Intrusos en mi hogar

Oye, te cuento esto como si estuviéramos tomando un café…

Ese sábado, Marina decidió ir a la casa de sus padres. Solo habían pasado tres meses desde que su madre falleció, y todavía no se atrevía a tocar sus cosas. La casa estaba vacía, abandonada. Los vecinos eran todos mayores, algunos se habían ido con sus hijos, otros alquilaban sus pisos. Antes vivían los Méndez por ahí, cuyos hijos jugaban con Marina de pequeña, pero ahora esa casa también estaba llena de gente extraña. No tenía a quién pedirle que le echara un ojo.

Su marido se fue de pesca al amanecer, y su hija adolescente, con los auriculares puestos, ni siquiera la escuchó cuando intentó invitarla a pasar el día juntas. Así que Marina pensó: «Basta de postergarlo». Llamó un taxi y, mientras esperaba en la calle, recordaba el barrio de su infancia: tranquilo, acogedor, con su propio olor y luz. Pero con cada minuto que el taxi se acercaba, más le apretaba el pecho la nostalgia.

A unas calles de la casa, Marina decidió bajarse y caminar. Cuanto más se acercaba, más raro se sentía todo. Al llegar a la verja, se quedó paralizada.

—¿Pero qué…? —murmuró.

La ventana del baño estaba abierta, las cortinas apartadas, aunque ella recordaba haber cerrado todo bien. La cerradura estaba forzada. Alguien había entrado. O peor, alguien seguía ahí.

Llamó a su marido, pero no tenía cobertura. Miró alrededor: ni un alma en la calle. Un hermoso día de otoño, y todo el mundo se había ido de escapada. Pensó en llamar a la policía, pero entonces le vino una idea heladora…

—¿Y si… es Jorge?

Últimamente, él estaba raro. A veces distante, otras de repente eufórico, como si fingiera. ¿Y si eso de la pesca era mentira? ¿Si en realidad estaba aquí, con otra? El solo pensamiento le quemó el pecho. No quería creerlo, pero la duda ya se había instalado.

Pasó diez minutos mirando fijamente las ventanas. De repente, una risa de mujer. Fresca, feliz, como si alguien estuviera disfrutando de la vida… ¡en su casa! Se le encogió el estómago.

Y entonces, ¡pum!, se cerró una puerta. Salió una mujer delgada, en bata corta y con una toalla en la mano, directa hacia la sauna del jardín.

—¡Cariño, ven conmigo! ¡No me dejes sola! —llamó hacia dentro.

Marina se puso fría. Joven, guapa… Claro, la había cambiado por alguien así. Todo cobró sentido.

Apretando los dientes, abrió la verja, buscó un palo y atrancó la puerta de la sauna para que «la invitada» no saliera. En el porche vio el viejo cinturón de su padre, grueso, con hebilla pesada. «Perfecto», pensó.

Al entrar, vio la mesa puesta, una botella de cava y la tele encendida. Y en el sofá, dormido, un hombre.

—¡Eres un desgraciado! ¡Con lo mayor que es tu hija ya! —gritó, alzando el cinturón.

—¡Ay! ¡¿Qué haces?! ¡Marina, soy Enrique!

Se detuvo. No era Jorge. Era Enrique, el sobrino de su marido.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?

—¡Pues la puerta cedió como si nada! No tengo donde caerme muerto. Pensé que, total, la casa estaba vacía… y pues, traje a mi chica.

—¿A tu chica? —Marina palideció—. ¿Y te parece normal? ¡Esto no es un hotel!

—Venga ya, Marina, tú relájate, tómate algo, que nosotros estaremos solo un par de días…

—¡No! ¡Recoge tus cosas ya! ¡Y pon una cerradura nueva! ¡Tú mismo! —explotó ella.

—Lola… —llamó Enrique—. ¿Dónde está?

—En la sauna. Encerrada. Para que no moleste. ¡La próxima vez que sepa dónde meterse!

Poco después, Lola salió furiosa, toda colorada.

—¡Esta es mi casa, Enrique, díselo! ¡Ya te he transferido el dinero para los muebles!

—¿Tu casa? —Marina soltó una risa amarga—. La casa es de mi madre, cariño, y tú solo caíste en el cuento de este listillo.

Lola, histérica, gritó:

—¡Devuélveme el dinero, estafador! ¡Te voy a denunciar!

—Y tú también… —masculló Enrique.

Cuando todo se calmó, Marina fue a casa de su amiga y se lo contó todo, desde el miedo hasta lo del cinturón. Alba se partía de risa.

—¡Marina, eres una heroína! Yo habría llamado a la policía enseguida. ¡Pero tú lo solucionaste a lo bestia!

—Lo importante es que no era Jorge —suspiró aliviada—. Pero voy a cambiar la cerradura. Y la puerta. ¡De acero!

—¡Por las mujeres valientes! —dijo Alba, levantando su copa.

—¡Por nosotras! —respondió Marina, sonriendo.

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