Juan llegó a casa, se dirigió a la cocina y encontró la cena esperándole sobre la mesa. Qué raro, ¿dónde estará Lucía? pensó mientras miraba alrededor. Cruzó al dormitorio y vio a su mujer sentada en el suelo, metiendo cosas en una bolsa de viaje.
¿Te vas a algún sitio? le pregunté extrañado.
Me han dado un volante para ir a Madrid, necesito un chequeo. Hay sospechas malas dijo Lucía de repente.
¿Sospechas malas? pregunté preocupado ¿No será lo mismo que tuvo tu madre?
No podía creer lo que escuchaba. Miré a Lucía, incapaz de asumir que esto nos estuviera pasando.
Llevaba días sin encontrar la calma. Lucía seguía en Madrid, sometiéndose a pruebas, y yo me había quedado solo en nuestra casa del pueblo, esperando sus noticias con ansiedad y esperanza.
Lucía nunca se había quejado de nada y yo, acostumbrado, pensaba que no tenía problemas de salud. Llevábamos casados más de treinta años, habíamos criado a dos hijos. Toda la casa dependía de ella: la comida siempre lista, el hogar siempre limpio. Yo creía que así debían ser las cosas. Que fregar platos o cocinar era asunto de mujeres.
Y eso que Lucía tenía su trabajo, era contable en la misma empresa donde estaba yo. Yo, al llegar del trabajo, solía quejarme de lo duro del día, me tumbaba en el sofá y encendía la tele, mientras Lucía acababa en la cocina preparando la cena y el almuerzo del día siguiente. Después fregaba los platos, limpiaba la casa, planchaba la ropa Nunca tenía un momento para descansar. Y nunca pedía ayuda. Yo tampoco pensaba en ofrecérsela, para mí eso no era cosa de hombres.
Me sorprendí mucho cuando Lucía pidió un día libre en el trabajo para hacerse un chequeo. ¿Qué te pasa? le pregunté, ¿te encuentras mal?
Espero que no, pero últimamente no me siento bien contestó encogiéndose de hombros.
¿Quieres que te compre unas vitaminas? Ya sabes, es la primavera sugerí.
Puede ser respondió sin convencerse.
Aquella noche, al regresar a casa, Lucía me anunció que debía ir a Madrid a hacerse más pruebas.
¿Pero por qué? ¿Para qué?
Tienen sospechas sobre mi salud; me han dado un volante para ir al hospital central.
¿Sospechas malas? pregunté de nuevo, inquieto.
De momento son solo suposiciones intentó tranquilizarme, aunque ya la notaba preocupada y me imaginé que había llorado en mi ausencia. He comprado el billete de autobús, mañana salgo a las ocho. Cena tú solo, ¿vale? Hay filetes en la sartén y ensalada en la mesa. Tengo que acabar la maleta e irme pronto a la cama.
¿Ya has cenado? le pregunté.
No tengo hambre dijo, y siguió guardando sus cosas.
Me quedé mirándola, aún sin terminar de asumir la situación. ¿De verdad Lucía podía estar tan mal? Siempre fue tan activa, tan fuerte y ahora esto.
Creo que he metido ya todo lo que necesito comentó de pronto.
No olvides el cargador del móvil le recordé.
Sí, gracias, Juan. Y tú, ¿no cenas?
La verdad, tampoco tengo hambre.
¿Te he preocupado mucho?
Sí admití con un gesto.
Al ver la maleta, recordé aquel verano de hace cuatro años, cuando preparábamos un viaje al Mediterráneo. Fue entonces cuando Lucía compró esa maleta nueva, tan ilusionada por la escapada. Hacía tanto que no salíamos de vacaciones; siempre lo pasábamos en la casa de campo. Lucía se compró un par de bañadores, un vestido y un sombrero de paja. Pero aquel viaje nunca sucedió. De pronto, en el trabajo, me ofrecieron suplir a un compañero enfermo y el jefe me prometió una buena paga extra. Decidí aceptar: con ese dinero podríamos, al fin, hacer reformas en la habitación. Pensé que Lucía lo comprendería. Me pareció hasta contenta. Pero una noche la escuché llorar bajito en la cama; me dijo que era por una pesadilla. Ahora entiendo que lo que le dolía era haber perdido aquel viaje que tanto soñaba.
No lo intentamos tampoco el año siguiente, y después Lucía dejó de hablar de vacaciones. Y yo, al final, hasta lo agradecí: ¿para qué salir? Si en la casa de campo había siempre trabajo, amigos, barbacoas. Y si queríamos darnos un baño, estaba el río cerca. ¿Para qué gastar en viajes si se podía disfrutar en casa?
Ahora Lucía preparaba la misma maleta, pero en vez de playa, la llevaba al hospital… Y si algo salía mal, ¿qué? Ese pensamiento me revolvía el estómago.
Esa noche no cené. Me costó dormirme; escuchaba a Lucía suspirar y llorar bajito junto a mí. Quise abrazarla, consolarla, pero no me atreví.
Al día siguiente la acompañé a la estación de autobuses. Antes de subir, nos abrazamos largo rato. No quería soltarla. Vi marcharse el autobús y sentí las lágrimas asomar. Lucía Ojalá todo salga bien murmuré.
Tenía el alma vacía, pero me obligué a irme al trabajo. Allí, entre números y llamadas, conseguí distraerme un poco. Pero al volver a casa, la tristeza me abrumó. Sin Lucía, el piso era frío y vacío. Recalenté la cena y comí un poco sin ganas.
Intentando calmarme, puse la televisión, pero no presté atención y la apagué enseguida. Saqué el viejo álbum de fotos del armario y empecé a pasar las páginas.
Ahí estábamos, recién casados. Lucía tan guapa, tan delgada entonces aunque incluso ahora sigue siéndolo, lo cierto es que aquella noche que la conocí me volvió loco.
Nos conocimos en el cumpleaños de un amigo. Lucía fue con otro chico, yo también con otra chica. Pero apenas la vi, me enamoré de inmediato. Si alguien me hubiese dicho que creía en flechazos, me habría reído de él. Y, sin embargo, ahí estaba yo, pasmado.
Esa noche discutí con Marta, la chica con la que estaba. Se dio cuenta de cómo miraba a Lucía y en la calle me montó la escena. Pues mira, mejor así le dije; nunca te he querido de verdad.
Marta se fue llorando, pero enseguida empezó a salir con Víctor, el amigo del instituto. Poco después se casó con él.
Con Lucía me costó algo más. Incluso después de dejar a ese chico, no se lanzó de cabeza a mis brazos. Tuve que insistir. Al final, me aceptó.
Pasando las fotos, reviví los mejores recuerdos de mi vida a su lado. Durante todos estos años, fui enormemente feliz con Lucía, y sin embargo, casi nunca se lo dije. ¿Cuándo fue la última vez que le dije te quiero? ¿O que le di las gracias por la cena? Seguramente nunca; daba por hecho que ella debía encargarse de todo, que así era la vida.
Era ahora cuando empezaba a comprender la carga que había llevado Lucía sobre sus hombros. Yo la creía incansable. Cuando yo enfermaba, ella me cuidaba, me hacía consomé, me escuchaba. Si estaba mala, apenas decía nada, se tomaba unas pastillas y seguía trabajando.
Pensar que podía perderla me aterraba. Pasé esos días en piloto automático, hablando cada noche con ella por teléfono, sin ánimo para nada.
Me reprochaba haber sido poco atento, tan egoísta. Si pudiera volver atrás
Una tarde, al contestar su llamada, noté en su voz un alivio:
¡Juan, tengo buenas noticias! No era lo que temían. Tengo algún problema, pero nada tan grave.
¿De verdad? ¡Qué alegría, Lucía! casi grité.
Unos días después fui a buscarla a la estación. Llevaba un ramo de lirios blancos, sus preferidos.
¡Juan! ¿Y esas flores? No tienes que gastarte el dinero Pero me encanta, gracias se sorprendió Lucía.
No sabes lo mal que lo he pasado le dije abrazándola. Te quiero tanto Perdóname.
¿Por qué, Juan?
He sido un mal marido todos estos años
¿Pero qué dices? ¿Te has portado mal conmigo? ¿Me has engañado?
¡No, mujer! Es solo que te he cuidado poco y te he ayudado menos. Pero eso va a cambiar. Además, tengo una sorpresa.
¿Qué sorpresa?
He comprado dos billetes. En un mes, en nuestras vacaciones, nos vamos los dos al mar.
¿Al mar? ¿Y la casa de campo?
¡Nada de casa de campo! Igual hasta deberíamos venderla. Las verduras las compramos en el mercado.
No te reconozco, Juan
Yo tampoco me reconozco, Lucía. Estuve a punto de perderte Ahora te voy a cuidar como el mayor tesoro. Te quiero muchísimo.
Ay, Juan Quizá todo esto tenía que pasar para que oyera esas palabras de ti. Venga, vamos a casa Yo también te quiero.




