María, a sus cinco años, quedó huérfana por completo.
Primero murió su madre, enferma, y poco después el padre se despidió de ella para siempre. Seis meses después falleció el abuelo, y la abuela, la última raíz viva, solo aguantó un año más.
Una tía, Carmen, la recogió y la llevó a una aldea recóndita de la sierra de Segovia, donde criaba sola a tres niños.
La casa de la tía era una prisión de sombras: Carmen no escatimaba golpes, regañaba a sus propios hijos y a María sin piedad, y sólo al fin, entre iconos y lágrimas amargas, se mostraba compasiva. Los niños, llorosos, se acercaban a su madre para abrazarla y, por un instante, reinaba una frágil tregua.
María evitaba esa familia turbulenta como el fuego a la pólvora. Temía la mano caliente de la tía y soñaba con crecer y huir de aquel techo. Recordaba la calidez del hogar que había perdido, donde reinaban amor y comprensión.
¿Acaso, mi niña, me dejarás también?, sollozaba la madre moribunda mientras acariciaba la cabecita de María, presintiendo su pronto adiós.
Los años pasaron.
Cuando María cumplió dieciocho, se despidió de la tía y sus sobrinos con alivio. No le importaba a dónde ir; sólo quería alejarse de aquella casa y sus moradores.
Regresó a la ciudad donde había vivido de niña, Madrid, la ciudad que la tía la había sacado. El aire le parecía más dulce, las estrellas más brillantes y la gente más cercana. Volvió a su pequeño piso, el mismo en el que había habitado con sus seres más queridos. Todo le resultaba familiar y dolorosamente tierno; incluso el perfume del ambiente la transportaba a los días felices. La tía, mientras tanto, había alquilado aquel apartamento a varios inquilinos.
Consiguió trabajo como camarera en una terraza de la Gran Vía. Propinas generosas, admiradores insistentes y copas de cava derramándose como ríos ¿Cómo resistiría el alma aún inexperta ese torbellino de pasiones? La joven giraba y daba vueltas en su propio remolino.
Un año después, María se encontró sola, con un bebé en brazos. Fue forzada a volver a la aldea de la tía. Carmen, como siempre, no tardó en soltar sus reproches:
«¡Ni siquiera has sabido saltar del umbral y ya traes un crío bajo el brazo!»
Sin embargo, la tía la acogió y, sin perder el tiempo, llevó a la recién nacida a la pequeña iglesia del pueblo para bautizarla. «Que el ángel de la guarda despliegue sus alas sobre ella», rezó. La niña recibió el nombre de Inés.
María lloró día y noche, sintiendo que su juventud se había esfumado para siempre. En el pueblo, sin embargo, nunca había tiempo para el aburrimiento; siempre había alguna faena que ocuparla.
Con el paso del tiempo, la tristeza disminuyó, pero el sueño de escapar quedó intacto. Cuando Inés creció, María volvió a planear la partida. La tía, antes de que se marchara, le dijo:
«Mira, hija, los pecados de la gente amable pueden llevarte al abismo. Sé selectiva con quien confías.»
Al regresar a Madrid, María matriculó a su hija en un guardería y se encargó como empleada doméstica para un comerciante árabe del Rastro, llamado Álvaro. Él le lanzaba miradas cargadas de intención, le ofrecía dulces orientales, le prometía matrimonio, llevarla a su tierra natal y presentarle a su familia.
María, segura de su futuro, aceptó ser la madre de la futura esposa de Álvaro y aceptó el nombre de Jazmín para la niña, en honor a la madre del comerciante. No pasó mucho tiempo antes de que Álvaro empezara a evadirla y, finalmente, la despidiera sin más.
Esta vez, María no volvió a molestar a la tía. Sería una vergüenza presentarse ante ella con dos niños semiorfanos. «¡Dios, de una madriguera a un pantano!» se lamentaba ella, decidida a salir del lodazal por sus propios medios.
Solo Dios sabía cuán dura había sido la vida de esa joven. Cuando la desesperación la abrazaba, recordaba las palabras de la tía: «Estás sin familia, sin clan. Confía sólo en ti misma. Tal vez un rayo de sol se cuela por tu ventana.»
Aquel tirón de tía, por más cruel que fuera, le sirvió de ejemplo. La mujer era una estoica que había criado a sus hijos y había acogido a una huérfana cuando sus propios parientes abundaban. María, al fin, comprendió y dejó de juzgarla.
Los años siguieron. María se volvió cautelosa en las relaciones y, la verdad, no tuvo ninguna. Los hijos crecieron, la carga de la responsabilidad se hacía más pesada. Llevaba la cruz del sufrimiento como si fuera una mujer marcada. Llamaba a su destino «amargo ajenjo». Pero a los treinta y siete, la vida le presentó una luz.
Juan la vio en un club de ocio. Le agradó cómo cuidaba a sus hijas, cómo conversaba con ellas, cómo sonreía y, a veces, le lanzaba una mirada intensa. Juan y María se conocieron.
En la primera noche, María le confesó al hombre su vida llena de sombras. Solo quería desahogarse, sin importar a quién. Juan la escuchó, asintió y, al final de su relato, le dijo:
María, cásate conmigo. No te arrepentirás.
Así, Juan y María formaron familia. Inés y Jazmín se encariñaron con Juan, que les amó sinceramente. Juan adoraba a María como a una diosa; la rodeaba como abeja a la flor. María, sin embargo, permanecía distante, temerosa de volver a quemarse. No mostraba sus sentimientos; se conformaba con decir: «El marido está alimentado, lavado y planchado, ¿qué más se puede pedir?»
Juan insinuaba a menudo la idea de un hijo en común, pero María lo evitaba, diciendo que ya tenía a sus hijas. Un día, Juan, en un arranque, exclamó:
¡Reina de nieve, mírame al menos con ternura!
María, con indiferencia, respondió:
¿Qué? ¿Que eres una vaca atada? Que se lo lleven, no lloro.
Al volver a casa una noche, María descubrió que Juan ya no estaba. Se había marchado, sin dejar rastro. «¿Qué le faltaba?», se preguntó desconcertada.
Al principio, la vida soltera le había encantado: comer cuando quisiera, dormir cuando quisiera, sin que nadie le recriminará los platos sucios, los calcetines sin lavar o los zapatos sin pulir. ¡Libertad!
Los años pasaron, sus hijas se casaron y volaron del nido, dejando a María sola con su libertad y sus recuerdos. Entonces volvió a sentir la necesidad de ver a Juan, de gritar, de llorar. Pasaron veinte años; quería al menos echar un vistazo a su vida.
A través de conocidos, descubrió la dirección de Juan: una casa en las afueras de Alcalá de Henares. Decidió ir de visita. Con un guion preparado, pensó: «Si la esposa de Juan aparece, me presentaré como una pariente lejana».
La puerta la abrió una mujer de unos cuarenta y cinco años.
¿A quién busca? preguntó la dueña, desconcertada.
Buenos días, ¿vive aquí Juan? dijo María, tratando de disimular.
Vivía ¿Y usted quién es? insistió la mujer.
Soy la hermana prima. Ana inventó María al instante.
Pues pase, yo soy Lucía, su viuda la invitó la mujer.
María se sintió mareada; sus piernas flaquearon. Lucía la acompañó hasta el sofá, le dio agua y le preguntó con voz temblorosa:
¿Qué le ha ocurrido?
Hace un año mi Juan enfermó mucho. Tenía un secreto, una mujer lo amaba con locura. Vivía conmigo, pero yo lo perdonaba comenzó Lucía, entre sollozos. No tuvimos hijos. Juan no quería. Esperaba… y entonces llegó una María, que me llamó…
Lucía se interrumpió, con los ojos llenos de lágrimas. ¡Qué tonta, qué tonta! Si él me cuidaba, me adoraba Lo quería tanto que lo pondría en un arcoíris si fuera posible.
María, ¿está bien? preguntó Lucía, con la voz quebrada.
Tengo que … decirle algo respondió María, tomando aire. Yo soy María. Quise volver a ver a Juan. Pero ya es demasiado tarde. Aplasté su amor. No supe amar, no supe cuidar Crecí como huérfana; la tía me acogió, pero nunca acepté esa vida. Soñaba con un amor puro, pero el destino me golpeó una y otra vez. No confiaba en nadie. Juan lo sentía.
¡Era su santa! exclamó Lucía, abrazándola. Si hubieras llegado antes, tal vez se habría curado. Pero parece que el destino quiso que escuchara tu confesión
María, aturdida, se encogió de hombros. Ambas mujeres se fundieron en un abrazo, como hermanas, y volvieron a llorar, ahogando el dolor que las había acompañado toda la vida.







