Irene entró despacio en el piso, quitándose el abrigo con sumo cuidado, no porque fuese caro, sino para no despertar a su madre. Reprimió un quejido al descalzarse los zapatos nuevos: la belleza sí que cuesta, se repitió mientras se miraba los pies con cara de esto no me lo paga ni la Seguridad Social.
¿Tan pronto de vuelta? ¡No me digas que te has escapado! ¿No te ha gustado la boda? asomó la madre la cabeza por el pasillo, con el moño de dormir como los fines de semana.
¿Y tú por qué no duermes? ¿Piensas vigilarme toda la vida o solo hasta que cumpla cuarenta? replicó Irene, más arisca de lo que pretendía.
La madre frunció los labios y se escabulló hacia el salón. A Irene le dio un pinchazo de culpa: la pobre llevaba despierta esperando noticias, y ella ahí, de secote. Fue al salón, se dejó caer en el sofá junto a su madre y la abrazó.
No te pongas tierna ahora. Si no quieres contarme nada, ya me enteraré por la madre de Elena, que nos conocemos le soltó la madre, sin perder ni una pizca de razón.
Ay, mamá, perdóname, vengo agotada y con los pies hechos trizas, qué manía con los tacones cómodos. El restaurante era de lujo, debe de haber habido más de cincuenta invitados. Mucho ruido, discursitos, brindis… Elena estaba de escándalo con su vestido blanco, y el novio tampoco está mal, para qué engañarnos enumeraba Irene, con ese aire de he cumplido mi condena.
¿Entonces por qué te marchaste tan pronto? la madre la interrumpía con la precisión de una tertuliana.
Madre, todos ahí tan estirados, como pavos en Navidad, gente poco sencilla. Y encima me toca madrugar mañana.
¿Pero adónde vas tú a madrugar un domingo? preguntó la madre con suspicacia, clavando la mirada en la hija de reojo.
Mañana te lo cuento todo, palabra. Voy a darme una ducha que lo necesito más que un café. Irene besó a su madre y huyó a su cuarto.
Miró el vestido de fiesta, tan modesto comparado con los modelazos de las invitadas, y lo tiró con desdén, como quien devuelve una falda de rebajas mal cosida. El recuerdo de las manos sudorosas y pesadas del gordito que la había sacado a bailar le dio podredumbre y ganas de restregarse la espalda con estropajo de acero.
El tipo ni escuchó sus excusas para no bailar, claro. Y apretándola contra su tripa rechoncha, ella notaba la humedad de sus palmas como si le pasara un filete recién cocinado. Por suerte aguantó el baile en plan estatua.
Luego el caballero, más pesado que un bocadillo de chorizo en julio, se sentó con ella y le llenó la copa de vino cada vez que miraba para otro lado. Nadie le echó un cable: su única aliada, la propia Elena, estaba en plan anfitriona pista y pista con el recién estrenado marido.
Irene solo cazó un par de miradas curiosas de otro invitado, pero ninguna que la rescatara de la pegajosidad del danzarín. Así que puso la excusa del baño y se esfumó. Pilló un taxi en la puerta y, a casa.
Si algo tenía claro Irene, era que ese tipo de boda no era para ella: todo teatralizado, cada uno con su guion, y ella haciendo de figurante. Ni hablar.
Costó dormirse. Las melodías, copas tintineando y risotadas seguían en su cabeza como los anuncios de turrón en octubre. Mejor que me hubiera invitado el misterioso, no este cochino, pensó Irene, acurrucándose y por fin, cayendo en los brazos de Morfeo.
Pasaron los días y llegó un octubre frío y lluvioso, que parecía marzo en Madrid. Elena, de vuelta de la luna de miel, invitó a Irene a conocer su nueva vida de casada bien. Irene fue con ganas, pero con la preocupación de que, entre tanto lujo, sus manos quedarían tan desnudas como su bolso. Así que, antes de llegar, pasó por una pastelería y compró los pastelitos favoritos de su amiga.
Salía de la tienda cuando se topó, en la puerta, con un hombre.
¿Pero eres tú? dijo él, con voz de pocos amigos… o de muchos.
Irene levantó la vista y reconoció al misterioso del otro día. Se quedó petrificada, como una bolsa olvidada del súper.
¿Vas a bloquear la entrada mucho más? bromeó él, apartándola gentle por el brazo.
Desapareciste de la boda como una auténtica Cenicienta. Ni me diste ocasión de saludar… sonrió luciendo dientes perfectamente alineados (seguro que tenía seguro premium).
Bueno, al menos no perdí el zapato, ¿eh? Irene también correspondió la sonrisa.
¿Vas a casa? Te acerco si quieres ofreció él, tan campechano como un alcalde en día de fiesta.
No, voy a ver a la recién casada. ¿Tú no tenías compras que hacer?
Ya verás, me haría falta renunciar a todos los pastelitos del mundo si a cambio vuelvo a encontrarte bromeó, fijándose en la cajita de la pastelería. Anda, vamos. Tomó a Irene del brazo y la llevó a su flamante todoterreno.
Ella, que no había pisado un coche tan grande en la vida, miraba alrededor como quien está en un plató de televisión. Pero el tipo ni le preguntó la dirección.
Tranquila, sé dónde vive tu amiga. Su marido y yo somos socios y amigos soltó, al ver la mirada asustada de Irene.
En el trayecto le contó que se llamaba Javier, estaba divorciado y tenía un labrador llamado Goya.
“Guapo, rico y con perro lo que mi madre soñó toda la vida”, pensó Irene.
Esa noche, al volver a casa, la madre la estaba esperando.
¡Por fin! Pensaba que te habían encerrado en un palacio empezó la madre. Irene le contó todos los detalles de la mansión de Elena, de cómo la casa parecía un catálogo, y cómo su amiga lucía moreno en pleno octubre madrileño.
¿Y cómo has llegado hasta La Moraleja de los pobres? así llamaban irónicamente los vecinos a esa urbanización de ricachones.
Iba con un amigo dijo Irene, consciente de haber dado pie a la ronda de interrogatorios maternos.
¿Un amigo del bodorrio? ¿Es de los de buena familia? ¿Le diste tu móvil? no perdió tiempo la madre.
Sí, mamá, le empotré el número en la mano, ya te vale refunfuñó Irene.
Pues menos protestar, que mira, un hombre hecho y derecho te mira, y tú enseguida con la escopeta. Te conozco insistió la madre.
Que no protesto, que ya le di mi teléfono. ¿Feliz? ¿Terminó el tercer grado?
¿Tanto te molesta que me preocupe? ¿Tan mal me caes que quiero colocarte con cualquiera? se encendió la madre.
No digas tonterías, mamá. Pero tus preguntas, como el arroz: a mí, ya me pasan.
Solo quiero que tengas futuro, hija, como tu amiga, no que acabes con un estudiante tieso. O es que prefieres andar de subsistencia, ¿eh?
Desde cuándo hemos andado nosotras justas Irene, enarcando la ceja.
Bueno, mujer, es una manera de hablar recapacitó la madre. ¿Te cae mal al menos? ¿Nada de nada?
No quiero casarme, mamá, déjalo ya.
El móvil sonó como un acto de salvación: era Javier.
He pensado que lo mejor es llamarte pronto. ¿Qué haces el domingo?
Nada, estudiar para el lunes…
¿Todo el día? Hace un tiempo ideal. ¿Te apetece montar a caballo? ¿Nunca lo has hecho? Pues mañana a las once te recojo.
Irene aceptó de golpe, olvidando pensar cuándo habían pasado al tuteo. Nunca había montado más que el burro de la abuela y, francamente, ni se había acercado mucho.
La excursión fue como un anuncio de viajes: campos, paisaje, Javier de galán y palabras bonitas. Sabía cómo moverse entre poderosos, y la atención de ese hombre mayor la hacía sentir importante.
Al siguiente fin de semana, Javier apareció en casa con flores y una tarta. Irene, avergonzada de aquel pisito apretado con alfombra gastada y papel pintado años 80, lo miraba esperando el juicio. Pero nada: Javier reía, contaba anécdotas y hasta dijo que de pequeño vivía igual. Su madre derretida con sólo oírle.
Esto sí es un hombre, hija sentenció cuando Irene volvió . Si te pide matrimonio, ni se te ocurra decir que no, ¿vale?
Madre, que apenas nos hemos visto tres veces. ¡Ay, qué yuyu!
Pero antes de Nochevieja, Javier sí se lo pidió. Anillo con diamante incluido. La madre apunto de un infarto (de felicidad).
Celebraron la boda en las afueras a principios de marzo, cuando el sol ya calienta y los jóvenes se quitan la chaqueta antes de tiempo. Irene, eso sí, impuso boda discreta, sin fastos. Tras la ceremonia se mudó con Javier.
¡Menos mal, por fin una conversación normal! Porque las esposas de los amigos de Javier solo hablan de modelitos, spas y compras en París. Creo que nunca han leído un libro bromeó Elena, embarazada de seis meses y otra vez vecinas.
Pero Javier no dejaba a Irene sola ni para ir a la compra. La llevaba y recogía del hospital; un día se le torcieron los horarios en la universidad e Irene fue a casa andando, saboreando la primavera madrileña.
Por el camino, se cruzó con Álex, compañero de clase, y se tomaron un café. Irene no echaba de menos el dinero, sino las conversaciones sencillas.
¿En qué piensas? le preguntó Álex.
Nada, que me tengo que ir.
¿Él te controla? preguntó, medio en broma, medio en serio.
Solo es que ya toca respondió Irene, apurada.
Al llegar a casa, Javier ya estaba allí, tan frío como un pescado en el mercado.
¿Dónde estabas? inquisitivo, como siempre.
En la uni.
No mientas. Sé que hoy no hay clase. ¿Te fuiste con un amante, verdad?
Iba solo con un compañero, Javier Irene, encogida.
Nunca antes le había hablado tan rudo. Sus ojos parecían dos cristales fríos.
Solo hemos estado en una cafetería, no hay más. Irene, sin quererlo, ya se estaba justificando.
Eres mi esposa. Mis enemigos solo esperan que falle, que haga el ridículo. No tienes derecho a exponerme decía él, en plan coronel.
¿Por tomar un café con un amigo? ¿Esto es serio? protestó Irene.
¿No entiendes nada? Javier se levantó del sofá, y se le acercó.
No me hables así replicó Irene, retrocediendo.
¡No te he dado permiso para irte! soltó con rabia, agarrándola del brazo.
Ni se enteró del golpe. Solo escuchó el zumbido en los oídos, y un sabor salado de sangre en la boca.
Javier movía los labios, pero Irene no oía nada. Solo logró decir he entendido como pudo. Un segundo bofetón la tiró en la cama, y esta vez perdió el conocimiento.
Cuando despertó, estaba sola, la boca hinchada y Javier había cerrado la puerta, llevándose hasta el móvil.
Intentó buscar alguna salida, se sentía como un gorrión encerrado en una caja de zapatos. Hasta que sonó la puerta: era la señora de la limpieza.
Irene, ayúdame a salir, por favor, no digas nada. Si pregunta, di que fui más lista que tú. Dile que te mandé por agua y aproveché.
La mujer accedió, temblando. Irene bajó la capucha para taparse la cara y salió a la calle. Quienes la cruzaban, apartaban la vista. Al llegar a casa, su madre se echó las manos a la cabeza.
¿Cómo ha podido? Tan serio que parecía. Perdóname, hija, solo quería lo mejor…
Ahora da igual, mamá, no pasa nada Irene, con la voz helada.
Llamó a Álex, que trabajando en urgencias le curó las heridas y llamó a un médico para dejar constancia. Le sacó fotos y se las mandó a Javier como advertencia: si vuelves a acercarte, lo publico en internet.
Javier nunca volvió a aparecer. Solo tras varias semanas, Irene pudo volver a la universidad, ya sin moratones.
El divorcio fue rápido. Tras exámenes, Irene y Álex se marcharon a Valencia. Él, cirujano; ella, cardióloga. Tuvieron un hijo, y la madre nunca más le metió prisa para casarse.
Un día, esperando en la peluquería, Irene leyó en una revista: El empresario Javier Muñoz acusado de maltrato y asesinato. Fuera, Álex paseaba con el carrito. Qué suerte estar aquí, rodeada de personas buenas. Que la felicidad no depende del dinero, sino de tener personas honestas a tu lado, pensó Irene.
Pasa, guapa la llamó la peluquera. Te toca ponerte guapa para el futuro.






