Intentó provocar una pelea entre su hijo y su esposa embarazada

23 de octubre de 2024

Hoy me he despertado con la sensación de que todo el mundo me mira como si fuera el único culpable de la tormenta que se ha desatado en casa. Mi esposa, Lola, ha dejado de ser la mujer paciente y comprensiva que conocía; desde la quinta semana de su embarazo se ha convertido en una especie de torbellino. Cada pequeño comentario se vuelve una daga y, cuando su madre, María del Carmen, pone un pie en la conversación, el ambiente se vuelve insoportable.

Todo empezó cuando mi madreinlaw, con su habitual monólogo sobre los abortos que sufrió en su juventud, empezó a reprocharle a Lola por hablar de su pasado doloroso. Lola, yo solo intento ayudarte, dijo con esa voz que siempre parece más irritante que útil. Lola le devolvió con un tono ácido: Gracias, pero no necesito el apoyo de quien tiene la empatía de un panecillo. María del Carmen se quedó con los ojos brillando de lágrimas, como si la hubieran ofendido al llamarla tonta.

En otra ocasión, Lola, cansada de esas discusiones, habría dicho que se marchaba bajo el pretexto de una llamada urgente del trabajo. Pero esta vez, en vez de excusas, surgió una verdadera confrontación. ¿Cómo quieres que te llame si ya te he dicho cientos de veces que no quiero escuchar tus recuerdos de maternidad fallida?, le espetó Lola. Yo, que soy un poco como quien se queda mirando el fuego sin saber cuál es la llama que lo alimenta, no supe qué decir.

Al día siguiente, durante la cena, intenté romper el hielo con Lola, pero él (el hijo de mi suegra, nuestro pequeño Álvaro) estaba callado, con la mirada perdida. Yo pensé que tal vez estaba preocupado por el trabajo o alguna otra cosa que no quería compartir. Pero al fin y al cabo, la discusión de la mañana había dejado una sombra sobre él.

Unas jornadas después, Javier (yo) le preguntó a Lola si había escuchado algo sobre la depresión posparto. Tal vez no se llame así, pero no me siento deprimida, ¿o sí?, respondió con ironía. Le dije que, si quería, podíamos ir a ver a un psiquiatra, siempre y cuando ella fuera conmigo y le explicara al especialista por qué sospechaba de esa depresión. Lola, con su habitual sarcasmo, replicó: Mi madre dice que me he vuelto extraña. De pronto, volvió a surgir el recuerdo de la última pelea con María del Carmen, donde la suegra acusó a Lola de haberle insultado al mencionar su pasado.

Para intentar calmar las cosas, le dije a mi madreinlaw que, si alguien necesitaba ver a un especialista, era ella. ¿Qué te ha dicho?, preguntó Lola. Sé que discuten todo el tiempo. Ella piensa que le estás tirando piedras con tus consejos sobre la mascarilla para el cabello. Lola, sin entender nada, preguntó: ¿De qué me hablas?. Yo recordé que unas semanas antes María del Carmen había comprado la misma mascarilla que yo usaba y acusó a Lola de haberle recomendado la mala versión. Lola intentó explicarle que nunca aconseja productos que puedan dañar el cabello, pero la conversación se volvió un enredo de culpas y malentendidos.

Al final, Lola mostró en su móvil el mensaje que había enviado a María del Carmen con la dirección correcta para recoger un paquete del amigo de mi hermano. Lo siento, no debí confiar en mi madre. Antes era más razonable, pero ahora, se lamentó. Yo, cansado, le respondí que la culpa no era suya y que la situación había perdido toda lógica.

Los familiares de mi esposa siguen reprochándole que he dejado a su madre por una extranjera. Yo les contesto con otro refrán: Una madre es madre, pero no todas las madres son buenas. La abuela quiere ver al nieto, y la única alegría que le queda es mimar al pequeño cuando sea mayor. Yo, sin embargo, prefiero que mi hijo crezca en silencio y tranquilidad, sin el ruido de las disputas familiares.

Ahora, mientras observo a Lola y al pequeño Álvaro dormidos, entiendo que el verdadero enemigo no es la madreinlaw, sino el orgullo y la falta de comunicación. He aprendido que, cuando la tormenta se desata, lo mejor es tender una mano, no una puñalada. La lección que me llevo es simple: en la familia, la paciencia y el escuchar son más valiosos que cualquier discusión.

Javier.

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