**El Visitante Misterioso: Un Drama de Calor Familiar**
En un pueblecito de Cuenca, donde los atardeceres se reflejan en las tranquilas aguas de una laguna y las casas de piedra guardan el calor de otros tiempos, Ana Isabel volvió del supermercado cargada con bolsas pesadas. Para el postre, había comprado un melón enorme, imaginando la sonrisa de su hijo. Dejó las bolsas en el recibidor y escuchó. Desde la habitación del niño llegaban voces apagadas, como si alguien susurrara. Su corazón latió más rápido. Entró en la habitación y se quedó helada, sin creer lo que veía: su hijo jugaba con figuritas de madera junto a un hombre desconocido. Los dos, absortos, movían los muñecos con cuidado, sonriendo y hablando tan bajo que parecía que temieran romper el momento. Ana Isabel miró al visitante y soltó un grito ahogado.
—¿Y qué haces siempre en casa, Rodrigo? —le rezongaba a menudo—. ¡Así te quedarás solo toda la vida! Mira a tu antiguo amigo Sergio: estudió mecánica, tiene trabajo, le va bien. Se casó, tuvo un niño, hizo una terraza en casa. Claro, luego se separó —cosas del carácter, pasa—. Pero Sergio no se arrugó: conoció a otra, con un hijo, y luego tuvieron uno juntos. Y al niño del primer matrimonio lo lleva en verano con la abuela. Todos contentos, hasta la ex, que también se ha vuelto a casar. ¡Y la vecina, doña Carmen, está encantada! Tres nietos, la casa llena de risas, ¡la vida que bulle! Sergio y su nueva mujer, Laura, llevan la fiesta en paz, y doña Carmen les echa una mano. Todo les ha salido bien, ¡y tú aquí, enclaustrado!
—Aquí hay silencio —seguía Ana Isabel, meneando la cabeza—. ¿De quién habrás salido, hijo mío? Cuando no estemos tu padre y yo, te quedarás solo, ¡y no tendrás con quién hablar! ¡Y apaga ese torno cuando te habla tu madre!
Rodrigo apagó la máquina y alzó la vista:
—Tranquila, mamá, es un encargo urgente.
—Claro, Rodrigo —suspiró la madre—. Nada cambia. Treinta y dos años encerrado y seguirás igual. No hay quien te mueva. Y encima tu padre te apoya, calladito él. ¡Ay, hijo, tu padre es callado, pero tú lo superas!
Ana Isabel salió del cobertizo, donde Rodrigo tenía su taller.
Rodrigo apenas terminó la ESO en el colegio del pueblo. Era buen estudiante, pero odiaba ir. Demasiado ruido, demasiado jaleo. Al terminar, anunció: «No sigo estudiando, tengo mi vocación». Ya era un buen carpintero. Su padre había trabajado en una fábrica de muebles y le enseñó el oficio. Rodrigo resultó ser incluso más callado que él. Le gustaba trabajar la madera en soledad, rumiando cosas.
Su madre se preguntaba si algo andaba mal. Ni salía de fiesta ni miraba a las chicas. «Son todas escandalosas y aburridas», decía. Pero ganaba bien: tenía el taller lleno de encargos, desde juguetes hasta muebles. ¡Una silla que hizo era una maravilla! La gente venía desde Toledo. Pero ella seguía preocupada: «¿Treinta y tantos y solo?».
Hasta que un día llegó un pedido especial: un pupitre para un niño. El cliente insistió en que lo llevara él, para ajustarlo in situ. Rodrigo odiaba tratar con gente —demasiado ruido—, pero accedió. Al llegar, una mujer abrió la puerta.
—¿Señor Jorge? Traigo el pupitre.
—Hola, soy yo, Jorge —dijo ella con voz suave—. Pase, por favor, pero hable bajo. Mi hijo, Adrián, tiene miedo de los extraños.
Adrián, un niño callado, jugaba con un Lego. Rodrigo montó el pupitre en silencio y salió al pasillo.
—Mi marido se fue con otra —explicó Jorge—. Adrián ya tenía sus problemas, y él lo asustó, borracho. Los médicos dicen que mejorará. Le transferiré el dinero, gracias.
—Buena suerte —musitó Rodrigo—. Si necesita algo, avise.
Esa semana, no pudo concentrarse. Terminó yendo de nuevo, sin avisar, con juguetes de madera. Adrián le sonrió por primera vez.
Cuando Ana Isabel los descubrió jugando, casi se desmaya. Al cabo de meses, Rodrigo presentó a Jorge y Adrián como su familia.
—¿De dónde salió esta felicidad? —preguntó Ana Isabel.
—No sé, madre —sonrió Rodrigo—. Como en ese cuento del héroe que esperó treinta años y un ángel le dio agua de vida. Ellos son como yo. Como si me los hubieran hecho a medida.
Al año siguiente nació Lucía. Adrián floreció, y ahora Rodrigo lo lleva al cole. Aunque, si para Lucía él es «papá», para Adrián también lo es. Y el niño, riendo, corre al taller: su padre le ha prometido enseñarle el oficio.







