voz.
Dicen que hice algo extraordinario. Yo sólo esperé.
Y a veces pienso que quizá eso es lo más extraordinario que uno puede hacer: esperar a los demás, aunque el mundo te diga que sigas.







