Juan y María
A Juan nunca le han entrado ganas de marcharse de su aldea para vivir en la ciudad. Le enamoran los campos abiertos, el río, los sembrados y los pinares, y también el trato con los vecinos. Se animó a dedicarse a la agricultura, criar cerdos para vender carne, y soñaba, si el negocio cuajaba, con ampliarlo. Su gran ilusión era construir una casa grande. Ya tenía coche, aunque modesto y viejo, y el dinero de la venta de la casa de su abuela lo invirtió en el negocio.
Además, tenía un deseo guardado: casarse con Marisa y hacer de ella la señora de su gran casa. Ya salían juntos, y Marisa sabía bien que el negocio de Juan no daba aún para mucho, apenas tenía dinero y la casa apenas había comenzado a levantarse.
Y es que Marisa es guapa. Una de esas bellezas por las que todo gira. Ella jamás pensó en buscarse la vida por sí sola.
¿Para qué me sirve la belleza entonces? se reía con sus amigas. Será mi marido quien se encargue de darme la buena vida. Mi belleza se paga cara.
Juan está construyendo la casa, y además tiene coche le decía su amiga Lidia. Solo tienes que esperar un poco, todo lleva su tiempo.
Ay, Lidia se quejaba Marisa, inflando los labios, pero yo lo quiero todo y lo quiero ya. ¿Hasta cuándo va a tardar ese Juan en hacerse rico? No tiene ni dinero ni prisa.
Juan la quería, aunque sentía en el fondo que los sentimientos de Marisa no eran tan hondos como él deseaba. Pero tenía la esperanza de que algún día lo amaría de verdad. Todo habría seguido su curso, si no hubiera llegado a la aldea Álvaro. Había venido de vacaciones con un amigo a casa de su abuela. Álvaro, de ciudad, se mostraba escéptico ante las chicas del pueblo, bostezaba en la discoteca hasta que vio aparecer a la bella Marisa.
Aunque en un principio Marisa apenas le hizo caso, al enterarse de que venía de familia acomodada y que su padre era un personaje influyente en la diputación de Valladolid, cambió de objetivo enseguida. Álvaro era algo mayor que ella, tenía experiencia con mujeres y sabía ser galante, detallista. Frecuentemente le regalaba ramos de flores flores que no podían conseguirse en el pueblo y Marisa, que los reconocía, supo que él los pedía a domicilio y lo valoró.
Cuando Juan la vio recibiendo flores de Álvaro, se encendió de celos.
No aceptes ramos suyos, ¿para qué me haces esto? le suplicaba.
Marisa solo reía.
¿Por qué te enfadas? Son solo flores, no veo el drama.
Juan perdió los papeles y fue a buscar a Álvaro:
No le compres más flores a Marisa, que es mi novia y la respeto.
Álvaro ni se dignó responder. Acabaron enzarzados a golpes, y menos mal que los amigos acudieron a separarlos. Desde entonces, algo se rompió entre Juan y Marisa. Ella empezó a evitarlo y él también se sintió dolido. Sabía que Álvaro solo se quedaría en la aldea un mes de vacaciones y se iría, pero igual necesitaba moverse.
Hay que hacer algo para enganchar a Álvaro y escaparme con él a la ciudad. Aquí en el pueblo no tengo futuro. Y tengo que moverme rápido maquinaba ella.
No le fue difícil atraer a Álvaro a casa. Sus padres se habían ido al mercado de Salamanca; todo estaba calculado. Quería que los sorprendieran juntos conocía bien el genio de su padre, enérgico y autoritario. Estaban en la cama, sofocados, cuando los padres entraron. Ella, despeinada, se puso un albornoz, y Álvaro se apresuraba a ponerse los pantalones. Así los encontraron sus padres.
¿Qué es esto? gruñó el padre, entornando los ojos.
Marisa bajó la mirada, y Álvaro se puso rojo de incomodidad.
Bien, Álvaro dijo el padre, cortante. Ahora tendrás que casarte con nuestra hija, o te las verás conmigo. Ven a hablar a mi despacho.
Sobre aquella conversación nadie supo detalles, pero al día siguiente la pareja fue a inscribirse en el Registro Civil. Su padre los llevó y su madre preparó todo para trasladarse a la ciudad. La noticia corrió como la pólvora por la aldea. Juan quedó muy afectado, aunque hacía todo por disimular ante los vecinos.
Álvaro, mientras tanto, no se lo perdonaba:
¿A qué venía yo a este pueblo? Por dejarme embaucar por la gracia rústica de la aldeana, ahora estoy pillado. Sabía que era lista, pero me ha pillado bien.
Marisa, en cambio, soñaba con la ciudad y una vida plena, lujosa.
No importa, yo sabré hacerle feliz, le daré hijos y seguro lo agradecerá fantaseaba. Solo espero que sus padres me acepten.
Contra todo pronóstico, la familia de Álvaro recibió bien la noticia. Estaban cansados de las pijas de ciudad que solo buscaban dinero. Marisa era sencilla, de campo, y eso les caía en gracia.
Pasa, Marisa, pasa, siéntete como en tu casa le decía cariñosa Carmen, la madre de Álvaro, mientras su padre, Miguel Ángel, sonreía.
De verdad, Marisa intentaba ser una buena esposa y nuera. Tenían un piso grande, de cuatro habitaciones, y a ella le resultaba confortable vivir con sus suegros, que la trataban con afecto. Álvaro poco a poco valoró a Marisa y pensó que, pese a que lo había cazado, realmente creía que podrían ser felices.
La boda fue un atraco, pero parece convencida, tal vez sea feliz. No me da la lata ni pregunta de más, seguramente ni quiere volver al pueblo. Tiene carácter, pero se controla.
Álvaro ya urdía sus planes: tras la boda, se divertiría como siempre. Tenía muchas amistades en la ciudad. Pero una noche, durante la cena familiar, Marisa soltó la bomba:
Estoy embarazada. Vamos a tener un hijo.
¡Enhorabuena, Marisa! exclamó Carmen, feliz. Ya teníamos ganas de ser abuelos.
Álvaro supo que era inútil hablar de que aquel hijo no era oportuno.
No tardaron en casarse. Los padres les regalaron un piso amueblado. Luego del casamiento, Marisa notó la falta de entusiasmo de Álvaro por ser padre.
Ya cambiará, cuando nazca el bebé. Seguro que lo entiende pensaba. No sé que tiene en el alma mi marido, parece extraño.
Tras la boda, Álvaro empezó a salir más que nunca. A Marisa le contaba:
Mi trabajo exige viajar mucho…
Ella le creía. No tenía ni idea de a qué se dedicaba realmente. Nunca se quejó a sus suegros por las ausencias del marido; simplemente esperaba, cocinaba para él, cuidaba la casa y sentía nostalgia. Echaba de menos el campo, a sus amigas de la aldea, a sus padres… y sí, le rondaba Juan por la cabeza cada vez más.
Ya no estaba segura de haber elegido bien. Cuando le preguntaba a Álvaro si la amaba, él eludía responder. Carmen percibía la tristeza de la nuera; sabía bien que su hijo no era el marido ideal.
El nacimiento del niño trajo un chorro de alegría. Incluso Álvaro se enterneció, aunque por poco tiempo. Los llantos, los pañales, las noches en vela pronto le crisparon los nervios. Marisa, agotada, ya ni podía preparar comidas especiales; el estrés la consumía. Álvaro cada vez sentía más deseos de huir.
Encima, desde su boda, muchas de sus amantes le dieron la espalda:
¿Para qué un hombre casado?
Nunca hablaba de su mujer. Pensaba en ella: sin estudios, de pueblo…
¿Dónde va a trabajar esta mujer cuando crezca el niño? No me gusta la idea de que mi esposa sea limpiadora o vendedora en un mercadillo. Eso no pega con nuestra familia. Al final, casi mejor le pagaría la pensión y me quedo tan ancho.
Álvaro ya tenía una relación estable con Clara, toda una señorita de Madrid, con piso propio y dinero, sin ganas de hijos. Allí se relajaba de verdad: salían, bebían, paseaban por el campo.
Clara, si supieras lo harto que estoy del caos en casa. Ni quiero a mi mujer ni al crío, por muy guapa que sea, sigue siendo de campo y me tiene saturado. No sabe moverse por la vida; ¿cómo la voy a llevar a ningún sitio si es que no ha visto más mundo que su pueblo y vacas?
Marisa finalmente empezaba a entender que no tendría esa vida de familia soñada. Conocía de sobra las infidelidades de su marido: regresaba oliendo a perfume ajeno o con manchas de pintalabios en la camisa; cada día más huraño, ni al hijo prestaba atención, y hasta le gritaba o amagaba con levantarle la mano.
Marisa llamó desesperada a su madre, entre lágrimas. La respuesta fue dura:
Nadie te obligó a casarte con Álvaro, eso lo elegiste tú. Creíamos que te casarías con Juan. Ahora te toca afrontar lo que has sembrado. Cuando te canses, nos lo dices y vuelves, pero para quedarte.
Se sentía destrozada. Una noche, mientras el marido dormía, Marisa miró su móvil. Encontró mensajes de amor entre él y Clara, tan explícitos que casi no podía ni hablar del shock.
Confesó a su suegra lo que ocurría, pero Carmen, seca, sentenció:
No lo olvides, si piensas en divorciarte: lucharemos por la custodia del niño. Sabes los contactos que tiene mi marido. Aunque Álvaro no sea el mejor padre, es el padre biológico, tiene buen sueldo y una casa propia. ¿Tú qué puedes darle, sin estudios ni trabajo?
El niño enfermó, y, mientras lloraba por los dientes, Álvaro recibía mensajes de Clara pidiéndole que fuese a su casa. Él contestaba: “Iré cuando el niño se calme y Marisa se duerma”. Clara le sugirió: “Dales el somnífero que te di, así se dormirán rápido”.
Marisa, al leer esto, se asustó.
¿Y si de verdad pretende dárnoslo? ¿Y si hace una locura?
Aprovechó mientras él se duchaba para llamar a Juan y contarle todo.
Ven por mí, por favor. Llévame a casa le pidió asustada.
No te preocupes, Marisa. Solo te asustan, no conseguirán quitarte al niño. Cálmate, duerme al pequeño si puedes, espera a que Álvaro salga y me llamas; estoy de camino a Madrid. Esperaré cerca.
Marisa logró dormir al niño, fingió dormir junto a él. Escuchó a su marido entrar y salir. Cuando vio que se marchaba, se levantó de un salto, cogió lo necesario, avisó a Juan y él llegó enseguida. Se fue con él, de vuelta a la casa de la aldea.
Álvaro no volvió hasta la tarde siguiente y, al no encontrar a Marisa ni a su hijo, llamó a sus padres.
No, Álvaro, Marisa y el niño no han venido aquí. ¿Se habrán fugado? Voy a llamar a la policía se alarmó Carmen.
No, mamá, no llames. Mejor así; ya me tienen harto los dos. Déjales tranquilos, por favor insistía él, hasta que la convenció.
Pasó el tiempo. Juan y Marisa se casaron tras conseguir la nulidad. Vivieron en la casa grande, felices, esperando otro hijo. Por fin, Marisa comprendió que su verdadero destino y felicidad era Juan.





